Un cuento breve sin puntos y aparte, sobre la crueldad y el amor.
para mi hermano
Buenos días. Espero que hayas dormido bien. Hoy es un día especial, te traigo una noticia que te interesará mucho. Pero ten paciencia, déjame alargar un poco el momento de dártela. Me han dicho que hoy tampoco has querido comer. Estás muy delgado, creo que estás melancólico. Ten cuidado, he visto a muchos melancólicos sucumbir aferrados a lo que más fuerza les daba, una idea fija o un recuerdo. En parte por la propia fuerza de su obsesión, vuelta contra ellos mismos; en parte por mi intervención, ni fortuita ni desinteresada. Leo desdén en tus ojos. Como siempre, haces como que no me escuchas, sigues con lo tuyo, pero detecto esas señales. Permíteme que me siente. Me voy haciendo viejo, mira estas canas, y la humedad me afecta más y más. Volviendo al melancólico aquel, el de la siete, sabes que acabó suicidándose, tú mismo ayudaste a llevar la camilla Su idea fija era un recuerdo de infancia que funcionaba como un dique de contención, pero lo contenido se desparramó por una fisura mínima y se llevó en su arrastre todo lo que él era. Pobre tipo. Me doy cuenta de la diferencia contigo. Tú eres otra cosa. Y aunque a aquél le haya ayudado un poco, contigo mi trabajo es otro. Quizá pienses que disfruto con la crueldad, y tendrías razón si la imaginas en este sentido: en la verdadera crueldad hay una atracción o un magnetismo parecido al amor, y así podríamos llamarlo. Ya veo que la abstracción te atrae, tus hombros te han delatado, conozco ese gesto casi imperceptible, trufado con el dolor que llega desde las esposas, coloreado de rojo, otro movimiento que tendrías que aprender a controlar, aunque conoces bien tu cuerpo, ya son muchos años practicando el autocontrol, aprendiendo disciplinas, gimnasia, yoga, cursos especiales en la India y en Palestina, situaciones límite convertidas en cotidianas… No sé por qué equivocaste tan radicalmente tu carrera, escritor gimnasta con ansias políticas. Mala mezcla. Y otras vez los hombros, te sorprende que sepa tanto de ti: lo necesito, la base de esta crueldad es el conocimiento, y éste lleva directamente al amor, tú también has leído a Santo Tomás. Necesito conocerte, conocer tu historia visible, tu pasado. Desglosarte minuciosamente pero con amor, ir abriendo puertas para las que quizá no tengas bastante fuerza o bastante conocimiento, zonas de tu ser en lo grande, y en lo miserable. Necesito decirte que hay esperanza, ¡que te quiero! Ya ves, ya lo he dicho, después de todos estos meses de callármelo. Yo también tengo cosas que confesarte. Ahora podemos seguir este hermoso camino. Vayamos a tu interior y cuéntame, ¡tienes tantos recovecos oscuros donde habitan los fantasmas! ¿Crees que yo no los tengo? Claro, yo también paso horas de ayunos y abstinencias en que se me presentan las almas de otros como tú, amados anteriores, pero no creas que con la misma intensidad. A ninguno le había dicho lo que a ti ni había llegado tan lejos. Qué pasaría si se supiera esto, mis compañeros de trabajo, mi familia, mi mujer, ¿qué pensarían? Sé que no saldrá de este recinto, y que esta información que te doy solo nosotros podemos comprender qué complejo significado contiene cuando te digo que te quiero. ¿No te sientes privilegiado? El amor nos redime, muéstrate pues, por el amor te comprendo. Pero espera un poco, no dejemos que nuestra discusión se manche del sucio contacto lujurioso de los cuerpos. Y deja va de agitar los grilletes con ese compás. Qué frio eres. Nada te afecta, tienes un cuerpo de cristal opaco. Endurecido y, a la vez, flexible. Te he visto dormir de pie, creo que sólo por contrariarme. ¿Crees que me gusta verte en ese estado? ¿No puedes imaginar otro lugar, otra situación para nosotros? Me desespero a veces, de verdad, pues de tu desdén no puedo sacar conclusión alguna. Necesito lo mínimo en tu cuerpo. Lo conozco bien, bastante he humillado esa carne. Al principio. Después, hemos pasado tantas horas hablando, encerrados entre estas cuatro paredes. Con un único propósito, que uno de los dos se rompiera, en principio tú, pero no desecho la posibilidad de caer yo mismo. Tu tiempo se divide en tiempo conmigo, y tiempo de mi ausencia. En esta celda insonorizada no oyes otra voz que la mía. Cuando estoy fuera, ocupándome de otros clientes, siempre pienso en tu dura figura, en tus labios gordezuelos y altivos. Crees que resistirás, pero te digo una cosa: sólo lo flexible aguanta, lo rígido cae, el viento dobla el junco pero no lo parte, y en cambio el alto árbol cede a su empuje y acaba quebrándose. Créeme. Dejemos la abstracción, vamos a lo concreto. A través del tiempo te he ido descubriendo algunas manías. Te gusta sentarte algo estirado, las manos invariablemente a los lados, nunca ocultas, y la mirada inquieta un momento hasta que encuentra un punto en que concentrarse. Te gusta la luz y el olor de la mañana, ambos te entran por la nariz. Les dedicas siempre unos minutos. Te gusta la esquina junto a la puerta porque es más seca, y desplegar las largas piernas en cualquier oportunidad. A mí me sorprende, yo soy bajito y rechoncho y algo vulgar, mis piernas siempre se recogen hacia dentro. Aunque quizá todo no sea más que una máscara pensada para hacerme sentir bajito y vulgar y de patas cortas, una máscara que ha de caer a tu muerte. He descubierto también tu predilección por dos líneas que en el techo se encuentran, y el desconchado en forma de isla al lado de la reja. Yo veo una isla, ¿qué ves tú, tu país, un animal, un desconchado? ¿Lo ves? Soy observador. Esta celda es ya tu mundo, la has hecho tuya. Apuesto a que sabes los metros exactos, y esas marcas en el suelo… ¡No me lo digas! A ver, ahora el sol llega a la quinta marca, son las cuatro de la tarde, y se seguirá moviendo la sombra de la tercera reja y hará esa elipse tan bonita, como el movimiento de las estrellas. ¿De dónde has sacado la pintura azul? Eres un detallista. Pero te conozco, todas esas marcas no son para nada, has construido un hermoso reloj sobre el suelo de la celda. Cuántas horas debe haberte costado, cuántos minutos, contados uno a uno. Al principio te perdías en el silencio de esta celda, insonorizada especialmente para que tu mente enloqueciera escuchándose siempre a sí misma. Recuerdo tus ojos frágiles y temerosos del principio a los que no faltaba el desdén. Sé que te gustaba oírme. Te confesé ya que jugué contigo, intenté tenderte una trampa. Observé una chispa en tus ojos en la segunda entrevista, el ojo que se giraba ligerísimamente hacia la reja pensando quizá en la luz del momento, o en la sombra proyectada sobre el rincón. Te visité siempre a la misma hora. Poco has hablado, ni siquiera entonces, cuando aún creías en tu inocencia, en tu heroicidad. Te fui mostrando tu interior, los fundamentos de tu lucha, la base de tu fuerza, y yo mismo quedé fascinado por tu capacidad para aunar lo lúcido y la locura. Por un momento creí que me acompañabas en aquella búsqueda. Entonces cambié la hora y te derrumbaste. Lo sentí sin que lo tuvieras que decir en gestos. Llegué a pensar: “La primera victoria”, y lo pensé con inmensa ternura. Ternura, sí. ¿No me crees? Supe el motivo: mis visitas eran tu reloj, de pronto no sabías la hora, volvías a estar perdido en el mar quieto de la celda. Un curioso error en tu temple interior. ¿Estabas entrenado para lo imprevisto pero no para la ruptura de lo previsible? Como posibilidad filosófica me parecía fascinante, pero no me quedé sentado. Tampoco podía esperar a que te pusieras a dar gritos como un loco. Como loco no, demasiado desorden para ti. Tenía que seguir, era sólo un capítulo. Te he ido conociendo poco a poco, te admiro, te amo, amado te llamo, y te hablo así. No me mires sorprendido. Ha sido una iluminación para mí el conocerte. He descubierto, sí, tu mente superior que ordena sin cesar el mundo de sensaciones fluyendo en el espacio y en el tiempo. Quizá al principio fue sólo una astucia, un juego de esconderte tú y encontrarte yo, por los callejones de tu mente laberíntica en que parecía que todo lo múltiple pudiera encontrar un sentido, un ritmo, una posición móvil y útil. No ahora, ya no hay juego. Esta celda es ya como tu cabeza, no, es tu cabeza, es tu templo, un templo al tiempo. ¿Ves? Ahora sí sé. Un templo que mide el tiempo. Por eso las líneas del techo, tan exactas, tan finas, incluso la isla, como una pizca necesaria de desorden. Y la esquina más seca junto a la puerta, desde donde asistes, alucinado y febril, al paso redobladamente lento de cada segundo, al caminar seguro y determinante de la sombra del barrote sobre la línea azul de puntos. Eres admirable. Me has superado, te has hecho independiente de mí, te has liberado sin salir de tu jaula: el sol te ha liberado, tus conocimientos, y tu férrea esperanza. Cambias con el sol, te haces húmedo y oloroso en la mañana, cenital y pleno a mediodía, ambiguo y extraño por la tarde, sigues fiel la línea fluida del sol. Y ya no me temes, has perdido el miedo casi por completo, seguirás contando el tiempo en puntos azules que tus uñas desgarraron del suelo. Mi admiración por ti es tan grande este día, que ya mi vida no podrá ser la misma. No, espera, no te muestres tan ufano, guarda tu vanidad pues reservo una sorpresa. Quizá te he dicho ya que hoy es un día especial, desde hoy todo cambiará para mí, mi vida entera, y la tuya, porque hoy es el día de tu traslado. Prepárate para la nueva celda que te he construido: una esfera perfecta donde nunca entra el sol.












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