“En este mundo peligroso tenemos que estar juntos”, El Mató a un Policía Motorizado.
Me gustaría dejar de ser argentina durante seis horas para saber qué se siente ver El Eternauta como una extranjera. Un guiño en el truco, un hornero, un grafiti que dice “No me baño”. Imágenes propias de la diaria argentina se suceden para dar contexto a algo que hasta ahora me parecía imposible: el apocalipsis es algo que puede suceder fuera de Estados Unidos.
Durante décadas, el monopolio del fin del mundo fue gestionado por Hollywood, con películas y series que tenían los mismos rasgos en común: una ciudad inabarcable como Nueva York o Los Ángeles era amenazada por un meteorito, algún desastre natural, una plaga zombi o una invasión alienígena. La ciencia, representada casi siempre por alguna agencia gubernamental como la NASA, creaba algún adminículo tecnológico para ser utilizado por el héroe, un hombre blanco que salvaba al “mundo”. Pero ¿qué es el mundo? En estas obras rara vez se mostraba qué ocurría por fuera de los límites del gigante del norte y, si lo hacían, era a modo de paneo y por pocos segundos. En definitiva, el hombre blanco usaba su super tecnología para salvar a Estados Unidos, el único mundo que importaba ser salvado.
Se dice que en febrero del 2020, cuando la plataforma Netflix quiso comprar los derechos de la historieta El Eternauta de Héctor Oesterheld, Martín, el nieto del autor, ofició como consultor creativo. A modo de representante -ya que Héctor se encuentra desaparecido por la dictadura militar desde 1977- puso una condición: que se respete el mensaje original, la argentinidad de la obra.
Cuando se anunció la producción, la mayoría temíamos encontrarnos con una versión lavada del cómic de nuestra infancia, en la cual Juan Salvo deja de ser él mismo para ser otro héroe genérico del género y así poder ser consumido por el público internacional que suele atraer Netflix.
Llevada adelante por la escritura de Bruno Stagnaro y Ariel Staltari, la serie adapta la historieta a los tiempos actuales, pero manteniendo intacta la identidad argentina que la gestó; una identidad que se muestra en las obviedades, como en una foto de Messi sosteniendo la Copa del Mundo, pero por sobre todo en las sutilezas.
Ver El Eternauta es ser testigo de cómo funciona la sociedad argentina. Lo que para muchos sería maltrato, para nosotros es tener confianza, cercanía. Te hablo mal porque te conozco, y sé que vos también me conocés. Te hago un chiste de mierda porque sé que puedo ser yo mismo, con todos mis defectos, que incluyen gritarte cuando estoy estresado. Más calmados, hablaremos, y vos, con toda sinceridad, me dirás que no está bien que te haya tratado así y yo, hundida en la más absoluta vergüenza, te pediré perdón, mientras reflexiono qué fue aquello tan grave que pasó en mi vida para tener un carácter tan horrible. Quizás lo único que pasó es haber nacido en Buenos Aires.
Un extranjero podría indicar que esas mecánicas son propias de cualquier amistad, sin importar la nacionalidad, pero aquellos que crecimos en este tejido social, sabemos que no solo quedan acotadas a la relación entre amigos, sino que permeabilizan otros sustratos del vivir en comunidad. No es difícil sentarse a hablar con un argentino desconocido y terminar con la sensación de que uno tuvo un nuevo amigo, aunque sea por unas horas, aunque nunca más lo vuelva a ver. Hay algo profundamente espiritual en la forma que tenemos de vivir la amistad: el bien común no es la vida entre extraños que se toleran, sino la vida virtuosa entre los amigos que se ayudan, la solidaridad como valor moral.
Desde el principio, el encuentro es el eje central de la serie. Cuatro amigos que se juntan hace décadas a jugar una típica partida de truco se ven envueltos en lo que parece el inicio del fin del mundo. Juan Salvo, uno de ellos y nuestro héroe, es un cabrón atormentado por sus recuerdos de la guerra y el presente de una familia que ya no tiene. Motivado por su necesidad individual, intenta encontrar a su hija. Para ayudarlo en esa búsqueda, se le une su entrañable amigo Favalli, un tipo soberbio pero sensible. Dos fieles retratos de su generación, quienes pueden ser tranquilamente nuestros padres no deconstruidos, se lanzan a la aventura sólo para descubrir que solos, aunque estén acompañados uno del otro, no es posible.
En el momento más desesperante, a punto de ser atrapados por los bichos alienígenas, son ofrecidos cobijo en una iglesia por un grupo peculiar, uno que seguramente ninguna película hollywoodense querría en su apocalyptic team: un indigente sin una pierna, otro medio loco, una madre lactante con su hijo, un perro de la calle. Salvo deja de ser «él versus el todo» para incorporarse a ese todo, y así encontrar la redención en lo colectivo. Familia, amistad, solidaridad: los tres valores argentinos, nuestra versión nacional de la santísima trinidad.
Si hay algo que mantiene unidos a los argentinos es la sensación de una tragedia compartida. En ese grupo, Juan no solo halló refugio y amparo, sino que encontró a un vagabundo con el cual compartir su recuerdo trágico de Malvinas. La soledad en la cual Salvo estaba suspendido se rompe y empieza a estar con un otro, con otros. Muchas veces las Islas –como el 2001 o Cromañon– logran diluir rivalidades de hinchadas de fútbol y de partidos políticos. Cada tanto surge alguno que confunde insolencia con rebeldía y dice lo contrario, pero es difícil encontrar a un argentino que no defienda que las Islas fueron, son y serán argentinas, sin importar la cantidad de invasiones ni cuántas guerras perdamos.
La historia sigue transitando esta versión sudamericana del apocalípsis, y Salvo y Favalli, con desconfianza, nos llevan a un supermercado para hacerse de provisiones. Sin embargo, allí se encuentran con otra cosa: otra vez la comunidad. Familias descansando en carpas, niños mirando videos de tiempos mejores con un proyector. Nadie está racionando la comida, nadie está administrando la escasez. Uno de los gestores del lugar les explica las reglas: “pueden comer lo que quieran, buscar el sitio que quieran, pero los fierros lejos de los pibes”. Y se va, confiando una vez más en el bien común, una paz que sólo será interrumpida por los tiros de un grupo de humanos controlados por los alienígenas, humanos que antes fueron vecinos, pares.
Podrán ser controlados, pero hay algo que los aliens no pueden emular, y esos son los códigos culturales. En el último episodio, Salvo, Favalli y sus otros dos amigos deciden hacer una pausa en la incansable búsqueda del porqué de todo aquello y entran en una casa abandonada para repetir su ritual de tiempos anteriores, un “truquito”. La partida avanza y hay algo que anda mal. El Tano, un tipo risueño, positivo, el “alma gemela” de Favalli, ahora se “corta solo” y carece de la complicidad necesaria para jugar con su compañero de equipo. Lucas perdió su picardía, ya no puede ser uno más de ellos, aunque se haya aprendido las reglas del juego, de cómo parecer humano, de cómo ser argentino. “No paguen nada, ya está todo pago”, dice desde la cornisa, una frase muy usual entre amigos que salen a tomar una birra. “Si les piden dólares, no se los den, los están robando”, otra gran enseñanza de la turbulenta economía local. Salvo lo interrumpe y le recuerda que están con él. Favalli le recuerda que ellos son sus amigos, que lo pueden ayudar, pero ya es demasiado tarde. Lucas ya no está ahí, no forma parte de aquello que los une. Siente cómo la soledad lo envuelve y se arroja al vacío, con la mirada perdida, porque ya no pertenece a ningún lugar.
De lo local a lo universal, de lo individual a lo colectivo. En un mundo ultra globalizado, cada vez más egoísta y descarnado, El Eternauta deja de lado las costosas fórmulas hollywoodenses para dar paso a otras maneras de transitar la tragedia. Sin últimas tecnologías, sin héroes, sin mucho presupuesto, “atado con alambres”, y juntos.
Imagen de portada: ©Netflix
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Estupenda reseña