Un relato corto de Sebastián Trujillo
La lluvia escurría en la ventana. El agua, alumbrada por los faroles, flotaba un instante en pedacitos de líneas doradas. Luego caía oscura, una y otra vez, sobre el asfalto de la calle.El cielo estaba tejido en telarañas de cables. De los cables pendían, crucificados, un par de tacones estropeados, de mujer. Distante en el horizonte viajaba el tren de la metrópoli.
Durante mucho tiempo ese sitio de la ciudad había sido tiranizado con el filo de su navaja. El Asesino emulaba el aspecto extravagante de un pirata y artista delinquiendo en ultramar. Le faltaba el ojo izquierdo, la pierna derecha. Tenía la piel bronceada; tatuada de caras lagrimando, batallas a muerte, pornografía. En el pecho: un chiquillo, a la proa de un velero, buscando con la mirada una estrella en las alturas.
Dio un puñetazo a la ventana. El vidrio estalló, regando la superficie de migajas de sangre. “Maldita sea”, dijo, dejando al descubierto lo único que tenía en la boca: dos colmillos amarillos en la parte superior. Los piojos danzaban en sus trenzas de plata. Apretó con los labios el tabaco humeante de los indios.

En el centro del dormitorio, detrás de él, un círculo de fuego se formó a sí mismo. Entonces viajaron en la atmósfera canciones tristes, el ruido de dientes reventándose al morder. Pero, de lo más llamativo, resultaron las diversas voces en pena resonando en el fenómeno del eco. Se trataba de las voces de los “hijos de perra” liquidados en los años del yugo.
Reclamaban su presencia en el infierno. El corazón empezó a latirle con tanta fuerza que creyó iba a destrozarle el tórax para escapar y palpitar en el piso. Allí, frente al agujero del cristal, proyectó la imagen de un cuerpo marchito, de chatarra.
-¡Eh, Asesino! ¡Somos nosotros! -repitió el eco.
Éste giró y comprobó que todo lo audible provenía del círculo en llamas.
-¡Por Satán! -gritó.
Bebió el ron de la botella conquistada a puñal mientras bailaba con el diablo en el salón de una taberna.
-Somos los hijos de perra, Asesino. Oh, sí. ¡Y tu alma todavía vive!
Lo último le intimidó de tal manera que sintió, por primera vez en su endemoniado camino, llevar en las entrañas un prisionero inocente. El Asesino vio, pues, un teatro de fuego reproducir sus crímenes de antaño. Contemplaba horrorizado los rostros sufrientes de los hijos de perra atravesados por su navaja.
Se le abrió el pecho. El cautivo dobló los barrotes de la cárcel. Hasta romperlos. El corazón cayó al piso y palpitó burdamente. Después apareció el chiquillo tatuado de su piel. Era un niño exageradamente bello cuyos pies no tocaban el suelo.
Una penumbra intensa escondió el dormitorio, el círculo. El chiquillo, sin embargo, resplandecía como el rayo en la tormenta. Era la parte buena liberada del Asesino. Oh, sí. ¡Era su Alma!
Conservaba los recuerdos de los actos tenebrosos cometidos por su lado maligno. Lloró perlas. Extendió la mano en la terrible oscuridad. La agitó e imaginó la existencia que siempre debió ser: El Artista del Sueño. Dibujó mariposas de neón que, igual al milagro, se encarnaban y volaban alrededor. Chispeaban en su propia luz. Toda su inspiración cobraba vida. Semejaba la visión de un dios nunca visto. Resucitó las víctimas con su mano llena de poder.
Se inclinó ante ellos y suplicó perdón. Los resucitados largaron por la ventana, entonando cánticos de alegría. El chiquillo diseñó un velero. Navegó el cielo del barrio de bandidos, junkies y putas. De repente cayó en la calle, con una constelación hermosa metiéndosele en el pecho. Sus pies tocaron el asfalto. Había vuelto a nacer. Oh, sí. Libre y eterno hasta el fin del mundo.


Sebastián Trujillo Sanclemente es comunicador social y periodista con énfasis en prensa, egresado de la Universidad Sergio Arboleda, Colombia. Nació en 1993 en Barranquilla. Trabajó en seguimiento.co, periódico virtual de Santa Marta, Colombia. Después de su estancia en Berlín, vuelve a vivir Colombia, desde donde continúa su colaboración con la revista Desbandada.
