La escritora sevillana Sara Mesa estuvo por Alemania para hablar del último libro traducido al alemán, Die Familie, publicado por la editorial Verlag Klaus Wagenbach. Siendo una de las autoras más conocidas en su país, es probable que no lo sea tanto entre los lectores hispanohablantes de Alemania, y aún menos entre los lectores alemanes. Dedicamos este breve artículo a una autora de la que se ha comentado su estilo sencillo y certero.
Sara Mesa nació en Madrid hace 49 años y ha vivido toda su vida en Sevilla, en cuya universidad estudió Ciencias de la Comunicación. De hecho habla con un evidente acento sevillano. Forma parte de un nutrido y activo grupos de escritoras españolas con fuertes vínculos entre ellas, de lo que hemos dado cuenta en otro artículo.

Estos son casi todos los títulos que tiene en su haber, editados mayormente por Anagrama desde 2012:
- El trepanador de cerebros (2010)
- Un incendio invisible (2011)
- Cuatro por cuatro (2013)
- Cicatriz (2015)
- Agatha
- Mala letra (2016)
- Cara de pan (2018)
- Silencio administrativo: La pobreza en el laberinto burocrático (ensayo, 2019)
- Un amor (2020)
- Perrita Country (2021)
- La familia (2022)
Una de las cosas que sorprende al escuchar a Sara Mesa es que se identifique más como escritora de cuentos que como novelista, y que su libro preferido sea Mala letra. Es toda una poética nombrar a su libro preferido con una expresión propia de la escuela que queda magníficamente ilustrada con la imagen de la portada: una reproducción de un libro de caligrafía para niños. Como ella misma explica, trata de la libertad de la escritura para enfrentarse a la normativa, tanto en lo formal y en el contenido, para decidir sobre qué qué toca hablar. Para ella, el escritor pasa por encima de eso, debe escribir como le salga. Supone una reivindicación de una escritura propia independiente de los modelos de escritura canónicos, de los que transmite el sistema educativo como modelos de lenguaje cuidado, como modelos literarios. Personalmente creo que la escritura de la sevillana es realmente personal, es limpia, es precisa, usa con mesura los recursos literarios, no abunda en adjetivos, es tranquila, se deja leer, mientras cuenta historia en la que pasan cosas por debajo de lo que se cuenta, como veremos en La familia, la novela que se va a presentar en Alemania (no es la última publicada en España). Sus temas rondan las relaciones de poder en la vida cotidiana, las relaciones no convencionales y su repercusión en una sociedad que intenta reducirnos a convenciones. En Un amor, por ejemplo, se presenta la relación entre un hombre de pueblo mayor que la mujer foránea con la que inicia una relación sentimental en una ambiente hostil. En Cara de pan, la relación la establece una adolescente que se salta la escuela y un hombre mucho mayor que ella en el banco del parque donde se encuentran, una relación humana, transgeneracional. En Cuatro por cuatro, un grupo de chicas se escapa de la institución educativa, un internado, en la que viven. Knut es uno de los protagonistas de Cicatriz, un tipo fuera de las convenciones y las normas sociales. El mayor ataque al sistema lo afronta con Silencio administrativo, no solo por el tema que trata, sino porque parte de una experiencia real, desarrollando una autoficción muy efectiva: las protagonistas dedican el tiempo de la novela a buscar ayuda institucional a una mujer mayor que vive en la calle, y se tienen que enfrentar a una serie de dificultades administrativas incesante que les impiden conseguir la ayuda social que el mismo sistema usa como bandera, en una narración que inevitablemente te lleva a El castillo o a El proceso, del escritor de Praga. En definitiva: un estilo claro y una narrativa eficaz para descubrir lo oculto y lo contradictorio de nuestra sociedad, la necesidad de vivir más allá de los límites normativos establecidos por la convención.
Para Sara, la escritura es un modo de descubrimiento, y distingue expresamente entre escritura no es redacción. La escritura consiste en ir descubriendo cosas. Es verdad que hay algo profesional, hay un oficio, a pesar de que deplora que “te consideran escritora cuando empiezas a ganar dinero”. Pero no es escritora de grandes ángulos, de grandes personajes, de grandes acontecimientos. No es escritora documentalista. Sus ámbitos son cerrados: la familia, la pareja, el trabajo. Se trata de dejar al descubierto los mecanismos de la personalidad humana. Como dice ella, un poco como una entomología. El hecho literario no tiene que ver con la complejidad del lenguaje, sino con el lugar desde donde mira el escritor, desde donde se sitúa para ver las cosas. La complejidad que debe ser interpretada debidamente, a veces se plasma con sencillez, y en esto cita el inicio de la Metamorfosis, donde hay un conflicto de entrada, en este caso existencial que refleja cómo se siente el ser contemporáneo. El inicio de El proceso de Kafka propone, además, un pacto de ficción.
Otra de sus novelas de referencia es El guardián entre el centeno. Hay un momento brillante en la escuela en que el profesor de expresión oral le pide no salirse del tema, está en contra de la digresión. Para Sara Mesa la digresión es el mecanismo mismo de la creación, y vuelve a la idea de que escribir bien no es usar bien la ortografía. El virtuosismo está en contra de escribir bien, está en la espontaneidad y la autenticidad de la búsqueda, en alejarse de lo impostado, de lo esperado, de lo esperable. No creamos sino que recreamos. Asignar etiquetas es otra reducción, en especial cuando son adjetivos no reales: intimista, feminista, feminista, sentimental. Decir que una historia en un pueblo, como en Un amor, es literatura rural, es una reducción. No se tienen en cuenta aspectos formales. Se clasifica por temas.
Incluso como lectora, dice que su experiencia literaria empezó por los cuentos. No ve mucha diferencia, en el proceso de creación, entre historias más largas o historias más cortas, y nombra la elipsis como uno de los recursos favoritos. Es un género en el que entras y sales, tiene un hilo que le confiere su unidad. Según la sevillana, el relato corto no tiene un prestigio editorial, un prestigio crítico, le parece que las editoriales son reacias a editar cuentos aunque confirma que hay lectoras de cuentos. Hay que puntualizar que prefiere hablar de relatos para distinguirse de los cuentos infantiles. Como resultado de su iniciación literaria, su escritura tiende a la brevedad. Sus novelas son cortas, de unas 150 páginas. Lo que se le da mejor son los cuentos como decíamos considera Mala letra su mejor libro. Las novelas tienen más éxito, son algo llamativo, pero los cuentos son mejores aunque pasan desapercibidos. Es un género más complicado, y puede experimentar más, llevar todo al límite lo que en una novela se cae, y pone como ejemplo lo que le pasó con Cara de pan: hay dos personajes y un escenario, un parque, el objetivo era que no se saliera de eso, que fuera algo minimalista, psicológico, que no se viera lo demás, pero a partir de la página cien eso se cae, y para darle un sentido, necesitó introducir otros elementos. En definitiva, la novela no tiene la capacidad de concentración de cuento, que es formalmente más arriesgado, y también más complicado de leer, por lo que los buenos pasan más desapercibidos.
La literatura que le gusta es autobiográfica. Luego los lectores buscan correspondencias y se crean polémicas con la gente que la rodea, porque, según ella, lo autobiográfico no se plasma en los hechos sino en la mirada de los hechos y la manera de plasmarlos, y cita en esto al poeta Gil de Biedma. En la recreación de ambientes, de relaciones entre personajes, se basa en cosas que ha visto, no significa que le hayan pasado a ella. Una excepción sería, como comentamos, Silencio administrativo, la historia real de una mujer sin hogar ni protección social o médica en las calles de Sevilla, novela que destapa como pocos los prejuicios que la amplia clase media rumia respecto a la pobreza y vulnerabilidad de los habitantes de las calles.

Para Sara Mesa, hoy en día se da un empobrecimiento de la percepción de la escritura por lo fácil que parece ser escribir, unido a otros perfiles ganadores en lo comercial. Los que más venden literatura son cocineros, concursantes y periodistas. Por otro lado, le parece bien que se le quite el aura heroica a la literatura, pero constata que cada vez se lee peor, no sabe si se lee cada vez menos. Leer, para ella, es comprender y asimilar textos, no exclusivamente literarios, textos en general. La mayoritaria de los lectores leen de forma lineal, superficial, epidérmica. Es lo que se demanda, una lectura anecdótica, una lectura que pasa por alto la ambigüedad, la ironía, el humor, la fantasía, y en especial el propio texto, la lectura del disfrute del lenguaje. Es una tendencia que afecta a la gran novela y a libros de relatos literarios: se les pide a los escritores que no haya ambigüedad en su posicionamiento ético y estético. Se les pide un ideario o un posicionamiento claro y que se escriba de esa manera. Es algo que claramente deplora, y pone como ejemplos el Lolita de Nabokov, y Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Le preocupa que haya una percepción lectora que exige a los creadores un posicionamiento muy claro en relación con sus propios personajes. Que quede claro que está mal lo que hacen sus personajes, que explícitamente señalen que está mal.
Un elemento complicado para ella son las entrevistas con los medios de comunicación. Las líneas generales son preocupantes, superficiales, erróneas, conducen a lo mismo: ¿qué has querido decir? ¿qué has pretendido denunciar? Parten de la percepción errónea de que quería decir algo, lejos de lo que es la creación literaria, que es una búsqueda. Cita en este punto Los días de Jesús en la escuela, de J. M. Coetzee, que tiene algo que ver con La familia. De la novela del australiano le parece interesante el tema del aprendizaje por los errores, lo que lleva al padre que se cuestiona su modelo educativo, porque el niño se vuelve frío, rebelde, violento, testarudo. Ella pensaba que hay una enseñanza detrás más amplia, un mensaje por parte de Coetzee, pero se corrigió, son las preguntas que no hay que hacer. La verdad del texto es más difícil de enunciar. Cuando uno escribe debe olvidarse de todo eso, del “¿qué has querido decir?”, y mirar hacia dentro, alejarse de la presión de las preguntas de los periodistas que le harán después de escribir.
Cree que es así, que queda poco lugar en la sociedad para la libertad. Hay que adecuarse. Si a Sara le va bien, piensa que está haciendo algo mal, tiene ese tipo de debates interiores. Hay que escribir contra la corrección, hay que mirar desde un ángulo para ver de otra manera la normalidad, la vida cotidiana. La literatura debe ser desasosegante, perversa, rara, excéntrica. Las cosas no son tan frontales. “Son más normales los zapatos usados. Los rotos, los sucios. Hay que mirar a contrapelo.”
Esa mirada ha pasado por una evolución clara, de un fondo alegórico, de una atmósfera opresiva, a algo más realista. Dice Sara que es su evolución natural, y también una manera de protegerse. Se trata de una evolución hacia la confianza. Al principio estaban solo sus temas, sus obsesiones, las luchas de poder, la libertad, el individuo frente al grupo, pero le costaba hablar de eso en contextos realistas, así que usaba la alegoría como una manera de protegerse, un escenario no reconocible, personajes inventados, de manera que nadie se reconociera en ellos. Descubrió que al lector esto le da igual. En un momento decidió empezar a hablar de esos temas en escenarios reconocibles, cercanos, los que ella misma podía haber vivido. Es lo que paso con Silencio administrativo. Hay lectores que prefieren la primera etapa, hay críticos que piensan que es mejor la segunda, porque los lectores se sienten más apelados, se nota en las reacciones. El código realista involucra más al lector, es más arriesgado, pero avisa de no confundirlo con naturalismo o con costumbrismo. Hay que incluir siempre la extrañeza, lo raro. Algunos rasgos de verosimilitud le dan igual, dentro del realismo. En Cuatro por cuatro la extrañeza sobrevuela el realismo. Cree la escritora que está mejor escrita que Cicatriz, el lector empatiza más.

La familia
Sostiene Sara Mesa que no ha escrito el libro para hacer una crítica de la institución familiar, sino para hablar de cosas que pasan en la familia y de lo que no se habla. Es una vergüenza social hablar de los trapos sucios de la familia de los que en privado se habla todo el rato. Le interesaba escribir sobre las cosas que ocurren dentro de ese lugar que es la familia, a fin de cuentas una institución social, con todo lo que tiene de convención, de estructura, de relaciones de poder en ese ámbito privado. También de los errores, como comentaba más arriba. Las historias están en lo que nos rodea, en lo que ella observa, y en esa historia los personajes están llenos de la persona que es ella: mujer, madre, escritora, familia de origen humilde. La inspiración no tiene que ver con un proceso intelectual, son las ideas las que te cogen a ti, surge la necesidad de escribir tal historia y la escribes. “Entonces te das cuenta de que están hablando de ti.” Luego, y es algo llamativo para ella, descubre que hay un hilo entre los libros, algo que no busca conscientemente, pues intenta escapar de las obsesiones, pero de alguna manera reaparecen.
Lo cotidiano es raro. No pasa nada demasiado terrible, y al mismo tiempo sí lo es. Lo que quiere es mostrar una vida en su complejidad, en todas sus capas y sin un hilo cronológico. Es su manera de escribir, el estilo que tiene. Por la manera de enfocar las historias, adquieren una textura opresiva, lo que le lleva a pensar en otra de sus escritoras de referencia, la húngara Ágota Kristóf. Las otras obras de referencia que cita para escribir esta novela, son . Una educación de Tara Westover, y en especial El hombre que amaba a los niños, Christina Stead. Le parece una barbaridad de libro. Trata de un padre amoroso que cuida a sus hijos pero los condena a una pobreza absoluta. Le hizo ver que se podía contar lo que ella quería contar, que el maltrato patriarcal no solo lo representa una persona violenta y degradada. El abuso con el cariño envenenado. Le estimuló a la hora de la propia escritura.


Se trata de personajes construidos con cuidado, ninguno es del todo malo o bueno, hay multitud de planos grises. Según Sara, todos son víctimas de una concepción patriarcal de la familia en el que el padre intenta ejercer el poder sobre el núcleo. Se trata de la España de los años 80 y 90. El padre es quien provee, y el hijo es el personaje vulnerable que sufre, y sufre mucho. Si hubiera sido niña, quizá no habría sufrido igual. En todo caso, no se habla tanto del daño hacia las hijas y hacia los hijos, aunque se fata de un caso de abuso del padre hacia toda la familia, aunque en el fondo es un infeliz, una víctima del rol asignado por la sociedad. La madre obedece también a un mandato social, aunque su comportamiento es ambiguo en ese sistema, porque desarrolla una doble vida interna. En todo caso, también acaba volviéndose abusiva.
Mayor dificultad tuvo con la voz del niño. Aunque la novela no es autobiográfica, tiene un componente biográfico grande. Ella es los cuatro niños, tiene un poco de todos, los entiende a todos muy bien. Reproducen cosas propias de ella. Le duele que los critiquen. Tiene particular interés en Rosa, su psicología aparece, de hecho, en otro personaje de otra obra. Se lo hizo ver alguien en un club de lectura: sería como Nat de Un amor. Tienen en común que roban, es una expresión de su malestar. Rosa tiene una rabia interior, una frustración fuerte, y está muy ocupada sobreviviendo, no tiene una estrategia de salvación. Es la más compleja. Encarna el dolor que supone ser mujer.
Según la escritora, la sociedad ha sido cruel con las mujeres que están de los nervios. Los hombres han desarrollado estrategias de sociabilidad que las mujeres no han tenido, y hay en el sistema patriarcal una vergüenza para hablar del abuso, incluido el abuso sexual. El sistema muestra un respeto reverencial hacia al padre, pero menos hacia la madre. La novela al final parece compadecerse del padre, que no es sino un pobre hombre que intenta educar a su manera. Y es que la estructura patriarcal, según Sara Mesa, también condena al hombre, que tiene que ganar siempre. El poder de este padre es pequeñísimo, no es una persona inteligente, es grotesco en muchos casos, pero la novela muestra el poder que pueden tener personas poco interesantes a través de estrategias como el chantaje o el miedo que disemina a su alrededor. Cuando envejece está solo, está devastado.
Paradas de la visita a Alemania de la escritora Sara Mesa.
Paradas de la visita a Alemania de la escritora Sara Mesa: 19.05 Instituto Cervantes de Múnich, 20.05 Instituto Cervantes de Fráncfort, 21.05 Instituto Cervantes de Berlín (inscripción necesaria), 22.05 Instituto Cervantes de Hamburgo, 23.05 Instituto Cervantes de Bremen. Más información aquí.
En Berlín, el moderador fue Linus Guggenberger, editor de Verlag Klaus Wagenbach, la editorial que publica en Alemania Die Familie. Con la escritora sevillana trató la forma de la novela, no siendo una novela compacta o novela épica que cuenta la historia de una familia en varias generaciones como se conoce en Alemania, sino en fragmentos que funcionan un poco como escenas o recuerdos, cada uno dedicado a un personaje, que a veces parecen no coincidir entre ellos, y que no sigue un hilo cronológico. Trató también el lenguaje particular de Sara, del papel de la familia en España y su relación con la familia retratada en el libro, sobre cómo encaja en su obra, y sobre la nueva novela recién salida en España, Oposición, que trata los procesos administrativos para convertirse en funcionado del estado español, una vuelta de tuerca al tema de la administración púbica que ya enfrentó en Silencio administrativo.
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