Centenario de la Revolución Alemana

Muchos de los turistas que hoy en día llenan las calles de Berlín van buscando el rastro del pasado nazi, la Segunda Guerra Mundial y las cicatrices de la época del Tercer Reich en la ciudad. Se trata de un periodo lleno de hechos y leyendas tratados en gran número de películas y libros, y por ello son conocidos en todo el mundo. Sin embargo, el gran público (incluso el alemán) no conoce tantos detalles del fin de la Primera Guerra Mundial y la posterior agitación que sacudió al país, a pesar de que estos hechos tuviesen consecuencias aún hoy en día reconocibles en la política actual del país. Estos días se están cumpliendo los cien años de aquellos sucesos denominados como “la Revolución de Noviembre” (de 1918), que se extendieron hasta las primeras semanas de 1919.

Entonces Alemania era una olla a presión calentada por varios fuegos de diferente intensidad. El primero de ellos lo encendieron el emperador y su cúpula militar, cuando arrastraron al país a participar en la Primera Guerra Mundial. La población se dejó engatusar con un lenguaje patriótico-nacionalista que incluso acabó usando la izquierda para acallar las voces pacifistas en sus filas. Según avanzaba la guerra estos mandos del ejército ganaron poder de decisión y acabaron transformando el país en una dictadura militar de facto. Con el pretexto de defender a la nación, se sometía a los trabajadores a unas condiciones laborales cada vez peores. Esto llevó a aumentar la frustración de una clase obrera, que comenzó a inspirarse en la revolución que estaba teniendo lugar en Rusia desde 1917. Vieron cómo allí una gran fuerza colectiva acabó por derrumbar a los poderosos zares.

Tras cuatro años de desgaste en una guerra de varios frentes, que cada vez se inclinaba más hacia los aliados enemigos de Alemania, los propios militares empezaron a desertar y desobedecer. Esto fue lo que prendió la chispa de la primera revuelta. Las protestas sindicales en las fábricas se encargaron después de avivar el fuego que haría saltar la tapa de la olla. Aquel empuje social cocinado durante la guerra se llevó por delante al káiser Guillermo II, que pasó a ser el último emperador alemán. A partir de este momento Alemania se convirtió en una república; aunque ésta nació de una forma muy débil.

En un primer momento el Partido Socialdemócrata SPD (Sozialdemokratische Partei), que aglutinaba a la izquierda desde antes de la guerra, tomó el mando de la situación intentando liderar un cambio suave, con algunos sectores de la aristocracia y el ejército integrados en los centros de poder. Había sin embargo muchas voces reclamando pisar el acelerador de la revolución para romper con todo lo antiguo, y crear un modelo político similar al implantado en Rusia por los bolcheviques. Esto provocaba cada vez más recelos entre los sectores izquierdistas. Se dió incluso la paradoja de que el 9 de Noviembre de 1918 se proclamó dos veces el nacimiento de la República. Fue casi simultáneamente: mientras un representante del SPD salió por su cuenta al balcón del Reichstag a anunciar la nueva república, en la plaza del Lustgarten de Berlín, Karl Liebknecht, que ya había creado una escisión del partido -el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD)-, proclamó el inicio de la República Socialista Libre Alemana.

Por otra parte, algunos de los militares que regresaban de la guerra junto a otros ciudadanos de derechas se negaban a que el sacrificio de una guerra tan larga acabase con la implantación de una ‘dictadura del proletariado’. Algunos de estos grupos se organizaron de forma paramilitar (los llamados Freikorps) y se pusieron al servicio del gobierno del SPD a la hora de aplacar violentamente las huelgas sindicales. La desconfianza entre socialistas y comunistas era ya total.

En enero de 1919, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fundaron el partido comunista alemán (KPD), pero posteriormente se les denegó el derecho a participar en unas elecciones ya planeadas. Esto radicalizó los discursos, y las armas volvieron a ocupar las calles en lo que se conoce como el Levantamiento de Enero. Esta segunda ola de violencia se estaba pareciendo ya más a una guerra civil abierta. La revolución acabó cuando descubrieron a Luxemburg y Liebknecht en un piso de Wilmersdorf mientras trataban de protegerse. Después fueron entregados a uno de los grupos paramilitares más violentos y tras ser interrogados y torturados, se les asesinó. El cuerpo de Rosa Luxemburg solo se encontró en el mes de Junio en el Landwehrkanal. La contrarrevolución triunfó.

Estos asesinatos suponen aún hoy en día un motivo de disputa entre el SPD y el Partido Comunista, ya que existen sospechas de que se ejecutaron con el consentimiento de Gerhard Noske, en ese momento miembro del gobierno del SPD. La actual presidenta del partido (Andrea Nahles) tuvo que defenderse este mismo mes de enero afirmando que no existen pruebas de que el SPD estuviese involucrado.

Por su parte la derecha alemana aún acusa a los partidos de izquierda de haber fallado en su obligación de defender al país, obligándolo a firmar una paz que doblegó a su propio ejército, el cual no había sido derrotado en el campo de batalla.

La verdad es que unos y otros malograron la ocasión de organizar el país serenamente, y condenaron al fracaso a la posterior República de Weimar por tener unas estructuras demasiado débiles. La propia división de la izquierda hizo que no pudiese haber una respuesta más firme al ascenso del movimiento nazi, con las consecuencias posteriores que todos conocemos.

Turistas y berlineses pueden visitar hasta el 3 de Marzo una exposición ilustrativa de estos acontecimientos decisivos para la historia reciente europea en el Museo de Fotografía de Berlín.

La imagen de portada es de Alfred Grohs y está sujeta a la licencia Creative Commons Attribution 3.0 Unported.

Antonio Ulloa Vilela