De duchas rotas, cine cubano, cubos de agua y Roberto Blanco

Una interesante y creativa aportación al festival BIG CUBA II del escritor cubano Luis González, habitual colaborador de la revista. Se incluye el enlace al programa del festival. El festival de cine cubano tendrá lugar en el cine Babylon de Berlín-Mitte del 28 de agosto al 3 de septiembre de 2025.

Ayer sábado, ya entrada la noche, se rompió el grifo de la ducha de mi apartamento. Por primera vez en casi 30 años me vi privado de mi reconfortante costumbre diaria de meterme bajo un potente y reparador chorro de agua. Si esto hubiera pasado en un día cualquiera de la semana, habría quedado como una simple anécdota entre graciosa y molesta. Pero no: tuve que pasar todo el fin de semana con el grifo cerrado y, por ende, sin agua corriente en el baño.

Yo, en pleno siglo XXI, rodeado de inteligencias artificiales, robots y bombillas led, cargaba agua con un cubo plástico desde la cocina hasta el baño para poder hacer… ya saben, todo lo que en ese lugar se hace además de ducharse: lavarse los dientes y otros triviales actos de aseo personal.

Las doce sillas, de Tomás Gutiérrez Alea

Pero soy cubano, y este tipo de incidentes no son para tirarse de los pelos. Muchos de mis compatriotas en la isla tienen la plomería en perfecto estado y tampoco pueden bañarse. ¿Por qué? La respuesta es tan simple como absurda: no tenemos agua. Sí, así como lo leen. En pueblos y ciudades de Cuba, el agua corriente escasea. Y cuando aparece, suele faltar la electricidad para bombearla a cisternas y tanques de techos y azoteas.

¿Qué hacemos entonces? Pues buscamos donde sea: una roñosa tubería rota que sobresale del asfalto reventado y lleva años desangrándose, mientras a pocos metros nadie puede descargar el inodoro sin ayuda de una cubeta. También están los camiones cisterna del Poder Popular, que aparecen de vez en cuando para recordarnos que el gobierno “piensa en el pueblo” Y, por supuesto, los que se compran por la izquierda, porque el agua no entiende de ideologías: se necesita para beber y para asearse.

No es raro ver a hombres y mujeres arrastrando carretillas rústicas, hechas con viejas tablas de pallets y rodamientos de autos, llenas de recipientes de todos los tamaños, buscando y acarreando agua allí donde la haya. Por eso se atesoran los grandes tanques de metal, con las escaras del oxido y golpeados por la vida dura, comprados o robados en fábricas y almacenes. Los célebres tanques de 55 galones. Quien quiere uno debe pagar un dineral a los mercaderes que los poseen. Ley de oferta y demanda. Así almacenamos ese paradójicamente escaso elemento formado por dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno en un planeta cubierto en un 70 % por él.

Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea

Con esos toneles nos comportamos como el Gollum de El Señor de los Anillos: avaros, escurridizos y paranoicos. Pero entiéndanlo: gracias a ellos podemos cocinar, bañarnos, limpiar la casa y hacer todo lo que el agua permite.

Y entonces, mientras miraba incrédulo el inútil manillar de la llave rota, pensé en cine. Sí, en cine. Me vino a la mente Memorias del subdesarrollo, esa joya de Tomás Gutiérrez Alea filmada en 1968, cuando todavía se soñaba con una sociedad mejor y se aplaudía hasta doler las manos a una revolución recién nacida.

Véanla, se las recomiendo. Por cierto: para su tiempo fue tremendamente innovadora. El protagonista nos conduce en un monólogo interior, desnudando su vida, sus contradicciones y deseos en una sociedad cambiante y llena de desafueros. Un recurso narrativo que después vimos en la polémica Fight Club de David Fincher. Para mérito cubano, Gutiérrez Alea se adelantó al afamado director norteamericano en 31 años. Mic drop.

Y aquí viene el puente: porque no les hablaba de la ducha rota solo por desahogo, sino porque en unos días arranca en Berlín la segunda edición del festival Big Cuba II, organizado por el inquieto documentalista Ricardo Bacallao. Una oportunidad para redescubrir nuestra cinematografía, esa que ha pasado inadvertida para la distribución mainstream pero que guarda una larga y apasionante historia.

Nuestros primeros pasos en el séptimo arte datan de 1913, con Manuel García, Rey de los campos de Cuba, dirigida por Enrique Díaz Quesada. Durante toda la República florecieron comedias y musicales con estrellas de teatro y músicos como Benny Moré, Pérez Prado o Rosita Fornés. Llegaron a ser tan famosas y solicitadas que luminarias de casi toda Latinoamérica filmaron en Cuba y viceversa. Después de 1959, la cinematografía se volvió “seria”, tomó vuelo y nos dejó clásicos como Las 12 sillas y La muerte de un burócrata, que Bacallao traerá de vuelta a la pantalla grande.

Mientras cargo mi tambaleante cubo de agua tibia hacia el baño, pienso que los cubanos somos tan fanáticos al cine como al béisbol, el dominó, el boxeo y el ajedrez. Sobre virtudes, defectos, estrellas y directores discutimos con la vena aorta a flor de piel, como si nos fuera la vida en ello. El séptimo arte lo llevamos en la sangre. Es genético.

Me explico: el primer proyector entró en la isla en 1897 en el equipaje del francés Gabriel Veyre, representante de los Lumière en el Caribe, quien lo presentó en La Habana, en el número 126 de Prado entre San Rafael y San José.

Los Diamantes Negros

Mientras lleno la bañadera, imagino a dos niños —Alfonso Zerquera y Mercedes Blanco— asistiendo a esas funciones pioneras. No son dos pequeños cualesquiera, porque van a hacer historia. Llegarán los años 30 del siglo XX y se conocerán. Luego, trabajarán juntos, se enamorarán y formarán el trío Los diamantes negros. No mucho tiempo después, en 1937, tendrán un hijo en Túnez: Roberto Zerquera Blanco. El niño que, tras una vida nómada, que lo llevará por España, El Líbano y Suiza acabará conquistando Alemania con 22 películas, 10 discos, 3 compilaciones, 40 sencillos y una canción que los germanos aún citan con una cierta dosis picardía, atípica en sus luteranas vidas: Ein bisschen Spaß muss sein.

Roberto Blanco será quien abra el festival Big Cuba II. Y qué mejor símbolo: aunque en 1971 entregó su pasaporte cubano para hacerse ciudadano alemán, cubano se nace, no se hace. La cubanía está en la sangre, en el alma y nos acompaña hasta la tumba, aunque sea en tierra ajena.

Y así, entre jarros de agua torpemente lanzados sobre mí mismo, llego a la conclusión de que este festival no es solo cine: es memoria, identidad y hasta resistencia. Como cargar agua en cubos. Como bañarse a medias, pero con dignidad.

¡Dios mío, el baño está de asco! Charcos, salpicaduras y espuma por todas partes. Cuando mi esposa lo vea…


Luis González en el Salón Berlinés.

Luis González Guevara (La Habana, 1963). Escritor cubano. La tinta está en su ADN. Desde niño los libros, las revistas y los diarios fueron para él, un imán y unos de sus primeros juguetes. En su casa, en el barrio de Cayo Hueso, coexistían en total armonía la cultura universal con el rico gracejo callejero y la música popular con la clásica. Esto alimentó su desbordada fantasía, que trasladó al papel desde sus primeras historias. La falta de posibilidades para desarrollar sus inquietudes literarias lo llevó a estudiar una carrera de ciencias. Mientras tanto, fue acumulando montañas de manuscritos que hablaban del día a día de gente común con vidas e historias complejas. Ha colaborado en la web informativa Latinos en Berlín, en la revista de análisis político Correo Cuba, en la Revista Desbandada y escribe semanalmente en un blog de la plataforma de newsletters Substack, titulado (In)Correctamenteclaro. Varios de sus cuentos han sido publicados en la Revista Hispanoamericana de Cultura OtroLunes. Gajes del Oficio es su primer libro de cuentos publicado por la editorial Ilíada Ediciones. Desde 1996 reside y trabaja en Berlín.


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Luis González

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