All the things she said

Un relato de Carlos García.

La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por primera vez en la lavandería de la zona universitaria a la que su madre acudía dos veces por semana. Allí, mientras Rosaria hacía la colada, él solía entretenerse leyendo alguno de sus cómics. Aquella tarde de abril la puerta se abrió y la brisa arrastró el aroma dentro de la lavandería. Justo detrás venían los portadores del perfume. Uno de ellos era Giuseppe el arquitecto, vecino de su madre, y el otro era un chico que debía tener más o menos la edad de Luigi, unos doce o trece años. Giuseppe y la madre entablaron conversación y el chico, que llevaba un chupachups en la boca e iba escuchando música en un discman, se aproximó a Luigi. Cuando por fin lo tenía de frente, se dio cuenta de que en realidad le sacaba más de media cabeza. Todo eso, sumado al perfume, le confería de una especie de aura sobrenatural, como si no fuera de este mundo. Sin quitarse los cascos ni sacarse el chupachups de la boca, le preguntó a Luigi:

–¿Qué lees?

–Un cómic sobre la guerra de Troya. ¿Y tú qué escuchas?

–El disco de las t.A.T.u. ¿Las conoces?

–No. ¿Quiénes son?

–Unas rusas lesbianas. El disco me lo ha dejado mi tío. Van a cantar en Eurovisión y dicen que, si ganan el festival, se van a casar. Toma, escucha –dijo mientras se quitaba los cascos y se los prestaba a Luigi.

Luigi, que en general era más bien introvertido, se sintió sorprendido por el alarde de confianza de ese chico que todavía no le había dicho su nombre. La verdad es que desprendía carisma. La canción, All the things she said, le encantó.

Fue así cómo Luigi y Flavio, que así se llamaba, se hicieron amigos entre lavadoras y secadoras. Al parecer se estaba quedando un par de semanas en casa de su tío Giuseppe hasta que su madre saliera del hospital. Esto Luigi lo sabía por Rosaria pero no debía mencionarlo delante de Flavio. En efecto, ese debía ser su talón de Aquiles.

Durante aquellas semanas que compartieron escalera, Luigi pasó muchas tardes en casa del arquitecto con Flavio. Aunque no iban a la misma escuela, hacían los deberes juntos y merendaban escuchando a Raffaella Carrà, ABBA, Queen, Pet Shop Boys o Mónica Naranjo en el equipo de música de Giuseppe. Otras noches, Flavio era el que se quedaba a cenar en casa de Luigi y este le enseñaba su colección de cómics. Se complementaban bien, la timidez de Luigi la compensaba la espontaneidad de Flavio, mientras que el, a veces, aire soberbio de Flavio lo suavizaba la sencillez de Luigi.

Llegó el día del Festival de Eurovisión, que ese año se celebraba en Letonia, y quedaron para verlo en casa del arquitecto. Ese año Italia ni participaba, pero todo el mundo hablaba de las t.A.T.u, que partían como favoritas. Con España fuera de juego gracias al gallo que soltó su candidata, tenían que ganar las rusas para, finalmente, ¡casarse! Durante las votaciones, a Luigi le pareció ver a Flavio preocupado, pero lo achacó a que Turquía y Bélgica iban muy igualadas con Rusia. Al final, efectivamente y para decepción de Luigi y Flavio, ganó Turquía. Como se había hecho tarde, Flavio le pidió a Luigi que se quedara a dormir.

Los dos mequetrefes, que no tenían demasiada idea de cómo funcionaba eso del sexo, se quedaron dormidos teorizando cómo harían el amor las t.A.T.u. o, lo más importante, si el fracaso en Eurovisión afectaría a su relación y seguirían juntas. Ellos por su parte, se sentían más cerca que nunca el uno del otro. En ese momento, Flavio decidió ofrecerle la fuente de su poder:

–¿Quieres un poco de chupachups?

Luigi, que estaba desprevenido, dijo después de balbucear mucho:

–Es que ya me he lavado los dientes.

El lunes, cuando Luigi volvió de la escuela, Flavio ya no estaba. Su madre había muerto y él se había ido sin despedirse. Pasó el funeral y volvió su tío, esta vez solo. Flavio se había marchado a vivir a Rímini con su padre y su mujer. Luigi y Flavio se intercambiaron alguna carta, pero como muchas veces ocurre a estas edades, la costumbre no duró demasiado.

* * *

–Anda, María, pídeme un gin tonic, mañana te lo pago, que ya no me queda nada.

–Sí, sí, mañana me lo pagas… –dijo resignada–. ¿Y por qué no se lo pides a ese que te está mirando? –dijo mientras señalaba con la mirada a un chico que bailaba en la pista con un chupachups en la boca.

Luigi se quedó contemplándolo unos segundos, pero esta vez fue él quien avanzó decidido. La fragancia era la misma de entonces, Paco Rabanne y esa manera rara de jugar con el chupachups entre los labios era inconfundible. Sólo algo había cambiado, sus hombros ahora estaban a la misma altura. Juntos siguieron bailando al ritmo de All the things she said.


Carlos García (Berlín): editor español con debilidad por Galdós y Delibes que pronto recorrerá en bicicleta la misma ruta que hacía Delibes para visitar a su amada.

All the things she said forma parte de la antología Mercurio (Retrógrado) de la que Desbandada publica una selección. Ver aquí.

Foto de portada: (c) Pixabay, Renee Olmsted

Revista Desbandada

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