La ardilla y el guardabosques

Relato de Sara Sarmiento

Rotenburg an der Fulda, invierno de 1997

Mientras mi madre contemplaba la portada del periódico, negando con la cabeza, yo imaginaba cómo habría sucedido todo. Por algún extraño motivo, me interesaban más los datos que no aparecen en los artículos, los detalles que nadie conoce. Me parece estar viendo el compungido rostro de mi madre mientras intentaba descifrar las frases en alemán más allá del titular, y me transporto a aquella noche, a la calle del pequeño pueblo de Rotenburg an der Fulda en la que no serían más de las 9.

Imagino que las calles se mantendrían iluminadas gracias a las escasas farolas de tenue brillo repartidas a cuentagotas a lo largo del suelo nevado, suelo que a su vez reflejaría la luz contra la fachada de las casas unifamiliares, tiñéndolas de ocre. Ya no se verían pisadas humanas, ni los bordillos de las aceras, sólo un uniforme manto blanco abrazando las estrechas carreteras, y quizá la débil luz en las cocinas de las lejanas casas titilando en el horizonte.

Como agazapada tras un arbusto con vista privilegiada al interior de su casa, me parece ver al guardabosques entrando por el portón y echando un par de leños al fuego, mientras sus botas dejarían una estela de nieve espumosa en los tablones de madera gastada. Imagino cómo recolocaría los leños con una vara de metal y se sentaría en un taburete para entrar en calor, alzando las manos hacia las llamas.

El guardabosques era un hombre joven, de unos cuarenta años. Vi su trasero, no su rostro, pero estoy casi segura de que aparentaría más de cuarenta. Tendría los ojos hundidos y el mentón ligeramente salido hacia afuera. Disimularía su protuberante mandíbula dejándose barba. El conjunto claramente le daría un aire triste. Se llamaba Oliver y era un hombre de buen corazón, pero arisco de primeras, como recalcó el artículo del periódico local.

Imaginé que aquella noche habría llegado borracho a su casa. Nadie sabrá jamás por qué motivo. Tambaleante y con un charco de nieve derretida bajo los pies, lucharía por avivar el fuego usando alguna revista antigua, cuyas fotos habrían perdido el color.

Se desvestiría junto al fuego, todavía aterido de frío, y le daría la espalda a las llamas para sentir el calor en la piel. Entonces encendería un cigarrillo, usando una llama arrebatada al fuego por medio una hoja de revista arrancada. El chisporroteo de los leños ardiendo le recordaría que tenía ganas de orinar. Abriría la ventana, y en la negrura del aire se dibijarían nubes de vaho y humo horneado en su boca. Sin dudarlo, se bajaría los calzoncillos a la altura de los tobillos y apuntaría al suelo -desde el segundo piso- para aliviarse. La nieve sisearía como una serpiente y desprendería vapor al contacto con la orina, deformándose como una nube de golosina en la hoguera de un campamento de verano. Apuntaría en diversas direcciones, avivado por la épica del momento, expandiendo así el alcance de su obra. Entre calada y calada, se le resbalaría el cigarrillo de entre los dedos, dando vueltas en el aire. Dado su estado, no le resultaría fácil mantener el equilibrio al tratar de recuperarlo. Casi sin darse cuenta sobrevolaría la barandilla y caería como un saco de plomo sobre su cigarro extinguido en medio de la blanca nieve.


Caminábamos como dos patos mareados, impulsándonos de lado a lado con ayuda de nuestros brazos para avanzar a través del manto de nieve que nos llegaba por la rodilla. Yo llevaba unas botas de ante de color azul y cordones amarillos. Ella llevaba unos tenis negros con ocho centímetros de plataforma. Por aquel entonces estaban de moda las Spice Girls.

Bajábamos la cuesta enérgicamente. Un, dos, un, dos. ¡Vamos, que llegamos tarde!

Yo sentía las lágrimas de frío congeladas en el rabillo de los ojos. El suelo estaba cubierto por la nieve, blanco, el cielo estaba blanco, las fachadas de las casas eran blancas en su mayoría. No había más pisadas que las que íbamos forjando a nuestro paso.

Todos los días caminábamos veinte minutos cuesta abajo para llegar a la escuela. La ida se hacía dura porque era muy temprano, poco más de las siete de la mañana. La vuelta se hacía dura porque era cuesta arriba. Caminábamos por el llamado Camino de la cabeza de gato. Me pasé un año ojeando furtivamente detrás de la verja de cada casa, por si al famoso señor gato le daba por aparecer. Nunca tuve el honor.

Yo tendría ocho años, mi madre veintinueve. Era rubia, entonces llevaba media melena y se parecía a Marilyn Monroe, o más bien a una versión congelada de frío de Marilyn, una con plataformas de Spice Girl, pantalón de chándal negro ajustado y plumífero estilo muñeco Michelín.

Pasamos delante de la casa del guardabosques. Era una bonita casa que daba a la carretera y que a mí me gustaba mirar por su empinado tejado triangular. Gruesas vigas de madera oscura cruzaban la fachada del piso superior. Me recordaba a la casa de la bruja de Hänsel y Gretel, pero sin dulces y sin bruja. Mientras yo soñaba mirando al tejado, mi madre se paró en seco, pálida, se cruzó en mi camino, forzándome a parar también, y haciendo un grandísimo esfuerzo por conservar la calma -que más bien derivó en desatada histeria-, me gritó:

-Sara, ¡no mires, por favor! Pero ahí delante, en el jardín de esa casa, ¡hay un hombre muerto! ¡Y desnudo!

El rostro de mi madre, que ahora se llevaba las manos a la boca y al corazón compulsivamente, no sabiendo qué parte del cuerpo sostener primero, se había desencajado tanto que en realidad no miré al guardabosques. El show se estaba desarrollando delante de mí. Se echaba las manos a la cabeza, a la boca, al pecho, hasta que finalmente le pregunté “¿Te vas a desmayar?”. Ella cogió aire y sujetó mi mano, tiró de ella con fuerza y me obligó a seguir caminando mientras se decía por lo bajo “No pasa nada. No pasa nada. No pasa nada”. Tres metros más tarde giré la cabeza, pero lo único que logré ver fue un culo blanco en medio de la blanca nieve.

La cara de mi madre había recuperado el color pocos metros más abajo. Yo le preguntaba: “¿Y ahora qué va a pasar?”. “Está muerto” decía ella, mordiéndose los labios, incrédula. “Ha debido caer por la ventana… ¿pero desnudo?”. Recuerdo haber pensado: “Sí que son extraños los adultos. Les choca más ver un culo desnudo que un muerto”. Caminamos unos cien metros en el más absoluto silencio. Tenía tantas preguntas. ¿Había muerto a causa del golpe o por el frío? ¿Cómo se había caído? ¿Qué iban a hacer con el cadáver? ¿Qué nos iba a pasar a nosotras?

Sumergidas en nuestras preguntas sobre el guardabosques caído del cielo, de pronto vimos una ardilla brincando a nuestro alrededor. Daba saltitos arbitrariamente en medio de la nieve. Era de color marrón claro y tenía la gruesa cola un poco deshilachada. Saltó, saltó y saltó hacia la derecha; saltó, saltó y saltó hacia la izquierda, y por último, se cruzó en medio de nuestro camino y cayó fulminada a nuestros pies.

Justo antes de acercarme a la difunta ardilla, se me dio por echar un vistazo a mi madre. Su cara se había convertido en “El Grito” de Munch. Me miró, con la tez entre verde y gris, con las manos sobre las sienes, tiró de mi brazo con fuerza, casi obligándome a trotar para seguirle el paso, y echamos a correr cuesta abajo mientras ella decía: “Primero el guardabosques ¡y ahora esto! Esto es muy mala señal, algo malo va a pasar. Todos se caen como pájaros a nuestros pies”. “Como ardillas, más bien”, precisé yo.

Ella ya no me escuchaba. Nunca fue muy religiosa, pero en este punto tiraba con fuerza de mi brazo con una mano y con la otra se persignaba, no sé si rezando por el alma de los caídos en aquella mañana nevada de invierno, o si rogando que nada nos sucediese a nosotras dos en aquel desdichado camino de la cabeza de gato.


Sara Sarmiento es gallega y reside en Berlín. Es artista de corazón, pero en la práctica ha trabajado como coordinadora de efectos visuales durante los últimos trece años en Berlín.  Nació en Ourense, Galicia, estudió comunicación audiovisual y también se ha formado para enseñar alemán a extranjeros. En su tiempo libre canta en la ducha, lee obsesivamente, escribe a escondidas y rehace el mundo cada día junto a su hijo de tres años.

©de las fotografías: Sara Sarmiento

Colaboradores de DESBANDADA

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