Lengua castellana vs. Trump: una batalla cultural

Un artículo de opinión de Ivo Krasutzky. Para leer y escuchar, en la voz del autor.

Hablar en español hoy, en muchos lugares, es posicionarse respecto de una antigua batalla. A partir de una frase brutal de D. Trump, este texto analiza cómo la lengua es hoy un campo de fuerzas, entre intentos de humillación, (auto)censura y las formas mínimas de resistencia cotidiana.


Hablás bajo si mandas un audio en la estación o en la calle. Mirás alrededor antes de empezar a hablar. Respondés mensajes riendo con “h” en lugar de “j”. Tu acento, como si hablaras cantando, se escucha mucho, entonces bajás la voz. No siempre fue así, y no lo es en todos lados, pero en este mundo, y más como migrante, se nota. El idioma español, o el castellano y todas sus derivas, el de España y el de América, desde la Antártida argentina hasta la Florida estadounidense, es hoy, en el inconsciente y consciente global, la lengua de los pobres. No por su estructura, no por su historia, sino por el lugar que ocupó en el coro globalizado de las lenguas. Una lengua tan extensa como diversificada, tan rica como disputada. Una máquina viva cargada de historia en cada inflexión, que organiza la percepción, el deseo y la memoria de más de quinientos millones de personas en el mundo. Pero también es una lengua marcada. Hablas bajo si mandas un audio en la estación o en la calle. Mirás alrededor antes de empezar a hablar. Respondés mensajes riendo con “h” en lugar de “j”. Tu acento, como si hablaras cantando, se escucha mucho, entonces bajás la voz. No siempre fue así, y no lo es en todos lados, pero en este mundo, y más como migrante, se nota. El español, o el castellano y todas sus derivas, desde España hasta América, desde la Antártida argentina hasta la Florida estadounidense, es hoy, en muchos lugares, la lengua de los pobres. No por su estructura, no por su historia, sino por el lugar que ocupa en el coro globalizado de las lenguas.

Cada palabra en español, sus rezos, promesas, celebraciones e insultos, arrastra una sedimentación de siglos. No sólo batallas y conquistas, sino también desplazamientos, fusiones, contagios y muta-ciones. En el imaginario contemporáneo, hecho por el cine, series y música de los siglos veinte y veintiuno, el español aparece como el idioma de quien limpia, sirve, de quien aparece pero no pro-tagoniza o conduce la escena. El inglés, en cambio, ocupa el lugar de lo neutro, de lo universal, de lo que no necesita explicarse, simplemente “es”.

Mucho de eso se condensa en la obra “You don’t want to know” (2008), del colectivo Los de Abajo, ubicados en Los Ángeles, EE.UU. En la composición que ilustra este texto, fuerza semiótica en sus causas, hay cuerpos, gestos, y una advertencia. Como en tantas producciones del arte chicano, la lengua no aparece solo como herramienta, sino como arma soft, como marca de linea en un campo en disputa. 

Donald Trump, en una cumbre reciente con líderes de centro y sur América a principios de Marzo pasado, dijo: “no voy a aprender su maldito idioma”. Eso es parte de una modulación, una serie de operaciones sostenidas que ubican a lo hispano como resto, como copia, como exceso, como una forma menor de humanidad. Una jerarquización que no deja de actualizarse, con nuevas formas de hacer lo mismo. Y en otra ocasión reafirmó que: “en este país (refiriéndose a Estados Unidos) se habla inglés”. No es sólo una frase. Es la reedición, sin matices, de una vieja pedagogía de una cier-ta crueldad: la de ubicar a ciertas lenguas en el lugar de lo tolerado, en tanto sea dentro de ciertos términos. 

En Estados Unidos viven alrededor de sesenta millones de personas de origen centro o surameri-cano (y muchos de ellos lo votaron), las cuales tienen el español como lengua cotidiana, íntima, afectiva. Una lengua que se habla en la casa, en el trabajo, en la calle. En otras partes del mundo, como en Alemania, unas trescientas cincuenta mil personas piensan y sienten en español antes de abrir la boca. En Berlin, somos al menos treinta mil viviendo en dos territorios a la vez. Porque eso es también una lengua: un territorio que no siempre coincide con la ubicación de nuestro GPS. 

Hablar español en ciertos contextos es prenderse fuego, lanzarse contra una frontera invisible. No hay controles ni sellos, pero hay tensiones en los cuerpos, hay miradas que escrutan. Ajustar el vo-lumen, neutralizar el acento, elegir palabras más “correctas”. Reírse con “h” para no llamar la aten-ción al chatear. Cada gesto mínimo es una negociación.

El uso de la lengua, entonces, no es sólo un medio para comunicarse. Es un campo de fuerzas, que hoy se presenta disputada sin velos. La batalla cultural la gana quién puede hablar sin justificarse, quién no tiene que traducirse ansioso para existir. La gana quién puede equivocarse sin que ese error sea leído como marca despreciativa, defecto o pecado, por nacimiento en la latitud equivocada. Pero hay algo que no termina de encajar en ese orden. Algo que insiste. La lengua de Borges, Ocampo, Cervantes, Paz y García Márquez, música del paisaje en el Río de La Plata, la península ibérica, o los desiertos del Nuevo México. La lengua que produce mundos de los más bellos y no-bles que se hayan podido materializar frente a los ojos cerrados de quien imagina en español. Una lengua que inventó cosas al nombrarlas, y actitudes que insisten en no volverse Uno con el ideal ascético, en no dejarse asimilar. 

La guerra también se da ahí, cuando se logra que una lengua sea humillable en público. Cuando se vuelve necesario bajar la voz para hablarla, o alguien la denigra sin tapujo, y encima alguien así. Hoy, aquí, en este estado del mundo, hacer algo con esto no se trata de imponer el español a los gri-tos en el U-Bahn. Se trata de reconocer el campo de batalla en el que ya estamos metidos, hace años, siglos. Para no ceder en cada corrección automática, en cada silencio anticipado, en cada pa-labra que se enmudece antes de decirse. Y en esos mínimos actos, como el de un audio enviado sin vergüenza, o una risa escrita como suena, no hay ingenuidad, sino acto de presencia. Porque la gue-rra ya fue perdida, en el alma de cada hablante, si la voz se apoca antes de salir. 


Imagen de portada. Los de Abajo Collective (Kay Brown, Judith Duran, Poli Marichal, Victor Rosas, and Marianne Sadowski), “You don’t want to know” (2008), mounted prints (image courtesy Self Help Graphics & Art).


Ivo Krasutzky

Es licenciado en Psicología (UNLP) y maestrando en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad (Posgrado de Filosofía y Letras – UBA). Actualmente vive en Europa.Trabajó en salud mental y derechos humanos con distintas poblaciones: en contexto de encierro con personas privadas de la libertad en el abordaje de consumos problemáticos; con niños, niñas y adolescentes en promoción y protección de derechos; con estudiantes de psicología en UNLP, y en carreras terciarias en acompañamiento terapéutico y psicopedagogía en Prov. Bs.As. Como migrante, ha vivido y trabajado en Estados Unidos, Dinamarca y Alemania. Hoy combina la práctica clínica (individual y grupal) con talleres de lectura y espacios colectivos de reflexión. Su trabajo se centra en los cruces entre salud mental, subjetividad, virtualidad y experiencia migrante, tanto en la práctica clínica como en la escritura en medios y redes.


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Ivo Krasutzky

Licenciado en Psicología (UNLP) y maestrando en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad (Posgrado de Filosofía y Letras - UBA). Actualmente vive en Europa.

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