El Café Lehmitz de Hamburgo y su leyenda: los puños cerrados de la vida real en imágenes

Reeperbahn 22, en la ciudad alemana de Hamburgo. Un simple y anónimo café, llamado Lehmitz.

Quizás nadie conocería esta dirección y este café si no fuera por esta historia. Aquel fue siempre un rincón anónimo, del que muchos no querían hablar. Y ese anonimato, parte de su esencia,  era lo que atrajo durante varias décadas a muchos a esa dirección.

Ubicado en el Distrito Rojo de Hamburgo, en el barrio de Sankt Pauli, poco conocido y lateral, el café estaba destinado a ser un lugar de silencio, quizás hasta de indiferencia, donde no se hacían preguntas a quien cruzaba sus puertas. Todos podían entrar. Era un café, un bar más.

Sin embargo, era también, sin saberlo, un faro.

Ese silencio, quizás, esa oscuridad, ese anonimato, perdido en un sitio lateral de Alemania fue lo que arrastró a sus mesas a miles y miles de ilustres desconocidos durante la década del 50, y del 60. Todos, sin embargo, parecían brillar con luz propia, aunque la sociedad los marginara, en aquel mundo de posguerra donde Alemania volvía a intentar renacer.

Todos ellos, hombres y mujeres, tenían su historia, humana y anónima y quizás hasta anodina, personal y única. Como la de tantos, en tantas otras regiones del globo, hubieran quedado anónimas y enterradas para siempre en el mar del devenir humano, si no fuera por un hombre, un hombre y su cámara.

Ese hombre, parece, también era, él mismo, parte de ese anonimato, de esa troupe de ilustres desconocidos, un hombre que desde Suecia había llegado a Hamburgo huyendo de algo; quizás de sí mismo.

Ese encuentro entre un alma perdida y ese café, donde las almas perdidas se reunían, debía producirse.

El Café Lehmitz, en realidad un bar algo alejado del centro de Hamburgo, en el boulevard Reeperbahn, contaba entre su clientela, sin que nadie sepa hoy aún cómo, una fauna humana de lo más variopinta.

 Los desconocidos, los marginados, los laterales, todos, siguiendo sus pasos, quizás atraídos por una fuerza misteriosa, se daban cita en esos años tras sus puertas: travestis, prostitutas, drogadictos, proxenetas y lúmpenes formaban cada noche la troupe del lugar. Nadie hacía preguntas una vez dentro.

Y un día de 1967 un hombre sueco, llamado Anders Petersen,  decidió que esas historias, la de los parroquianos anónimos que pululaban a su alrededor, debían ser contadas y mostradas; pero no a través de la palabra, sino a través de esa otra palabra que fue, en ciuerto modo, la reina del siglo xx: la imagen, la fotografía. Fue así que nació la obra que hizo inmortal al café. El propio Petersen, en esos años, también se estaba convirtiendo, de a poco, en un paria.

Dice Petersen, protagonista de este relato:

“Crecí en una familia privilegiada, burguesa. Vivíamos en el campo, rodeados de bosques y pasé mucho tiempo allí. Creo que fui una decepción para ellos. Mis padres se separaron y yo pasé mucho tiempo con mi abuela. Después de graduarme me trasladé a Hamburgo en un intento de deshacerme de todo aquel estilo de vida burgués y de su forma de ver la vida.”1

Hasta que una noche Anders llegó a aquel lugar invitado por una amiga. Días después entró al lugar con una cámara.

Y todo cambió para siempre; y este relato existe por aquella sencilla acción.

Ese café,  hoy mítico, en aquel entonces desconocido, fue el motor inimaginado de una obra inmortal. Porque el fotógrafo sueco comenzó a capturar en su máquina a los parroquianos que se lo permitían, sin darse cuenta de que estaba empezando algo más grande que él mismo. Retratando a los habitués y a los clientes de cada noche estaban todos haciéndose inmortales, sin que nadie lo supiera entonces. Todos se ven relajados y descontracturados; todos se ven vivos, sus almas y sus historias rebosantes de tristeza o desenfreno ante nuestros ojos.

Aquella era la primera vez que Andersen fotografiaba en serio y lo haría conocido a nivel mundial:

“Café Lehmitz fue la primera cosa seria que hice. Me llenó totalmente. Me identifiqué plenamente con aquellas personas y con su situación, estaba excluidos de la sociedad. Yo los respetaba y les tenía cariño. Allí había una sensación fantástica de pertenencia a algo, de pertenencia a la gente que estaba fotografiando, al estado de ánimo y a la atmósfera. Podías sentarte allí y sentirte absolutamente solo. Por otro lado, te aceptaban tal y como eras. Y eso era un alivio.” 2

Allí, con los rostros de tantas prostitutas olvidadas, de tantos marginados y decadentes, de tantos seres truculentos, fueron llenándose sus rollos de fotografías durante cuatro años, hasta 1971.

Llegar hasta aquel lugar, que seguía siendo sórdido y evitado por las familias ricas de la ciudad, era una costumbre diaria para Petersen. Se encontró historias terribles, tiernas y crudas, y otras violentas y sin sentido. Vio abusos y escuchó relatos de orgías, de violaciones y asesinatos.  No matizó ninguna historia ni las idealizó. Solamente las retrató: los olvidados, los indigentes, las lesbianas, los homosexuales, los delincuentes, los estrafalarios. Todos pueblan sus fotos, y todos tenían algo en común: se sentían en su casa en el Café.

Tiempo después, Peters tenía algo; un libro de imágenes únicas, que fue publicado en 1978.

El bar, mientras, seguía su existencia en aquel lugar de Hamburgo, repleto de luces de neón, sexo rentado y noches de música y excesos.

Cuando se publicó el libro Café Lehmitz, en aquel año, el mundo conoció al café y en cierta forma, también a Hamburgo y su lado más rebelde.

Y el libro impactó; impactó por su crudeza, su realismo, y porque mostraba el alma de aquel café y en cierta forma, de Hamburgo: sus habitúes. Dice Peters:

Trabajaba a gusto; tenía una luz constante, casi todas las personas venían todos los días. Y si estableces un tipo de comunicación con la gente, es aún más fácil.”3

Las fotos publicadas presentan de forma cruda, sin aderezos,  y sin adornos, una sociedad considerada antisocial y torcida, la de esos parroquianos que encontraban en ese rincón de Hamburgo su propio lugar en el mundo.

Dice al respecto un fotógrafo español, Alberto García Alix:

 Café Lehmitz posee magia. Nos atrapa desde que traspasamos la puerta. Nos hipnotiza. La atmósfera es soberana. Anders se adueña del aire. Nos sumerge en vida.”4

El músico Tom Waits usó una de sus fotos para la portada de su álbum Rain Dogs en 1985, y la leyenda del café no hizo más que agigantarse.

Pero tras bambalinas, había otra historia; la de un lugar pujante, que intentaba sobrevivir a su propia leyenda.

El café original había sido fundado en 1954, y durante muchos años vivió una existencia tranquila. Luego, a mediados de los sesenta, como vimos, muchos parroquianos particulares comenzaron a llegar: su barra en forma de U, su atmósfera liberal y su entorno truculento lo hicieron famoso. El lugar se convirtió, a ojos vista, en un mito para la sociedad subterránea de Hamburgo.

Cuando salió el libro, el bar se convirtió en un lugar de culto. Sin embargo, las leyendas también deben pagar las cuentas. La mala economía de la zona durante la década del ochenta comenzó a hacer estragos en él, y los cuentos de hadas no funcionan siempre  en un mundo comercial. Finalmente cerró, en 1985 (según algunas fuentes, en otras difiere este dato puntual) y fue demolido a finales de los años 80. Pocos años después, en el mismo solar, se levantó otro bar, con la misma esencia del anterior.

Hace pocos meses el café volvió a estar en boca de todos, y el libro volvió a las bateas: el café había cerrado de nuevo, de nuevo por las cíclicas crisis económicas de la ciudad. Dijo la prensa alemana:

“Fue un shock para los asiduos de la vida nocturna de Hamburgo, los clientes fieles y todos los tradicionalistas de St. Pauli cuando se anunció el cierre, aparentemente definitivo, del «Lehmitz» a finales del año pasado. Tras más de dos décadas de noches desenfrenadas, las luces de la histórica dirección Reeperbahn 22 parecían haberse apagado para siempre. Un clamor colectivo recorrió St. Pauli, porque con esta noticia, otra parte del Hamburgo auténtico y sin artificios parecía desaparecer para siempre.

El motivo del cierre en enero fue tan trivial como doloroso para los propietarios. El vencimiento del contrato de arrendamiento a largo plazo y el drástico aumento de los costos operativos debido a la inflación hicieron que continuar operando en ese local fuera económicamente inviable. Sin embargo, para la fiel clientela, el cierre significó la pérdida de mucho más que un simple local. En una época en la que St. Pauli está cada vez más dominado por renovaciones de lujo modernas, el Lehmitz era uno de los pilares del vibrante ambiente del barrio.”5

Pero esta historia termina bien, en cierta forma. Mientras escribimos estas líneas, los fantasmas de aquellos habitués inmortalizados en el libro de Petersen podrán seguir deambulando por sus pasillos.

“Pero el infame distrito de ocio no sería St. Pauli si no fuera siempre testigo de auténticos milagros: de forma totalmente inesperada, el legendario pub de culto se prepara ahora para una reapertura espectacular y casi inimaginable.”6

Petersen recuerda, al volver la vista atrás, que casi todos aquellos parroquianos han muerto. Volvió varias veces a Hamburgo, ya como ciudadano ilustre, pero fue enterándose de que la mayoría se perdió en la espiral de violencia, marginalidad o muerte que los rodeaba.

 “Ahora, cuando han pasado tantos años, miro las fotos de Café Lehmitz y veo que es una especie de álbum de familia. No se trata tanto de las fotos, de trata de la gente. Voy pasando las páginas y digo: ¡Mira, esta es Marlene! ¡Este es Lothar! ¡Y mira, aquí está Lily! En una foto se ve a una mujer con un hombre que lleva un gran sombrero. Él no la está tratando bien. Fue una situación horrible e incómoda. Recuerdo haberme preguntado si debía publicar aquella foto, pero me di cuenta de que debía mostrar también aquella parte del café, no solo la parte romántica.”7

Cerramos este relato como lo empezamos: Reeperbahn 22, en la ciudad alemana de Hamburgo. Un simple y anónimo café, llamado Lehmitz.

Ahora, tras leer estas líneas, no tan anónimo y no tan simple: un refugio y un faro.


Fuentes:

[1] https://www.cartierbressonnoesunreloj.com/anders-petersen-mas-alla-de-cafe-lehmitz/

[2] https://www.cartierbressonnoesunreloj.com/anders-petersen-mas-alla-de-cafe-lehmitz/

[3] https://www.cartierbressonnoesunreloj.com/anders-petersen-mas-alla-de-cafe-lehmitz/

[4] https://ivorypress.com/es/review/color-en-el-cafe-lehmitz/

[5] https://szene-hamburg.com/das-lehmitz-kiez/

[6] https://szene-hamburg.com/das-lehmitz-kiez/

[7] https://www.cartierbressonnoesunreloj.com/anders-petersen-mas-alla-de-cafe-lehmitz/


Imagen de portada: Carátula de Rain Dogs (Tom Waits, 1985) / © Island Records / Universal Music Group, que inmortalizó la fotografía ‘Lilly y Rose’ de Anders Petersen en el Café Lehmitz.. Fotografía de portada: © Anders Petersen.


Para explorar la obra de Anders Petersen:

Deutsche Boerse Photography Foundation: Anders Petersen / «Café Lehmitz»

Porfolio digital autorizado: All About Photo – Anders Petersen

Colección permanente de arte: Moderna Museet Stockholm

Alejandro Eduardo Perdomo

Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo. 

Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente.  Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.

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Alejandro Eduardo Perdomo

Escribo mucho y enseño Historia. Viajo para aprender. 4 libros escritos sobre historia europea.

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