Gonzalo Marinucci, un argentino o un alienígena en Alemania, está grabando el nuevo álbum de Acuario Cósmico, una banda auténticamente distinta. Conversamos con Gonzalo, sin duda un personaje imprescindible para hablar de qué significa la música para los humanos, artistas y espectadores. Apunta fechas: El 12 de mayo sale el nuevo single de New Purple, el disco que se lanza en junio en digital y en agosto en release party en el Luft Schloss Tempelhofer Feld /Berlín.
«El arte es transformar, así que lo publico como un regalo», comenta Gonzalo, «si a mí me gusta y me hace bien, ¿por qué no regalárselo a la gente? Podría cambiarle algo interno, o darle algún mensaje. Si te genera algo cognitivo que te explota o te da una emoción –ya sea llanto, o alegría o lo que fuera–, está haciendo algo con vos y es un contacto álmico (sic)».
En plena nevada de invierno, Gonzalo Marinucci está grabando el nuevo álbum de su banda, Acuario Cósmico, que en contraste con el frío gris que se transmite a través de las ventanas, está coloreado por psicodelia sonora y calefaccionado por el espíritu surf, una combinación de los próceres prehistóricos del rock n’ roll con la complejidad invisible de las baladas rockeras de los héroes de los ’60 y un condimento punk del under del conurbano bonaerense. «Estas canciones tienen el concepto de reestructurarme emocional y psicológicamente», continúa: «La música es eso, un camino para ser mejor persona».
Gonzalo nació en Buenos Aires y su biografía tiene todo aquello por lo que Netflix mataría para su próxima biopic. Ya de muy joven habitaba un ambiente que incluía drogas de todo calibre y cercanía con el hampa. La música era lo único que lo rescataba, pero necesitaba canalizarlo en un proyecto más personal que el punk que solía frecuentar. Así que después de casi dos años de ensayo y rotación de integrantes nació Acuario Cósmico, la banda que todavía hoy sostiene. Pero después del primer y único show en Argentina de Acuario Cósmico, Gonzalo se tomó un avión hasta Europa, con la esperanza de una nueva vida, prácticamente huyendo de la toxicidad bonaerense. La guitarra fue de las pocas cosas que llevó: de eso hace casi 15 años.
El viejo continente lo recibió proporcionándole aventuras contraculturales y amistades variopintas, pero no necesariamente una vida sana: vivir en conventillos junto a colectivos artísticos, escapando de la policía y con un acceso irrestricto a drogas increíbles empezó a pasarle factura. En ese ida y vuelta de incómoda vida bohemia, intuyó que Alemania podía proporcionarle algo más parecido a lo que buscaba. «Fue un proceso de metamorfosis hablar en alemán», comenta recordando sus primeros tiempos en Berlín, «me comunicaba conmigo mismo de forma muy diferente a como lo hago ahora, en diferentes idiomas».
No es que Warschauer Strasse sea el mejor lugar del mundo para desintoxicarse, pero lo cierto es que en Berlín pudo empezar lentamente a acomodarse; luego se fue hacia Brandeburgo, y luego de unos inviernos de romperse la espalda paleando nieve, comenzó a poder sostenerse exclusivamente del arte. Si bien los demonios siguen flotando cerca y susurrándole en el oído, ahora es un poco menos difícil cerrarles la puerta. Además de algunos sidejobs (como dar clases de música, organizar espectáculos o producir bandas), jamás abandonó Acuario Cósmico: de hecho, su primer disco oficial fue editado aquí. La maraña histórica de la banda y su vida se entrelazan con el sonido y transforman a Acuario Cósmico en una banda auténticamente distinta –y a Gonzalo en un personaje imprescindible para hablar de qué significa la música para los humanos, artistas y espectadores.

Con Gonzalo hay que estar atentos: como en su música, las conversaciones con él tratan siempre de un solo tema pero se arremolinan en corrientes diferentes que forman una gran narrativa. .»Los temas no quedan viejos, son contemporáneos», justifica Gonzalo la lista de temas del nuevo álbum, New Purple, «hay cosas que fueron grabadas por primera vez hace 15 años y tienen acción ahora». Gonzalo endereza la espalda y libera las manos para gesticular e intentar graficar mejor la importancia de las palabras que se avecinan: «Es como una reprogramación. En las letras está puesta una reconstrucción íntegra emocional, antes no tenía un sentido intelectual. Son relaciones rotas: la inspiración de este disco también son un poco las relaciones rotas».
Decir en el 2025 que el arte –y nos referiremos en particular a la música– está en crisis, es una obviedad. El ascenso meteórico de la Inteligencia Artificial dejó en evidencia fórmulas algorítmicas que ya se usaban para estandarizar la música de alta rotación y ahora se reproduce como una niebla gris donde todo y todes avanzan replicando esa mediocridad establecida. Pero Gonzalo ya lo veía de antes: no necesariamente con el nombre y apellido de las IA, pero sí le perturbaba la estandarización musical y la necesidad de ciertos «artistas» de encontrar fórmulas sencillas. Es por eso que les dedica un tiempo inédito a sus composiciones, estudiándolas de cerca, regrabándolas continuamente, agregando y sacando cosas, probándolas con diferentes audiencias y a veces dejándolas inactivas, estacionando, para ver qué tienen para decir años después de la última vez que se les prestó atención. Y todo eso bajo los preceptos de la alquimia de los próceres rockeros de antaño, donde los instrumentos clásicos de una banda son suficientes para embotellar un tornado de emociones y colores dentro de una canción.
Junto a su nuevo álbum New Purple se viene una reedición de su primer álbum, 10 Neuen Planeten, el cual fue lanzado por primera vez en Alemania en el 2018. Al igual que su sucesor, las canciones son en español, inglés o instrumentales. «Hay canciones que podrían haber entrado incluso en la reedición del primer disco, pero que todavía no cuajan en el concepto, en el contexto. Tampoco quiero ser repetitivo con reestructurar canciones que ya tuvieron su momento. Pero la única alternativa al capitalismo es reciclarse constantemente.»
Todo esto podría no haber ocurrido: la cuarentena del Covid-19 prometía ser una estocada mortal para Acuario, con los planes del lanzamiento del álbum postergados indeterminadamente y el arreglo con su sello original desmoronándose. Su voz exuda despreocupación, pero su diálogo está concentradísimo. «Cuando pasó todo esto, la verdad que no sabía si quería seguir editando discos y hacer conciertos… no tenía muy claro el futuro. Como a mucha gente: se nos volaron los patos. Así que pensé en sacar singles, ir viendo las canciones de a una: Mariposa Limón la hice en la primera semana del lockdown y el final llegó hace dos meses, por ejemplo».
En este momento está en el East Side Mall, aprovechando que tenía que venir a buscar un juguete especial para su hija. No le gusta para nada el lugar, pero es un punto de encuentro sencillo; tampoco le gusta estar sentado en el Mc Donald’s, pero es un lugar que no presenta inconvenientes. Ya no le gusta Berlín: siente que es algún tipo de experimento social extrañísimo, y que uno de estos días va a levantarse por el aire y nos daremos cuenta de que siempre fue un plato volador.
«Uno nunca es un artista independiente porque depende de la guita», dice rompiendo el silencio. Lo cierto es que Gonzalo viene luchando con el proyecto hace tiempo. Como artista independiente, sostener Acuario Cósmico es un infierno individual de coordinación de formaciones, fechas, facturaciones y difusiones. Además sigue comprometido en el ambiente y dedica mucha energía organizando espectáculos, aún cuando la cosa está muy difícil y no sabe si le alcanza para llegar a fin de mes. Pero siempre encuentra algún recoveco y sus músicos siempre cobran. Su casa en Brandeburgo suele ser parada de artistas que pasan por Berlín para participar en algo organizado (o no) por él. Además, es parte fundacional de la gestión de bandas que ahora giran habitualmente por Alemania y toda Europa, como La Fanfarria del Capitán. Incluso para su último cumpleaños organizó una proyección gratuita del documental Fuck You! con la presencia del productor, cuando todo salió desinteresadamente de su bolsillo.

Acuario Cósmico (izq-der): Gonzalo Marinucci (guitarra y voz), Michael Merkt (bajo) & Jonathan Boudevin (batería)
«Está la musicalidad y después está todo el aparato que es la banda, ¿no?, quién maneja el bondi en la gira, estar pensando qué vamos a comer, o cuando hay que grabar, o dónde, que hay que despertar a alguien o llamar por teléfono… está bien tener una parte muy abstracta y muy creativa, pero también necesitás la parte efectiva y la ejecutiva. Y ahí donde tenés que sacar eso, esa idea, ese fuego interno, esa llama púrpura de adentro… que no sé qué es. Pero no hay que hacerle preguntas a esos llamados internos.» Gonzalo sabe que el mundo organizativo suele ser el verdugo de la vocación artística de los independientes, y es por eso que asume esas responsabilidades como un compañero incómodo pero inevitable. «Al final dedicás más energías a organizar y planificar que a la música», continúa, «aunque te coma vivo, es la parte que va a hacer efectiva la exposición de lo que hacés. Y como toda sinusoide en la vida, hay cosas que nos gustan –más en la parte creativa y artística, donde estás jugando con tu niño o niña interna–, y está la otra, donde estás pensando en levantarte a las 7, llevar a los chicos a la escuela a las 8, hacer la factura de freelancer a las 9…»
New Purple tiene fecha para junio, pero la lucha por mantener esa fecha es un tira y afloje hasta el agotamiento de mil variables simultáneas. «Pensar en poner la música en internet y que funcione sola, es darle de comer a un aparato que se lleva puesto lo que es realmente el cambio del arte», continúa Gonzalo. «Si no estás en contacto con la humanidad y no tenés contacto interpersonal, ya fuera en un concierto o metiéndote en lo que te da incomodidad, no se mueve el aparato. O sea: puedo ponerle guita a las redes sociales que aparecen creyendo que eso va a funcionar… ¿A quién le estoy dando esa plata? A esa confusión que trabaja en una pileta, que se lo come una Inteligencia Artificial que va a reutilizar tu trabajo como si fuera un pedazo de plástico para una industria invisible, que no sabés si se sostiene por una catenaria que pasa por debajo de un lago o por un satélite, ni quién tiene el botón de on/off de eso.» La imagen pareciera ser bastante oscura: ¿Hay posibilidad de seguir adelante? O más importante aún: ¿tiene sentido intentarlo? «No podés vivir diciendo que todo es horrible porque te vas a pegar un corchazo, las cosas son como son», argumenta instantáneamente antes de poder preguntar cualquier cosa, «hay que buscarle la parte efectiva. Lo importante es tratar de hacer malabares con todo lo que sucede fuera. Cuanta más información más difícil es reordenar internamente lo que te pasa emocional, intelectual y socialmente. Te van a meter preocupaciones, la moneda como la zanahoria, de atrás te ponen la caña (sic) y menos te vas a poder ocupar de vos mismo y ver lo que te pasa… ¡Y menos aún a quién tenés al lado! Acá en Berlin la individualidad está bien, pero llegó a un punto donde no te importa una mierda lo que le pasa al resto.»
Los shows suelen tener la energia de la espontaneidad: no porque haya zapadas o porque sean caóticos, sino porque realmente da la impresión de que la banda está ahí porque es su lugar en el mundo; y ya estaban en el escenario quién sabe hace cuánto tiempo. El espectador es más un testigo activo que público tradicional. «Un buen show no tiene que ver con si hicimos plata o cuánta gente vino» comenta, «es cuando sentimos una energia, una vibra con el público de que algo pasó… es difícil de explicar. Cada lugar [del mundo] tiene su público diferente, en comunidades o festivales, en el norte o el sur, en ciudades grandes, etc. Y no tiene que ver con buscar que la gente la agite, no es una búsqueda de reconocimiento –digo, porque hay mucho narcisismo en la sociedad. O sea, hay una parte ególatra en esto», admite, «hay que hacerse cargo. Sino no podríamos hacer música y sacar de la zona de confort a quienes nos escuchen.»
«Para mí la espiritualidad es lograr que lo que pensás, lo que decís y lo que sentís esté todo alineado», comenta en relación a otra pregunta que nadie verbalizó, «hay que tomar conciencia, de a poco. Es un camino. Si te ponés solo en lo lineal, te olvidás que algo que te pasó en tu niñez te puede afectar hasta hoy en tu toma de decisiones. Entonces, para mí acordarse que la mente humana puede generar control sobre otras mentes y hacerlas aceptar una orden para hacer mierda a alguien, ¿cómo podés acatar que todo es lineal? seguramente si yo, desde el poder, hago que no te puedas despertar y te mantengo dormido, te voy a poder controlar mejor. Ya es bastante claro que hay un lobbysmo internacional que toma las decisiones por y para nosotros ¿y entonces, qué estamos mirando en realidad? Yo invito a las personas a que miren alrededor y traten de cambiar el chip interno. Entenderse uno mismo: saber dónde estás para entender por qué mirás así el mundo. Lo único que puedo ofrecer para eso, es el arte. No puedo hacer otra cosa desde mí. ¡Pero invito también a la gente que busque qué puede hacer por sí mismo y por los demás! Siendo un carpintero, un panadero, lo que fuera.»
Medita unos segundos y continúa: «El desafío es que hay que organizarse tanto en este mundo real como en el mundo abstracto, que tienen tiempos y prioridades distintas. Es un poco lo que pasa ¿no?, en este momento en que están ahí tantos cambios socioculturales, políticos, económicos, volvemos a un conjunto de preocupaciones: como que hay guerra ¡y en realidad la guerra está hace como 10, 15 años! ¡Y fuerte! Y en un momento así está bien regalar música, está bueno dar algo de uno, internamente hacia los demás».
New Purple, el segundo disco de Acuario Cósmico, se edita el 21de junio en formato digital. El formato físico se estrena el 19 de agosto en la release party que se hará en Luft Schloss Tempelhofer Feld, con la banda presentando los temas en vivo. Tickets aquí.
El 12 de mayo se estrena el adelanto de su single Thank you. Aquí pre-save.
Pueden encontrar a la banda vía Instagram.

Todas las imágenes cortesía de @Acuario Cósmico
