Marta Hillers – Una mujer en Berlín

En Alemania existe una expresión, que aún hoy en día se puede escuchar a los más ancianos y que se usa al hablar de situaciones caóticas. Se trata de una frase que en los últimos meses de la segunda guerra mundial desataba el pánico allí por donde se oía: Die Russen kommen! (“¡Que viene los rusos!”).

Y esa es la frase que empezó a circular por Berlín en abril de 1945, cuando el desairado ejército rojo se abrió paso hasta la capital alemana. En su marcha por las antiguas provincias alemanas que hoy pertenecen a Polonia, y hasta su llegada al corazón del Reich, los vencedores soviéticos no dudaban en ajustar cuentas pendientes con la población que encontraban a su paso. El ansia de venganza de un país que se había visto invadido por los nazis, mezclado con todo el alcohol que encontraban, y con toda clase de frustraciones ideológicas y sexuales, llevaba a que los soldados soviéticos deseasen destruir o apropiarse de lo que encontraban a su paso. Y en ese contexto de saqueo y destrucción, además de aquellos objetos a los que no había acceso en la Rusia comunista (radios, cuberterías, relojes…) lo que más interesaba a estos hombres de primera línea del frente eran las mujeres alemanas. Se calcula que más de 100.000 berlinesas de todas las edades fueron violadas durante aquellas semanas.

Una de esas mujeres, que había trabajado previamente como periodista y que gracias a su curiosidad y a sus viajes previos hablaba varios idiomas (entre ellos el ruso), decidió dejar constancia de todo lo que observó y sintió en sus propias carnes. Lo que nos legó fueron unos diarios, originalmente escritos sobre cualquier trozo de papel disponible, y redactados mientras la autora pasaba largas noches en refugios antiaéreos, o cubierta de mantas en medio de una gélida habitación de cristales rotos, por la que además de frío, se colaban los constantes ecos de la artillería.

Fueron esos días en los que Berlín era un hueso que estaba siendo roído por las bombas aliadas y por las sedientas tropas rusas; un momento de la historia berlinesa en el que las mujeres se llevaron la peor parte de las dentelladas. Mientras, la mayoría de los pocos hombres que quedaban se escondía por miedo a represalias: «Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. El sexo debilucho. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres.(…) Esto nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Cuando acabe esta guerra, tendrá lugar, junto a otras muchas derrotas, también la de los hombres en su masculinidad»

Los diarios nos ofrecen una crónica asombrosa sobre la cotidianidad de un momento tan terrible («Una experimenta la historia de primera mano, sucesos que luego serán canciones y textos»). Se trata de un testimonio muy personal, pero escrito desde la objetividad y la ironía, alejado de los fáciles recursos del rencor o el dramatismo de la tragedia. La autora analiza con sorprendente frialdad como aquella terrible lucha por la supervivencia llevará en muchos casos a la depravación moral («En la cola del agua contaba una mujer cómo un vecino la increpó en el refugio cuando los Ivanes se la llevaban y ella se resistía: ‘¡Vamos, vaya de una vez! ¡Nos está poniendo a todos en peligro!»). La propia autora deberá recurrir al pillaje y a las relaciones sexuales consentidas con los altos mandos rusos para asegurar su propia existencia («Aquí hace falta un lobo que me me defienda de los demás lobos») .

Estas actitudes ante la infamia (tanto el consentimiento y la cobardía de los hombres alemanes, como la humillación que sufrieron las mujeres) son aún un gran tabú en Alemania, y son el motivo principal por el que este libro aún se publique como anónimo.

La obra apareció por primera vez en Estados Unidos en 1954 gracias al empeño del escritor Kurt Marek. La recepción posterior de la obra en Alemania en 1959 fue tan mala (el tema de las relaciones sexuales consentidas se consideró una vergüenza para las mujeres alemanas), que la propia autora prohibió su publicación mientras ella estuviera viva. Sólo después de su muerte en 2001, el libro fue otra vez publicado. Esta vez si tuvo una gran acogida.

Jens Bisky, editor literario del Süddeutsche Zeitung, fue el que inició una investigación que acabó por descubrir la identidad de la autora de este punzante testimonio. Bisky reveló que fue Marta Hillers la mujer que rompió el silencio de aquellas mujeres que por unas u otras razones tuvieron que dar la cara en las horas más bajas del nazismo, y debieron después protegerse de la vergüenza y desprecio de los supervivientes: «Y les gustaba contar historietas en las cuales salían siempre bien parados. Nosotras, en cambio, tendremos que mantener la boca bien cerrada, tendremos que hacer como si se nos hubiera dejado a un lado, a nosotras, precisamente a nosotras. De lo contrario, al final no querrá tocarnos ningún hombre».

Antonio Ulloa Vilela