Para Matilde Méndez y Natalia Álvarez el piano no es solo un instrumento: es memoria, y un lenguaje común. Ambas son pianistas chilenas, formadas entre la tradición académica y las raíces latinoamericanas. El 9 de agosto llegan a Berlín con su proyecto Dúo Violeta y la gira Trawün, un puente musical entre Chile y Europa. Conversamos con ellas sobre la gira, las mujeres en la música clásica, del amor por un instrumento, de cómo una melodía puede ser un mapa.
Matilde (28) y Natalia (34) se conocieron en Alemania, en el contexto de residencias, ensayos y círculos de música latinoamericana. La afinidad fue inmediata: compartían no solo un instrumento, sino una forma de entender la música —como memoria y como herramienta de conexión.
Así nació el Dúo Violeta, un proyecto de piano a cuatro manos que fusiona repertorios académicos con músicas de raíz latinoamericana. “Lo llamamos así en honor a Violeta Parra, pero también por el color, por la recordación, por lo femenino”, dice Natalia.
Tocar un piano a cuatro manos es un formato donde están el piano primo (primero) y el secondo (segundo). “Con Natalia decidimos que ella hace el piano primo que es el que se encarga del registro agudo y yo del secondo que es el registro grave y también de los pedales”, explica Matilde.
En escena no se turnan, comparten el mismo teclado.
Su propuesta parte de una premisa simple pero poderosa: tomar músicas de raíz —folclore, canción de autor, repertorios populares— y llevarlas al lenguaje pianístico, con arreglos, exploraciones tímbricas y sentido narrativo.
La gira autogestionada que las trae a Berlín se llama Trawün, palabra mapudungún que significa “reunión” o “encuentro”. Es justamente eso lo que buscan generar con su propuesta: un espacio donde confluyen territorios, generaciones, memorias y paisajes. El repertorio incluye desde composiciones latinoamericanas contemporáneas a adaptaciones de archivo.
“Queremos tocar música que hable de nosotras, de nuestro territorio, de nuestras familias, de las personas mayores con las que trabajamos, de los pueblos y paisajes que amamos. Queremos mostrar otra la idea del concierto clásico, menos solemne, más cercano”, dice Natalia.
Matilde añade: “Hay muchas músicas que nunca llegan al piano porque no son consideradas dignas de ser tocadas así. Queremos romper con esa lógica. El piano no solo puede tocar a Chopin o a Bach. También puede sonar a Inti Illimani o a creaciones clásicas”.
Desde su formación, Dúo Violeta se ha presentado con su repertorio internacional en más de un escenario en Alemania, como el Piano Centrum Leipzig, Frauenkultur Leipzig, el Festival Fest der Welt en Polenz, y la Evangelisch Freikirchliche Gemeinde en Berlin. Ahora preparan su debut en la Schwartze Villa de Berlín el próximo 9 de agosto.

©Kerem Duymus
Dos trayectorias, un piano
Desde pequeña, Matilde ha estado vinculada a la música. Creció en la Villa Portales, en Santiago, muy cerca de la Universidad de Santiago de Chile, y su infancia transcurrió entre conciertos gratuitos al aire libre y tardes musicales en familia. “Mis papás me llevaban todos los miércoles a escuchar la orquesta clásica ahí. Recuerdo que una vez escuchamos a Brahms y me fascinó cómo sonaba el piano, y también el clavecín. Como era niña, esa fascinación se fue diluyendo… pero cuando empecé a estudiar música, todo volvió”, explica.
Su inicio formal fue a los ocho años, cuando su padre la inscribió en clases de guitarra clásica en un taller de la Universidad de Chile. Luego entró al Instituto Artístico de la misma universidad, donde comenzó con el piano sabiendo apenas dos notas: do y fa. “Al terminar el colegio nunca consideré una carrera universitaria tradicional. Ya había entrado en la dinámica del conservatorio. A esa altura tocaba guitarra, piano, flauta barroca.» Aunque luego ingresó a la educación superior, lo hizo para estudiar piano de manera profesional.
Nadie en su familia es músico, pero su ambiente era profundamente musical. “Mi papá es fanático de la Nueva Canción Chilena”, cuenta.
Actualmente, Matilde es la única estudiante del Magíster en Interpretación Musical con especialidad en Clavecín abierto en la Universidad Católica de Chile. El poco conocimiento sobre este instrumento la ha llevado a abrir camino. “Mi objetivo es ser una tecladista integral, poder abarcar diferentes estilos, formatos y repertorios.”
Esa constancia la trajo en estos días a Berlín donde realiza una pasantía en clavicordio, un instrumento aún más antiguo que el clavecín, con el apoyo de Ibermúsicas del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile.
Natalia, nacida en Coquimbo, una ciudad al norte de Chile, tampoco viene de una familia de músicos profesionales, pero sí de melómanos apasionados.
“Mi abuelo era fanático de la música. Tenía generadores de luz y parlantes gigantes en su casa. Siempre me mostraba discos. Él quería que fuera saxofonista, mi mamá violinista… así que desde chica me llevaban a ver instrumentos.”
Pero fue un teclado lo que la marcó. “Tenía tres años cuando vi un teclado en casa de una tía y fue como un imán. Quería ir todos los días a tocarlo. A los cuatro ya tenía mi propio teclado pequeño y lo llevaba a todas partes. Tocaba el Cumpleaños Feliz en las reuniones familiares”, recuerda entre risas.
Estudió Licenciatura en Música con mención en piano en la Universidad de La Serena, donde se acercó cada vez más a la música latinoamericana, gracias también a sus profesores. “Ahora, cada vez que me presento en Europa, toco repertorio latinoamericano principalmente.”
En Chile trabajó como docente en proyectos sociales con niños vulnerables. “El piano es muy elitista, y por eso la música siempre me ha vinculado con proyectos sociales, muchas veces de forma gratuita.”
Tras siete años dedicada a la gestión social en música, emigró a Leipzig, Alemania, donde estudió un Ausbildung en Trabajo Social. Hoy trabaja con personas mayores, aplicando terapia musical y de ocupación. “He aprendido mucha música popular alemana, Volkslieder y canciones de Navidad, que he ido aprendiendo y registrando para otros repertorios”, explica.
Ser mujer en la música clásica: dulce y agraz
Según el Informe de Brechas de Género 2024 del Ministerio de Educación de Chile, en áreas altamente técnicas como la música clásica —incluida en la categoría STEM por su rigor técnico— las mujeres representan solo el 20,8 %, frente a un 79,2 % de hombres. La cifra refleja una realidad estructural: la música académica sigue siendo un espacio profundamente masculinizado, con barreras que van más allá del talento.
Natalia lo vivió desde el inicio. “Cuando entré a la universidad, en mi generación éramos solo dos mujeres. Luego, en años posteriores, no llegábamos a ser más de tres entre nueve o diez hombres.”
El acceso tampoco era fácil: no venía de una familia con contactos ni con recursos para una formación formal desde temprana edad. “A los 16 empecé a vender cosas en el colegio para pagar clases particulares de piano. Eran profesores amateur, pero yo estaba tan metida con el instrumento, que seguí. Tal vez podría haber elegido otro, pero no quise.”
En su caso, el mayor desafío fue vencer el pánico escénico. Tomó talleres de canto-terapia para aprender a enfrentar al público y dominar la ansiedad. “En la academia hay que pararse y tocar, no hay mucha contención para lo emocional. Te formas en un entorno muy competitivo, y más aún si eres mujer.”
Matilde, por su parte, enfrentó otra dimensión de un cuestionamiento estructural: el juicio social.
“Me metieron mucho miedo: ‘¿De qué vas a vivir?’, ‘¿Y si tienes tanto talento, por qué no lo haces como hobby?’. Existe este doble discurso: si lo logras, te aplauden por seguir tu pasión. Pero si estás trabajando de algo que no es estrictamente música, o si cobras lo justo por tu trabajo, la gente se enoja. Incluso dentro de la academia, aunque hay profesores que te guían, también hay mucha competencia y un ambiente machista. A veces, consciente o inconscientemente, no te dejan crecer como tú quisieras.”
Sin embargo, dice que con los años la escena ha presentado mucho más oferta en la capital. “Hay harta variedad. Hay conciertos gratuitos y actividades musicales. En cuanto a becas ahora existe la gratuidad universitaria, yo estudié con gratuidad. Sin embargo tuve compañeros que no pudieron continuar por no contar con las mismas oportunidades; y sobre otras becas están los fondos de cultura, que le dan prioridad a las mujeres.”
A pesar de que en regiones fuera de Santiago se ven situaciones diferentes, para Natalia, el gran empuje de la música clásica en su ciudad fue la del compositor y pedagogo Jorge Peña Hen, asesinado durante la dictadura, quien dejó una huella profunda en la educación musical. “Él llevó la música clásica desde Santiago a las regiones. Lo que ahora vemos con las orquestas juveniles, en parte se gestó gracias a su trabajo. En mi región, ahora, se puede acceder más fácilmente a orquestas y coros, pero para los pianistas es más difícil. No hay buenos instrumentos, no hay registro audiovisual. Y eso pesa a la hora de postular a becas o programas en el extranjero.”
Hoy, dice, La Serena es un semillero de nuevos proyectos musicales, con jóvenes que postulan a fondos municipales y dinamizan el ecosistema cultural. Pero las brechas siguen ahí: “Depende mucho del lugar en que vivas. Hay que viajar lejos si quieres formarte”.

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Música para recordar: el piano como puente, como reencuentro
Para Natalia, tocar el piano no es solo una vocación artística: es también una forma de cuidado. Su experiencia como acompañante terapéutica de personas mayores le reveló otros valores de la música. “Muchas personas no recuerdan nada, pero sí recuerdan una canción. La música despierta cosas que ni la memoria lógica logra alcanzar.”
Esta experiencia marcó profundamente su forma de pensar la interpretación. No se trata solo de ejecutar notas con precisión, sino de provocar resonancias emocionales, activar recuerdos, abrir espacios de escucha. “Una melodía puede ser un mapa. Puede llevarte a un lugar, a una persona, a un tiempo que creías olvidado.”
Matilde, en paralelo, explora el repertorio barroco y renacentista desde una perspectiva que también busca escuchar el pasado con otros oídos. En el clavecín y el clavicordio ha encontrado texturas y colores que dialogan con su infancia, con la Villa Portales, con la música de su padre, con la emoción del primer concierto de Brahms.
Ambas entienden la música como un lenguaje que va más allá de la técnica. En el Dúo Violeta, la ejecución se mezcla con la conversación, el gesto con la emoción. Tocan mirando al otro lado del mundo, pero con las raíces firmes. Saben que hacer música desde el sur en Europa también es una forma de conectar, de poner en escena lo que muchas veces se deja fuera del repertorio canónico.
El proyecto Trawün, entonces, es más que una gira: es una forma de reunión. De historias personales, de trayectorias migrantes, de sonoridades. El repertorio incluye obras inspiradas en el legado de Violeta Parra, Víctor Jara e Inti-Illimani, junto con composiciones de autores contemporáneos como Ignacio Teilliere y Santiago Vera- Rivera, quien compuso una Suite Violeta, en honor al nombre del dúo.
“La apariencia inicial de la Suite Violeta es su sencillez, pero en un análisis riguroso se descubrirá la presencia y desarrollo de todos los parámetros del sonido, que incluye el motivo final del folclor chileno en un recuerdo homenaje a Violeta Parra”, explica Vera-Rivera.
Estas piezas dialogan con obras de la tradición pianística europea, confirmando una propuesta artística rica en contrastes y matices.
Trawün es una conversación entre dos mujeres que decidieron quedarse, pero también moverse. Que aprendieron a tocar memoria, comunidad y belleza —a cuatro manos.
Para conocer y apoyar a Dúo Violeta:
Instagram : @duo.violeta.piano /// YouTube: Dúo Violeta /// Spotify: Dúo Violeta
Concierto Gira Trawün en Berlín: Schwartzsche Villa, Berlín – Grunewaldstraße 55, 12165- 9 de agosto a las 18:30 horas – Entradas y otras informaciones aquí


Imagen de portada: ©Kerem Duymus
