Una política para la ciudadanía en el exterior

Sostiene Mr. Casarejos, mi contraparte en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, que la solución óptima a la avalancha de problemas que ya desde hace demasiado tiempo acucia a los casi 3 millones de residentes españoles en el exterior sería la formación de un partido político propio, a la manera de los ya constituidos en cada vez más provincias de eso que con gran éxito el autor Sergio del Molino bautizó como «España vaciada“. Sostiene además Mr. Casarejos, que ese partido ha de ser «ni de izquierdas ni de derechas, sino de los que estamos fuera“(sic).

La existencia de estos pequeños partidos uniprovinciales, constituidos a partir de plataformas ciudadanas, puede considerarse, sin ningún género de dudas, como una singularidad española. Si bien es cierto que es también muy singular el hecho de que en determinadas zonas del interior de la Península Ibérica la densidad de población sea similar a la de Laponia, muy novedoso es el hecho de achacar el lento declive demográfico y económico de estas regiones exclusivamente a factores externos.

Estos nuevos partidos, se llamen «Teruel existe“, «Soria ya“ o «Campaspero es muy digno, mire usted“, han sido creados sin ningún género de dudas con las mejores intenciones, pero no dejan de ser meros grupos de presión o «lobbies“ en tanto en cuanto carecen de una ideología bien definida y se limitan a intentar influenciar en los poderes ejecutivo y legislativo a fin de comunicar sus ideas e intereses, recabar información, defender su situación o instar a cambiar la legislación que les afecte. Y esto es así porque presentándose solo por una circunscripción electoral nunca se puede llegar a ejercer un poder real, pero sí aspirar a ser la llave para formar un gobierno y de esa forma obtener concesiones en forma de inversiones, normalmente en infraestructuras, para la circunscripción o región representada por el partido local o localista en cuestión. Es esta una forma de entender la política no como una herramienta para transformar la realidad en su totalidad, sino como una forma de «parchear“ la realidad con la esperanza que de pequeños cambios meramente cosméticos, como pueda ser la construcción de una nueva autopista, transformen estructuras muy complejas y políticas muy concretas que son las causantes reales de las problemáticas que han llevado a la formación de estos partidos o plataformas. La construcción de una autopista o de un trayecto de ferrocarril de alta velocidad no van nunca a poder reemplazar las políticas de redistribución de la riqueza que el Estado debe necesariamente llevar a cabo para que determinadas provincias o regiones puedan avanzar económica y socialmente o incluso sobrevivir demográficamente. Nadie va a querer quedarse en un sitio que no tiene una red de transporte público de cercanía que articule la región en la que vive, sin posibilidad de llevar a sus hijos a un colegio cercano o de ser tratado de una enfermedad en un hospital digno de tal nombre. Y nada de esto aparece como por arte de birlibirloque con la mera construcción de autopistas que siempre están vacías y trenes de alta velocidad que pasan de largo. La falta de inversión en infraestructuras que sean realmente útiles a la gente, en sanidad y en educación corresponde a una serie de políticas muy concretas y a una forma de pensar muy determinada. Si creemos que los mercados lo pueden regular todo y crear un mundo justo y perfecto, si pensamos que los que han quedado atrás se lo merecen y que no merece la pena gastar en lo que aparentemente no nos va a proporcionar ningún beneficio pecuniario, obtendremos como resultado regiones o grupos de población de un país dejados completamente a su suerte y sin esperanza alguna de cambio. Es entonces una cuestión y una elección ideológica la política que se aplica en cualquier situación y lugar y por tanto la posibilidad real de transformar el mundo que nos rodea.

En cuanto al exterior, la falta de inversión en el Ministerio que debería representar en el mundo a un Estado que se dice importante en el contexto internacional es una problemática que se lleva arrastrando ya desde hace demasiado tiempo. Faltan embajadas y consulados, faltan trabajadores, y a los que hay se les trata y se les paga de forma muy poco digna. Me consta que la mayor parte del cuerpo diplomático y del personal laboral de las embajadas y consulados se deja la piel ayudando cuando es necesario a nuestra ciudadanía en el exterior, pero muchas veces no es suficiente porque faltan medios y nosotros, expatriados, somos conscientes de ello. Por lo que el descontento y la decepción con el país que nos ha visto nacer crecen cada vez más.

Fuera de España sin embargo no se pueden aplicar los paños calientes de las infraestructuras inservibles para contentar a empresas constructoras «amigas“ y de esta forma argumentar que se está haciendo algo de utilidad con el dinero de los contribuyentes. Fuera de España, lo único que podría contar como medida de presión para forzar un cambio de política real y que el Estado asumiese sus responsabilidades con respecto a los expatriados, sería el voto,y más ahora que por fin se ha conseguido eliminar el voto rogado. Sin embargo, unas cifras de participación electoral absolutamente ridículas en el exterior invalidan por completo, de momento, esta posibilidad. Y sin participación electoral no tiene ningún sentido la creación de un partido por y para los ciudadanos residentes en el exterior. Se podría argumentar que la escasa participación electoral se debe al voto rogado o la falta de motivación para elegir a unos representantes que nos ningunean constantemente, pero la realidad es que la emigración nos cambia, nos integra en realidades diferentes y poco a poco nos hace irnos alejando del lugar en el que nacimos, aunque nunca lo lleguemos a olvidar del todo. A esto hay que sumar la creciente despolitización de nuestras sociedades occidentales, que hace que la gente pierda todo interés en elegir a los que toman decisiones políticas, lo cual representa un grave problema para nuestras democracias representativas.

Sin embargo, también creo como Mr. Casarejos que es necesario convencer a nuestros representantes políticos de que somos todavía ciudadanos españoles y que nos merecemos una atención digna y sobre todo, que han de cambiar las políticas públicas con respecto a la comunidad española en el exterior. Pero eso no se hace creando un partido político de nueva planta y «joseantoniano“, es decir, «ni de izquierdas ni de derechas“, sino apoyando a los partidos estatales ya existentes que garanticen en sus programas electorales un Estado fuerte que vaya a apoyar, ayudar y proteger a sus ciudadanos allá donde se encuentren sin dejarnos abandonados a nuestra suerte, como pasa en muchas provincias de la «España vaciada“. Todo esto es política, y lo es de un signo muy determinado, así que quien quiera entender, que entienda.


Luis Miguel Fernández López. Nacido a orillas del Pisuerga en el ya lejano año de 1976, es profesor de Historia y Lengua Española en un instituto de educación secundaria en Berlín. Apasionado de las artes, las letras y la política, escribe sesudos artículos de esta última disciplina cuando tiene ocasión.

luis Miguel Fernández López

Nacido a orillas del Pisuerga en el ya lejano año de 1976, es profesor de Historia y Lengua Española en un instituto de educación secundaria en Berlín. Apasionado de las artes, las letras y la política, escribe sesudos artículos de esta última disciplina cuando tiene ocasión.

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