Lupanar Berlín

Para nadie es un secreto que Berlín, la capital de Alemania, no solo atrae por su historia, modernidad e importancia geopolítica, sino también por ser uno de los lugares donde el sexo pagado suele encontrarse con facilidad y ser visto como algo normal. Basta pasearse por la Oranienburgerstraße, Kurfürstenstraße o por algunas calles de Charlottenburg para ver a las mujeres de las más diversas edades y procedencias ofrecerse a los hombres que pasean por sus aceras o en sus coches.

En estas calles, y otras menos frecuentadas, hay prostíbulos para todos los bolsillos. Algunos llegan a ser legendarios como Lady Nina, en la Niebuhrstraße, cerca de Savignyplatz, que lo regenta una mujer con más historias que los comics de Superman. Está el Tiffany, una legendaria casa de citas, y el Mondschein, un frivole bar donde, desde las 12:00 y hasta las 18:00, es posible conseguir por la ganga de 35 euros un ‘tiquecito’ diario, como se explica en su página web, y relajarse con cuatro o cinco chicas. Claro, también los hay más recientes y sofisticados como el Artemis, pensado para bolsillos más generosos, con sus 100 Premium girls y las 56 ‘suites del amor’.

Regular el sexo mercenario no es nuevo. Ya el Código de Hammurabi, que es una de las primeras reglas del juego ciudadano que recoge la historia, contenía mandamientos que reglamentaban la prostitución en Mesopotamia. La ley de prostitución en Alemania, aprobada en 2002, nació para establecer los derechos de las mesalinas y legalizar los servicios sexuales. Desde 2017, existe la Ley de Protección de Prostitutas, cuyo objetivo es centrarse en la protección de las mujeres que comercian con sexo contra la violencia y la prostitución forzada. Tan pronto la ley se hizo firme, los burdeles fueron obligados a sacar un permiso para funcionar. Las chicas debieron registrarse y obtener un certificado conocido en ese entorno como ‘Pasaporte de prostituta’.

Muchas de las damas de la noche que recorren Berlín llegaron al oficio desde muy jóvenes; otras más tarde, pero suelen tener un factor común: el sexo rentado como tabla salvavidas para sus existencias.

En teoría, la ley las ha salvado de la indigencia y la muerte a manos de un violento o un degenerado. Ese es el caso de Ramona* que, con 50 años, comienza a trabajar muy temprano, a eso de las ocho de la mañana, cazando a los noctámbulos que buscan un poco de calor humano tras una bacanal de alcohol y drogas. Puedes verla ahora mismo yendo y viniendo por entre la gente, susurrándoles un encuentro cercano a muy buen precio.  Su vida como prostituta empezó cuando tenía 18 años. Dejó su casa porque no quería tener responsabilidades. Nada le venía bien y todo le parecía poco. Cuando comenzó tenía juventud, belleza y fuerzas. Ahora lo hace porque no tiene otro medio para ganarse el pan. En un tiempo quiso dejar de comercializar sus atributos, fue una tórrida pausa tras caer rendida en los brazos de un vividor. Este hombre, mucho más joven que ella, decía ser un experto en informática y le estuvo sacando dinero por varios años de sus ahorros “sudados en la cama” para financiarse una vida sin esfuerzos y de consumo excesivo.  “Pensé que si volvía a trabajar aquí podría recuperar mi dinero rápido –dice Ramona mientras enciende un cigarrillo y se bebe un café fuerte como único desayuno–. Así que aquí estoy, lista para salvar a los que tengan con qué pagar por su redención sexual”.

También está Sandra que empezó a “caminar la calle” en 2008, cuando aún no era mayor de edad. Conoció a un hombre por Internet que le prometió amor, techo y compresión como nunca antes le habían dado. Ella, en plena edad difícil, tenía problemas con sus padres y hermanos. Sandra creía que su casa era un infierno inmerecido y lo abandonó todo por este amor de fotos trucadas y cortos textos melosos por Messenger. No pasó mucho tiempo para que las ardientes noches de sexo con su novio se convirtieran en pesadillas. A falta de dinero para vivir juntos, la obligó a prostituirse. A principio no quiso, pero los golpes y las amenazas suelen ser un persuasivo contundente. En sus primeras cuatro semanas de ‘trabajo’, Sandra tuvo sexo con medio millar de hombres en burdeles muy baratos de Berlín. Llegó el momento en que se sentía como una cosa, más que un ser humano. Escapó cuando el asco pudo más que el miedo y la dependencia emocional que tenía hacia este tipejo que la manipulaba a su antojo.

No es una historia nueva. Les pasa a muchas, sobre todo a las que exponen de modo irresponsable sus datos personales, historias privadas, y fotos en las redes sociales sin calcular las consecuencias. Tiene que ver mucho con la baja autoestima de algunas adolescentes, y eso lo saben explotar muy bien los proxenetas. Las mafias de Europa del Este tienen gente que patrulla Internet como las prostitutas lo hacen en las calles, y ahí cazan a sus víctimas. Mientras más vulnerables sean sus personalidades, más fáciles son de atrapar. La técnica se conoce por el nombre de ‘método del chico amoroso’.

Estas dos historias pueden ser de cualquiera de las siete mil mujeres que se registraron en el primer año después de la entrada en vigor de la ley de derechos de las prostitutas.

Aunque no existe información estadística fiable de cuántas afiliadas hay en Alemania, un portavoz del Ministerio de Familia afirma que trabajan con estimaciones que van desde las 150.000 a las 700.000. Según las informaciones que recibe su ministerio de los centros de asesoramiento, más de la mitad de ellas son extranjeras, la mayoría del este de Europa. Solo en Berlín se estima que hay unas 10.000 trabajadoras del gremio, y el 80 por ciento son extranjeras. Aunque se supone que la legislación las protege, muchas tienen que lidiar con condiciones inhumanas en los prostíbulos. No son pocas las que viven y se entregan obligadas bajo chantaje, o por altísimas deudas con los chulos que las trajeron al ‘paraíso alemán.

Por eso, hace poco se organizó en Mainz, a orillas del Rin, un congreso mundial contra la explotación sexual de mujeres y chicas bajo el lema: Coalition, Abolition, Prostitution (CAP). Alrededor de 350 mujeres y hombres de organizaciones internacionales, y prostitutas retiradas y en activo, acudieron a contar sus historias y a buscar soluciones para frenar el desbocado mercado del sexo. El objetivo es prohibir y acabar con el oficio más antiguo del mundo en suelo alemán. Algo que incomodó a muchos involucrados en el asunto fue que los representantes de las asociaciones de prostitutas no estuvieron presentes en el congreso. Tampoco fue invitado el reconocido centro de apoyo Hydra, según declara Simone Wiegartz, directora del mismo y miembro del Centro de Asesoría para Trabajadores Sexuales (BUFAS). Los ponentes en el evento no se fueron por las ramas. Las críticas fueron duras y los ejemplos presentados, estremecedores. Entre ellos los manifestados por la fundadora de la revista feminista EMMA, Alice Schwarzer. La escritora y periodista consideró que: “los hombres no compran sexo, sino poder”.

Los asistentes propusieron que Alemania introdujera el modelo nórdico para el control de la prostitución, aplicado desde hace 20 años. Allí, la adquisición de servicios sexuales se considera un delito. El proxeneta puede ser sancionado; la prostituta, no. Francia se acogió a este tipo de legislación desde 2016 y después Irlanda, en 2017. Es difícil saber en qué medida la ley sueca ha reducido la prostitución en su territorio. Algunos expertos dicen que no desapareció, sino que evolucionó. Dejó las calles y las escaleras por discretos apartamentos rentados o Internet. Hay estudios que muestran que el mercado sexual no ha desaparecido ni allí ni en los lugares donde el sistema está en funcionamiento.

Un portavoz del ministerio alemán de Familia declaró tras el congreso que la prohibición del sexo tarifado no es la vía correcta para afrontar un problema tan viejo como la humanidad. Existe el riesgo de que “las trabajadoras sexuales se vean obligadas a caer en la ilegalidad y sean vulnerables a los peligros y riesgos intrínsecos del sector”.

Aunque parezca raro, la posición de dicho ministerio es tan pragmática como antigua. Ya decía San Agustín (salvando las distancias) cuando analizaba en su tiempo la necesidad de eliminar o no los innumerables burdeles de las urbes medievales: “Quita las cloacas en el palacio y lo llenarás de hedor; quita las prostitutas del mundo y lo llenarás de sodomía”.

Pero también hay un amplio sector entre las prostitutas y administradores de burdeles que, pese a las carencias que tiene la ley de protección, la defienden. Consideran que al pasar la prostitución a ser un negocio como otro cualquiera, con sus obligaciones laborales y fiscales, el estigma que ha acompañado la profesión por siglos se está diluyendo en la sociedad alemana. Las trabajadoras han ganado en derechos como el de demandar a clientes abusadores y a los empleadores insolentes.  Una de las ventajas de la legislación, según muchas de ellas, es que se obliga a los visitantes a utilizar siempre un condón, y los administradores están obligados a suministrarlos y controlar si se cumple con la ley. 

Josefa Nereus defiende la legalización desde la Asociación de profesionales de servicios eróticos y sexuales (BESD), cuya asociación cuenta con cerca de mil afiliadas. Afirma que: “Ha aportado certidumbre legal y transparencia”. También la ordenanza acaba con ofertas vejatorias como la ‘tarifa plana’ donde por 15 euros, se conseguía media hora con una chica, además de una jarra de cerveza y un pan con salchicha.

De hecho, con la aparición de las inspecciones que establece el decreto, pintorescos personajes como Holger Rettig, al frente de la Asociación de Empresarios del Sector Erótico de Alemania (UEGD), consideran que la explotación sexual y la cosificación de las chicas va en retroceso. Afirma rotundo que eso no le conviene a nadie. Él ve la venta de sexo al estilo All you can eat con recelo. No quiere que su negocio termine siendo un frío intercambio de dinero por falso amor. Para él, la prostitución también tiene cierto glamour. Asevera que las “mujeres que han entrado de Europa del Este, gracias a las mafias que operan en Berlín y el resto del país, viven en el burdel. No hacen vida social, no pagan un apartamento, ni impuestos. Tampoco tienen seguro de salud. Ofrecen precios con los que las meretrices alemanas no pueden competir y hay un dumping en las transacciones”. Está convencido de que el problema de la explotación y la competencia desleal en el sector se soluciona con sanciones aleccionadoras y controles permanentes.

Y para cerrar el círculo, hasta las Startup están sacando provecho indirecto de la prostitución legal y no quieren una prohibición que lo frene. Una joven de 26 años llamada Pia Poppenreiter lanzó una iniciativa para “ofrecer a las prostitutas una plataforma de reserva”. Pia tiene un máster en Ética Económica y muchas ganas de salir adelante. De ahí que creó una aplicación para móviles que facilita los servicios de ligue con una cita previa. El objetivo, según Poppenreiter, es ‘salvarlas’ de la calle y, sobre todo, de los rigores del invierno berlinés. Su idea nació una noche de invierno, paseando por la Oranienburgerstraße, al ver a las prostitutas helándose a la espera de clientes. Declara que es un servicio a costo cero para las profesionales del sexo. Solamente quienes usen la aplicación para entrar en contacto con una chica, es decir, los clientes, tendrán que realizar un pequeño pago.

El equipo de Pia formado por tres personas, tiene sus oficinas en la Weserstrasse y aseguran que marcha muy bien. Por el momento, solo trabajan con las agencias de Scorts, y con chicas que hacen la calle por libre, pero no con los burdeles. Pia expresa rotunda: “Vine a Berlín para sacar adelante mi máster. Al mismo tiempo, colaboré con la cátedra de Corporate Responsability Management. Por eso no tengo reservas morales por mi trabajo, porque es bueno para ellas y es todo legal”.

El asunto tiene muchas aristas. Berlín se muestra abierto a iniciativas para controlar el tráfico de blancas y la prostitución brutal, pero está reacia a acabar con ella. Como certifican Pia, la emprendedora, y otros tantos mercaderes del placer, la compra y venta de hembras no tiene que quitarle el sueño a nadie. Todo está regulado, todo es legal, ¿no?

*Los nombres de las prostitutas son ficticios.

Fotografía de Pablo Cabrera Ferralis

Luis González

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