Eschede y el silencio

El 3 de junio de 2019 se cumplieron 21 años de la tragedia ferroviaria de Eschede. En ese entonces, yo vivía ya en Alemania, y seguramente vi las imágenes dantescas que se retransmitieron en los noticiarios de la televisión, y me sentí turbada e impactada ante la magnitud del siniestro. Pero si os soy sincera, no recuerdo haber visto la noticia, ni los posteriores comentarios sobre cómo se desarrolló la investigación, ni sobre los juicios celebrados en 2003. Quizás estaba un tanto desconectada de la actualidad y las noticias en ese entonces, o simplemente, a la tragedia de Eschede no se le dedicó el espacio merecido en los noticiarios que tuvo, por ejemplo, el también fatal accidente y muerte de Lady Di, cuyas imágenes se repitieron de tal forma, que ha quedado guardadas en la retina de todos. Lady Di murió once meses antes de que en Eschede fallecieran 101 personas.

Pasó el tiempo, yo seguía viviendo en Alemania, y seguramente hoy en día no recordaría la tragedia, si una noche, de esas que se pasan en un hotel, de camino a algún otro destino, no me hubiera topado con un reportaje del National Geographic sobre el accidente ferroviario de Eschede, sobre sus causas y el poco reconocimiento y compensación que habían tenido hasta ese momento las víctimas. Era el verano del 2008 o del 2009, unos diez años después de una tragedia, que ni mi marido ni yo recordábamos realmente, a pesar de que los dos llevábamos más de una década viviendo en Alemania.

El 3 de junio de 1998, un día soleado, comienzo del puente de Pentecostés el ICE “Wilhelm Conrad Röntgen” partió de Munich a las 5:45 en dirección a Hamburgo parando en Nürenberg, Würzburg, Fulda, Kassel y Hannover. A las doce de la mañana descarrilaría en Eschede a una velocidad de 200 kilómetros por hora provocando también el hundimiento de un puente que sepultaría el vagón número cinco. Hubo 101 víctimas en total, entre ellas muchos niños.

Se tardó un tiempo en encontrar cuáles fueron las causas técnicas del accidente: una rueda defectuosa, que se rompió unos minutos antes del descarrilamiento. Un modelo que no era el original de ese tren, pero que la Deutsche Bahn decidió cambiar, ya que con las ruedas originales, el tren vibraba, y producía por ejemplo en el vagón restaurante leves sonidos de vasos, copas, platos y cubiertos; una imagen que no debía dar el tren de alta velocidad, orgullo de la empresa ferroviaria y de toda Alemania. Mucho más tiempo se tardó en constatar que la Deutsche Bahn no había sometido a ese tipo de ruedas de reemplazo a puebas suficientemente exhautivas, que tampoco reaccionó después a las advertencias de una empresa de tranvías sobre la necesidad que había de reemplazar ese material con bastante regularidad. Por último, la rueda en cuestión no se cambió en la estación de Munich a pesar de que se detectó un posible defecto…

¿Error humano o un cúmulo de infortunios, como la Deutsche Bahn siempre mantuvo?

Para mí se trata claramente no de un error, sino de una acumulación de ellos. Eschede fue una tragedia que pudo haberse evitado. Su causa principal fue seguramente, como ya ha pasado en tantas ocasiones, que el ser humano confía demasiado en la pretendida perfección de las máquinas que crea… pero esto no fue lo peor.

Inmediatamente después del accidente la Deutsche Bahn ordenó a todos sus empleados que mantuvieran en absoluto secreto cualquier información referente a la tragedia, que no hablaran con familiares, y mucho menos con la prensa. Fueron escasas las entrevistas concedidas a los pocos días de acaecer el fatal accidente. Entrevistas plagadas de parcas palabras, que apenas proveían información a cuentagotas donde no se admitía ningún tipo de error por parte de la compañía y en las que incluso faltaban disculpas o palabras de condolencia hacia los familiares de las víctimas o los supervivientes. La empresa recurrió a la estrategia del silencio, tantas veces utilizadas a lo largo de la historia cada vez que acontecen las mayores desgracias.

En estos casos no se opta por reconocer los errores con valentía y atenerse a las consecuencias de los mismos. Se espera que con el mutismo se olviden los fallos garrafales, los crímenes… y olvidar crea la ilusión de que nunca han existido, que no ha pasado nada.

El silencio de los responsables de la tragedia de Eschede, los gerentes e ingenieros de la empresa, se prolongó por décadas. En la resolución de los juicios, que fue 2003, en los que sólo se juzgó a algunos ingenieros y no a la compañía, se absolvió a todos los procesados. El primer monumento conmemorativo hacia las víctimas no lo erigió la Deutsche Bahn, sino una de las víctimas, Udo Bauch, fue a comienzos del milenio, en un terreno adyacente a su casa. La propia Deutsche Bahn construyó un monumento conmemorativo por primera vez en 2013, quince años después del siniestros. En este año, por primera vez, y tras un cambio de gerencia en la compañía, llegaron las primeras disculpas oficiales hacia las víctimas, unas diculpas que, aunque sinceras, llegaban tarde, eran escasas y no redimían o compensaban a las víctimas o a los familiares de éstas después de tanto tiempo de silencio.

El año pasado, cuando se cumplieron 20 años del accidente visité el monumento situado a pocos metros del lugar del accidente. Observé las placas en las que figuran el nombre de todas las víctimas y los 101 cerezos plantados, uno por cada uno de los fallecidos en el accidente. Me conmovió la soledad y el silencio que invade ese lugar, mutismo sólo interrumpido por el pasar de los trenes. Me sorprendió la poca resonancia que hubo el año pasado en los medios de comunicación, y eso que se cumplían 20 años, sobre el posiblemente más trágico accidente de la historia ferroviaria europea, un silencio que no deja de ser cómplice, que no hace otra cosas sino borrar una responsabilidad, hasta ahora no completamente reconocida.

Macarena Muñoz es profesora de español, inglés y teatro en un instituto y autora del la novela “Memorias fugitivas”

La fotografías son de Hajotthu y están publicadas bajo licencia Creative Commons

Macarena Muñoz

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