Pinceladas (V): Pfannkuchen y Una madre como otra cualquiera

PINCELADAS: MATERNIDAD

Berlín 2023

Silvia abrió la puerta del cuarto izquierda con la llave. Cargaba dos bolsas de tela llenas de comida; una colgada en cada hombro. Miraba de reojo hacia atrás, asegurándose de que Anton no echaba a correr escaleras abajo. No, esta vez Anton corría escaleras arriba. Había llegado al rellano superior y sonreía, travieso.

-”Vamos, entra”.

Él negaba con la cabeza. “Tú entras, cierras la puerta; yo hago “noc noc”.

No tenía sentido iniciar una batalla. Silvia entró, arrimó la puerta y dejó las bolsas de la compra en el suelo. Sedienta, alargó el brazo buscando alguna de las mil botellas de agua que había dejado abiertas, esparcidas por la casa, y vertió el contenido de media botella dentro de sí de un solo trago.

“Ding dong” sonó el timbre. No abrió la puerta. “¿Y si le dejase fuera? ¿Y si en lugar de abrir, no respondiese?”, pensó por una décima de segundo. Esperó. Sabía que no debía abrir antes de que él tocase la puerta con el puño. Eso rompería el juego de la llegada a casa y el carrusel de llanto empezaría a girar desenfrenado.

“Noc noc, ya estoy aquíííííííííí” dijo una vocecita de duende.

Abrió la puerta y vio su sonrisa diabólica y dulce como una piña madura. Todavía no le llegaba ni a la altura de las caderas. Al recogerle en la Kita había visto marcas de lápiz en las paredes del recibidor. Las educadoras miden a los niños con una cinta métrica y registran su crecimiento en un tramo de la pared. Le enterneció imaginarse a todos los niños en una fila, ladeando sus cabecitas para ver mejor, mientras una educadora -suponía que la más veterana-, llamaba a cada niño por su nombre para anunciar su turno. Imaginaba a Anton acercándose con sus piececitos de chimpancé, mirando hacia arriba. La educadora le diría “Tienes que mirar hacia allí”, señalando al enorme dinosaurio verde de la entrada, y aprovecharía para hacer un rápido trazo con el lápiz. Anton giraría la cabeza de nuevo y diría “Ahora yo”. Entonces trataría de sostener el lápiz por sí mismo, y ella se lo prestaría para que recalcase su propio trazo, y no el de los otros niños. “Así de grande eres tú. Grande hasta el tejado”.

Nunca se le había ocurrido hacer algo así en casa. Algo tan sencillo como un trazo con lápiz en la pared. “Si me tomase el tiempo para hacer eso con él, para explicarle un proyecto conjunto, ¿él me seguiría? ¿Se sentiría visto al fin y participaría, o trataría de pintarrajear las paredes salvajemente, obligándome a forcejear para arrebatarle el lápiz, desesperada? ¿Terminaríamos peleándonos? ”. El niño entró corriendo en el salón con los zapatos puestos. “¡Quítate los zapatos!”, le recordó Silvia… Tenía la sensación de que corría detrás de todo y todos aquel día. Le parecía que sus reacciones y pensamientos llegaban tarde a todas partes. No había cerrado uno y el siguiente se cernía sobre ella como una tormenta de verano. Después de siete repeticiones y una advertencia “ ¡Si sigues así, no habrá postre!”, Anton finalmente se quitó los zapatos y los metió en el cubo de la basura. Se fue corriendo al salón berreando “Mama, mama, mama, mama!”. Repetía su nombre sin parar cuando quería que jugase con él.

“Tengo que hacer la cena. Al terminar de prepararla, jugaremos”. “¿Puedo ayudarte?” le respondió él, con sus ojitos de canica. “Ahora mejor no…”. Necesitaba un rato de soledad junto al fogón; la mente vacía. El niño se coló en sus pensamientos chillando y tirándole del jersey, por entonces ya estirado hasta las rodillas, mientras le pisoteaba la pantuflas: “¡Yo quiero, yo quiero, yo quiero ayudarte! ¡Porfa porfa porfa porfa!”.

Fueron a la cocina. Arrastró una silla, la colocó delante de la encimera y Anton se subió a ella.

“Vamos a hacer Pfannkuchen” (tortitas), le dijo ella.

Pfannkuchen ¡Yujuuuu!” gritó el niño de alegría.

Los huevos ya estaban fuera. Se giró para reunir los demás ingredientes: leche, harina, una pizca de sal… Sacó las varillas de un cajón para batirlos y volvió a acercarse a Anton.

“Primero, batimos los …” Miró el cuenco con enfado. Anton había roto los huevos, reventándolos dentro de sus puños como tomates cherri estallados a mordiscos. Sonreía con los dientes apretados, como un ángel del infierno, y la miraba asintiendo. “Los huevos ya están.”

Las cáscaras de huevo se habían roto en mil pedazos, convirtiéndose en minúsculos barquitos que flotaban sobre las yemas destripadas, inseparables como granos de sal en medio de la arena.

Suspiró con enfado. Fue a sacar más huevos de la nevera. No había más.

Le explicó a Anton que iban a tener que cenar otra cosa. Había roto los huevos y ya no había más. “Te fastidias”, pensó Silvia.

La sonrisa diabólica del niño dio paso a una mueca no menos diabólica. La boca de Anton se abrió en forma de rombo y pudo ver cómo se le agitaba la campanilla poco antes de romper a llorar a todo volumen.

No trató de consolarlo. Le dijo “Ya te expliqué lo que ha pasado” sin gritar, guardando sus últimas reservas de energía entre sus manos como agua en medio del desierto.

Anton lloró y lloró. Quería Pfannkuchen, y lo quería ya. Quería hacerlo él mismo.

Silvia dejó que llorase y llorase. “¿Quieres un abrazo?”, sugirió finalmente. Él la apartó, dándole un bofetón en la cara. “Blöde Mama” (estúpida mamá), dijo.

Eso sí que no. Agarró a Anton por debajo de las axilas y lo llevó en volandas al dormitorio. “¡¡No se pega!!” le riñó. Lo sentó encima de la cama y le dijo que se quedaría ahí un momento, pensando en lo que había hecho.

Anton giró su cuerpo ágil como el de una lagartija y en dos segundos se había escapado al salón. Ambos salieron corriendo por el pasillo, en una persecución sin sentido.

Anton dio un fuerte portazo al entrar al salón con la violencia de una presa contenida; Silvia tropezó con el tendal, tirando toda la ropa limpia al suelo; Anton se enganchó con el cable del módem, arrancándolo; Silvia, con el susto, empalideció y dio un manotazo a la última planta que seguía viva, para luego verla caer a cámara lenta desde la cima de la estantería.

“¡BASTA!” gritó Silvia. “¡Basta, basta, basta, basta!” gritó, como loca, mientras agarró a Anton con fuerza y se lo llevó de vuelta al cuarto.

Anton, pataleando y escurriéndose como una pelota saltarina entre las piernas de los niños en el patio del recreo, se resistía a quedarse en su cuarto. No aceptaba el castigo. Una lluvia de manotazos cayó sobre Silvia, que trataba de sujetarle los brazos, pero él se había convertido en un pulpo de mil tentáculos. El volumen de los gritos y la intensidad de los manotazos aumentó, y Silvia, en el calor de la batalla, se escabulló del dormitorio como pudo y cerró la puerta tras de sí, apoyando su espalda contra ella para que no se abriese.

Respiró hondo tres veces, mientras el pomo subía y bajaba y la puerta rebotaba contra su espalda machacada. Anton intentaba salir del cuarto mientras le chillaba.

Cerró los ojos. Lo visualizó de bebé, entrando en el piso por primera vez. “Esta es tu casa” le susurró con cariño, rozando su nariz con su mejilla. Olía a recién nacido, miraba con atención el contraste de luces y sombras, como cuando abrimos los ojos debajo del agua y la realidad se ondula y ralentiza.

Cerró los ojos para reencontrar ese cariño. ¿Dónde estaba esa delicadeza? “¿Dónde está mi capacidad para cuidarle? ¿Le he agarrado los brazos con demasiada fuerza? ¿Le he hecho daño al alzarlo y sentarlo en la cama?”.

El ruido cesó. Sorprendentemente, Anton había dejado de forcejear y ya no agitaba el pomo de la puerta. Se había tranquilizado. Tomó aire y susurró: “Cariño, siento haberte gritado. Mamá estaba muy nerviosa. Voy a entrar y vamos a hacer Pfannkuchen juntos. Tengo una idea: pediremos huevos a los vecinos”.

Entonces agarró el pomo y vio que no se abría. Lo intentó de nuevo. ¿Había colocado algo delante de la puerta? Empujó con fuerza pero nada ocurría. Golpeó la puerta con el hombro “Anton, ¡Anton! ¡Ábreme la puerta, cariño!”.

Miró por la cerradura para ver si lo veía. No se veía nada. La llave no estaba puesta. Probablemente la había girado en la cerradura y la había sacado después.

Sintió un golpe de calor en el pecho, pinchazos en la sien. Las manos le sudaban. Miró alrededor buscando algún objeto con el que abrir la puerta. Sólo se le ocurrió golpearla con el hombro una y otra vez.

“Anton, ¿estás bien? ¿¿Estás bien?? Contéstame, cariño, por favor”.

Golpeaba la puerta con todas sus fuerzas.

¿Y si había dejado la ventana abierta y él se asomaba? Y aunque estuviese cerrada… ¿Y si él ya era capaz de abrirla? Una ola de sudor frío la recorrió de arriba abajo. Tuvo que quitarse la camisa. Todo le apretaba y le impedía pensar. Se quedó en sujetador y vaqueros.

Tembló. Miró alrededor en busca de una respuesta y vio las llaves en las otras cerraduras. ¿Y si alguna encajaba en la del dormitorio? Sacó la del baño, la del salón, la de la cocina… Encajaban, pero no abrían.

“¿¿Qué hago, qué hago??”. Se sentó en el suelo. Se echó las manos a la cabeza, agarrándose la frente. Quiso llorar pero no le salía, tal era el pánico que sentía.

Se puso en pie, caminando de un lado a otro. ¿Y si todas las puertas de los pisos eran iguales? ¿Y si la llave del dormitorio del tercero encajaba en la del cuarto? ¿Y si todas las llaves de los pisos eran “gemelas”?

“Anton, mamá te va a sacar de ahí. No te muevas, por favor, por favor.”

Agarró el manojo de llaves y se lanzó escaleras abajo, como una avalancha, en dirección a la tercera planta.


Anna acababa de acostar a Filip. El padre, al que el niño no aceptaba a la hora de irse a la cama -”Sólo mamá, mimi…”-, se sentía impotente y se iba a correr alrededor del Hausburgpark cada noche. Daba unas cuantas vueltas al bloque hasta que el niño se había dormido, y volvía a casa, donde se daba una ducha con agua caliente.

En cuanto el niño se durmió, Anna se sentó en la cocina e hizo la lista de la compra para el día siguiente: huevos, leche, avena, mus de manzana, salvaslips… Se sintió cansada. Le picaban los ojos; le dolían las lumbares. Metió una bolsa de semillas en el microondas. Quería sentarse diez minutos en el sofá y darse calor en la espalda.

Había vuelto a trabajar en cuanto había podido. No por falta de ganas de estar con su bebé. Necesitaba salir de casa cada día, saber que una nómina entraría en la cuenta, que había sido fiel a su sentido del trabajo.

Sacó la bolsa de semillas y se fue al salón, donde tres trenecitos de Duplo transportaban canicas a la “isla del mueble de la tele” y los diminutos animales de madera pastaban en “la tierra del ficus”, de la que quedaba más fuera que dentro de la maceta. Se sentó, y mientras el calor le envolvía las lumbares, deslizó una pila de libros de la biblioteca hacia un lado, preguntándose por qué lo hacía. ¿Por qué necesitaba trabajar? ¿Por qué se gastaba su sueldo en niñeras? ¿Era Filip feliz con ellos, con esos padres constantemente al borde de la extenuación?

Anna sentía sus preguntas en sus lumbares, mientras repasaba cada esquina del cuarto con sus ojos, traduciendo las preguntas en planes. “Compraré una cama con un pequeño tobogán para que Filip se mueva más y se anime a caminar. Tengo que recordarle a la niñera que le lleve fruta después de la Kita (=guardería). El pobre está tan hambriento… Y ahora que empieza el buen tiempo, los viernes podrían ir a tomar helado. ¿¿Dónde se ha metido mi marido??”, miraba impaciente su reloj de pulsera.

Tocaron a la puerta “toc toc toc”. No timbraron, sino que tocaron. Su marido debía haberse olvidado las llaves y sabía que el niño estaba dormido. “Al menos ha tenido eso en cuenta” pensó.

Abrió despacio, tratando de no hacer ruido, y vio a Silvia, su vecina del cuarto piso.

¿Cómo podía ser tan desastrosa? Ahí estaba, plantada en sujetador en medio del rellano, con la cara desencajada y un moño mal colocado en lo alto del cráneo, que le daba la apariencia de un ciprés. Además del sujetador llevaba un vaquero de cintura alta y pantuflas rojas de los Angry Birds. El vientre fofo se desparramaba fuera de la cintura del pantalón como la masa de un muffin saliéndose de un molde demasiado pequeño en el horno.

«¿Está todo bien?” le murmuró Anna desde el marco de la puerta, sin atreverse a alzar la voz.

“No”. Silvia ahogó el llanto y contó brevemente cómo Anton se había encerrado en su cuarto. Había girado la llave solo. “No sé qué hacer. Sólo se me ocurre probar si tus llaves encajan en mis cerraduras. Si las llaves de todos los pisos son iguales…”.

Sin decir ni una palabra, Anna asintió. Se enfundó el babyphone en la hebilla del pantalón como un cowboy del lejano oeste, arrancó todas las llaves de sus cerraduras y echó a correr escaleras arriba con las llaves resonando en el portal como el sonajero de un bebé alocado.

Entraron en un piso que parecía un campo de batalla. El recibidor olía a pañales usados, alguien había arrancado el cable del módem, que se extendía como una serpiente a lo largo de la entrada. Del suelo del pasillo apenas se veía un tablón de madera. El resto estaba cubierto por una alfombra de ropa desperdigada y tierra de una planta masacrada como si la hubieran picado mil gallinas hambrientas.

Siguió a Silvia a lo largo del pasillo a medida que esquivaba bragas, camisetas y pijamas de niño, y escuchaba el arenoso crepitar de la tierra bajo sus zapatillas de casa. Durante todo el trayecto, alzaba el manojo de llaves de su piso como una antorcha capaz de iluminar la tenebrosa trinchera en la que esa casa se había convertido.

Ambas mujeres se acercaron a la puerta, e instintivamente, pegaron su oreja a ella.

-”¿Anton, estás ahí?”- preguntó Anna. Silvia ahogó el llanto echándose el pelo hacia atrás con las dos manos.

-”Sí”, respondió el niño. “¿Y mi mamá?”

“Estoy aquí, cariño mío”, dijo su madre, descendiendo a la altura de su hijo como si lo tuviese delante, mientras Anna probaba las llaves en la cerradura, una a una, sin que ninguna funcionase.

Anna negó con la cabeza “No valen”. Silvia dejó caer su cabeza al suelo. La goma del moño se le aflojaba y los mechones le cubrían la frente. El rímel se le había corrido y dibujaba dos regueros grises en sus mejillas enrojecidas. Con cada uno de sus movimientos, las dobleces de la piel de su abdomen temblaban encima del vaquero entallado. “¿No tendrá frío así, en sujetador?”, pensaba Anna.

Aunque no parecía llorar, finas lágrimas se desbordaban de los ojos de Silvia mientras pensaba en alto. “Algo habrá que podamos hacer…”. Se las secaba como el parabrisas de un coche, con movimientos mecánicos que dejaban una estela negruzca alrededor de sus pómulos. A Anna le dio lástima. Lo mismo hubiera podido pasarle a ella. Tenía que guardar esas malditas llaves en una caja antes de que a Filip le diese por alcanzarlas. Lo que no entendía era ese absoluto caos alrededor. ¿Cómo se llega a ese estado de desorden?

“Desmontemos la cerradura”, dijo Anna. “¿Tienes herramientas? Si tienes un destornillador, puedo desmontar la cerradura desde este lado. O las bisagras de la puerta. Si la cerradura no funciona, desmontamos la puerta entera”.

Silvia se llevó las manos a la cara “Ich glaube, ich spinne” (creo que voy a enloquecer) dijo en voz alta, mirando dudosa hacia los lados. “La caja está ahí dentro”, señaló la puerta de una alacena, y rendida, pegó la frente a la cerradura de la puerta tras la que su hijo era prisionero.

Anna se metió en la alacena y buscó destornilladores de estrella. Sacó tres de tamaños diferentes, un alicates y un martillo por si había que echar la puerta abajo. Mientras lo revolvía todo, oía los susurros lastimosos y dulces de Silvia arrodillada en el suelo, explicándole a su hijo que si encajaba la llave de nuevo y la giraba un poquito, mamá podría abrazarlo y ayudarle a terminar el Pfannkuchen que le había prometido que harían juntos. Lo repetía una y otra vez, suave como un cántico, casi un rezo, postrada en el reclinatorio de una iglesia secreta, invocando al dios de la complicidad entre madres e hijos. Las lágrimas seguían fluyendo por el rabillo de sus ojos sin alterar lo más mínimo el tono de su voz, que susurraba y susurraba y se había reducido a un fino hilo de miel colándose por el ojo de la cerradura.

Cuando Anna cerró la puerta de la alacena, armada hasta los dientes con instrumentos de bricolaje, preparada para echar abajo el edificio y rescatar a ese niño encerrado como fuera, se encontró la puerta del cuarto abierta. Silvia lloraba silenciosamente, esta vez de alegría, con la serenidad que sólo una madre puede irradiar al sostener a su bebé en brazos por primera vez tras veinticuatro horas de parto. Acariciaba y besaba a Anton en la sien. Él había apoyado su cabecita sobre las piernas de su mamá y se dejaba querer; emitía soniditos de bebé. Poco después miró a Anna con sus grandes e inocentes ojos y le dijo, orgulloso “Pusí* la llave y abrí yo solito porque soy grande, grande hasta el tejado”.

“Grande hasta el tejado”, asintió Anna, conmovida, dejando caer el destornillador sobre una pila de ropa de cama, para luego abandonar las ruinas de esa guerra ajena, rumbo a su hijo y a su marido, que probablemente ni se habrían percatado de su ausencia.


Sara Sarmiento es gallega y reside en Berlín. Es artista de corazón, pero en la práctica ha trabajado como coordinadora de efectos visuales durante los últimos trece años en Berlín.  Nació en Ourense, Galicia, estudió comunicación audiovisual y también se ha formado para enseñar alemán a extranjeros. En su tiempo libre canta en la ducha, lee obsesivamente, escribe a escondidas y rehace el mundo cada día junto a su hijo de tres años.


Colaboradores de DESBANDADA

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