De traseros equinos y orejas de cerdo. Tarde de merienda en el Pinke Panke.

—¡Bruja! ¡Bruja! —exclamo al aire. —¡Bruja, Bruja! —repito y lanzo la voz como un Torquemada jubiloso y emocionado la noche de Halloween. —¡Que se llama Bruja! Ven, peque, mira, que de verdad se llama Bruja.

            Con el índice estirado y una sonrisa repleta de dientes apenas consigo contener la emoción cuando veo el nombre del animal. Y señalando con el dedo como si acabara de vislumbrar un nuevo continente, grito a los cuatro vientos: —¡El burro es español! Bueno… Española en su caso… Ven, peque, mira qué burro tan majete.

            Mi hija se acerca llena de curiosidad bajo la atenta mirada del resto de visitantes, que ahora centran su atención en el ruidoso padre y su simpática retoña. La pequeña mira entusiasmada al pollino y afirma: —Iiiiii, go go.

            ¡Ay, mi niña! Solo dos años, ya lo sé, pero aún no distingue entre un burro y un caballo. Además emplea el sonidillo que hacen los corceles rusos: «Iiiiii go go». ¿Cómo que «iiiii go go»? Como buen rocín, está claro que haría «Iiiiiiiii» con un hermoso relincho jamelguero que dejaría llena de babas y regocijo a toda la audiencia. Pero, qué extraña sensación cuando tus hijos hablan en una lengua diferente a la tuya, ¿verdad? Por un lado, me fascina ver cómo entiende y reacciona al ruso y al alemán. A la vez me inquieta que no me vaya a entender perfectamente… En fin, los niños multilingües… Otro tema que añadir a la lista.

            Un segundo después la pequeña me mira y pregunta: —¿Pony?

            —No, preciosa, no es un pony. Es un burro. Un burro, b-u-r-r-o, pequeño, suave y peludo, como Platero. Y este se llama Bruja.

            Bruja vigilaba de soslayo a los visitantes que, encaramados a la cerca de madera, la observaban como quien contempla un ente de otro planeta. Mordisqueaba desapasionadamente un bocado de forraje como un jugador de béisbol profesional. De pelaje gris amarronado y con el lomo cubierto de arena, el pollino se limitaba a existir, ni feliz ni infeliz, zampando sonoramente su merienda. Y en cuanto me acerqué enarbolando mi dedazo estirado y la cámara de fotos colgando de la muñeca, Bruja decidió que ya había posado sufiente, que ya estaba bien y que si queríamos fotografiar algo, podíamos tomar instantáneas estupendas de sus peludas posaderas.

            —Ponte ahí y sonríe —digo, y en un instante, «clic»: fantástico retrato del trasero, con sus dos enormes hemisferios demarcados por el velludo ecuador de su cola. Oohhmm… mascullo en mi interior decepcionado al revisar la foto en la pequeña pantallita. Pero justo en ese momento Momo irrumpe en la escena trotando al rescate.

            Momo es el otro burro que convive con Bruja en el mismo cercado. Este es marrón oscuro y tiene los ojillos negros como el tizón. Por supuesto su aparición me llena de júbilo y lo recibo con una inmensa sonrisa, cámara en ristre, preparando el mejor encuadre a lo Robert Capa. ¡Fantástico, fantástico!

            —Mira, mira, que viene el otro “iiiooo” “iiiooo” —pero no recibo respuesta alguna y en el lugar donde debería estar mi hija solo encuentro silencio.

            ¿Cómo puede ser? ¡Tan siquiera un segundo he dejado de mirarla y ya ha desaparecido! Levanto la cabeza apresurado y busco a mi alrededor. A un lado, nada. Al otro lado, nada. Al mismo lado otra vez, nada. Y a este lado… ¡Ah! Buf, menos mal. Allí está. Justo detrás de una fila de ocas. ¿O son gansos? ¿O es lo mismo? (para responder esta pregunta tendré que esperar a llegar a casa, seguro que Wikipedia sabe la respuesta). Allá va, cerrando la procesión, riéndose a carcajadas y agitando los bracitos al compás de la conga de gansos (¿u ocas?) que la preceden. Más agobiado que Iñaki Urdangarín ante un furgón policial corro y la alcanzo según hace cumbre en una pequeña colina. Y desde allí exclama: —¡Oh!

            Atrapando suavemente la capucha de su sobretodo de invierno (también llamado mameluco, pelele o mono, según el país, y que, por cierto, compramos de segunda mano por un par de euros en un mercadillo de bebés de esos que tantos hay en esta ciudad), la agarro disimuladamente, no vaya a notar que su padre helicóptero la acecha, y miro en la dirección de su sorpresa. ¡Guau! ¡Vaya pedazo de cerdo!

            Un señor tocino reposa tranquilamente tumbado en medio de su propio cercado. Es enorme. ¡Qué digo enorme! Es gigantesco, es eterno, inmenso. Y además, peludo. ¡No sabía que los cerdos tuviesen tanto pelo! En la imaginación de mi (des)conocimiento urbano propio de Zaragoza (Aragón, España, ca. 675 000 habitantes), todos los marranos son rosa, pequeños y tienen la sonrisilla (y la voz) de Babe, el cerdito valiente. Pero este, no. Este disfruta de un tupido abrigo natural, de tono rubiezco, pajizo, que le cubre hasta la punta de las orejotas.

            Ciertamente el Pinke Panke Kinderbauernhof (Am Bürgerpark 15-18, 13156 Berlín) resulta ser un lugar muy especial. Se trata de una pequeña granja de animales, como un reducido oasis de naturaleza en medio de nuestro caos urbano, especialmente pensada para visitarla con niños. Después de saludar a los burros, correr con las ocas/gansos, gruñir con los tocinos, hacer bailar los bigotes con los conejos y cacarear con las gallinas, llega el momento de rebozarse en la arena y entretenerse un rato con alguno de los muchos juguetes que el lugar tiene esparcidos por doquier. En un momento la pequeña se convierte en feroz pirata, excavando un tesoro con las palas en la arena; o en experta conductora aventurera de un jeep destartalado que termina allí sus días; o incluso en atrevida protagonista de una nueva versión postapocalíptica de Mad Max, cabalgando un pequeño Bobby Car que seguro ha visto tiempos mejores, aunque no más felices.

            Mientras tanto, aprovechamos para repostar y recargar energía con un cafecillo y un trozo de pastel (Na klar! Zeit für Kaffee und Kuchen). Por muy tentador que el puesto de salchichas pueda ser, nosotros nos decantamos por la tarta de ciruelas que preparan allí mismo en el pintoresco edificio principal (un clásico Fachwerkhaus de interior oscuro y acogedor).

            Y ya toca regresar a casa. Nos despedimos de las ovejas que salvaguardan como esfinges la entrada/salida, y nos montamos en las bicis. ¡Qué gran invento el sillín para bebés (también de segunda mano, claro, pero esta vez por Kleinanzeigen)! Debe de ser excepcionalmente cómodo, pues no hemos avanzado siquiera cien metros y la peque ya ha caído dormida. ¡Ja! Llega el momento de utilizar otro artilugio ciertamente surgido de la imaginación de MacGyver: el reposacabezas infantil para la bicicleta. Se trata de dos almohaditas adheridas entre sí con velcro que sujetan la cabecita en posición vertical con la ayuda de un contrapeso que cuelga tras el respaldo. De esta manera no solo se mantiene erguido el melón, protegiendo el cuello de malas posturas, sino que además el invento hace que a mi hija se le hinchen los carrillos y se transforme en el más hermoso amorcillo.

            Con el penduleante reposacabezas (segunda mano, también Kleinanzeigen, ¿para qué comprar más cosas nuevas, si podemos reutilizar? Eso sí, mi abuela estaría espantada, la pobre; es como si la oyera: «¡coñe, coñe, coñe! ¡Até!», como siempre juraba la señora), llegamos a nuestro barrio siguiendo el fluir del Panke. Su olorcillo agrio despierta recuerdos, á la Proust, del caudal marrón verdoso del Huerva en Zaragoza, cuya fauna de patos estoy convencido de que brilla radioactivamente en la oscuridad. Y así, entre susurros que no despierten a mi hija, despedimos nuestra excursión y terminamos una tarde estupenda de domingo.

P.D.: Tras tanto misterio, pues resulta que gansos y ocas van a ser lo mismo. Si la RAE no yerra, una oca es un “ganso doméstico” y, por ende, un ganso sería una oca salvaje.  

Fotos: Andrés Romero Jódar

Andres Romero-Jodar

Filólogo y escritor

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