El espía de la Stasi que lo declaró en el escenario

Gundermann (2018), dirigida por Andreas Dresen e increíblemente protagonizada por Alexander Scheer. Un retrato de Gerhard Gundermann, cantautor de enorme poesía y trabajador de las minas de carbón a cielo abierto, durante años informante de la Stasi. A treinta años de la caída del Muro (1989) un país que ya no existe se toma el derecho de la propia reelaboración de su pasado.

1992. En una Alemania que había estado dividida cuarenta años dos mundos se exploraban mutuamente. Poco sabían uno del otro. Recuerdo que en Berlín jóvenes Wessis (alemanes occidentales) y extranjeros nos instalábamos en casas tomadas en la Rigaerstrasse, en Friedrichshain; estudiantes cubanos de la Humboldt Universität atendían su bar clandestino Capirihna en túneles bajo tierra en Mitte, donde también estaba el Tacheles; en incursiones nocturnas por el lado este nos bastaba distinguir luces en un edificio para tocar el timbre y descubrir siempre nuevos bares en pisos particulares; Lichtenberg marcaba una línea divisoria que se traspasaba con cautela por la presencia de skinheads o neonazis que recordaban los incidentes que habían tenido lugar un año antes en la ciudad de Hoyerswerda y habían iniciado una serie de ataques xenófobos a residencias de trabajadores extranjeros y refugiados en la ex RDA. En ese año 1992 en el que los jeans prelavados eran todo un hit entre los Ossis (alemanes orientales) y los hacía incamuflables en sus incursiones por “el otro lado”, y en el Oeste se hablaba sobre todo de la Treuhand, la entidad a cargo de la privatización de las propiedades de la ex RDA, 17 millones de habitantes vivían en un ex país, un país que ya no existía más. Y se confrontaban con su pasado y su futuro. Allí comienza Gundermann: biopic, drama, película musical, historia de amor, a su manera también un Heimatfilm. Según como se entienda ese concepto tan difícil de traducir que es Heimat y al que la historia alemana ha echado encima una gran carga semántica  −patria, tierra natal, el lugar de donde uno es. “Heimat ist dort, wo Erinnerung sich auskennt”, Heimat es el lugar que conoce bien nuestra memoria, elige decir el director, Andreas Dresen, oriundo de Turingia, uno de los tras la reunificación eufemísticamente denominados “nuevos estados federados”.

Prácticamente desconocido para los alemanes occidentales hasta el estreno de la película, Gerhard “Gundi” Gundermann (1955-1998) fue un cantautor, una suerte de poeta trovador al que sus canciones hicieron sumamente popular en la RDA. Y su personalidad y su historia, inconfundible. Paralelamente a su carrera musical y viviendo en aquella Hoywoy, la Hoyerswerda de los Plattenbauten (monoblocs) y “la ciudad con más niños de la RDA”, nunca dejó de trabajar en las minas de carbón a cielo abierto de la región de Lausitz, en Sajonia, y con sus canciones se convirtió en la voz de esos trabajadores y esa región. La cabina de la inmensa excavadora, que en la película se  transforma en un personaje más, el gigante frente al hombre diminuto, el monstruo, la inmensa rueda que representa al sistema, al régimen en medio de la soledad de un paisaje gris negro lunar fue el centro de la inspiración de Gundi, el lugar donde al son de los engranajes escribió sus letras. Ese paisaje es el alma de donde surge su poética. Sus letras hablan de regiones industriales que se van extinguiendo, de la vida, la muerte y el amor, narran simples historias cotidianas, hablan de nuestra relación con la naturaleza, de ecología, de la desocupación. Gundermann es un romántico revolucionario que no puede callarse  y discute las contradicciones del régimen, lo que le cuesta sucesivas expulsiones, del ejército, del Partido. Y no obstante durante ocho años, de 1976 a 1984  −el año en el que se desarrolla la historia de otra película alemana, Das Leben der Anderen (La vida de los otros)− es IM, Inoffizieller Mitarbeiter, colaborador no oficial de la Stasi, el Ministerio de Seguridad del Estado. Espía del Servicio de Inteligencia de la RDA. La película comienza allí, cuando en 1992, un conocido suyo, un titiritero, lo confronta con su acta de la Stasi donde consta que el agente Grigori, que no puede ser otro que Gundermann, durante años pasó información sobre él. Ese mismo año ha entrado en funciones el Comisionado Federal a cargo de los archivos de la Stasi, más conocido como la Gauck Behörde. Millones de ciudadanos tendrán el derecho de verificar si poseían un acta y de reclamarla. Esa red de informantes es una herida abierta que atraviesa toda la sociedad. Son tiempos de revelaciones insospechadas. Y de presiones que desencadenarán los acontecimientos.

Traición y culpa serán los ejes de una película que en un montaje paralelo logra con acierto los saltos temporales, de los noventa a la Hoyerswerda de mediados de los setenta, y a través de sucesivas confrontaciones del protagonista con otros personajes irá haciendo avanzar la trama en una aguda dialéctica. Roles de víctima y victimario irán mudando, respuestas dejarán lugar a preguntas. ¿Hay una medida de la traición o la traición es traición? ¿Se salva de serlo si son inocuas sus consecuencias? ¿O lo es de todos modos porque al cometerla no sabíamos qué podría haber sucedido? Cuando creemos que la película halla la conformidad, un nuevo giro abre una nueva perspectiva. En consonancia con el mismo personaje de Gundermann, consecuente hasta el extremo aún en su renuencia, en su contradicción. Uno de los grandes méritos de Dresen es lograr presentarnoslo así. En las sucesivas confrontaciones Gundermann es un viaje al interior de la historia de una RDA que echa una mirada crítica sobre sí misma; en las secuencias montaje musicales que se van intercalando, un viaje al periplo interior del personaje que habla a través de su música y sus canciones.

Una decisión fundamental en los biopics es la que hace a la caracterización del personaje. Basarse en el parecido físico conlleva muchas veces el riesgo de que el actor quede limitado por el corset de la máscara.  En Gundermann esto no sucede. Impresionante es el trabajo de Alexander Scheer, también oriundo de la ex RDA, en una caracterización que lo transforma totalmente, pero en la que se compenetra de tal modo que logra dar vida y voz, interpretando incluso él mismo las canciones, al personaje. Ese larguirucho anteojudo, de jogging rosa y retrato del Che Guevara, que conjuga simpatía, humor y poesía. Y una gran humanidad, que Andreas Dresen logra captar como es usual en su cine. Un artista que en sus melancólicas baladas habla de la dignidad de los perdedores, de los que fracasan. Y aún en su ambivalencia un día se atreve a pararse en el escenario y decirle de frente a su público quién fue, quién es. „Corro por mi vida y en contra de mi currículum“, dirá en una de sus letras.

Con humor, sensibilidad, amor por sus personajes, con impresionantes imágenes, pero también dando un rostro a los anónimos trabajadores de las extintas minas de carbón, los que se resumen en la maravillosa figura de esa Helga, bajita, feucha, puro ojos, pura comprensión,  reconstruyendo ese paisaje de Trabbis y monoblocs el film vuelve a acercar al público las canciones de Gundi y cuenta una historia de amor y de vida en un país que ya no existe, pero que treinta años después aún reclama el derecho a tener propia voz para reelaborar su propia historia.

Imágenes Pandora Films © Peter Hartwig

La película se puede ver online con subtítulos en alemán y está editada en DVD y blu ray con subtítulos en alemán e inglés. También se puede conseguir la banda sonora de la película.

claudia baricco

(isa.kar.wai) - Un cine real o virtual es el living de mi casa. Los libros son mi otro hemisferio. En un mundo donde todo es político. Latitud: B y B – Buenos Aires-Berlín, dos ciudades de contrastes.

2 comentarios sobre “El espía de la Stasi que lo declaró en el escenario

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