Tensión en Checkpoint Charlie

El Punto de Control C, más conocido como Checkpoint Charlie, se ganó a pulso su lugar en la historia de Europa y de la guerra fría. Emplazado en la hoy muy elegante Friedrichstraße, separaba con una pequeña caseta rodeada con sacos de arena y dos barras levadizas de madera, el sector norteamericano del soviético, los barrios de Mitte y Kreuzberg, y a dos mundos enfrentados a muerte dentro de los 891,12 km² de la ciudad de Berlín.

Fue uno de los pasos fronterizos más calientes de la sinuosa línea divisoria creada con premeditación y alevosía en la madrugada del 13 de agosto de 1961 por el gobierno de la República Democrática Alemana RDA, dirigido por Walter Ulbricht y por orden del Secretario General del Partido Comunista de la URSS, Nikita Jrushchov.

Hasta la caída del muro en 1989, el capitalismo y el comunismo usaron este céntrico acceso fronterizo como cuadrilátero para redimir algunas de sus más aparatosas querellas. Uno de los hechos más notables se dio a solo diez semanas de su creación: el 26 de octubre de 1961 siete tanques Sherman estadounidenses y once soviéticos T-54 llegaron a toda velocidad y frenaron con estrépito apuntándose con sus cañones.

Los dos antiguos aliados comenzaron a tocarse las narices tras un rifirrafe entre la Policía Popular Alemana (Volkspolizei) y el vice jefe de la Misión Militar norteamericana Allan Lightner, que gustaba de ir al teatro en Berlín oriental. El descrédito de los militares norteamericanos a los alemanes “democráticos” desató un río de testosterona en los rusos que decidieron zanjar el asunto de la forma más expedita: a ver quién los tiene más grandes.

Los tanques soviéticos aparecieron con todas sus divisas borradas –algo que hace hoy Putin cada vez que invade algún lugar–, y este acto de camuflaje fue interpretado como de acción inminente. Estados Unidos, por el contrario, llegó desplegando todas sus insignias y blasones. La orden del Comando Central norteamericano era clara: si los tanques eran de la RDA, había que dispararles. Estados Unidos no reconocía a Berlín como capital de la RDA, y la aparición del ejército comunista a solo escasos metros del territorio soberano de la República Federal Alemana RFA lo convertía en un potencial agresor. Quince horas estuvieron practicando este peligroso test de resistencia, hasta que llegaron las órdenes de retirarse.

Esta no fue la última provocación ni el último riesgo. Su larga historia de espías, desafíos militares y fugas espectaculares dio material para muchos libros. Desde John Le Carré, que lo convirtió en carne de novelas, a filmes de James Bond como Octopussy, de 1983, hicieron de Checkpoint Charlie el imán para historiadores y turistas que es hoy.

Su encanto no solo cautiva a los viajeros. En este momento es objeto del deseo de muchos que tienen intenciones más sórdidas que las ya contadas. La tentación de los tiburones inmobiliarios de hacerse con este emplazamiento ha traído nuevas tensiones al icónico lugar desde hace algunos años. Los partidos políticos berlineses se plantan hoy, como lo hicieron los tanques ayer, a un lado y otro de la barrera. Los guerreros del siglo XXI no visten uniformes ni van armados hasta los dientes; van de traje cortado a medida y con portafolios llenos de dinero. No hay bravatas, no hay insultos. Esta guerra se libra con sonrisas en los labios y estilográficas Montblanc en el bolsillo.

El dilema que se plantea no es simple, ¿se preserva el lugar por su valor histórico o se deja que en las parcelas contiguas a este se construyan edificios de oficinas, centros comerciales y apartamentos de lujo? Inversiones contra historia. Dinero contra legado. ¿Qué hacer?

La Cámara de Representantes de la ciudad quiere levantar un museo oficial de la Guerra Fría, algo que a día de hoy no existe. Desde 1963 hay una exhibición sobre el tema a pocos metros de la caseta, que se conoce como Haus am Checkpoint Charlie. Es un recinto pequeño y no pasa de ser una iniciativa privada, por tanto su alcance se antoja más anecdótico que real. Un museo con todas las de la ley sería una buena solución para construir en los terrenos libres.

El Partido Socialdemócrata SPD propone recurrir a una firma de inversiones inmobiliarias llamada Trockland. Esta ya tiene un amplio portafolio en Berlín como, por ejemplo, el complejo residencial Paragon y el saneamiento de dos viejos edificios de la era comunista conocidos como K62, en la Klosterstrasse 62.

El plan suena bien, pero huele mal. El entramado empresarial que articula Trockland llega hasta… ¡Moscú! Sí, los rusos otra vez en uno de los lados de la calle. Ahora es la oligarquía postsoviética quien quiere ganar el pulso. El resto de los partidos políticos berlineses esquiva el trato con ellos. A Die Linke le gustaría expropiar el terreno y levantar un museo, sobre todo porque el ex canciller Gerhard Schröder está detrás de todo este chanchullo. Como se sabe, este caballero es un gran amigo de Vladimir Putin y su lobista más fiel en Alemania.

Die Grünen (Los Verdes) sin embargo, quieren comprarlo a precio de mercado, lo que escandaliza a muchos por la altísima deuda que tiene la capital con las arcas del Estado. Para complicar más el asunto, a los partidos próximos al centro les preocupa otro asunto. La Unión Demócrata Cristiana CDU y el Partido Democrático Libre FDP temen que la izquierda pueda imponer un sello ideológico en el proyecto y sentirse tentados a contar a su manera la historia de una ciudad. Ambas formaciones son del criterio de que solo un amplio debate sobre la historia y su respeto haría justicia al lugar, y los llevaría a buen puerto si de verdad quieren preservarlo. Checkpoint Charlie, afirman, se merece un mejor destino que ser el simple punto de encuentro de las hordas de turistas y de las empresas rusas con sus divisas difuminadas.

¿Terminará este lugar barrido por el fuego de los blindados de la política y la codicia de los empresarios inmobiliarios, o se salvará para que próximas generaciones conozcan un pedazo de la historia de Berlín, de Europa y del mundo? El resultado se pinta incierto si miramos qué ocurrió con el icónico Muro de Berlín. Pero esa es otra historia.

Fotografía de Brooke Binkowski con licencia Creative Commons (https://creativecommons.org/licenses/by/2.0/)

Luis González