De tilos verdes y violetas

Crónica de la Demo organizada por la Alliance Internationalist Feminists*. Berlín, 8 de marzo de 2021. Un texto de Belén Marinato.

Texto redactado en lenguaje inclusivo.

…se siente el temblor

de la tierra enmujerada.

Agua dorada, Noelia Recalde

En la estación ves a esas primeras caras que, unas horas después, se habrán vuelto conocidas. Por un instante, pasan desapercibides. Pero es sólo eso, un instante. A esta altura, es difícil pasar desapercibide con un pañuelo verde o violeta atado en la muñeca, en el bolso, en el cuello. Y donde hay duda, hay purpurina. Les pibes se distribuyen en los vagones, en pequeños grupos, o soles. Les solitaries no hablan con nadie, pero miran atentes a su alrededor. Y la mirada se detiene cuando de repente te reconoce. “Reconocer” es una forma de decir, claro. Porque en realidad nunca se vieron, jamás cruzaron ninguna palabra. Pero ese día, en ese momento, ahí están. En la mirada, la curiosidad se torna cómplice, y cuando se da cuenta de que vos también hablás español, la complicidad se multiplica por mil. Elle sabe que vos sabés que sabe que vos también vas a la marcha. El subte para, las puertas se abren. Desde adentro ya se escucha el bullicio. Empieza como un murmullo y crece con cada paso.

Buscás los marcadores, las biromes, la frase perfecta. Agarrás las tijeras, cortás los cartones. Tratás de recordar esa caligrafía que hacías de adolescente, cuando escribir mensajes y pasarlos bajo el banco eran el pan de cada día. La letra se tuerce, los colores no necesariamente combinan, pero la idea persiste. Y ahí queda, incrustada, indeleble, lista para salir. Como vos.

Afuera, el cielo está completamente descubierto y el sol atraviesa los tilos. En el atuendo hay un sweater de más. Todavía es temprano, pero el boulevard está repleto. Y la famosa puerta de Brandemburgo, postal infaltable del turista feliz, de repente no es más que un decorado de fondo, casi imperceptible. En foco están los miles de cuerpos que se acercan, coloridos. Son madres, hijes, abuelas, novies, amigues, que se mueven en todas las direcciones. Avanzan, se detienen. Se suman a un grupo, saludan. En tiempos de pandemia, algunos abrazos son tímidos, y como llevan barbijos, no siempre se les ve la sonrisa. Pero es fácil de imaginar, y en muchos casos ni siquiera la imaginación es necesaria porque les delatan los ojos.

El camión que guía la marcha espera frente al edificio de la Comisión Europea, rodeado de cinta amarilla y de chalecos naranjas. Les pibes de naranja son les encargades de garantizar la seguridad de todes, les que chequean que no haya actitudes violentas, manifestantes sin barbijo, ni hombres cis. No es la primera vez que se le pide a los hombres cis que no asistan a la marcha, y no será la última que estos se quejen porque se les restringe la participación. Y se entiende, por supuesto. Es difícil perder protagonismo. A muchos – mujeres inclusive – todavía hay que explicarles el por qué de esa decisión. “Es absurdo. Los hombres también pueden ser feministas”, se le escucha decir a una piba. Y tiene razón (aunque si por cada vez que alguien afirmara eso – y esa afirmación se constatara en hechos -, hace rato habríamos marcado una rayita más en la lista de derechos). Ahora, lo que esa piba y su acompañante parecen no entender es que el pedido de no participación en la marcha del 8 de marzo tiene que ver, entre otras cosas, con una cuestión de visibilidad. Se trata de un día, uno sólo. En los trescientos sesenta y cuatro días restantes puede pintarse la cara y portar todas las banderas que quiera. Y si el muchacho siente la incontenible necesidad de hacer manifiesto su feminismo, puede hacerlo desde la comodidad de su hogar. Más de una madre-amiga le agradecerá el cuidado de sus niñes.

Para las 14:00 horas la calle ya está repleta de colectivos e independientes que llenan el cielo con sus banderas y carteles, algunos originales en su forma, todos contundentes en su reclamo. Luego del obligado discurso de seguridad, se larga la primera performance: desde el camión, dos compañeras cantan Canción sin miedo, el hoy indiscutido himno feminista importado de Latinoamérica. Ése que le canta a todes las mujeres, a las que están y a las que no, y grita nombres que para les mexicanes ya se han tornado emblema. Abajo, entre la gente, un grupo baila. La coreografía es sencilla, pero conmovedora. No faltan los puños cerrados y en alto, ni las consignas inscriptas en el cuerpo. Una vez terminada la actuación, se emprende la marcha.

El paso es lento, pero constante. Las formas de manifestarse son tan variadas como los grupos presentes. Están les que caminan tranquiles, hablando con les compañeres de al lado, y están también les que avanzan con sus instrumentos, cantando y bailando. En la ruta hay tres estaciones planeadas: frente al Pergamon Museum, el Humboldt Forum y el Förderkreis Deutsches Herr e.V. Del componente colonialista del Pergamon y del Humboldt Forum ya se ha discutido bastante. Quizá el menos conocido sea el Förderkreis Deutsches Herr e.V., una organización que funciona como foro para “comunicación, argumentación y conciliación de intereses” de todos aquellos “que se comprometen de forma integral y activa con el ejército de la República Federal Alemana”. Quien guste abrir la página de la organización verá unas agradables imágenes de tanques de guerra y soldados con ametralladoras.

En cada una de esas paradas se llevan a cabo –“oficial” y “extraoficialmente”– diferentes actuaciones: del “perreo combativo” pasando por las rancheras, los eróticos bailes techno-pop de grupos queer a la interpretación de canciones tradicionales con tarkas y zampoñas, al vuelo de la whipala. Excepto en un par de momentos puntuales en los que el volumen o el acto programado lo impide, se escuchan, en distintas lenguas, los comunicados de varias agrupaciones, colectivos y comunidades: están, entre muchas otras, les trabajadores sexuales, les latines, les Roma, les vietnamites, las mujeres y disidencias Negras, les libaneses, les kurdes. Hasta las voces de Moria se hacen escuchar, en un audio mandado directamente desde el campo.     

Si bien es un día de lucha, el clima general es de fiesta. Les ¿diez mil? manifestantes circulan en calma, y en todo momento se percibe un trato de cuidado y respeto. Cuidado mutuo era, como suele ocurrir, una de las consignas centrales de la marcha. Éste debía entenderse en términos sanitarios –porque la pandemia ahí sigue, incólume– pero también en términos generales. Porque nunca se sabe.

Son las 18:15 horas, y la manifestación está llegando a su fin. De repente, un movimiento veloz de unes poques manifestantes alerta a la policía, que en cuestión de segundos se amontona y trae todos sus refuerzos. Son rápidos les muchaches, cuando quieren. Lástima que cuando quieren es cuando menos se les necesita. La policía se ordena con velocidad, pero los chalecos naranjas también. Un grito alcanza para que se arme una fila humana, brazo con brazo, que debería actuar de barrera entre las fuerzas de ¿seguridad? y les manifestantes. Los policías avanzan, la fila retrocede. El límite es el cordón de la vereda. De fondo, se escuchan por los parlantes las recomendaciones a tener en cuenta en caso de maltrato policial. De frente, unas seis o siete camionetas bloquean el Förderkreis Deutsches Herr e.V. Son las 18:30. La línea policial no se desarma. La línea naranja tampoco. Entre unes y otres se acortan las distancias, cuando la policía se acerca, todavía con los cascos puestos, a comunicar que el horario oficialmente permitido para la movilización ha concluido y que les presentes deben dispersarse. Y así lo hacen, así lo hacés vos. En cuestión de minutos el lugar queda liberado. En el mientras tanto vuelve a corroborarse que a veces un único grito alcanza para reunir la manada, y que, al final del día, nos cuidamos entre nosotres.

En el subte, volvés a cruzar a varias de esas caras que viste durante el camino de ida y la caminata. De nuevo, hay cruces de mirada. Elle sabe que vos sabés que sabe que vos también estuviste ahí.

Así se va otro 8 de marzo, dejando ganas de más. Ojalá en el 2022 traiga menos nombres de muertes en los carteles y una rayita más en la lista de derechos ganados.

Todas las fotografías, incluyendo portada:©Belén Marinato

Revista Desbandada

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