Hacia el abismo

Como científico ambiental es mi deber trabajar para solucionar los problemas ambientales, pero también entre mis obligaciones se encuentra contar la verdad. La verdad de un mundo – o más bien un sistema – que llega a su fin, al colapso. 

El desmesurado nivel de consumo de recursos y los impactos que ello conlleva sobre el planeta nos ha llevado a un punto crítico muy difícilmente reversible. No quiero sonar apocalíptico o exagerado. Se trata de la situación real. Una realidad que nos negamos a admitir. Por mucho que aparentemos ser conscientes de la problemática ambiental, o que intentemos ser en nuestra vida cotidiana “environmental friendly”, lo cierto es que nos negamos a asumir la realidad. Creo que la razón fundamental reside en el hecho de que admitir la gravedad del problema conllevaría admitir que es necesario un cambio importante en nuestro estilo de vida, más austero, eficiente y solidario. Y eso no estamos dispuestos a llevarlo a cabo. ¿Quién y cómo se le va a decir a la sociedad (del Primer Mundo) que tiene que reducir su nivel de consumo de recursos? ¿Cómo intervenir en la economía si vivimos en un hipotético libre mercado? 

La economía, o, mejor dicho, el crecimiento económico. Esas malditas palabras que envuelven en forma de coletilla todo tipo de argumentos, que se repiten como un mantra y que pretenden ser un axioma para cualquier sistema alternativo que se plantee. Cualquier niño entendería que un sistema que aspira a un crecimiento ilimitado basado en el consumo de recursos limitados solo conlleva al colapso. Hasta qué punto de alienación hemos llegado en la sociedad para ser incapaces de ver esto tan básico. 

Entre tanto, nos dedicamos a encontrar medidas que alarguen la agonía y eviten nuestro pronto colapso. El informe especial del IPCC, el panel de expertos para el cambio climático, en el que se analiza la posibilidad de no superar los 1.5C de incremento de temperatura para el año 2050, ya pone sobre la mesa medidas para comenzar a retirar CO2 de la atmósfera, no solamente de manera natural, sino que muchas de ellas son artificiales (son las llamadas NETs, negative emission technologies, o tecnologías de emisiones negativas en español). Además, supone también el punto de partida del debate sobre tratar de reducir artificialmente el nivel de radiación que llega a la superficie del planeta, a través de técnicas de geoingeniería (solar radiation management), y cuyas consecuencias sobre los ecosistemas serían en gran medida desconocidas y potencialmente muy peligrosas. Esto no es una película de ciencia-ficción, es la realidad y hay mucha gente trabajando ya en ello.

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Figura. Medidas de geoingeniería y tecnologías de emisiones negativas propuestas para reducir la concentración de CO2 en la atmósfera e interferir en la cantidad de radiación solar que llega a la superficie planetaria. Fuente: New Scientist

Mientras tanto, el planeta da síntomas de desestabilización en determinadas partes. Lluvias torrenciales o largas sequías asolan con mayor frecuencia y virulencia países de África, Latinoamérica o Asia, provocando hambre (más de 800 millones de personas que sufren hambre en la actualidad) y empeorando – si cabe aún más – las condiciones de vida de sus poblaciones. Muchos de ellos se verán obligados a emigrar, y serán refugiados en Europa. Muchos serán rechazados, porque el sistema voraz en el que vivimos y el cambio climático son profundamente insolidarios. Las consecuencias del cambio climático las sufren especialmente los que no han tenido parte en la causa, mientras que nosotros, los ciudadanos del Primer Mundo, los causantes principales del problema, vivimos relativamente tranquilos con ciertos momentos de agitación cuando el planeta nos da algún que otro latigazo. Así pues, el cambio climático no es solo un problema ambiental, sino que se trata también de una enorme injusticia social.

Pero no solo somos insolidarios con otros países en estos momentos (solidaridad intrageneracional), sino que también lo somos con las generaciones que nos precederán (solidaridad intergeneracional). Los jóvenes de hoy, y los que todavía no han nacido, serán los que en un futuro cercano tengan que lidiar con el problema y sus consecuencias. Ellos no habrán sido los causantes, pero en sus manos estará paliar lo máximo posible el problema y adaptarnos a las nuevas condiciones que nos esperan. Ellos reclaman ya su hueco, su papel fundamental, su protagonismo. 

Mientras tanto, hoy, el resto de la sociedad se resiste a ceder ese papel protagonista y prefiere que la orquesta siga sonando mientras el barco se hunde en su viaje al abismo.

Fotografía de portada de Markus Spiske en Unsplash

José Luis Vicente Vicente

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