La residencia, novela de Julieta Arévalo

Reseña de la novela La residencia de la escritora mexicana Julieta Arévalo, publicada por weRstories, editorial situada en Berlin-Rixdorf. Con un fragmento de la novela leído por la autora.

Fragmento de la novela La Residencia de Julieta Arévalo

ESTAR SIN ESTAR

Por Eva Leticia de Sánchez

Texto leído en el contexto del debut de la novela La residencia, de Julieta Arévalo y publicado por weRstoris, en la Ciudad de México, Agosto 2025.

Ayer, desde mi ventana, vi a una mujer que ha sido mi vecina por treinta años. Nunca hemos tenido una buena vecindad, por decirlo de manera amable. Ella fue agresiva y hasta violenta con mi familia desde que nos mudamos, según yo, sin motivo alguno. Por la edad de sus hijos, que se veían mayores que mis hijas, podría decirse que ella actualmente pasa de los setenta años. Vive sola, nadie la visita; a los hijos hace muchos años no se les ve por el rumbo. No goza de buena salud, lo sé porque camina penosamente apoyada en un bastón y por su aspecto. Parece que su única compañía es la amargura. Al lado vive otra mujer más o menos de mi edad; me comentó un día que nos topamos en la calle, que su casa la habitan sólo ella y su hija con discapacidad intelectual, y que no cuentan con nadie que las apoye. En sus gestos ansiosos, en su cuerpo delgado y avejentado, en su rostro surcado por múltiples arrugas se notan el desamparo que le causa la soledad, y el temor a no poder estar más para su hija, quien se comporta como una niña de seis años. Yo, cuando las miro, me pregunto qué va a pasar con ellas; si van a vivir en soledad por el resto de sus días. También me pregunto qué va a pasar conmigo más adelante si es que hay un más adelante para mí. No puedo evitar recordar el dicho que una tía querida repetía cuando la vejez la alcanzó: Como te ves, me vi; como me ves, te verás.

Este preámbulo me sirve para entrar a comentar la obra cuya presentación al público hoy nos convoca; se trata de La residencia, de Julieta Arévalo. Confieso que conocí a los personajes de esta novela breve cuando estaban naciendo en la mente de la autora, lo cual me parece un privilegio. Muchas gracias, Julieta, por invitarme a presentar tu novela, que seguramente será valorada por sus lectores.

Tengo que expresarlo tal cual lo siento: La Residencia me perturba, me subleva y me llena de impotencia. Es que, como podrán notar, y en eso le gano a la mayoría de ustedes, me encamino a tomar la última vereda que me llevará, inevitablemente, al no retorno. Esa es una idea que, no sé si a todos los humanos les ronda cuando llegan a cierta edad, o es mi manera personal de vivir esta etapa. El caso es que cada día que se va me dice que es un día menos para cumplir metas y propósitos; que el movimiento, el pensamiento y el habla se están haciendo lentos. Que la vitalidad, las ganas y aun la voluntad se van pareciendo cada vez más a los lejanos deseos, no realizables aún, de la niñez. De ahí que las historias de las personajes de La residencia me resulten tan perturbadoras. Y, aunque la prosa de Julieta es en extremo sutil y no recurre a la estridencia para forzar un dramatismo que, me parece, estaría justificado, logra que una voltee la mirada hacia esos seres que ya casi nadie quiere mirar, o bien, que ya no quieren ser mirados: los ancianos; particularmente a las mujeres que habitan La residencia, y hacia una misma.

Disfruté mucho la lectura de la novela por la economía de palabras con que está escrita. La prosa de Julieta es precisa y concisa, no se empantana con la finalidad de engrosar el texto; no dice más que lo que necesita decir para que una vea y escuche a las personajes y recree la atmósfera en que suceden los hechos.

Percibo que la mirada de la autora está cruzada por una crítica que no por sutil es menos demoledora, y por la ternura, formándose así un cóctel que sabe dulce y amargo al beberlo. Así, entre tragos amargos endulzados con humor, vamos conociendo los motivos que cada una de las habitantes de La residencia tuvo para estar viviendo alejada de todo aquello que la vinculaba con sus recuerdos, con sus afectos, con los personajes de su personalísimo mundo interno. Si por decisión propia o por la de terceros renuentes a proporcionarles cuidado, atención y cariño, parece ser ya lo de menos. Estas mujeres llegaron a la residencia a aprender a vivir de otra manera, a crear nuevos lazos, a ser ellas entre diversas personalidades antes desconocidas; y a esperar.

Bien lo expresa la autora cuando habla de los motivos de Martha: “Quería vivir la otra etapa, la final, con seguridad, en un entorno contemplativo, en el paraíso de aquellos que vuelven a la niñez, pero con la diferencia de que aguardan que la muerte toque la puerta en cualquier instante”. Aunque creo que el más loable de sus motivos, desde mi punto de vista, era el “dar las mínimas molestias a sus hijas”. Concha, en cambio, decide irse a vivir a la residencia para que ya no le den molestias a ella, está harta ya de ser la que cuida, alimenta y arropa a los demás. Y, aunque la meta sea la misma: esperar la muerte, estas dos posturas abren la posibilidad de pensar en el pasado de estas mujeres, en qué y cómo lo vivieron, en la riqueza de sus experiencias, y en lo inútiles que éstas resultarían si ya nadie quisiera o pudiera conocerlas. Ahí radica, desde mi punto de vista, la mayor riqueza de la novela de Julieta, acercarnos a esas experiencias.

A estas alturas, con el mundo volcado en lo efímero y en lo material, hay que ser muy valiente para tocar un tema tan espinoso y humano como es la vejez en su etapa final, renunciando a escribir algo que venda mucho, algo de lo que está en boga. Porque, ¿a quién le importan los ancianos? Incluso esos que, como las mujeres de La Residencia, tienen medios para sufragar su estancia en un lugar habilitado con todas las comodidades, ¿a quién le importan? ¿Quién los necesita? ¿Quién los extraña al punto de detener su vida, de interrumpir su cotidianidad para estar cerca de ellos?

Qué preguntas tan incómodas, ¿no? A mí me incomodan porque me tocan, me punzan. La novela de Julieta Arévalo me ha llevado a formulármelas, a traer a mi presente lo que he intuido que en algún momento tal vez me suceda. ¿Si llego, seré como Martha, como Concha o como alguna de las otras? ¿Terminaré mis días sola y quizá enferma, igual que mis vecinas? ¿Hasta cuándo tendré capacidad para seguir pensando, leyendo, emocionándome con una película o con un paisaje verde? ¿Viviré estando sin estar, en espera de la muerte? ¡No!, ¡no!, ¡no!, ¡no!, me rebelo, me lleno de impotencia. Lo inevitable provoca impotencia.

¿Ven?, a mí, la lectura de La Residencia me sacó ronchas porque me interpela, porque dice mucho de lo que no quiero ver ni oír o en lo que no me gusta pensar. De eso se trata la literatura, ¿no? Eso logra un buen texto.

No les cuento más de las personajes de La Residencia, ustedes irán descubriendo a cada una de estas mujeres que aparecen en la novela, su talante, su dolor, sus flaquezas y fortalezas y las vicisitudes que se les van presentando durante su estancia en ese lugar que, en sí mismo es tan relevante como las mujeres que lo habitan. 

Muchas gracias. Agosto del 2025


La Residencia

Capítulo 1

Martha

La casa comenzaba a quedarle grande. Las recámaras resentían los años, extrañaban las voces que las llenaban. El jardín se había convertido en maleza. Aun así, ella no se dejó amedrentar por la soledad; se hizo de un gato gris que la acompañó varios meses, hasta que no volvió de su salida nocturna. Como si resolviera uno de sus crucigramas, se topó de frente —horizontal, ocho letras— con la palabra desapego. Después, sucedió aquella caída de las escaleras: más de cuatro semanas con la pierna enyesada le dieron suficientes horas para pensar en su vejez. En ese lapso escribió en la libreta de los gastos sus pesares, su presente que se iba encogiendo más, como ella. Sin consultarlo, puso en orden sus papeles e instaló un letrero afuera de su casa: «SE VENDE». 

Entretanto sus hijas se debatían sobre su estabilidad emocional. Martha escarbó en sus ayeres, empezando por el clóset: faldas con estampados por los que no había pasado el tiempo y que volvían a estar de moda; zapatos de tacón que usó cuando tomó clases de tango, pero que terminaría abandonando porque el maestro le había hecho propuestas que no estaba habituada a escuchar; bolsas y vestidos de la época en que acompañaba a su marido a las cenas de trabajo; los tubos eléctricos que utilizaba para hacer que su cabello se viera más rizado y abundante; papelitos con direcciones dentro de las bolsas de los abrigos y hasta un billete de diez mil pesos con la imagen de Lázaro Cárdenas. Quizás deshacerse de esto fue lo menos duro, al igual que de las ollas y cacerolas. 

Dejó en pausa lo que más dolor le causaba: la caja de cartón a punto de desmoronarse que estaba en el fondo del armario. Las fotos permanecían intactas, como si recientemente Martha, de cabello negro, se hubiera casado y tenido hijos. Su memoria, aún viva, evocaba cada uno de los eventos: Acapulco, sus padres y hermanas, su cuerpo delgado, sus amigas (ya todas muertas). Una a una, fue haciendo cachitos las fotos; las tiró en un bote de basura que comenzó a derramarse de historias. La melancolía se instalaba. Revolver recuerdos era como jalarse una costra de la rodilla; por eso, prefería distraerse con los dulces que guardaba en el cajón del buró, como cuando era niña y su madre la llevaba al mercado a comprar caramelos a granel. 

«Más de cien años haciendo verdaderos hogares»; «Como nunca lo imaginaste, como siempre lo soñaste: vive a plenitud la tercera edad»; «Tenemos al cuidador ideal según tu presupuesto». Alguien le dio un folleto que había guardado junto a su ropa interior. 

Solía observar detenidamente cuanto le rodeaba, eso le permitía ser clara y sabia en cada una de sus acciones. Entre sus planes figuraba dar la mínima molestia a sus hijas, así que la decisión estaba tomada. Quería vivir la otra etapa, la final, con seguridad, en un entorno contemplativo, en el paraíso de aquellos que vuelven a la niñez, pero con la diferencia de que aguardan que la muerte toque la puerta en cualquier instante. 

Aún esperaba respuesta por parte de la residencia. Mientras tanto, organizó ventas de garaje para vender sus pedazos de vida; doce pesos cada artesanía de Morelia, veinte pesos las mascadas; dos mil la sala; doscientos el mantel de seda. Los objetos fueron desapareciendo, sólo quedó el refrigerador, el estéreo y los libros, sus libros, lo más pesado de cargar, lo que tanto le costaba vender. 

Primero se fueron las enciclopedias, luego las obras de literatura. Quería sacar buen dinero por ellos, lo cual no ocurrió porque todo ya se leía en el celular o en la computadora. Pero no era igual. Las hojas de los libros olían a madera vieja y las letras bailaban. Además, podían subrayarse las frases donde se reflejaba la historia de uno. Al final logró venderlos, aunque se quedó con unos cuantos. Pasar frente a los libreros le daba miedo. La casa se había vuelto un mausoleo donde por cada palabra venía un eco; sólo su jardín seguía conservando los árboles que sembró con su esposo.

Luego de que el ropavejero se llevara los dos libreros y el refrigerador, recibió una llamada de la residencia: su solicitud había sido aceptada. Nerviosa, no lograba conciliar el sueño, las emociones eran una turbulencia; se cuestionaba si su decisión había sido la correcta. Tenía miedo de perder su historia, sentía angustia de lo que venía. Decidió dejarse las canas y usar el shampoo matizador plateado. Sus rizos se transformaron en arbustos color lila que hacían juego con sus suéteres y su piel. «Tú no eres Martha, eres la abuela Jacaranda», le decía su nieto y ella no dejaba de reír, porque ese era su color favorito, el que cada primavera tapizaba las banquetas de su colonia. Le gustaba su transformación. Había leído en una revista que el color lila era cálido y dulce, que no le iba a cualquiera. 

Llegó la hora. Martha caminó por cada una de las recámaras de sus hijas, dando una última ojeada. Volvió a escuchar sus voces de niñas, vio sus muñecos, sus lámparas de estudio, sus cuadernos sobre la cama, al perro labrador blanco que las acompañó doce años. Vio su vida entera. Hasta que escuchó un claxon; la esperaban en el auto. El coche arrancó, y ella, con lágrimas, giró su cabeza color jacaranda para mirar cómo su casa se iba haciendo más pequeña.


Julieta Arévalo

Nació en la Ciudad de México. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la FES Acatlán y en la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatin. Es autora de la colección de relatos Paraíso y otros cuentos incómodos. Su relato Paraíso fue adaptado al cine por la productora Canana y también se incluyó en el libro Satélite, el libro. Ha colaborado en revistas impresas y digitales, en la aplicación editorial Ipstori, y en antologías de relatos como El Libro Rojo de Bengala, Cuentos de barbarie y Grietas hacia lo incierto (relatos para la segunda edición de «La escritura de la ausencia», un evento digital de literatura y arte celebrado en el Koubek Center de Miami). Con weRstories publica su primera novela, La residencia (ES).

Fuente


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