Pinceladas (III)

Tercera entrega de la serie de cuentos de la narradora Sara Sarmiento.


Pinceladas: La industria de efectos visuales

Karen

Berlín, julio de 2018

Su figura en sombra se arrastra por la oficina. Es un cuadro impresionista. De lejos parece una mujer elegante, incluso resultona. Sólo se viste de gris, color tierra o verde aceituna. Lleva la ropa impecablemente planchada, en invierno jerséys de cuello vuelto. A medida que te acercas, el gesto afable en el óvalo de su rostro se convierte en una retorcida mueca, las comisuras de la boca hacia abajo en un ángulo imposible. El dedo índice levantado, soporte de un anillo con un pequeño diamante, se mueve arriba y abajo, hace sonar las pulseras de oro de su muñeca.


Su foto de cuando tenía treinta años muestra una sonrisa perfecta de dientes blancos y simpáticos hoyuelos. Llevaba el pelo corto. Era delgada y morena, graciosa. Sus ojos chispeaban ya entonces, pero también cargaban fuego. Hoy en día, si te acercas a ella lo suficiente, queman. Aunque no creo que sea esa su intención.

©Sara Sarmiento

Una vez me besó. Yo era su coordinadora. Siempre hacía lo que me pedía. Trataba de ver dentro de su ser para leer sus pensamientos y hacerlos realidad. Sus ojos me recordaban a la locura, una locura que temía e idolatraba a partes iguales.

Coordiné a sus “inútiles” coordinadores -esa era la expresión que ella empleaba para referirse a ellos-. Asumí la comunicación entre los dos bandos cuando ya no querían hablarse. Consolé a Pat, la coordinadora guapa que quería ascender rápido en la jerarquía de la empresa, cuando lloraba desconsolada porque Karen le había retirado la palabra. “¿Qué hago mal?” se preguntaba mientras le caían las lágrimas más gruesas que yo haya visto nunca y le contaba sus penas a los operadores durante el tiempo de trabajo, en lugar de resolver las tareas más urgentes que se le habían dado. Charlaba en horas de trabajo, hacía pausas para comer y para tomar el café, se iba a comer con los operadores a mediodía y llevaba ropa sexy. Era guapa, era ambiciosa, y no trabajaba como una esclava. Pat no entendía que Karen no podía soportar su laxa filosofía de trabajo, ni el brillo de tantas virtudes doradas fuera de su alcance.


Consolé a Matthias, el coordinador despistado de su misma edad, poco más de cincuenta años. Eran como un matrimonio de libro, mujer dominadora y marido calzonazos. Ella le ignoraba, le miraba de reojo cuando hablaba o le interrumpía para ningunearle. Sin embargo él tenía algo mundano que a ella seguramente le recordaba a algún primo o tío gracioso de su familia que le había hecho reír de niña, por lo que a veces, sólo a veces y cuando ella quería, le dejaba hablar, y en sus ojos se veía un atisbo de risa, como si quisiera dar rienda suelta a las carcajadas que le provocaba ese peculiar personaje que por su edad era su igual, pero que por su aspecto y por sus comentarios podría haber sido su hijo. Entre ellos me sentía como la hija mediadora de un matrimonio infeliz, resignado a convivir juntos el resto de sus días.

©Sara Sarmiento

Consolé a Julius, el coordinador nuevo, que empezó de último y se fue el primero.

Era joven, buscaba su sitio en el mundo. Y desde luego no lo encontró en el marco de nuestra disfuncional “familia”. Después de seis meses me pidió que hablásemos en el patio, me dijo que acababa de entregar su carta de dimisión y que quería decírmelo en persona porque yo había sido una mentora para él. “Después de todas las horas que me ha costado enseñárselo todo…”, pensé yo. “Ojalá hiciese yo lo mismo”, decían los subtítulos de mi subconsciente. El subtexto no engaña. Adiós Julius. Siempre recordaré su corte de pelo a lo cepillo, su largo abrigo negro con cuello subido que podría haber pertenecido a Drácula y sus caras de circunstancias cuando otros se gritaban delante de él. Era muy gracioso ver cómo en esos momentos se iba encogiendo en su silla poco a poco, ocultándose detrás de la pantalla de su ordenador, hasta que nuestros ojos se encontraban casi a ras de suelo, debajo de las mesas, y rompíamos a reír -por supuesto en el más riguroso silencio-.


Esos son los coordinadores de los que me ocupé mientras Karen estuvo al cargo. Un cargo político que podría equipararse a una dictadura. O eras de su bando o eras un desertor. Yo les enseñé todo lo que sabía, les di tareas, intenté que se sintiesen bien… A pesar de mi mal humor, que crecía día a día. A pesar de que mi globo se estaba desinflando sin que yo lo notara.

©Sara Sarmiento

En la fiesta de fin de proyecto, bailamos al son de David Bowie y de Queen. Sacamos la fiesta del bar, la llevamos a la calle, donde, a pleno pulmón, cantamos “Bohemian Rapsody”. Un corro de operadores franceses e italianos se unieron a cantar conmigo. A ellos le siguió uno de mis jefes. Todos celebrando el fin de uno más de los proyectos que se sucedían como las piezas de un coche en una cadena de montaje; “otros cuatrocientos euros que tendré que invertir en terapia para reequilibrarme”, pensaba yo.

Canté, alcé la voz, dirigí como un director de orquesta orgulloso, me sentí cantada. Sus voces resonaban en mí y me daban alas. Las alas de alivio -aunque solo momentáneo- de que aquel proyecto infernal había terminado. Al terminar la canción, estallamos en risas.

Karen había estado observándome todo el tiempo desde lejos con sus ojos ardientes, que albergaban una chispa de brillo, pero que por lo demás estaban empapados en alcohol y veneno aquella noche. Se acercó caminando despacio -siempre medía sus pasos, no daba uno más rápido que el anterior-, me agarró por la cintura y me besó. Fue un beso dulce, no fue rápido y torpe. Se tomó su tiempo, se permitió pasar un par de segundos en contacto con mis labios. Me besó.


Ese gesto fue percibido como tierno a nuestro alrededor. Escuché “ohhhs” y “ahhhs” de ternura. Cuando se separó vi cómo todos lo aprobaron, asentían o aplaudían, los ojos llenos de amor. Sonreí como una niña a la que han dicho que ha hecho algo bien. No pensé. Lo tragué.

¿Pero qué fue en realidad ese beso a su perrito, a la coordinadora popular? Sigo dándole vueltas. Pudo tener muchos significados. No creo que se pueda reducir a uno tan sólo.

¿Fue un gesto de agradecimiento, de cariño por mi paciencia durante todo aquel tiempo, por las

batallas y mediaciones libradas en aquel tóxico e inconexo equipo de coordinación?

¿Fue un modo de generar serotonina, de dar amor, que tan poco espacio tiene en su vida, y que sorprendentemente hace sentir bien a aquel que lo reparte?

©Sara Sarmiento

¿Fue un modo de ganarse una pizca de popularidad dentro del equipo que la rehuía y temía?

Creo que fue todo eso, pero más que eso fue un gesto de poder. Sus ojos brillantes no daban puntada sin hilo, como diría mi abuela. “Eres mía. Haces lo que yo quiero. Este beso te lo regalo, es bueno para ti. Si lo aprecias, si te quedas a mi lado, te alzaré a los cielos. Si te pones en mi camino, caminaré sobre ti”, me parecía leer en el aura que emanaba.

Como pronto descubriría en la industria, todo pertenecía a una compleja estrategia para ganar poder, para atarme y marcarme como a una más de las crías de su ganado.


Sara Sarmiento es gallega y reside en Berlín. Es artista de corazón, pero en la práctica ha trabajado como coordinadora de efectos visuales durante los últimos trece años en Berlín.  Nació en Ourense, Galicia, estudió comunicación audiovisual y también se ha formado para enseñar alemán a extranjeros. En su tiempo libre canta en la ducha, lee obsesivamente, escribe a escondidas y rehace el mundo cada día junto a su hijo de tres años.


¿Por qué «pinceladas»? ¿Qué quieres decir con ese título? ¿Tiene algo que ver con la temática? ¿Se trata de una especie de técnica de distanciamiento a causa de la crudeza, en algunos casos -en especial la segunda entrega-, de la temática?

He nombrado «Pinceladas» a este tipo de textos porque en ellos pretendo plasmar ambientes, lo que se respira en un cuarto cuando uno entra antes o después de una discusión, de un conflicto, pero no llega a vivir el conflicto principal… A base de pinceladas que forman una especie de cuadro. 

Concibo y desarrollo estos textos a partir de imágenes reales o imaginadas que se clavan en mis retinas y en mi mente, y al ponerlos por escrito, pretendo presentar un cuadro ante las personas que los lean, para que, si he hecho bien mi trabajo, ellos se queden con una imagen y un ambiente concreto, como si hubiesen visitado un cuadro expuesto. Podría decirse que escribo porque no sé pintar.

Por desgracia no es una técnica de distanciamiento de la crudeza de algunos de los relatos. Los textos, a mi modo de verlo, sirven para plasmar la realidad y completarla con la propia mirada. A mi mirada pertenecen la luz y la sombra, el amor y el odio, la esperanza y la desolación, y cuando la crudeza se muestra, la dejo entrar y trato de mostrar que incluso dentro de ella hay lugar para la luz, el amor, el humor o la esperanza.


© de las fotografías: Sara Sarmiento.

Colaboradores de DESBANDADA

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