Sr. Presidente

ANÁLISIS GRAFOLÓGICO

La firma de El Candidato desvela una “personalidad testaruda, compulsiva y narcisista”.

La experta en grafología Remedios Álvarez Toledana analiza para Mundial la firma y la letra del autodenominado El Candidato en plena polémica por su tesis doctoral.

Para realizar el análisis grafológico al candidato a la presidencia la experta contaba solo con con una nota escrita en un post-it encontrado en la papelera de su oficina de diputado a mediados del 2019 [fotografía inferior]. Además, disponía de su firma estampada en un billete de 20€ que el periódico Mundial publicó el 15 de septiembre de 2021 [fotografía superior]. Este es el resultado del análisis.

La escritura en grafología indica las tendencias de una personalidad en un momento concreto. Al observar los rasgos de los trazos sobre el papel se podría decir que la fortuna más imprevisible dirige su toma de decisiones. Sus círculos y líneas hablan de alguien con una lógica imposible de vencer así como  excelente capacidad para captar sin vacilar y con infalible certeza las debilidades más escondidas del prójimo, pero no para comparecerse del mismo. Se trata de una persona que disfruta de una firmeza extrema en sus ideas, criterios y juicios de valor; su defensa será el ataque inmediato.

Narcisista. La espiral amplia en las zonas inicial y superior de su firma nos muestra esta característica. Tiene tendencia a destacar y a producir afecto, con un componente narcisista –como indican las descripciones del profesor A. von Reichl en su obra «La personalidad en la Escritura» (Edit. Kant)–. Este mismo autor descubrió en 1945 que los lapsos de cohesión implican bloqueo, dudas y una dimensión oscura que el sujeto se empeña en esconder al público.

Compulsivo. Tiene tendencia a insistir y remarcar continuamente lo que dice, necesita dejar las cosas bien perfiladas. Su famosa frase «De aquí no me muevo» así lo refleja, y los retoques insistentes en la flecha y el círculo de la firma lo apoyan

irrefutablemente. Esos mismos retoques reflejan una tendencia a lavarse el pelo con frecuencia, y una obsesión general por la limpieza extrema. No es de extrañar que tras abrazarle protocolariamente el presidente de Moldavia corriera a lavarse en un baño del palacio presidencial. Consecuentemente es una persona bastante sumamente escrupulosa.

Obsesivo con su imagen. Se puede apreciar su gusto estético: cuida de su apariencia y de todas las tareas que realiza, algo que se observa en las mayúsculas tipográficas. El marco social, profesional y político es primordial en su desempeño.

Terco. Hay mucha rabia y rencor en su interior. Puede ser brusco y hasta violento sin pensarlo demasiado. Atacará con rapidez y fiereza. Su reacción al estrés es una fuerte acometida. Esto se refleja grafológicamente en la angulosidad de la palabra Patria. La Z final de su apellido muestra una muralla que frena cualquier intento de amoldarse a la realidad. Nos dice que se mantendrá contra viento y marea en sus trece y que no contempla provocar cambios.

No muestra avidez por el dinero. No caerá en el anhelo crematístico. Se confirma por ese curioso número 37 que muestra una zona superior limpia.

No es fácil hacerle entrar en razón. Su inteligencia está por encima de muchos, pero se ve mermada por su obcecación. Hay en este escrito una alteración en la jerarquía de valores, una subversión de los mismos que podría llevarle a la traición y al engaño. Se observa claramente en que se intercalan minúsculas en un texto deliberadamente escrito en mayúsculas. No reconoce esta incongruencia porque no la ve. La rueda que marca sus actos le hará elegir una opción y la contraria sin alterar lo más mínimo su rostro.


La rueda delantera del impecable coche oficial se detiene ante el monumental portón del viejo psiquiátrico abandonado con un pequeño chirrido de grava removida que deja al descubierto la arcilla rojiza del terreno. Se hace un silencio seco, aislado, alejado de la ciudad, en mitad del bosque de altos pinos y robles ausentes. En el asiento trasero, el ocupante, con perfecto traje azul oscuro a rayas finísimas, deja caer una fugaz mirada sobre algunos panfletos tirados por el suelo. Sostiene aún en su mano el recorte del periódico que le ha entregado su secretario. Después, deja que su mirada vague entre las copas de los abetos. En la memoria, los gritos de victoria, los efusivos abrazos, las merecidas felicitaciones que chocan, tangentes, contra el hermético azul del traje del, ahora, por fin, Sr. Presidente. Sus dedos acarician lentamente la suave tela de la solapa y bajan hacia el elegante bolsillo del chaleco. Juguetean insomnes con el forro de cachemir especialmente seleccionado para su portador. Los ecos de la reciente campaña parecen querer emerger desde los papeles arrugados en los que un rostro, el suyo, sonríe con medido placer. La foto en los panfletos muestra a un elegante y atractivo joven político que parece prometer la solución de los principales problemas de la patria. Desprende optimismo, luz. Hermosura. El rostro verdadero, en cruel contraste, es inexcrutable. Su mirada está vacía. El hombre sentado en el metálico coche oficial apenas hace una mueca ante esa imagen, indiferente, impasible. Dirige entonces su mirada a la puerta entornada del psiquiátrico y calcula los pasos que necesita dar para alcanzarla. Las hojas de los árboles secos del jardín, inmóviles ahora, forman una fila caprichosa que parece querer adentrarse en el pasillo desierto, como cucarachas muertas. El polvo cubre la quebradiza superficie de las hojas, el frío mármol del suelo, el marco resquebrajado de una puerta que, seguramente, volverá a emitir su conocido quejido oxidado al abrirse. Antes de emprender con paso firme el recorrido, el Sr. Presidente comprueba una vez más que ha desconectado todos los dispositivos electrónicos, incluidos los del coche oficial. Nadie lo puede localizar ahora, y ha avisado para que no lo busquen. Su mente no está en las celebraciones de sus correligionarios, ni en la alegría de su hermosa mujer rubia, a quien imaginaría, si estuviera en disposición de hacerlo, vestida de rojo y oficiando en la fiesta que en estos momentos se celebra en la sede del partido. El hombre que ocupa el asiento trasero del automóvil, finalmente, se dispone a salir. En el retrovisor, la mirada atenta y seria del chófer a través de las gafas oscuras.

El flamante Sr. Presidente entra a visitar al único paciente del hospital, al último enfermo en confinamiento, al ilustre demente, sin tratamiento ya de medicinas o terapias, dejado como imposible a cargo de un único enfermero, sufragado por quien hoy lo visita. Atraviesa la primera puerta evitando cualquier roce, y se detiene.

Todo en ese edificio le podría despertar repugnancia, hastío, rechazo, asco incluso, si su control de acero dejara por un momento libres sus recuerdos. El hermético traje azul hecho a medida le protege de esos ataques de locura descontrolada que se respira en su entorno, y evitan que la náusea manche sus abrillantados pasos. Un olor nauseabundo de carne deteriorada se une ahora al de la pintura agrietada y mohosa en las paredes que simula la piel de un viejo ajado y deshidratado. Los dedos del señor presidente, imperceptiblemente, tiemblan, pero no debería ser de miedo.

El joven del traje azul emprende, hermético, el camino, atento a cada susurro, tenso como un arco, presto para reaccionar cuando sea necesario, como haría una pantera.

Es entonces cuando un grito despavorido y grotesco sacude el aire y agrede su piel hacia el centro del poder, pero no lo detiene. La solidez del traje parece haber desviado, de nuevo, el ímpetu del ataque. Un segundo grito llega con una proyección más adecuada, pero tampoco esta vez consigue colisionar con su corazón ni con su cabeza, así que continúa caminando, con más prestancia ahora, con más serenidad, e incluso casi pareciera que llega a sonreír, pero no hay nadie para percibirlo.

El cuarto que busca está al final del largo pasillo a cuyos lados se van alineando la desportillada recepción, la escalera de peldaños desfondados que suben hacia las oficinas de los médicos y el despacho del viejo director, las puertas de las antiguas celdas, ahora vacías, silentes, huecas. Observa mientras camina el roto suelo de losetas sueltas que dibujan un infinito damero de ajedrez, que parecen querer desprenderse para huir, pero que no consiguen elevar su posición en el pavimento. Se esfuerza en no mirar las puertas que se suceden a su lado, desvencijadas, cuyos números han ido cayendo ante el umbral de cada celda, y busca, casi sin darse cuenta, fugazmente, el cruel número 37 impreso en su memoria. Se da cuenta de su momentánea debilidad, y urge a su mente a volver al control. La mirada del hombre se centra, como aguja hipodérmica, en la puerta de herrumbrados goznes que abre ya. 

No es una visita que le agrade. Es solo algo que necesita hacer.

Se asoma sin entrar. Va a dar un paso más, pero se detiene, inesperadamente se detiene, con la mano aún sosteniendo el viejo pomo de bronce de la puerta, perplejo. Todo está limpísimo, esmeradamente ordenado, y luminoso. La  envolvente y olorosa calidez de la habitación le sorprende a tal punto que pierde la facultad de distinguir los detalles, y solo ve el aire suave, el rumor de lago quieto, la insoportable paz de ese espíritu sentado en la cama, amordazado, aprisionado en una camisa de fuerza que no alcanza a retener el halo de intensa belleza interior que genera, hacia el St. Presidente y su alma torturada. Justo al lado del viejo psiquiatra, cuando ya el joven se ha recuperado lo suficiente, descubre al fiel enfermero, de pie, vestido de un blanco rosado que sonríe inseguro con fingida familiaridad al esperado visitante. El enfermero, con la mirada, le invita a terminar de entrar. Es entonces cuando se da cuenta de que estaban mirando en una televisión sin sonido la noticia de su triunfo en las recientes elecciones.

El silencio, por extraño que parezca, le resulta incómodo, porque los dos hombres dentro del espacioso cuarto esperan a que haga o diga algo. Y hace algo que ninguno de los dos espera: sonríe. Les sonríe a ambos, primero al enfermero, en quien reconoce no solo al cómplice, sino sobre todo al fiable guardián; luego al psiquiatra, pero con este solo apenas un instante, porque recuerda su segundo previo de debilidad en el pasillo, y reconstruye como un acto reflejo la armadura interior que protege su vacío.

-Buenas tardes, Alberto, cómo te va.

-Bien, señor. Estábamos viendo las noticias. Ya sabíamos el resultado, pero de todas formas me gustaría felicitarle.

-Gracias, Alberto. En efecto, ya lo sabíamos, porque si no hubiera sido por él, no lo habría conseguido. ¿Cómo está nuestro paciente?

-Creo que bien. Casi todos los signos vitales son estables. No ha tenido ningún ataque desde hace una semana, y ha pasado el día de reflexión con mucha tranquilidad. Estuvimos viendo las noticias todo el tiempo y comentando los resultados. Acertó con todas las previsiones, y también los resultados en un 90%.

-Qué bueno. Mantiene su mente en forma, según veo. Anda, afloja las bridas, desátalo un poco para que pueda hablar, y desamordázale.

-¿Está seguro, señor? Con mis respetos, creo que no es apropiado que…

-Sí, Alberto, tranquilo, hazme caso. Necesito que respire. Quiero escuchar con claridad su voz demente. No temas, que no saldrá huyendo, entre los dos lo retendremos, y afuera está Gerardo en el coche avisado por si lo intenta. Tengo que hablar con él, tengo que preguntarle una cosa.

-Pero él ya le explicó todo lo que tenía que hacer para ganar las elecciones. Ahora usted es el presidente, y ya no necesita su ayuda.

-Al contrario, Alberto, justo este es el momento.

El señor presidente se sentó en la cama junto al viejo psiquiatra. De pronto, se sentía inmensamente cansado, pero no iba a bajar la guardia, no debía. Alberto acercó con lentitud las manos a las bridas de la camisa de fuerza y soltó una de las hebillas, dejó correr el pasador un agujero, y al hacerlo, descubrió la marca de óxido sobre el cuero. Con un movimiento seco, volvió a cerrar. Repitió la operación una vez más. Y una tercera vez. Todo el tiempo, su mirada asustada dejaba las hebillas y lo miraba, sudoroso y temblando, a su antiguo compañero de celda.

-Confía en mí, no va a hacer nada.

Pero el presidente se agarraba con fuerza al cabezal de la cama casi sin darse cuenta, con tanta rabia que no se soltó hasta sentir el dolor de sus uñas en la palma. Alberto no podía saber que tenía la espalda cubierta de sudor, y que la mano escondida batía ahora con vigor inconsciente. Quien su hubiera fijado, pero Alberto no podía hacerlo, habría dicho que eran signos de terror. Quien lo hubiera conocido como el psiquiatra, habría interpretado correctamente esas señales, pero no había nadie para verlas.

-Ya está. -las palabras del enfermero le sacaron de su instantánea distracción.

-Gracias, Alberto.

Calculó con recobrada frialdad cuánto silencio necesitaba antes de saludar al viejo. Este le miraba sonriendo, con esa calidez que siempre le descolocaba, con esa ternura que siempre interpretó falsa, con un sesgo de insoportable coquetería que no podía tener lugar en un psiquiátrico abandonado como aquel. ¿Por qué él no podría tener aquella prestancia, aquel atractivo infinito, aquella mesura en todo? Este pensamiento le quitó un segundo precioso, y le dio al viejo el momento que necesitaba para arrebatarle la iniciativa.

-¿Cómo estás, hijo? Te veo bien, el traje te favorece, pero pareces cansado, ha sido una noche muy larga, ¿no? ¿Por qué no te recuestas un poco y descansas? Alberto, por favor, dale algo de beber, ¿no ves que está sudando por el esfuerzo? ¡Qué orgulloso estoy de ti!

-No, gracias, Alberto, déjalo. He venido solo un momento, me tengo que ir en breve, me esperan en la sede del partido, no quiero que se extrañen más por mi ausencia.

Alberto se alejó despacio del centro de la habitación donde la lámpara del techo creaba esa extraña acogedora isla circular en la que se acomodaban con holgura y sencillez la cama del enfermo, la mesilla de noche con su antigua lámpara piramidal de cristales de colores, la pequeña estantería de caoba con los pocos libros permitidos, la otra mesa para el televisor, a su lado el plato con los restos de pan y el cuchillo aún sucio de queso, el vaso de vino a medio apurar. Se quedó mirando a la pareja que ocupaba el círculo de luz desde una esquina en sombra junto a la ventana. Se volvió luego y dejó que su mirada escapara a través de los barrotes hacia el cercano bosque sumido ahora en la noche mientras escuchaba, a su espalda, la conversación de los dos hombres. No se dio cuenta de la aparición de la breve luciérnaga que surgió de la hierba sin aviso y comenzó a sobrevolar, zigzagueante, sobre la campa que se extendía hasta el camino terrero detrás del hospital.

¿Por qué estaba todo tan en silencio?

Se giró con violencia para ver, en aquel mismo instante, cómo el viejo se abalanzaba con los brazos liberados sobre el joven que tenía delante. Pero no lo alcanzó, porque un salto felino permitió al joven zafarse de las garras del loco con mayor astucia, y salió, trotando como pantera, de la habitación, seguido de cerca por el psiquiatra, tan rápido todo, que el enfermero no tuvo tiempo de reaccionar, y cuando llegó a la puerta que daba al pasillo, el silencio se había vuelto a adueñar de la noche.

Buscó con la mirada, sin alejarse, vigilante, de la puerta, algo para defenderse, o incluso para atacar si fuera el caso. Pensó en el cuchillo que solía usar para cortar el queso que tanto gustaba a su recluso y que, esto sí, le estaba permitido comer. Instintivamente el enfermero giró la cabeza hacia la mesa del televisor, pero no se atrevía a moverse de su puesto seguro ni a salir de aquella habitación. Los dos hombres estarían persiguiéndose como tigres, subiendo las escaleras de tablones secos, buscándose entre los olores marchitos del viejo caserón. Imaginaba los brillantes ojos asesinos que buscaban rastros en el suelo sucio para atacar a una presa que huía, o se agazapaban tras el mostrador abierto en canal, pendientes de cada ruido. Imaginaba los pasos de astuta atención que se deslizaban apenas sobre las losetas blancas y negras para no generar ni el ruido del roce de las superficies. Imaginaba el sudor humedeciendo las sienes junto a los ojos abiertos al terror. Y no quería salir.

Pasaron muchos minutos de silencio. Alberto podría atravesar todo el pasillo, salir por la puerta delantera e ir a buscar al chófer para que le ayudara, pero su cobardía innata le atenazaba los músculos y le mantenía, petrificado, junto al marco de la puerta, atento a lo que pasara, pero con una mano presta para cerrar la puerta en cuanto el peligro se acercara. Ni siquiera tenía un móvil para avisar a nadie.

Probablemente pasaron más minutos.

Se oyó entonces el mismo grito agrietado que el señor presidente escuchó al entrar en el hospital, y que Alberto reconoció sin sombra de duda. Luego vino otro grito, más cercano, y un cuerpo que choca contra una pared, y luego contra el suelo, y entonces los aullidos, más golpes, los empujones, una cabeza contra la pared, todo un cuerpo de bruces o de espaldas contra el suelo, una caída seca de un cuerpo, otro golpe, y otro más, y otro hasta que Alberto, aliviado y tembloroso, volvió a sentir el silencio a su alrededor. Podría ya salir, y recoger los restos de la batalla. Pero se hizo innecesario. Apenas dio algunos pasos por el pasillo cuando vio cómo una sombra ágil, fuerte, con contornos bien recortados en la noche, arrastraba un volumen como saco deforme enfundado en una camisa de fuerza. Al llegar a la luz, el señor presidente hizo sentar al psiquiatra de nuevo sobre el colchón, y lo ató con las bridas de la camisa a los barrotes del cabezal de la cama. Ahora sí podía ver Alberto que la cara del joven presidente estaba sudorosa, pero era un signo natural del esfuerzo. Vio que el rostro del psiquiatra estaba magullado, una areola morada empezaba a formarse en torno al ojo derecho, y de un largo rasguño en la frente empezaba a manar algo de sangre que resbalaba por la mejilla y bajaba junto a la comisura del labio.

-Anda, Alberto, ahora sí que necesito algo de beber.

-¿Quieres un café?

-¿No tienes algo fresco? ¿Agua?

-Sí, claro, voy a buscarla a la cocina.

-¡No! -oyó de pronto Alberto a su espalda, con espanto, en la vieja voz magullada- ¡No te vayas! ¡No me dejes con él!

-No le pasará nada, esté tranquilo. ¿Verdad, señor presidente, que no le harás nada malo? Y además, el señor presidente solo quiere hacerle una pregunta, ¿no es cierto?

-¿Por qué me atacó? ¿Quería abandonarme? -le estaba preguntando al viejo psiquiatra cuando Alberto volvió a la habitación con la botella de agua y el vaso limpio. Estaba sentado a su lado, mirando muy de cerca los viejos ojos del médico, que le devolvían, dóciles, como un espejo, el rencor.

-Yo no quería dejarte, hijo.

-No me llame hijo.

-Pero es que eres como un hijo para mí. ¿Cómo podría abandonarte? Yo te he creado, te he enseñado a ser lo que eres. Yo lo he sido todo para ti, te he mostrado el camino hasta el éxito que tanto anhelabas, te he adiestrado para que todos tus gestos fueran perfectos frente a las masas. Nunca ningún fotógrafo captó un error en tu expresión perfecta ni una palabra equivocada en todos tus discursos. Mírate, eres el presidente, y lo eres gracias a mí. Alberto, ayúdame, dile que si no fuera por mí, no habría conseguido llegar a donde ha llegado.

-Si no hubiera sido por él, no habrías llegado a donde has llegado.

-No le quito la razón, Alberto, pero ahora tengo que hacerle una pregunta.

-Ya me la has hecho, y ya te he contestado, yo no quería abandonarte. Solo quería escapar de aquí, ya no aguanto más, créeme…

La mirada del señor presidente se volvió vidriosa, gélida. Miró al psiquiatra fijamente, los ojos se tensaban, la línea de la espalda bajo la tersa chaqueta era un arco a punto de romper la tensión del hilo. El viejo médico se dio cuenta del frío vacío desde donde le miraba aquel a quien tanto había querido y cuidado, aquel a quien tanto había enseñado, aquel que, en el fondo, no podía ser perdonado, redimido, ni salvado, aquel que no admitía curación. Creyó saber entonces por qué iba a morir, y confirmó sin cuestionarlo que por mucho que se lo pidiera, el señor presidente no dudaría ni un momento, sonreiría incluso, y acertaría con total precisión el lugar donde debía clavar el cuchillo que había desaparecido de la mesa junto al televisor.

-Siempre lo supiste -el joven del traje azul hizo una inútil pausa para tomar agua-. Desde el primer momento en que me tomaste como paciente, lo supiste. ¿Por qué te empeñaste en enseñarme a comportarme como la gente sana, la  de ahí afuera, si sabías que nunca me curaría? Eras el único en el mundo capaz de describir mi mal, y al mismo tiempo, calmarme. Solo por eso merecías haber muerto hace tiempo, pero lograste lo impensable. ¿Verdad, Alberto, que es un profesional de primera? Mira lo que hizo conmigo, ahora soy el presidente de la nación, y nadie deberá enterarse de mal. Podré hacer lo que quiera con el país, con todos esos millones de cretinos, y todos me seguirán.

Después, hizo otra pausa. Alberto miraba su espalda fijamente, sin poder desprenderse del espanto que le causaba. El señor presidente desvió de pronto la mirada hacia los libros de la estantería junto a la cama del viejo. Los labios formaron una brevísima mueca de disgusto, y luego, otra muy diferente, divertido, cuando alcanzó uno de los títulos, el libro de Robert D. Hare, que consideraba su biblia. Alberto se dio cuenta de que había encontrado el libro prohibido, y sabía que lo miraría furioso, pero el presidente no llegó a girarse, solo los hombros temblaron un instante brevísimo en dirección del enfermero. Entonces hizo algo que ninguno esperaba, metió la mano en el bolsillo derecho de la chaqueta, y sacó un recorte de periódico. Se lo alargó al enfermero pasándolo por encima de un hombro.

-Toma, Alberto, lee.

Alberto miró espantado el titular.

-A ver, lo siento, no sabía que ibas a encontrar el artículo, fue todo idea suya, dijo que no podíamos permitir que… que había que introducir en la realidad no sé qué elemento de distorsión que alguien alguna vez encontraría…

-No te disculpes, limítate a leer.

Alberto comenzó a leer, sin un ápice de temblor en su voz.

La escritura en grafología indica las tendencias de una personalidad en un momento concreto. Al observar los rasgos de los trazos sobre el papel se podría decir que la fortuna más imprevisible dirige su toma de decisiones. Sus círculos y líneas…

-Ya basta, Alberto.

El señor presidente volvió a tomarse unos segundos de silencio. Después, pausadamente, siguió hablando con el psiquiatra.

-¿Quién es Remedios Álvarez…? ¡Ah, ya entiendo! Eres tú, cómo no me había dado cuenta. Por eso Gerardo no encontraba en ningún sitio referencias de esa experta. ¿Cómo conseguiste que el Mundial aceptara el artículo? Bueno, no importa en realidad. Gerardo ya se ha encargado de neutralizar su efecto con varias decenas de artículos parecidos y contradictorios.

La voz del psiquiatra de nuevo descompuso la inestable seguridad del señor presidente.

-Los psicópatas sois depredadores que encandiláis y manipuláis. Os abrís camino en la vida sin piedad, dejando una larga estela de corazones rotos, de expectativas arruinadas y de billeteras vacías. Tenéis una carencia absoluta de conciencia y de sentimientos por los demás, y tomáis lo que os apetece de la forma que os venga en gana, sin respeto por las normas sociales y sin el menor rastro de arrepentimiento o piedad. Estáis vacíos por dentro, no hay sentimientos dentro de vuestra hueca carcasa.

-Y ahora, además -le interrumpió el señor presidente-, uno de esos se ha convertido en el presidente de la nación. ¿No es bonito? Como bien dice tu libro, no tenemos empatía, pero eso no significa que no tengamos sentido estético. Y lo veo bien, lo veo hermoso, una mentira perfecta: el país ha elegido como su nuevo presidente al psicópata mayor del reino. Y todo gracias a vosotros, pero sobre todo a mi viejo maestro, el mayor experto del país en psicopatía, el único capaz de enseñarme a disimular con tanta astucia y tanta perfección que nadie se daría cuenta. A fuerza de tesón, sistema y disciplina. Cuántos meses de entrenamiento, cuántas lecciones, cuántas horas dedicadas a crear esta obra maestra. Y yo, en realidad, debería haber venido a agradecértelo, y es posible que cuando salí de la sede del partido, tuviera alguna duda, porque aún seguía interpretando mi papel. Lo malo fue el artículo, me di cuenta de que no podía dejar cabos sueltos, podías volver a escribir otro o alguien podría rastrearte. Al llegar y ver estos pasillos, estos suelos, al pasar por la habitación 37, al escuchar el grito, me di cuenta de que era el movimiento correcto. Todo el viaje venía pensando en cuál era la pregunta que quería hacerte, y ahora ya lo sé. Dime, viejo amigo, padre espiritual, guía de mis días, luz de mis sombras, voz de mis sueños, ¿cómo te gustaría morir?

En ese momento, la hoja pulida entró limpia, sesgante, filosa, en el costado, rasgando la fina tela azul oscuro, el forro de cachemir, la camisa de seda, la piel tersa. Se internó con determinación y paciencia entre las costillas, atravesó centímetros de carne en lentitud eterna, hasta que por fin arañó, juguetona, la pared del corazón, y al cercenar limpiamente las arterias, derramó la sangre dolorosamente entre los órganos internos, porque a ese dolor no era inmune, y sería lo que le acabaría provocando la muerte. Pero primero intentó zafarse, girarse y mirar con aterrada perplejidad a Alberto que no alcanzaba a sacar el cuchillo de su costado y se mirada ya la mano sangrante, pero no lo logró, porque en su desmayado gesto se recostó agonizante sobre su viejo maestro que lo mirada con dulzura, lo abrazaba cariñoso y le decía entre nieblas:

-No podíamos permitir que te convirtieras en presidente, y no sabíamos cómo atraerte. Esta es la única manera de pararte. Perdóname, Pedro, hijo mío.

Iñaki Tarrés

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