LA SALA 9

Relato de Carlota Pérez Ortiz.

Al abrir los ojos, una luz cegadora le causó un agudo dolor en la córnea. Después una intensa punzada en la zona craneal se extendió por todo su cuerpo. No recordaba qué era sentirse bien y en paz consigo mismo desde hacía mucho tiempo, parecía que había pasado un siglo o al menos muchos años.

Los recuerdos impactaron con agudeza en su mente. Era cómo despertar tras un sueño vívido, la confusión era evidente; esos recuerdos no eran suyos, pero eran tan reales que dudaba.

El tiempo parecía irrelevante pero a la vez podía escuchar el vaivén de un monitor electrónico marcando su pulso acelerado; el tiempo estaba pasando, ciertamente.

Gotas de sudor frío bañaban su frente y algunas de ellas se deslizaban por las sienes, haciéndole sentir una terrible sensación de agonía. No sentía su cuerpo, solamente su cabeza.

– ¿He sido yo quién he torturado a esa chiquilla?- murmuraba entre pensamientos abstractos. 

No eran sus manos delgadas y alargadas las que habían rozado y después estirado su delicado pelo. Él no tenía manos fuertes, lo sabía, su mujer siempre le abría los tarros de mermelada y nunca sintió vergüenza por ello. 

No puedo sentir las manos, pensó, intentando volver a ser consciente de su cuerpo.

-¿Fueron realmente mis manos? -chilló.

De repente comenzó a convulsionar. El monitor de frecuencia cardiaca dejó de dar señal.

***

-Últimamente no damos ni una, Doctora Herrera-se quejó uno de los nuevos, enfundado en su bata blanca, tan nueva e impoluta como su ignorancia. 

La doctora no se molestó en contestarle, se limitó a rellenar el documento Post mortem y abandonó la sala sin despedirse. 

Todos los casos fallidos recaían sobre ella, ni uno solo había resultado positivo.

-¡Maldición!-refunfuñó entre dientes, mientras buscaba en sus bolsillos la cajita de pastillas que la mantenía serena. Las dosis de Lorazepan aumentaban considerablemente después de un fracaso. 

Decidió tragarse un par acompañadas de un sorbo de café frío y amargo, se sintió automáticamente más relajada; la sensación de estar bajo tierra, en medio de la nada, le causaba ocasionalmente ataques de claustrofobia.

La soledad de los pasillos solo rota por algunas idas y venidas de otros doctores ajetreados y por algún que otro grito que se escapaba de alguna sala mal cerrada era lo máximo que se podía experimentar sensorialmente. Estaba en proceso de acomodación, pero la falta de aire fresco no ayudaba; ahí todo se reciclaba.

***

Nunca había sido una persona sociable, ni tuvo nunca la intención de serlo; cuando la ocasión lo requería, podía esbozar media sonrisa, falsamente, si la situación se ponía tensa e incómoda.

Sabía muy bien que el ser humano se relaja y confía cuando ve en la otra persona expresiones de felicidad; esa técnica la usaba para que la dejaran en paz. 

Rechazar la compañía de los demás, era meramente superficial, pues su el interior ardía una extrema sensación de ser reconocida. Sabía que dependía de ellos. Ellos de ella, desdichadamente, no tanto. 

Pronto la liquidarían del proyecto si seguía fracasando.

Uno más y seré yo quien acabe en la morgue, pensó mientras se desabrochaba la bata con olor a Midazolam. Su vestimenta era minimalista, colores neutros y oscuros, cortes simples y recatados; total, no se permitía intimar en el proyecto.

Somos sombras, no estamos aquí, recordó.

Hace tiempo que nadie posaba en su cuerpo ojos llenos de deseo. Ni su propio reflejo en un pequeño espejo de mano la deseaba.

***

Ante ella se hallaba su habitación cubículo, una cama individual con un colchón desgastado y un escritorio empotrado contra una pared desnuda. Eso era todo de lo que disponía, si no fuera por la única referencia personal: una fotografía de una casa de ladrillos verdes rodeada de palmeras con una niña sentada en las escaleras que daban a la entrada principal.

Una luz roja escarlata inundó la habitación por completo. El sonido de la alarma salió de uno de los conductos de aire, haciendo chirriar las patas metálicas de la silla y la cama; la acústica le resultó insoportable.

Habrán encontrado a otro sujeto perdido haciendo auto stop, pensó, mientras volvía a colocarse la bata. 

Unos golpes resonaron con fuerza en la puerta de metal.

– Abra la puerta, doctora Herrera- habló con agresividad doctrinal, una voz masculina. Por un instante, ella se estremeció.

Creo que se les ha acabado la paciencia…susurró, y con rapidez cogió la fotografía y se la guardó en el bolsillo intentando no arrugarla.

Abrió la puerta dispuesta a enfrentarse a su destino.

Un hombre enfundado en un traje militar y con cara de pocos amigos le comunicó:

Tenemos a otro sujeto; esta vez, más joven. Le esperan en la sala 9. No se demore; pronto recobrará el conocimiento.

***

La sala 9 se hallaba al final del pasillo, en la planta de experimentación humana. La luz blanca fluorescente oscilaba entre un estado de penuria y otro de iluminación lechosa y parpadeante por el deficiente sistema electrico. De repente, como si de un mundo paralelo se tratara, todo cambiaba dentro de la sala, completamente equipada con la más alta tecnología médica, reluciente e impoluta. Solo, entre toda esa pureza arquitectónica, resaltaba el sujeto: mugriento y babeante, lleno de tubos conectados a sus extremidades flácidas y débiles, que trasladaban meta datos de información binaria a máquinas con pantallas en continuo funcionamiento. Nadie estaba allí para limpiarle cuidadosamente la sien de sudor, o, con delicadeza maternal, cubrir su cuerpo perforado y desvalido con una sábana de lino. Técnicos y asistentes le daban la espalda con indiferencia, manteniéndose distantes y fijando su atención en las máquinas, manipulando sensores o leyendo informes.

Su tez pálida, cubierta de pequeñas gotas de sudor formaba un mosaico bello de admirar, su cuerpo joven de apenas 14 años de edad estaba expuesto contra su voluntad en una camilla metálica. Ni siquiera respiraba por sí mismo. Mientras le retiraban el tubo de respiración de la tráquea, la doctora apretó un botón cerca de la puerta de entrada, activando la única cámara de video colocada en posición cenital hacia el sujeto y el resto de la sala. 

– Ahora debes estar atento, te van a leer tus derechos- se dirigió al sujeto, mientras lo examinaba minuciosamente. 

Una voz metálica salió de uno de los conductos de aire; su tono era técnico y burocrático, sin una pizca de humanidad, más bien robótico.

Usted está aquí para servir al proyecto Detroit,
su participación será valorada sea cual sea el resultado obtenido.
Limítese a aceptar la realidad. La máquina le ayudará a aceptarla.
Dejase llevar por ella, no se resista.

Mientras el discurso se repetía en diferentes idiomas, la doctora examinó sus actividades neuronales y corporales.

«Pobre niño, abandonado a nuestra merced» pensó y una intensa agonía recorrió su cuerpo en tensión. La ahogaba una sensación de déjà vu, sabía que todos los experimentos seguían la misma dicotomía, pero este sujeto era demasiado joven para estar en esta situación.

Uno de los técnicos se acercó desplegando ante ella varios cilindros metálicos con un líquido lechoso en su interior.

—¿Azar o preinscrito, doctora Herrera?—

—Eres un completo ignorante , ya ni siquiera os molestáis en analizar al sujeto. ¡Malditos amateurs, sois pura escoria científica! —dijo alzando la voz con agresividad y fijó los ojos sobre el técnico en cuestión. La falta de profesionalidad la sacaba de quicio. 

—Tráeme un vaso de agua—ordenó al aire, mientras conectaba los cilindros a un recipiente eléctrico conectado a un monitor. Rebuscó en su bolsillo intentando encontrar la cajita de pastillas, estaba tan alterada que no supo cuántas se llevó a la boca. El vaso llegó a tiempo, tragó con rapidez y pensó si sería buena idea medicarse de nuevo, pero ya era tarde para analizarse a sí misma.

En el monitor iban pasando imágenes aleatorias de diferentes escenas violentas en plano subjetivo que duraban 5 segundos, pero daban una idea general de espacio y perspectiva, estaban acompañadas de un análisis in situ de los niveles de intensidad de conciencia: muy consciente, semi-consciente y al borde de la pérdida de conciencia por causas asociadas al dolor extremo o shock.

«El sujeto debe creer que fue él quien lo vivió, aquí no veo nada más que manos de ancianos o de mujeres con uñas de gel…Estoy harta de repetirme» pensó la doctora Herrera. «Su mente debe aceptar con normalidad el recuerdo que introduciremos en ella. Sus manos son finas y blancas. El experimento no será eficiente si el sujeto no se siente identificado con la nueva apariencia física impuesta».

—La memoria HG6 podría valer…— sugirió una voz temblorosa a las espaldas de la doctora Herrera.

Ni se dignó a girarse. Siguió buscando la referencia con frenesí. La visualización en tonos acuosos y borrosos era la máxima representación digital que se podía extraer y traducir de un recuerdo. 

En la pantalla se cargó la visualización de unas manos jóvenes posadas en un césped en llamas. Era el caso de Harried Goldfish, 2006. Víctima de acoso escolar en el patio del colegio, fue quemado con un aerosol por sus compañeros de clase. Estuvo varias semanas de tratamiento y desarrollo una tendencia malsana a arrancarse la piel cuando esta había cicatrizado. Nivel de intensidad, medio.

—Hemos observado que el sujeto tiene marcas de cigarrillos en diversas partes del cuerpo, esto creará una vinculación sensorial ya experimentada previamente. Relación preliminar con el fuego, la sensación de una quemadura intencionada y vergüenza social, indicó un ayudante.

—Parece que , por fin, alguien se toma en serio su trabajo. Empezaremos con este recuerdo—aclaró la doctora mientras extraía el cilindro con las iniciales HG6 y lo introducía cuidadosamente en uno de los tubos principales conectados a la zona craneal, directo al encéfalo.

***

Una rampa eléctrica convulsionó el cuerpo desvalido del joven, su mandíbula estaba al borde de desencajarse.

Cuando la implantación del recuerdo falso llegaba a la amígdala, la reacción siempre resultaba violenta y antinatural; la transferencia forzosa ocasionalmente desencadenaba directamente hacía un traumatismo craneal. Disminuir el impacto no era conveniente, no les interesaba disminuir el dolor, sino aumentarlo. 

Los recuerdos del pasado eran prácticamente aniquilados, lo que ayudaba así a la convicción de la nueva identidad. 

La transmisión era visiblemente completada cuando los espasmos iban disminuyendo y los sujetos entraban en un estado de trance, donde acostumbraban a balbucear palabras sin sentido ni contexto; después perdían el conocimiento y la máquina debía mantener sus constantes vitales activas. 

La sinfonía de las máquinas era lo único que se podía escuchar tras la operación, un tintineo constante y monopolizado, sin alma. Los técnicos guardaban silencio y atendían sus respectivas funciones, todo ser parecía carecer de alma en ese lugar enterrado bajo la tierra y fango. 

La doctora no podía dejar de mirar las facciones, ahora falsamente descansadas del muchacho.

Tengo fe en ti, el proyecto cree en ti, pensó, y apunto estuvo de acariciarle la mejilla sonrosada y limpiarle las lágrimas ensangrentadas que salpicaba el suelo de baldosas blancas. Sus manos comenzaron a temblar, y rápidamente las escondió en los bolsillos antes de que algún técnico se percatara de su repentina y poco profesional flaqueza. Sustituyó mentalmente la posible textura sedosa de la dermis del joven con la superficie lisa de la fotografía, eso la alivió por unos instantes.

Un calambre repentino seguido de un sonido chirriante, como el sonido de las cuerdas de un violín mal afinado, devolvió al estado de conciencia al sujeto, no tenían tiempo que perder, el proyecto debía seguir sin descanso alguno.

El joven intentó incorporarse, como si despertase de un mal sueño en su propio dormitorio. No podía, estaba paralizado, sus ojos buscaban una salida, la desesperación aumentaba, sus dientes comenzaron a rechinaban de estrés. 

—Abre la boca y respira—le susurró la doctora, con un tono sereno, mientras tecleaba un aumento de oxígeno en una de las pantallas.

El joven al exhalar el aire inducido comenzó a toser una mezcla de sangre coagulada y saliva; uno de los técnicos succionó con un tubo los fluidos y le inyectó un antiinflamatorio en la lengua para bajar la hinchazón, estaba en carne viva. Debía estar físicamente preparado para vocalizar. Era el momento del cuestionario base, no hay tiempo que perder.

—¿Quién eres?—preguntó la doctora mientras seguía punto por punto de manera metódica el formulario.

—Harried…—contestó el joven, desviando los ojos, confundido tras su respuesta tan directa.

—¿Qué sientes?

—Mi piel…mi piel está quemada, me duele…quiero despertar de este sueño -por favor- ¡¡Quiero volver a casa!!— sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Harried…Esto no es un sueño, esto es la realidad. Lo estás haciendo fenomenal. La doctora le dedicó una sonrisa, esta vez se sentía orgullosa de veras, el proyecto estaba marchando satisfactoriamente, había conseguido darle muerte a la identidad posterior y no crear una parálisis cerebral. Todo un éxito, se apresuró a pensar.

Mientras apuntaba los datos en el informe de forma casual y ligera, el joven la miró con una rabia incontrolable y con una energía inesperada pronunció:

—Nunca me he quemado de esta manera, yo solo me quemaba con los cigarrillos de papá para sentir…sentirme vivo.

La doctora dejó con una violencia repentina el formulario sobre su cuerpo como si de una mesa se tratase. 

—Tu sensibilidad está en los mínimos y te das el lujo de hablar, de sentir… 

Tus recuerdos, tus emociones pasadas hacen de ti lo que eres ahora —exclamó—, pero ¿estás seguro de qué fue realmente lo que viviste? Te recuerdo que fueron tus compañeros los que te hicieron esto, no los malditos cigarrillos de tu padre —manipuló la doctora en un acto de desesperación.

***

—No soy Harried, no sé lo que soy… Dime, dime quién soy, se lo suplico. —Sus ojos se llenaron de lágrimas y la voz se alzó de tal forma que los técnicos comenzaron a buscar sedantes por la sala como locos. Siempre estaban dispuestos acabar con la vida del sujeto en un abrir y cerrar de ojos.

La doctora vio cómo se alborotaban sin control a su alrededor y decidió chillar a todo pulmón:

—¡Orden! 

Todos se quedaron paralizados en sus posiciones y guardaron silencio. 

La tensión se estaba apoderando de la sala y debía rebajarse, ella estaba al mando, ella debía acabar con él.

—Dejádmelo a mi. Preparen una solución terminal y salgan —ordenó—, su trabajo en la sala 9 ha acabado.

Cuando todos salieron de la sala, la doctora, con la aguja en mano y temblorosa, estaba a punto de introducir la dosis mortal perfecta de Midazolam y Ketamina, pero dudó. Ya estaba harta de su propia realidad, de proyectos sin éxito, sin poder volver a su casa, o a lo que recordaba que era su casa. Los ojos del joven la miraron buscando respuestas, respuestas que nunca llegaban, solo la muerte era la respuesta en ese lugar sombrío olvidado de la mano De Dios. 

Los ojos de la doctora se llenaron de lágrimas, todo era un fracaso.

—No eres Harried —musitó, sentándose cansada cerca del joven. Posó la mano sobre su brazo y le quitó cuidadosamente los tubos mientras proseguía, intentando no desfallecer—. Eres solamente una cobaya, una simple pieza dentro de este proyecto con miles de seres como tú. Abandonados.

»No eres nada, ni siquiera tras haber pasado el proceso más complejo y doloroso como el que has pasado eres valioso para nosotros, para ellos. Ni siquiera yo lo soy. —Buscó su cajita de pastillas. Estaba vacía. Estaba claro que ya ni se podía controlar a sí misma

—Pero por un momento has sido valioso para mí, has sido mi esperanza y no te puedo dejar marchar sin darte una explicación. —La doctora comenzó a flaquear, ya no sabía qué decía y por qué, pero no podía dejar de hablarle.

»Este proyecto en el que tú y yo estamos metidos es macabro e inhumano. Todo es debido al descenso de la violencia en las calles desde la entrada del nuevo sistema. Debemos encontrar la manera de torturar sin dejar señales físicas, implantando memorias de criminales o víctimas de abusos en mentes inocentes, para que se vuelvan locos y confiesen delitos que no han hecho y sentirse propensos a ejecutarlos de nuevo. Para que los ciudadanos vuelvan a sentirse inseguros, tengan miedo y pidan desesperados más control y seguridad. 

Pero siempre sale mal, los sujetos inocentes no pueden aguantar las memorias de dolor y locura de otros. Ni cargar con sus culpas. Debemos encontrar la manera de matar la identidad y sustituirla por otra, nueva y perturbadora. 

Su mente comenzaba a desvariar, llevaba muchas decepciones y noches sin apenas dormir. Los calmantes que tomaba para la ansiedad se habían apoderado de ella. 

El joven apenas mantenía la concentración, estaba exhausto y perdía la conciencia por momentos, las palabras de la doctora se desvanecían como un eco lejano, apenas tenían sentido para él.

***

La doctora sacó de su bolsillo la fotografía y la observó.

—Nuestros recuerdos nos hacen ser quién somos. Pero ¿quienes somos realmente? Yo tampoco sé quién es esa niña, está tan lejos, sentada en el portal. Apenas la reconozco, apenas me reconozco —sonríe—, no recuerdo la razón. ¿Era feliz o simplemente posaba incomoda, queriendo escapar?

Sus emociones brotaron y se derrumbó contra el cuerpo exhausto del joven. Unos pasos se acercaron sin que ella lo notase y alguien le pinchó con una aguja en la zona lumbar. No notó nada. Sus ojos se cerraron entre un mar de lágrimas mientras en su memoria volvía a recordar la casa verde, mientras se sentaba en el portal esperando a ser fotografiada, capturada en su recuerdo.

La cámara cenital de la sala se apagó y retiraron ambos cuerpos tratando de no dejar ningún rastro del pasado.

La sala 9 quedó vacía y solamente la fotografía quedó en el suelo de baldosas blancas junto a unas gotitas de sangre seca.

Pronto quemarían el recuerdo y limpiarían la sangre y no quedaría nada más que la nada.

La doctora Herrera lleva en su bolsillo una fotografía.

Berlín, 2021.

Revista Desbandada

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