Los nazis también fueron proxenetas

En 1942, las SS abrieron un burdel, bajo la dirección de Heinrich Himmler, en el campo de concentración de Mauthausen. Sería el primero de otros nueve burdeles en trasladar a mujeres internas en los campos de Ravensbrück y Auschwitz para ser usadas como esclavas sexuales. No se trataba de un servicio pensado para los funcionarios nazis, sino para los prisioneros, bajo la idea de que mejoraría su productividad. Himmler llegó a sugerir como posible terapia que se forzara a los prisioneros de triángulo rosa, es decir, a los homosexuales, a visitar estos burdeles para curar así su “desviación”.

Las mujeres que fueron forzadas a prostituirse habían sido detenidas en su mayoría por lo que los nazis definían como “conducta anti-social”, que abarcaba desde la prostitución hasta la simple amistad con judíos. La clientela de estas mujeres estaba estrictamente restringida: los judíos y los soldados comunistas tenían vetado el acceso a los burdeles, que terminaron siendo usados por una selecta minoría de los prisioneros, aquellos que tenían la condición física para poder trabajar duro y pagar el servicio, o los prisioneros que trabajaban como Kapos (supervisores del campo), principalmente criminales o presos políticos.

Mujeres asesinadas en el campo de concentración de Ravensbrück

A ellos se les prometía que si trabajaban duro podrían tener sexo con mujeres. A ellas se les prometía más comida, habitaciones más higiénicas y una reducción de su pena, pero a medida que las promesas se fueron probando falsas, simplemente eran seleccionadas y forzadas a hacerlo. Estas violaciones reguladas y administradas por los nazis tenían lugar siempre entre un hombre y una mujer de la misma raza, mientras las SS observaban atentamente el acto sexual a través de pequeños agujeros en la pared.

Tras la guerra, la mayoría de las mujeres ocultó su experiencia. Ninguna de las víctimas recibió reconocimiento por parte del estado alemán como víctimas de esclavitud sexual ni fueron compensadas por su sufrimiento. Durante décadas, las investigaciones sobre la época guardaron silencio y el tema no fue ampliamente tratado hasta los años 90, cuando varias investigadoras acometieron la tarea.

La novela de ficción “House of Dolls”, publicada en 1955 por el escritor judío Ka-tzetnik 135633, fue uno de los primeros retratos de estos burdeles, y ese mismo año se estrenó el documental francés “Night and fog”, que da cuenta de la vida diaria en los campos de concentración y menciona estos locales. En los años 70 entraron de lleno en la cultura pop, como el escenario de algunas películas del género “Nazisploitation”, donde el morbo, el cine de bajo presupuesto y la fascinación por la estética nazi se mezclan en películas que, a pesar de lo grotesco, en ocasiones se basaban en historias reales de violencia en la Alemania nazi. La historia de estos burdeles va más allá en la cultura de nuestra época: su nombre alemán, “Freudenabteilung”, se traduciría en español como “Sección de la alegría”, y en inglés como Joy Division.

En los relatos generales de la Segunda Guerra Mundial puede fácilmente celebrarse con alegría la entrada de las tropas soviéticas en Berlín, y se puede reconocer la labor de los aliados en la victoria contra el nazismo. Sin embargo, para las mujeres que fueron violadas por los soldados soviéticos, los dos bandos estaban formados por hombres que aprovecharon la ausencia de ley para abusar sexualmente de ellas. Según algunas estimaciones, más de dos millones de mujeres fueron violadas por soldados aliados durante la ocupación de Alemania (principalmente por el Ejército Rojo, pero también por soldados estadounidenses, británicos y franceses).

Los burdeles en campos de concentración fueron una pieza más en la estructura de violencia ejercida hacia las mujeres durante la guerra y, en general, en la política del Tercer Reich. La estructura de poder del nacionalsocialismo era masculina y radicalmente patriarcal, forzando a las mujeres alemanas a la crianza y el trabajo doméstico, y vetando su acceso a las universidades y al trabajo remunerado. La esclavitud sexual fue la doble cara de esa moneda, ejercida allí donde la ley no llegaba y donde la propaganda deshumanizadora había surtido efecto.

Prisioneras del campo de concentración de Ravensbrück en 1945 // Getty

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