Diálogo desde la Isla de los Museos: Reflexiones sobre la ciudad

Las ciudades se transforman, son mutantes, cambian a lo largo de su existencia y en casi todas se pueden vislumbrar diferentes etapas. Berlín ha vivido vertiginosamente hasta convertirse en una gran capital. Su particularidad inicial radicó en la fundación simultánea de una pequeña villa con otra, separadas por un límite natural.

Ambas ciudades se generaron en torno a edificaciones de carácter religioso; por un lado, la isla de Cölln, con la iglesia Petrikirche; por el otro, Berlín, con el barrio llamado Nikolaiviertel. Posteriormente, la isla de Cölln y Berlín se transformaron cuando la realeza ubicó en sus terrenos el Palacio Real. Esta edificación no solo logró unir ambas ciudades, sino que se convirtió en el corazón de ella.

Experiencia compartida: Berlín, ciudad verde

No puedo seguir hablando sobre Berlín y no desviarme por el sendero de la anécdota personal. Cuando pienso en ella se intensifica el olor del lugar que habito, la ciudad llama mi atención y me envuelve. Recordar mi vida en la ciudad me lleva a escribir sobre ella. Berlín es para mí el devenir de la historia y su aroma penetrante está cargado de huellas intensas e imborrables.

El mundo sigue transformándose con rapidez. El progreso, la industrialización, la tecnología, el consumismo, la globalización, los procesos migratorios, las crisis y las guerras son procesos que provocan que las ciudades, en la mayoría de los casos, crezcan hacinadas y densificadas. En el caso concreto de Berlín, la ciudad se ha transformado, históricamente se ha reinventado a partir de sus ruinas, pero ha sabido conversar el equilibrio entre el verde y la ciudad.

A partir de 1989 la ciudad se transforma a gran velocidad, pero su resurgimiento coincide con un momento de inflexión y de reflexión mundial, en el que prevalece un cambio de paradigma que mira al futuro y que en el presente valora el cuidado del medioambiente.

Sobre el corazón de Berlín

A partir de la morfología del lugar y de su ubicación geográfica podríamos describir a la antigua Cölln como una isla fluvial que sinuosamente emerge frente a su entorno y que, con el tiempo, se une al perímetro que la rodea al otro lado de la orilla.

La Isla de los Museos fue emplazada sobre una tierra inicialmente cenagosa. No se pensaba que fuera habitada, ni mucho menos que se convirtiera en un santuario para la cultura. Sin embargo, se transforma de tal manera hasta convertirse en lo que es hoy: el corazón de Berlín que ha resistido con sus latidos todo este proceso y que, con persistencia, le ha dado la razón a la importancia que tiene la cultura en la ciudad; el centro del cual irradia al entorno con su significado.

Por qué asumir otra mirada

En Berlín coexisten múltiples y variadas realidades, es ineludible adivinar otras miradas. Las conocidas replican sutiles señales, cercanas a la intimidad de la ciudad, a su espíritu, y por tanto, sus respuestas son certeras y cálidas. Las lejanas lucen inverosímiles y son difíciles de desentrañar.

En esa búsqueda, la mirada asumida, que lleva a la reflexión, nos remite al sentido de pertenencia, con lo que hemos de estar atentos a la ciudad para procurar conocer su ser mediante su estar.

Con esta mirada, cuando nos internamos por los rincones íntimos de la ciudad se reanima la historia sepultada, esas experiencias que vienen del pasado y cuyo origen es único. Reconstruir y trabajar con la transformación del paisaje permite entender el inconsciente colectivo que se conecta con la realidad y con los aconteceres sociales.

A la transformación del paisaje se unen las historias, reales, inevitables, generadas a partir de la postura colectiva que asume la sociedad frente a sus hechos y acontecimientos. De las historias se pasa a las ideas e imágenes sobre Berlín que rondan y circulan por sus calles en la actualidad. Esta visión permite comprender en qué estado de desarrollo está la ciudad y qué lazos reorientan y convocan al ser con el estar. De esta manera, la lectura y escritura sobre la ciudad se complementa con la experiencia vivida.

El porqué de Berlín y la Isla de los Museos

Berlín es interesante por su frenética historia, llena de subidas y bajadas, como la vida misma. Es el reflejo de los procesos internos vividos por sus habitantes a lo largo de los años; después de verse devastada, sumida en la crisis y la vergüenza, logra el empuje necesario para reinventarse a partir de los recursos existentes, de la creatividad y la practicidad.

La Isla de los Museos es un punto de referencia que por su ubicación, carácter, transformación y significado, adquiere un interés creciente. A partir de su corto y rápido recorrido, que contempla las transformaciones y destrucciones sufridas, es digna de reflexión. Es también un ejemplo de cómo Berlín se renueva y reinventa constantemente.

Visité la ciudad de Berlín por primera vez en el verano de 1996, con cuarenta compañeros de arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, guiados por nuestro tutor, el Prof. Arq. Camilo Castro, mi madre y mi exnovio, Diego Ortega. Recuerdo que la ciudad estaba invadida por grúas, todo estaba en obras. Fue interesante e inolvidable visitar la ciudad en ese momento de transición y euforia reconstructiva; nosotros llegábamos con el anhelo y las ansias de conocer y contrastar de primera mano lo que nos contaban los libros y los maestros en la clase sobre la arquitectura, el arte y la historia en Europa.

Años después, tras haber vivido durante catorce años en Barcelona, retorno a Berlín para vivir y escribir sobre la ciudad y su transformación, para redescubrir y plasmar La Isla de Los Museos; para mí, como persona en busca del conocimiento es maravilloso poder hacerlo y como profesional es apasionante.

La historia de la ciudad de Berlín es interesante. Debo confesar que en algunos momentos, aunque pocos, por diferentes motivos, me he desviado del tema de estudio. ¿Las razones? Me he dejado llevar por el encanto de la ciudad, que me ha seducido, he sentido la pesadez de lo acontecido y he sido hechizada con su renacer. Es de reconocer que ha sido un placer vivir esta experiencia y un privilegio habitar la ciudad durante el tiempo en que la escribí.

Conocer Berlín, profundizar en sus entrañas, penetrar en los sitios durante el tiempo vivido en la ciudad ha sido mágico. No es casualidad todo lo acontecido, he aprendido de la fortaleza de la ciudad, de la solidaridad de su gente, de la importancia del equilibrio entre la naturaleza y lo mundano.

En momentos del proceso de investigación, de la lectura y la escritura de la tesis, me reflejé en la ciudad, me vi como ella. Al analizar lo acontecido en la ciudad y el proceso que ha vivido, con su transformación, era inevitable que me comparara con ella, pues, casualmente, mi vida no paraba de transformarse. En la lectura de mi paisaje construido no paraba de sorprenderme, con sus bajadas y subidas, las coincidencias del devenir del paisaje de la ciudad.

Durante mi estancia he visto caer pesados lastres, me he sentido derrotada, se han roto alianzas que consideré en su momento inquebrantables, he sorteado a la soledad, al dolor, al miedo y la enfermedad, para aprender y crecer; he muerto y resucitado. Me he transformado, de ella aprendí.

El texto “Berlín, a vista y memoria de Rogelio Ruiz” bucea en Paseos por Berlín (Spazieren in Berlin, 1929) de Franz Hessel, presenta los años veinte de la ciudad y comienza con una cita de D´Aurevilly que dice así: “A pesar de que se descubrieran las ruinas de Herculano bajo las cenizas, unos pocos años sepultan las costumbres de una sociedad más rotundamente que todo el polvo de los volcanes».

Cada ciudad es una, solo en el momento en el que el visitante la ve, una distinta en cada viajero y cada viaje. Para Julio Llamazares, por ejemplo, Berlín era esa montaña de escombros que formaba una colina durante años recordando lo que pasó allí.

Porque Berlín no es solo su arquitectura, sino su historia; como la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm (Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche), reconstruida por Eiermann, después de ser destruida por la guerra, y que se convierte en un monumento constituido por volúmenes de vidrio prensado que recuerda la desgracia. Muchos edificios antiguos se presentan con agujeros de bala en sus fachadas.

En 1984 se celebró el IBA berlinés que convocó a una selección internacional de arquitectos para reconstruir varias áreas. La ciudad, en mi cabeza, está formada por islas de ciudad que se distancian por mares de verde que son los impresionantes y vastos parques, como Tiergarten. Algo parecido se hizo en 1956 cuando recurrieron a los mejores arquitectos para el nuevo barrio del Hansaviertel, como una prueba más de la universalidad de Occidente frente a la otra política. Pasar el Muro para ir a ver el Altes Museum, que se había quedado en el Berlín Oriental, era una experiencia que pocos podrán olvidar. Volví otras veces, la ciudad me atraía, pero cada vez era más cambiante; en una de las ocasiones fue cuando aquel montón de grúas bailaban sin cesar como resultado del frenesí edificatorio tras la caída del Muro.

La actitud acertada frente a las huellas del pasado

La ignorancia y la indiferencia ante el pasado son negativas para los individuos y la sociedad. Esta actitud genera ciudades anónimas donde se acrecientan las soledades y las angustias individuales porque se desligan de sus territorios y separan a los habitantes entre sí. Esta realidad desencadena una indiferencia general que finalmente abandona tanto sus espacios, sus ámbitos, como a sus habitantes. Con la separación de estos elementos que deberían estar relacionados, aumentan las frustraciones, las locuras y los pesares de los ciudadanos.

La respuesta y actitud acertada es volver a los orígenes, a la historia, y aprender de ella. Si no queda claro la razón de este retorno se perderá el camino. La apatía a lo heredado y su menosprecio se traduce en una crisis de identidad, en un disgusto de vivir en el territorio y una búsqueda de ámbitos diferentes al propio; así se impone un modo de desarrollo que no corresponde con lo que es propio. Lejos de traducirse en un proceso hacia “ser más”, se convierte en un proceso hacia “ser como”, que equivale a “ser menos”.

Este proceso de “ser como” deriva hacia formas comunes, actúa como una fuerza que iguala y conduce hacia un modelo único. El “ser más” ha degenerado en un “ser de la misma manera que”; se ha propagado un modelo idéntico en el que no importan las diferencias de condición, de régimen, de cultura. La homogeneización cultural ha llevado a que la cultura pierda un rasgo básico y ha sido un instrumento de adaptación al medio, de control y utilización de las fuerzas naturales, cuando, por el contrario, deberían integrarse en el proceso de construcción de ciudad.

Pero como “desarrollo” es «ser más uno mismo», se debe expresar, fortalecer y estimular la originalidad y las diferencias. El desarrollo no puede olvidar lo que está en la raíz; es decir, lo que está latente en el grupo y que es precisamente lo que se debe extender: su lengua, su temperamento, su cultura, su territorio. Es necesario impulsar un desarrollo que revolucione, que regrese a los orígenes, retome lo aprendido y se zambulla en las profundidades del ser y de su estar, pero sin que se congele en un pasado inmóvil.

La historia adquiere realidad y se impone al espíritu de la ciudad, son tiempos para apropiarse del conocimiento heredado e integrarlo para religarse con el territorio y empatizar con otras culturas. Con esta premisa se apela a no separar, a no dividir, sino a unir, en un proceso de crecimiento, en el sentido literal del termino, que sirve como fuerza comunicante y comulgante: es necesario estimular la religación entre los habitantes, su territorio y otras culturas, como apuntan Morin y Kern. Berlín y sus habitantes han vivido cambios y procesos de los que han aprendido y esta realidad se palpa en la ciudad y en la actitud de sus ciudadanos. El registro y la huella de la historia es importante, pero se debe vivir el presente mientras se mira hacia adelante. Una sociedad que ha pasado por duros procesos se convierte en analítica y consciente, está preparada para enfrentarse a la realidad de manera humilde y solidaria.


El presente texto es un extracto del capítulo 4 de Berlín. Ciudad laboratorio de Olga Helena Schäfer Ortiz.

Olga Schäfer

Arquitecta y artista plástica. www.olgaschafer.org

Bocetos, collages y fotografías: ©Olga Schäfer

Olga Schäfer

Arquitecta y Artista

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