Presentación del cómic “Psicopatología infantil / Los soñadores”

El sábado 07.03 se presentó en la librería La Escalera  el cómic de Roberto Calvo y Georgia Ribes ”Psicopatología infantil/Los soñadores“. Aprovechamos la ocasión para hablar sobre la locura o como correctamente se dice hoy, los trastornos mentales.

Georgia Ribes en La Escalera

Berlín siempre ha sido una ciudad relacionada con la locura. El Berliner Volksmund, ya en el siglo XIX, cantaba una canción que decía….

Du bist verrückt mein Kind,
du kommst nach Berlin
wo die Verrückten sind
da gehörst du hin

A mí me la cantaba mi madre de pequeña, y efectivamente acabé en Berlín y trabajando de psicóloga. Supuestamente al otro lado de la locura. Pronto pude comprobar que esa línea que separa la locura de la cordura en realidad es muy fina, y puede quebrarse en todo momento.

¿Qué es la locura?

Durante mucho tiempo se creyó que la locura tenía causas sobre naturales. Posesión de espíritus, influencia de astros o maldición de los Dioses. La visión racional-naturalista que predomina entre los científicos de la actualidad se remonta a la antigua Grecia. Hacia el siglo VI-VII a.C. se produjo una paulatina transición desde una perspectiva místico-religiosa hacia una naturalista. A Hipócrates se le atribuye el primer tratado médico y el ser uno de los primeros que relacionó la enfermedad mental con causas naturales. Lo que Hipócrates decía en realidad no era que no hubiera causas “divinas” sino que estas no debían impedirnos la investigación.

La teoría más importante, que se mantuvo durante muchos siglos, fue la de los humores. La enfermedad se pretendía explicar con un desequilibrio en los distintos fluidos que conformaban el cuerpo humano, a saber: la bilis negra, el flema, la bilis amarilla y la sangre. A partir de la predominancia o el estancamiento en el flujo de uno u otro humor se explicaban los trastornos y las personalidades.

©Roberto Calvo

Mucho más adelante, en 1952, aparecía un libro que pretendía sistematizar la locura, el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders). Incluía 106 diagnósticos, y la pretensión era dejar a un lado las diferencias entre psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas y conductistas, y proporcionar un lenguaje común, dejando a un lado las causas.

Hoy se conoce este libro como la Biblia psiquiátrica y no es para menos, pues decide donde acaba la normalidad y empieza la enfermedad. En el 2013 apareció la quinta versión con 374 diagnósticos. Los diagnósticos son elegidos democráticamente por un grupo de expertos, no siempre libres de intereses (por ejemplo, con colaboraciones con empresas farmacéuticas).

El DSM-5 fue criticado duramente por los propios expertos, por la inflación de diagnósticos y la patologización de la normalidad. Así por ejemplo, con  los criterios del DSM-5 hoy es posible diagnosticar una depresión grave a las pocas semanas de haber perdido a un ser querido. El duelo normal se ha reducido a dos semanas y a partir de ahí se considera patológico. Subyace la suposición de que las personas que a las dos semanas no muestra síntomas son más normales.

Lo que el DSM no nos deja claro es qué es la normalidad. Según Wikipedia, normal es aquel ser vivo que carece de diferencias significativas con su colectivo.  Y la OMS define salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de enfermedad o dolencia”.

Que levante la mano el que se sienta identificado.

Decía Lutero que las matemáticas entristecen, la religión produce pecadores y la medicina enfermos. Y hoy podríamos preguntarnos si la psiquiatría ha acabado produciendo a los locos que luego no sabe tratar. Y es que, lo que se les olvida a todos estos expertos, es que el ser humano es un ser que sufre por su trágica condición de humano, que implica la conciencia de la muerte y la soledad a la que se ve abocado, al serle (cada vez más) difícil encontrar comprensión y consuelo en el otro.

Hoy la tecnología nos ha hecho creer que nos puede ayudar a superar las barreras de la comunicación. Pero la conexión que nos ofrece no acaba con la soledad, al contrario; el país más interconectado es también el país con más suicidios: Corea del sur. Paradójicamente la hiper conexión no ha producido menos soledad sino más ganas de conexión (virtual).

La conexión (virtual) se ha convertido en un fin en sí mismo.

El ser humano sufre y este sufrimiento no tiene cura, y por ello podríamos decir que la historia de la psiquiatría es de alguna manera la historia de la anestesia. El intento de apagar las emociones, sin las cuales la vida sería mucho más fácil. Sin las cuales todo fluiría mejor.

Sin emociones nos sería posible encajar en cualquier sistema.

Hoy mucha gente acude a terapia porque “le molestan” las emociones. Porque quiere aprender a domarlas (gestionarlas). Les han hecho creer que no deberían sentirse como se sienten, que son demasiado sensibles.

Nos dicen que tenemos que ser más pasotas, que no debemos tomarnos las cosas tan en serio. Consecuentemente triunfan técnicas terapéuticas como la meditación y el mindfulness, técnicas pervertidas y destinadas únicamente a hacernos digerir las emociones, a olvidarlas.

Pues el objetivo no es estar bien sino funcionar, seguir adelante a costa de la salud. Hemos delegado la salud mental en los expertos pensando que estos van a poder ofrecernos respuestas, pero lo cierto es que lo que dijo Voltaire hace más de 200 años sigue teniendo vigencia en el caso de la supuesta enfermedad mental:

“Los médicos nos tratan con medicamentos, de los cuales saben poco, intentando curarnos de enfermedades de las cuales aun saben menos, a personas, de las cuales no saben nada”. 

Hoy podríamos añadir, que no solo no saben nada sino que no quieren saber nada. La subjetividad les asusta y quieren eliminarla de la ecuación. Los expertos quieren evitar a toda costa la confrontación con el sufrimiento humano, que es, como alguien dijo: el único problema realmente importante.

Nuestro cómic habla de la soledad: esa nada que duele. No de la soledad de un domingo por la tarde (que también es terrible), sino de la soledad que nace de la imposibilidad crónica de conectar con el Otro. Una imposibilidad que viene de la sensación de no entender cómo funciona el otro y sentir que es sustancialmente diferente a uno, que no hay nada que nos conecte con él. Quizás no es casualidad por eso que el debate en La Escalera comenzase hablando del trauma y terminase con el control. Porque el control es lo que necesitan las personas traumatizadas. Este hecho nos dice mucho de nuestra sociedad pero como siempre quedaron más preguntas que respuestas….. y esto fue lo interesante.

 ¡Muchas gracias a todos los asistentes!

Georgia Ribes

Psicologa clínica y autora. Berlin- Neukölln. www.psychologischepraxisneukoelln.de

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