Dulces sueños

Un relato de Sebastián Trujillo.

Estaban reunidas donde las almas esperan encarnar: nubes o estrellas. La boca de Dios. Quizás un lago, los siete mares del cosmos. Eran puras. Pero empezaban a cagarse de pánico. Debían bajar. El guardián del lugar, un ángel o algo así, advirtió a las dos que saltarían esforzarse para recordar el propósito. En el horizonte el sol resplandecía blanco. Su fuego solo quemaba en la Tierra.

–Han de extraviarse. Encontrarse –dijo el guardián con voz violeta, de neón. –Han de comprender aquello que le hacen a la vida allá abajo. Y lo que hace la vida con ellos. Finalmente han de remendar agujeros valiéndose de la ternura.

–¿Habla usted del amor? –preguntaron el par de almas inocentes. Gigantes. Poseían el sonido del océano. Pero uno pintado en acuarela. Eran absolutamente hermosas. 

El ángel o algo así movió la mano como un artista superior. Rondaron por jardines infinitos. Aguardando a que dos madres parieran. Después extendieron las alas como halcones y emprendieron vuelo al abismo. A medida que se adentraban en la profundidad la dimensión iba haciéndose difícil. 

Del centro de una telaraña surgió la bestia errante. La de todos los tiempos. Sin cuernos. Pero de seis ojos de cristal negro. Las detuvo para decirles que jamás lo conseguirían. Y bienvenidos. Esfumándose la bestia, miles de estrellas explotaron. Otras cayeron como ruinas en distintas partes del planeta, junto con el par de almas.

Príncipe estaba debajo del puente de la carretera. Acababa de cumplir veintisiete. Era enano de circo. Bebía alcohol y fumaba cigarrillos mientras escuchaba a una pandilla de vagabundos, ubicados en espiral, hablar del bien y el mal. Del absurdo. De cómo arden los días. Del dinero, crimen y ese montón de todo y nada que va jodiendo el caminao en el polvo. 

Vomitó. Demasiado sensible para digerir tanta mierda. Su apariencia consuetudinaria: gafas polarizadas, la argolla oxidada de su oreja izquierda, la maleta con tres historias decentes, escritas con sangre y cenizas. También, y por fin, una camiseta rota en la zona del pecho. Se largó. Cansado. Furioso por entender y no entender. Carne cruda. Carne ciega, susurró. Una lagrima plateada humedeció el sendero.

En la lluvia, dudando y perdida entre la multitud, se hallaba Penélope. Chica de aspecto agradable, a pesar de las heridas de los cuchillos, alfileres y balazos. Mirada verde, nostálgica. Pronto entraría en la casa de putas. Se quitaría las vestimentas y bueno… en los charcos del pavimento flotaban algunas rosas. 

Él también cruzó la puerta. Tiró la maleta de hojalata. Se destrozó. Entonces hojas de papel y un bolígrafo sin tinta quedaron regados en el suelo. Príncipe no se inmutó en organizarlos, porque conservaba el eterno estilo de los que nunca quisieron ser. De los que no pudieron. Ordenó el ron más barato y contempló a Penélope girar, girar y girar alrededor del tubo de hierro.  

Había parado de llover cuando terminó de girar. Penélope caminó hacia Príncipe. Se le sentó en las piernas. Como una chiquilla. Y al oído le susurró que era un buen sitio para descansar. Pronunciaron ideas acerca de la literatura, cucarachas, ilusiones peligrosas, trampas, putas, putos, pintura.

–De la mediocridad y su divertida carcajada cuando se burla de la falsa…

La música sonaba fuerte. Un tema sobre dormirse en el fondo del mar. 

–¿Cómo dijo? –preguntó Príncipe. 

–La falsa raíz del mundo.

Penélope le miró la boca. Le gustó la imagen. Estaban en la ventana cuando se besaron. Un relámpago estalló en el cielo. Y tan solo por un instante alumbró el interior de la casa de putas. Fue la primera vez que sintieron el sabor de un corazón sin veneno. Se contemplaron. Como reconociéndose. Él acarició con ternura el cabello grasiento de Penélope. 

Príncipe recorrió el bulevar. Buscó licor. Al recibirlo, mostró la sonrisa perfecta de los niños. Merecía la pena brindar. La melancolía se desvaneció en la noche. 

Terminando el último baile, Penélope se dijo a sí misma que pintaría un océano al volver al apartamento miserable. Pero al regresar encendió un porro. Cayó en la cama y observó el techo como nunca lo hizo antes. Se durmió con el balcón abierto. El resplandor humeante de la ciudad la iluminó hasta el amanecer. Había tenido dulces sueños. Uno donde creyó que la vida los amaba de verdad.


Sebastián Trujillo Sanclemente es comunicador social y periodista con énfasis en prensa, egresado de la Universidad Sergio Arboleda, Colombia. Nació en Barranquilla. Trabajó en seguimiento.co, periódico virtual de Santa Marta, Colombia. “Mi alma es del Caribe y ahora sobrevivo en Berlín”, dice. 27 años.

Foto de portada: ©Jash Chhabria /Unsplash

Revista Desbandada

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