Piernas Manara

Relato de Fabián Edgardo González

Piernas Manara es una colección de relatos cortos de que sorprenden por su sencillez, escritos con la naturalidad del lenguaje cotidiano, y que expresan precisamente eso: historias del día a día, secuencias del presente y del pasado de las vidas de unos personajes marginales que se encuentran en medio de un mundo que puede resultarles tan extraño y familiar a la vez. Así nos encontraremos con chavales que recrean en las calles de su barriada memorables partidos de fútbol, breves idilios que se reactivan inesperadamente con el paso de los años, promesas truncadas por la desidia, aprendices de ladrones que desean devolver la cultura al pueblo, disputas poéticas de eminentes escritores de poblaciones enfrentadas o princesas de barrio, pobres, que aspiran a un porvenir mejor.

Fabián Edgardo González nació en Argentina (Chaco), en 1974, y es poeta y escritor. Ha vivido en Buenos Aires, Córdoba, Barcelona; actualmente se encuentra radicado en Berlín. Ha publicado de manera independiente los libros: La verdad de la poesía (2003), Poemas a rabiar (2007) y con la Editorial Contexto Versos fuegos y cuentos para no olvidar (2013). En 2019 presentó con Ediciones Oblicuas (España) este su último libro de relatos: Piernas Manara.

Desbandada ofrece aquí uno de los relatos de la colección.

El avión estaba a punto de despegar y todo el mundo, ya acomodado en sus asientos, esperaba por mí. Volví a tener problemas con Migraciones y casi pierdo el vuelo. ¡Apúrese, señor! Me decían al pasar. Alcancé a subir y una azafata me recibió con una sonrisa. Willkommen, me dijo y me señaló el pasillo hacia mi asiento. 

Puteé y puteé cerca de dos horas, el tiempo que Migraciones tardó en entender que mi problema no era más que una causa menor del 2004 que ya prescribió; además presenté los papeles, donde certifica que ya fue dada de baja. 

Me acomodé en mi lugar, me abroché los cinturones y salimos a pista. Era un día agradable, un calor soportable para ser enero en la inmensa Buenos Aires. 

Estaba a unos escasos dos metros de la cabina de azafatas, cuando una de ellas se sentó justo enfrente. Elegante, con su traje impecable. Alta, esbelta, siempre con una actitud muy delicada. Se abrochó el cinturón. El avión ya se movía y ella cruzó sus largas piernas Manara. Sí, inmediatamente no sé qué acto reflejo en mi memoria dibujó en la mente aquellas piernas perfectas del gran dibujante italiano. Sus piernas que acababan en unos tacos altos negros. Sin dudas podría ser una modelo del artista. 

Recuerdo con claridad que a mis diez años estaba sentado en la vereda de casa, aburrido sin saber qué hacer. De pronto apareció mi vecino, un par de años mayor, con un par de revistas. Me las enseñó, eran cómics de Milo Manara. Quedé en shock, tanta belleza, tanto erotismo junto. No podía creer que algo así existiera, que alguien lo hiciera tan a la perfección. Lo cierto fue que me sacudió el aburrimiento, me cambió la vida, me sacó de niño y me tiró unos cuantos años para adelante. O, por lo contrario, fue como si ya lo hubiera vivido en otra vida y no lo recordara. Como si alguna vez hubiera sido ya un galán de telenovelas cursi, con un montón de chicas hermosas. O mejor aún, actor porno de una producción sueca. (Aunque físicamente, creo, no doy el target). Y viví feliz entre orgías y orgasmos en un cómic de Manara. 

Te las presto, cuídamelas, me dijo. 

Bueno, dije, todavía extasiado por las imágenes. Las escondí debajo del colchón y las hojeaba todas las noches. Fue la época de mi vida más fértil en el acto de masturbar. Hasta que, un buen día, mi madre las descubrió tendiendo la cama y me dijo que las devolviera de inmediato. Las tuve unos días más y, resignado, con un dolor en el alma, se las llevé de vuelta a mi vecino. Fue como si mi madre rechazara a mi primera novia, mi primer amor. Aunque ese amorío duraría ya para toda la vida. 

Al lado mío estaba sentado un gringo semicolorado con toda la pinta anglosajona. De reojo alcancé a leer en su enorme celular un mensaje de whatsapp: Next week meeting in Dublin. Era grandote, medio pelado con una campera de cuero de unos 500 euros. Ocupaba su asiento y la mitad del mío. 

Ya antes de sentarme sentí un aroma intenso, bien intenso a desodorante masculino insoportable. Que suelen usar este tipo de machos omega. 

Entiendo que el hombre está aseado para viajar, yo hice lo propio. Pero existen desodorantes muy efectivos sin tanta violación nasal. Eso sí, entre el olor a chivo de estos señores y el desodorante violador te la ponen difícil. 

No entiendo todavía cómo los ingleses, en su avanzada armamentística y su buena fama de usurpadores y masacradores territoriales, aún no hayan probado concentrar en pócimas el olor a chivo de unos cientos de estos gringos y las soltaran en zona de combate, así, sin más. Exterminarían medio planeta en un abrir y cerrar de ojos, en este caso en un solo suspirar. 

Lo cierto es que hasta ese momento no se me pasaba el malestar con Migraciones, ya que no me dio tiempo a comer nada antes de subir. Y a causa de eso, y del desodorante violador, comencé a sentirme descompuesto. Llamé a la azafata y se lo comenté. De inmediato llamó a uno de sus colegas, asistente en estos casos. Lo claro fue que no era más que el estómago vacío. Le pedí algo dulce. Me trajo una manzana y un chocolate, un sándwich de miga, jamón y queso y unas medialunas de dulce de leche. 

Luquie, pensé por dentro. La gente alrededor no dejaba de mirarme con algo de envidia mientras yo disfrutaba de un extra que no estaba en los planes. 

Después de eso el asistente me preguntó: ¿Se siente mejor? 

Mucho mejor. ¡Vielen Dank!,  respondí aliviado. 

Mis problemas con Migraciones vienen desde hace años, cuando regresando a Buenos Aires me demoraron por un pedido de captura de la policía federal. Me detuvieron y me encerraron en una celda en el mismo aeropuerto. 

Había llegado a las siete y media de la mañana después de un vuelo de trece horas. Me tuvieron encerrado hasta las diez de la noche. Mas de catorce horas. 

Me soltaron con la condición de que fuera a Córdoba y resolviera en los juzgados una causa pendiente por un incidente menor en las sierras cordobesas, por la cual pasé otros cinco días entre rejas en Carlos Paz. 

El avión había alcanzado altura, me acomodé como pude para ver una película bastante mala para dormirme. El caso era que el desodorante no aflojaba y el vecino miraba Vicky, Cristina, Barcelona. Y cada vez que Scarlett Johansson aparecía, me desconcentraba y estimulaba mi insomnio.  

Fui por un vaso de agua y Piernas Manara hojeaba una revista. Me sonreía y me preguntó si me sentía mejor. Sí, gracias, solo que no puedo dormir. Tomé el vaso de agua, pensé en decirle algo más como para sacarle conversación. 

¿Vos tampoco podés dormir? ¿Te hago compañía? ¿Leemos juntos? O mucho mejor, te cuento una de las historietas de Milo Manara y nos calentamos juntos. Vos abrís tus kilómetros de piernas, te subís la falda y yo te meto mano, vos gemís retorciéndote en el asiento, mientras algún otro sonámbulo pasa a tomar agua y, con cara de asombro y espanto, no deja de mirar las mejores piernas a once mil metros de altura. 

Pensé todo esto, pero no supe qué decir. Dejé el vaso y volví a mi asiento. Sir desodorante seguía con la de Allen. Me acomodé y al final caí desmayado. Me desperté cuando el avión golpeó sus grandes ruedas contra el suelo alemán. Piernas Manara estaba en su asiento mirando por la ventanilla, con su traje impoluto y su figura impecable. De repente me miró, me miró fijo con los ojos diamantes, le sostuve la mirada por unos segundos y nos dijimos un montón de cosas sin decir nada. Recogí mis bártulos y en el pasillo, al pasar, ella sonreía. 

En forma de despedida me dijo: ¡Aufwiedersehen! Le hice un gesto entre frustrado y de alivio. Me puse el abrigo, llegué a la puerta de salida, bajé las escaleras y me entregué al frío. 

Revista Desbandada

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