La crisis de los 30

Artículo de Conjuro de Späty

Normalmente dejo suelto a mi perro cuando llegamos al parque, él necesita correr y yo necesito verlo libre, aunque sea por un ratito. Me encanta cuando jugamos fuera, que decida venir a mí pudiendo tomar un camino más distante. Hoy, sin embargo, prefiero no desligarle mi correa ya que el parque está repleto de niños con sus padres.

Tiene que ser bonito poder pasar más tiempo con tus hijos jugando, compartir en familia momentos así, y tomar un respiro en el ojo de estos tiempos tan huracanados. 

En el ojo del huracán, me digo en mi cabeza:

Todo se ve diferente desde el ojo del huracán, se me escapa en un susurro.

Berlín reentra en su veintena y yo en la crisis de los 30. Siempre me imaginé teniendo hijos hasta que en algún momento dejé de hacerlo. 

¿Qué bien le hago al mundo trayendo una persona más a él?
¿Qué bien le hago a la criatura trayéndolo aquí?
¿Qué bien me hago a mí?

El grupo de Whatsapp de mi pueblo me torpedea con imágenes de amigos fundando familias felices, cumpliendo sueños de extrarradio a cambio de hipotecar su alma a demonios a interés fijo. Héroes sin capa que se dejaron llevar por la causa equivocada.

Equivocada… como si yo supiera qué es lo correcto, como si acaso no les estuviera proyectando mis propios miedos.

También mandan infinidad de videos porno, bromeando con las consecuencias de que sus parejas o sus hijos los descubran.

Qué diferentes nos hemos vuelto, reflexiono formándose una forzada sonrisa en mi rostro.

Me preguntan sobre mi vida aquí y les cuento un poco sobre el fin de semana o sobre algún que otro plan. Supongo que ellos también proyectan algo en mí, creo que la añoranza de una juventud perdida. 

-Qué suerte tienes.- Me escribe uno.

-Suerte no, se lo ha ganado yéndose fuera, con dos cojones.- Le replica el otro.

Prefiero no decirles lo que pienso, no decirles que cuando me aflojaron la correa no tuve más opción que huir, poca valentía hubo en ello, mucha necesidad. De alejarme, de ellos, de los míos, de los sueños alquilados y de la mano que me daba de comer.

Pero hoy me llama otra necesidad, otro instinto, el de creación. Esa suprema búsqueda de sentido que esperamos encontrar dejando nuestra contribución al mundo, creyendo que nuestra existencia tiene un propósito. ¿Qué es la crisis de los 30 sino afrontar el miedo a que nunca lleguemos a encontrar ese sentido, o peor, a afrontar la culpa anticipatoria de no haber logrado cumplir con nuestro propósito vital? Supongo que la crisis de los 40 es afrontar la idea de que nada de esto importa. Pero, hasta entonces, no puedo evitar preguntarme:

¿No significan los hijos una segunda oportunidad? 
¿No viene de ahí el deseo de los padres por convertirlos en las personas que les hubiera gustado ser?

“Crea vida”, reza el mantra, pero yo no estoy dispuesto a dar a luz más que un par de reflexiones prematuras y versos huérfanos. Mi descendencia se precipita por el desagüe, cuando no tenemos la suerte de calentar con cariños una espalda generosa. Ahí yace mi noble estirpe y aquí mi impulso a dejar huella.

Sigo paseando por el parque hasta encontrar una explanada sin apenas chiquillos. 20 grados, el móvil en casa y los árboles que, antes de verdes, se visten de blanco o de violeta. Suelto al fin la correa a mi perro y éste se pone a correr como loco dibujando órbitas entorno a mí. 

Da una vuelta.

Hoy se asoma el sol por el ojo del huracán.

Otra vuelta.

Qué mal envejeció Berlín durante sus 30.

Tercera vuelta y se tumba jadeante panza arriba.

Cómo me alegro de tener perro.

Fotografía: ©Iñaki Tarrés

Revista Desbandada

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