De Käthe Kollwitz a Otto Dix, una mirada crítica del arte a la pobreza

A propósito de la exhibición en el Bröhan Museum de Berlín: Berliner Realismus


En la segunda década del siglo XXI, no cualquiera puede vivir en uno de los lujosos edificios de apartamentos que rodean la plaza Käthe Kollwitz, en el sector más chic de Prenzlauer Berg, en Berlín. Andando hoy por ahí, nada hace suponer que hace un siglo ese lugar fue el escenario de penuria y de miseria extrema que inspiró a artistas como Kollwitz para realizar sus más famosas obras de arte.

En 1898, un amplio grupo de jóvenes artistas berlineses crearon la Berliner Secession, una asociación de pintores que quería distanciarse del tipo de arte conservador que promovía la asociación oficial del Estado. Los artistas que aparecen en esta muestra del Bröhan Museum hicieron parte de ese grupo interesado en confrontar la realidad político-social del momento. La revolución industrial generó en Berlín un gran número de trabajadores urbanos que vivían con sus familias en condiciones miserables en grandes casas de vecindad. Heinrich Zille, Hans Baluschek y Käthe Kollwitz, entre los muchos otros que se pueden apreciar en esta exhibición, crearon un propio ‘estilo berlinés’, de tonos grises y sombríos, que reflejaba las condiciones de este mundo urbano degradado. Sus obras delatan la carencia, el hambre, la enfermedad, y una variedad de los males sociales que hacían parte del paisaje de la ciudad de aquellos años. En muchas de las obras de este periodo resalta también la presencia frecuente de trabajadores, lo que revela el surgimiento de una clase obrera que se está convirtiendo en fuerza política.

Esta línea realista y cruda, enfocada en los problemas políticos y sociales, se mantuvo de manera consistente después de la Primera Guerra Mundial en la producción artística berlinesa del periodo de la República de Weimar (1918-1933). Predominaban entonces las escuelas de la Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit) y el Expresionismo, que usaron los conflictos de la época para cuestionar los horrores de la guerra, radicalizar el realismo, y volverse más satíricos y agresivos. Es en estas corrientes en las que se inscriben los trabajos de artistas como Otto Dix, George Grosz, Otto Nagel, etc. que también se pueden apreciar en la exposición. Estos artistas se conocen especialmente por sus dibujos caricaturales y pinturas de la vida berlinesa de los años veinte, y ya no se reducen a retratar las clases indigentes de la población, sino también las costumbres y los vicios de la burguesía y de los pequeños burgueses.

Esta generación de artistas realistas de Berlín se autoimpuso la misión social de revelar esa realidad, y para ello introdujeron nuevos conceptos pictóricos. Usaron la fotografía, un medio artístico nuevo en auge, y la combinaron con la técnica del collage, textos escritos, el dibujo y la pintura.

Hoy no viven pobres en la Plaza Kollwitz, pero esto no quiere decir que hayan desaparecido del paisaje del Berlín actual. Han sido desplazados a otras zonas más periféricas de la ciudad. También es cierto que la pobreza tiene hoy un aspecto menos dramático que el que nos sugieren las imágenes de los artistas de aquellos años, pero no por ello ha dejado de ser pobreza, en términos de falta de acceso a beneficios sociales y económicos: ahora hay más personas sin vivienda de las que había hace diez años; no aumentan, a la par del costo de vida, los salarios de los trabajos bajos, de los mini-jobs y de otras formas informales de empleo; se ha ampliado la brecha de la inequidad. A pesar de ser la cuarta economía mundial, y de su éxito económico de las últimas décadas, una parte importante de la población de Alemania (15,7 por ciento en 2015) vive bajo lo que se considera como la línea de pobreza. No es raro ver por las calles de Berlín ancianos empobrecidos hurgando en las canecas de basura en busca de botellas que tengan depósito para obtener unos centavos.

En general, se podría decir que el arte no ha sido ajeno al tema de la pobreza. Muchos artistas contemporáneos se meten con temas asociados con las nuevas formas de indigencia generadas por las crisis de hoy, el abandono social y la inmigración. El último trabajo del artista y activista político chino, Ai Wei Wei, Human Flow, expone las penosas condiciones en las que viven los migrantes en tránsito. Pero el periodo del ‘realismo berlinés’, durante las tres primeras décadas del siglo anterior, fue capaz, como nunca antes, de poner los dedos en las heridas de la sociedad del momento. No solo retrató la miseria, sino que, más allá de las corrientes artísticas de moda, logró plasmar una crítica social duradera. La muestra está abierta hasta el 17 de junio en el Museo Bröhan de Berlín.

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Este artículo usa información sacada de la página del Museo Bröhan dedicada a la exposición.

Fotografía: Javier Pérez de la Cruz

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