En su nuevo libro, el autor argentino Mariano Pacheco elige ingresar a la política, y a la política revolucionaria, a través de la literatura argentina del siglo XX, y más específicamente de textos y nombres canónicos de esta literatura: González Tuñón, Viñas, Saer, Rozitchner, Puig, Perlongher, Piglia, Fogwill. Yendo al rescate, a través de la literatura y de la crítica literaria, de un fuerte anhelo, de una «indocilidad en la derrota», señala Bruno Crisorio en la reseña que compartimos aquí junto con un adelanto del libro que se presenta en Berlín el 9 de junio.
Una reseña de Bruno Crisorio
Mierda de persuasión,
mierda de olvido.
Bebamos, Hamlet,
la sangre que en el viento se levanta
Aldo Oliva
Tan solo quisiera comentar algunas reflexiones que tuve al leer el libro de Mariano, algunas líneas, algunos pasajes que la lectura promovió del texto a la realidad social y política presente, o bien a la inversa, algunas claves que esta realidad me impuso al abordarlo. Lo primero es que este libro, como los anteriores, es indisociable de la trayectoria de militancia que Mariano viene sosteniendo desde hace ya largos años, en diferentes espacios políticos y sociales, y de su “apuesta por la revolución” que menciona en la dedicatoria. Esto es importante, creo, porque entonces su interés por la revolución no es meramente académico o crítico, lo que sería tal vez legítimo pero implicaría una mirada distanciada, desimplicada, de estudio de un objeto; la revolución, cuyas modulaciones y aristas rastrea en varios autores clave del siglo XX sobre los que hablaremos a continuación, no es una “palabra clave” para ingresar en un paper sino un significante ligado a un proyecto, entiendo, político y existencial. Tal vez podría decirse de Mariano lo que él dice sobre David Viñas: “a tono con la época, hace de la crítica no un saber erudito-universitario, sino un género de combate, una literatura que toma partido y se embarra con la historia social desde una escritura política”. Aunque, si ese era el “tono de la época” en los sesenta, habría que preguntarse con honestidad cuál es el tono de la época actual.
Precisamente por esto, porque no es meramente un objeto de estudio ajeno al autor, hay una pregunta que se vuelve acuciante: ¿qué hemos de entender por “revolución”, no solo en los escritores estudiados, sino en el propio Pacheco? Si esta palabra ofrecía un contorno más bien definido en 1924, cuando León Trotsky publicó su libro homónimo (Literatura y revolución) en el cual discutía con escritores, críticos y teóricos de la época sobre la relación de la intelectualidad rusa con la revolución bolchevique, ¿qué significa hablar de revolución hoy, después de la caída del Muro y la disolución de la URSS, sí, pero también y fundamentalmente después de la sangrienta derrota de las izquierdas argentinas a manos de la última dictadura militar? Parafraseando a Borges, para quien el Quijote de Pierre Menard obligaba a reinterpretar el pasaje sobre las armas y las letras, en el siglo de La traición de los intelectuales y de Bertrand Russel, el libro de Pacheco nos encuentra más cerca de la “revolución de la alegría” macrista y de la “rebeldía de derecha” de los últimos años que del octubre rojo. En este contexto, entiendo que el título del libro es un gesto de inconformismo, de indocilidad, que al tiempo que estudia el pasado mira desafiante al presente. Como propuso el propio Viñas en la presentación del último libro del poeta rosarino Aldo Oliva: si su generación fracasó en su intento por “tomar el cielo por asalto”, no se trata de regodearse en la derrota sino de preguntarse (y cito), “¿lo contrario, qué es? ¿Es literatura el éxito? ¿Quiénes son los exitosos? Nosotros, desde el fracaso, decimos: ¡Eso no va!” Algo de esa “rabia contra la agonía de la luz”, tomo la expresión de Dylan Thomas, que se encuentra en Oliva y se encuentra en Viñas, está en Pacheco, en su apuesta por una comunidad lectora que no claudica en seguir el camino “para dejar de ser esta humanidad”.
La revolución, entonces, queda ligada al problema de la derrota. Desde el cierre del capítulo sobre Tuñón, en el cual el “rojo alegre de la revolución” y del vino se transubstancia paulatinamente en la sangre de los muertos de la Guerra Civil (y más adelante, en “los torturados y los asesinados” que toman la voz en Demanda contra el olvido, de 1963), hasta la cita de Respiración artificial (publicado, recordemos, en 1980) en la que Tardewski plantea que Kafka, en El proceso, entrevió al Estado convertido en un instrumento del Terror. Pasando por Viñas, como vimos, pero también por Rozitchner y por Fogwill, dos de los autores que más consecuentemente se dedicaron a pensar las condiciones de la posdictadura no como un triunfo de la democracia sino como la derrota de la alternativa revolucionaria. El legado de esta derrota, inapelable y sangrienta, de las izquierdas argentinas, ha sido para Silvia Schwarböck, junto con la implementación del neoliberalismo como política económica que persiste hasta hoy, la condición ideológica y existencial de las “vidas de derecha” como únicas vidas posibles. Para la autora, la vida de derecha implica una desconexión de la vida individual respecto del proyecto político colectivo. Y si bien Mariano plantea, en un libro anterior –Desde abajo y a la izquierda, de 2019–, una “genealogía de la insurrección” entre 1996 y 2002 (desde las puebladas neuquinas hasta la “masacre de Avellaneda”), como modo de discutir ese carácter absoluto de la vida de derecha, ocurren dos cosas. La primera es que algunos de los autores estudiados son herederos de esta derrota (cuando no murieron antes de 1976, como González Tuñón), que conforma su ethos durante la posdictadura. Junto a Viñas, Rozitchner y Fogwill, podemos incluir a otro autor que no es estudiado por Mariano, pero que ingresa igualmente, significativamente, en el epígrafe que da el tono general del libro: hablo de Andrés Rivera y su revolución eternamente soñada.
Lo otro que ocurre es que entre 2019 y hoy pasó mucha agua abajo del puente: una pandemia, un gobierno fallido que mostró grietas internas (políticas) y externas (sociales) muy profundas, el desembozado avance de las ultraderechas que, si bien es un fenómeno mundial, tiene en Argentina una de sus puntas de lanza. En el manifiesto del mes de marzo de la revista Crisis volvemos a leer la palabra derrota: el estado de ánimo de nuestro campo, dicen, “se llama derrota. Una relación de fuerzas demasiado adversa que te aplasta. La prepotencia de una extrema derecha que no tiene pruritos y está decidida a arrasar sin miramientos con quien se le oponga. Una avanzada que, lejos de amainar, en 2026 acelera”. En este contexto, no se trata de negar esa genealogía de la insurrección que proponía Mariano (al contrario, tal vez haya que afirmarla más que nunca), pero sí de recalibrar nuestra posición en relación con ella, y con las alternativas que este presente nos ofrece o, principalmente, nos obtura.
Pero este énfasis puesto en la revolución y la derrota, que salta a la vista en un contexto marcadamente anti o contrarrevolucionario, no debe hacernos perder de vista el otro término de la cópula: la literatura. Porque Mariano elige ingresar a la política, y a la política revolucionaria, a través de o mediante la literatura argentina del siglo XX, y más específicamente de textos y nombres canónicos de esta literatura (lo que justifica el otro intertexto del subtítulo, Ensayos argentinos, tomado del libro homónimo de Sarlo y Altamirano): González Tuñón, Viñas, Saer, Rozitchner, Puig, Perlongher, Piglia. En este sentido, el ordenamiento a grandes rasgos cronológico de los capítulos no pierde por eso su interés, ya que da cuenta de una historia del siglo XX (de la Guerra Civil española, preludio de la Segunda Guerra Mundial, al terrorismo individualista del Unabomber) atravesada, representada, distorsionada, tensionada por una historia posible de la literatura argentina; hay una imagen muy gráfica de esto en el capítulo sobre Puig, donde Pacheco señala que el arte, el cine en este caso, funciona como modelizador de la experiencia pero en tanto y en cuanto no es la reproducción mimética de la realidad exterior (y por eso al autor no lo convocaba el cine nacional).
En Tuñón, por su parte, Mariano lee entre otras cosas la tensión entre arte y revolución que recorrió las manifestaciones artísticas de la primera mitad del siglo, y que van, en el caso del surrealismo (vanguardia cuya vocación el poeta sintió con fuerza durante la década del ’20), desde la revista “El surrealismo al servicio de la revolución” de 1930 al “Manifiesto por un arte revolucionario independiente” que escriben André Bretón y León Trotsky en 1938. En esta tensión (que se evidencia con claridad en la obra de Tuñón en las imágenes de la “luna con gatillo” y “la rosa blindada”), la coyuntura política ejerce su presión hasta llevar a Tuñón, “sin descuidar la técnica”, a abandonar o matizar sus devaneos surrealistas en pos de una mayor proximidad con el pueblo al que canta (y que lo canta, en las trincheras republicanas, según una leyenda que Pacheco recupera). En este y los demás capítulos del libro (hasta llegar al que analiza la obra de Piglia, en el que se preocupa por distinguir al Unabomber del alter- ego literario Thomas Munk, y al propio Piglia de Emilio Renzi), las series literaria y política o social permanecen diferenciadas, y es desde allí que la literatura puede ejercer sus cuestionamientos, sus problematizaciones, incluso sus fusiones coyunturales. Y también la potencia utópica específica del arte, capaz de “anunciar lo que todavía no es”, como recupera Pacheco de Piglia, o, según el poema de Aldo Oliva, capaz de capturar “la prefigurada imagen de lo inexistente”.
Es precisamente desde ese desacople respecto de las series social y política que la escritura (la literaria, pero también la crítica) puede intervenir. Pero esto no implica una indiferencia, una incomunicación o una contradicción: en la figura del Che Guevara –el Che leyendo y escribiendo en situaciones extremas e inverosímiles, como la selva boliviana, o incluso ya detenido– Pacheco cifra una ética de la escritura como combustible de la acción política, a un tiempo distinta e indisociable de ella. Recuperando, acaso involuntariamente, una de las máximas surrealistas que Tuñón habría aceptado, según la cual se trataba de acabar con el divorcio entre la acción y el sueño, Pacheco señala en las páginas finales de su libro que “esa contraposición acción-reposo, lectura-decisión, no deja de tener algo que hace ruido. Es como si se contrapusiera la batalla al sueño, el comer y beber a la acción directa. El amor a la revolución. La risa a los horrores de la guerra”.
“Sentimos la ausencia de Viñas –como la de González, la de Piglia, la de Rozitchner o la de la Sarlo– porque con él, con ellos –el genérico masculino es una marca de su generación– se ha ido una época entera. Aunque no es nostalgia lo que se siente, sino más bien la fuerza de un anhelo: no el de la repetición, sino el de la fuerza arrolladora de la creación”. A igual distancia de la academia (que objetiva el pasado, desvinculándolo del presente para convertirlo, justamente, en un objeto de estudio) y de la nostalgia irremontable que en cambio inmoviliza y obtura el presente, lo que este libro persigue es “la fuerza de un anhelo”, “un devenir siempre anhelado, tanto en épocas de revolución como de contrarrevolución”. Más acá o más allá de los procedimientos literarios, los posicionamientos coyunturales, las intempestivas polémicas que sin embargo analiza tan bien, lo que Mariano busca rescatar de estos autores para el presente es lo que llamaba al comienzo la “indocilidad” en la derrota, una “insumisión en la quietud”, dirá Aldo Oliva, de los consensos epocales de la posdictadura. En un momento en el que la relación de fuerzas parece demasiado adversa y nos aplasta, buscar en la literatura y en la crítica literaria los restos de ese anhelo, de esa fuerza arrolladora, acaso suene desmesurado. Pero quizás haya que volver a animarse a pensar por fuera de la mesura, sobre todo cuando esas medidas, esos límites, nos son impuestos desde afuera.
Adelanto de: Literatura y revolución: ensayos argentinos, de Mariano Pacheco, Nido de Vacas Ediciones, Buenos Aires, Argentina, 2026

Librería La Escalera 2° Patio (Hof), Kopenhagener Str. 73, Berlin-Bezirk Pankow
Mariano Pacheco
Escritor, periodista. Columnista en Perfil Cultura, la radio AM 830 de Buenos Aires y el portal La luna con gatillo de Córdoba. Editor de la sección “Contraataque” en la revista Resistencias. Coordina los Encuentros de Filosofía y salud mental “Lecturas sintomáticas” y la Escuela de Filosofía “Horacio González” del Instituto Plebeyo. Integra la Revista “El Rafo” y coordina “Escrituras sintomáticas”- Laboratorio de Experimentación Crítico- Narrativa de la Escuela de Literatura Autogestiva Aldo F. Oliva de Rosario. Investigador del Departamento de Literatura y Sociedad del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Autor de más de media docena de libros. Coordina espacios de formación política en sindicatos y movimientos sociales. Su Instagram: @pachecomarinao.ok. Su blog: https://profanaspalabras.blogspot.com/

Bruno Crisorio
Doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, con una tesis de investigación sobre la poesía de Aldo Oliva. Publicó artículos críticos en revistas especializadas, y compiló las antologías de poesía Atlas de la poesía argentina 1 y 2 (La Plata, EdULP 2017-2019) y Ver qué pasa allá afuera. Poesía 360 (La Plata, GaliArte, 2023) gestionada por Artaud Cultural donde participa de la coordinación (2022-actualidad). Ha traducido el poemario El iris salvaje, de Louise Glück, y la antología Este verso dejó de respirar, de Kim Addonizio, publicados por la editorial Floresta (Rosario, 2024). Es miembro de la Escuela Autogestiva de Literatura “Aldo Francisco Oliva”, donde participó de seminarios de investigación y brindó clases en distintos seminarios, y también de Aldebarán Ediciones.
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