Algunas precisiones sobre Voces periféricas

Enrique D. Zattara, escritor y crítico literario, co-fundador de Ediciones Equidistancias

No quiero empezar este artículo sin manifestar mi agradecimiento -y el de los que tenemos que ver de un modo u otro con la antología Voces periféricas– por el apoyo que Desbandada ha dado a esta iniciativa. Y agregar que la nota publicada recientemente sobre el particular, firmada por Iñaki Tarrés, es un ejemplo de lo que debe ser la difusión del arte literario: no una mera mostración, sino la apertura de un debate permanente sobre la literatura y sus condiciones de posibilidad. Por eso, me pareció justo ser el primero en sumarme a ese debate, analizando algunos puntos de su nota que me resultaron especialmente relevantes.

En un lanzamiento editorial como éste, parece inevitable introducir la polémica sobre la cuestión “identitaria” de la literatura, un tema que no se inicia a partir del remanido “boom latinoamericano” de los 70 sino que reconoce prestigiosos antecedentes como aquel artículo borgiano (“El escritor argentino y la tradición”) de los años 30. A partir de los 80, estigmatizar el concepto de “literatura latinoamericana” fue una manera de rechazar la imposición del mercado que prácticamente “obligaba” a todos los escritores de la región a escribir “realismo mágico”. Fue una reacción positiva, sin duda, pero me temo que -como dicen los ingleses- corre el riesgo de “tirar al niño junto con el agua sucia”. Detengámonos por un momento en esto.

En un artículo reciente yo mismo me preguntaba: “¿qué tienen en común las novelas de García Márquez, Julio Cortázar y Vargas Llosa, los tres máximos representantes del llamado “boom latinoamericano”? Literariamente, prácticamente nada. Sin embargo, nadie podrá negar que los tres participan de ciertas condiciones extraliterarias epocales (políticas, identitarias e incluso editoriales) que dan sentido a que la crítica las haya colocado en la misma estantería”. No tengo ninguna duda al respecto: los países de Latinoamérica, desde México a Tierra del Fuego, comparten (y siguen compartiendo) una historia común desde su pasado colonial, sus luchas de liberación, buena parte de sus tradiciones, y fundamentalmente, sus problemas. Y dicho sea de paso, tienen los mismos enemigos. Que eso signifique que sus escritores deban hacer indigenismo, literatura gauchesca o -ya que estamos- realismo mágico, es una tontería que desde luego nadie en su sano juicio piensa. La identificación primordial no implica reglas ni dogmas, pero sí implica una base cultural innegable que nos une, y que empieza en el pasado colonial. Y sigue haciéndolo cuando emigramos a los llamados “países centrales”. Y en ese sentido, creo, no es igual ser latinoamericano que español, aunque el idioma sea -en principio- el mismo (y digo “en principio”, para no soslayar -aunque no sea el tema hoy- las notables diferencias regionales que tanto complican la vida a los traductores).

Pero he aquí que llega el otro asunto: ¿qué pasa con los latinoamericanos que no hablan en español? En primer lugar, me gustaría dejar sentado que lo latinoamericano no es una identificación geográfica: el Caribe angloparlante no es Latinoamérica, por mucho que les venga bien a los cazadores de subvenciones políticamente correctas -al menos por estas tierras británicas-. Por tanto, además de limitados enclaves francófonos (Haití o Guyana), la otra gran lengua latinoamericana es el portugués, aunque se hable solo en Brasil. ¿Por qué no hemos incluido poetas brasileños en las dos antologías que llevamos editadas hasta el momento (Reino Unido y Alemania)? Es una omisión consciente: desde que fundamos Equidistancias, manifestamos que nuestras colecciones darían voz a “la gran cantidad de escritores de habla castellana que han elegido vivir en culturas diferentes a la propia”. De hecho, entre nuestros autores figuran numerosos españoles que viven en otros países. También es una realidad que los poetas brasileños migrantes y los americanos de habla castellana, pocas veces coinciden en sus experiencias literarias (no es frecuente, por ejemplo, que en una lectura poética haya poetas de ambas lenguas).

Resumiendo: si hemos elegido este recorte, es porque creemos que, si bien nuestra identidad editorial se basa en la lengua castellana (y por eso no partimos de textos escritos en portugués, por ejemplo), la experiencia de inmigración y las tradiciones culturales de españoles y americanos son diferentes. Ya llegará, sin duda, la antología española.

A decir verdad, el verdadero dilema es más profundo, e incluso va en sentido contrario al que se plantea en la nota de Desbandada. ¿Existe una literatura latinoamericana o existe una argentina, una chilena, una mexicana, etc? Recientemente me encontré con una “antología de poetas amazónicos”, que naturalmente abarcaba a brasileños, peruanos, colombianos y otros. El mexicano Volpi ya decía, en El insomnio de Bolívar, que recién se enteró de que era un “escritor latinoamericano” cuando estudiaba en la Universidad de Salamanca. No quiero alargar demasiado esta cuestión: solo diré (y es una opinión personal) que negar la especificidad de un espacio cultural latinoamericano, puede resultar una forma involuntaria (o no) de negar las diferencias entre los países coloniales y los colonizados, unas diferencias que -en medio de esta recolonización falazmente bautizada globalización– no solo persisten sino que aumentan día a día.

De algún modo en el contexto de esta misma polémica puede discutirse el título del libro. Quizás la elección más adecuada hubiera sido “Voces activistas”, pero nos pareció que la palabra “activista” en el imaginario común suena demasiado relacionada con la actividad política, y el “activismo” del que Timo Berger habla en la Introducción no se refiere a eso. Lo de “periféricas”, por lo tanto, remite no al origen geográfico de los poetas antologados, sino a su ubicación en el campo cultural en el que realizan su experiencia creativa: y en ese sentido, toda producción en una lengua que no es la local, está condenada a ser periférica.

Enrique Zattara en la presentación de la antología en el Instituto Cervantes de Berlín.

Periféricas o no, a nuestras experiencias literarias creativas les es difícil prescindir del pasado en el que nos hemos criado, pero también de la influencia de las nuevas experiencias vitales y culturales que estamos experimentando.  Suscribiría, por lo tanto, el pensamiento del autor de la nota de Desbandada, cuando afirma que: “Hay claves en lo que escribimos que solo podemos interpretar nosotros, la poesía que estamos escribiendo o escuchando no podríamos haberla escrito o escuchado en nuestros países, supone un proceso de revisión de la identidad como poeta, de los procesos creativos, de los autores de referencia, de la relación con la palabra, de la relación con los que reciben la poesía, que no son ya lectores sino, como veremos más adelante, espectadores, y esa forma de difusión influye, o debería influir también, en el propio proceso creativo y en la obra generada”.

El subrayado es mío, porque es precisamente en ese punto donde se me generan severas dudas, al menos si me remito a mi experiencia de estos años en el Reino Unido: ¿no deberíamos ser más cuidadosos con “esas formas de difusión”, que -al menos en mi experiencia británica- deriva hacia la performance que impone a menudo valoraciones extraliterarias que distorsionan el concepto de poesía? En todo caso, dejo el debate abierto o, usando una metáfora futbolera: les dejo el balón picando en el área.

Colaboradores de DESBANDADA

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