¡Bim Bam!

Mi madre va a casarse con el presidente del club de Los Leones. Mi padre no tiene trabajo y vive desde hace meses conmigo. Sigue empeñado en recuperar a mi madre, pero no tiene ni idea de la boda, y aunque lo supiera, si quisiera dar batalla dudo mucho que pudiera. En su estado actual no es capaz ni de levantar el control de la tele cuando se le cae al suelo. Se limita a mirarlo, con la mano abierta y vencida, pronunciando en voz alta la palabra que le repetía a mi madre cuando lo dejó.

En mi refrigerador hay verdura, pechugas de pollo y semen de caballo. La verdura es mía, soy vegetariana. Las pechugas son de mi padre. Dice que podría comerlas todos los días. Y lo hace. El semen de caballo lo mantiene a una temperatura de entre 5°C y 7°C. Tal vez debería vender los botes y sacar algo de money, pero está aferrado a la convicción de que viajará a China para clonar a sus caballos. No sé de dónde sacó la idea, seguramente de la televisión. Mi madre adoraba esos caballos. En las siete hectáreas de la granja de Brandenburg vivían cuarenta y tres animales. Mi madre bautizó y nombró a cada uno de ellos. Los quería. Pero sobre todo amaba a Rufus. No paro de escuchar a mi padre decir que el primer paso para recuperar la vida que teníamos es conseguir un pastor alemán con pedigrí, un perro nice, un perro idéntico a Rufus. Me molesta bastante que diga estas cosas, que hable de Rufus como si hubiera muerto, o yo qué sé. Aunque en algo tiene razón, para recuperar la vida que teníamos por alguna parte hay que comenzar.

Lo que hago es buscar al ciego y al perro en el parque de la Hertzbergstraße. Hay un montón de viento, húmedo y rápido, como de cementerio. Los cipreses se mueven hacia un lado, doblándose, las ramas más débiles salen volando y chocan contra unos columpios. El sonido que hacen al quebrarse da un poco de miedo. Las mesas de cemento de la zona de pícnic están vacías. Detrás, en la colina, es fácil reconocer al ciego sobre el respaldo de un banco, sentado en plan soy el fucking jefe. Eso me irrita. El perro está tirado en el asiento, recargando la cabeza en la pierna del ciego. Eso me irrita más. Frente a ellos hay un tipo que estira el brazo. Sé que se trata de dinero. El ciego lo recibe, lo palpa, sonríe. Después levanta el brazo derecho y da un silbido. Las orejas del perro se levantan, luego se pone de pie y salta encima de unos matorrales. Regresa con un paquete en el hocico. El ciego hace otra señal con la mano, el perro tiene permiso de entregarle el paquete al tipo.

Me lo cruzo colina arriba. La verdad es que el tipo del paquete da un poco de yuyu. Sujeto el bolso con fuerza, por nada del mundo puedo perderlo ahora. Es vital para recuperar la vida que teníamos. En vez de serpentear por el camino de piedras subo en línea recta, entre los arbustos. Nunca me ha gustado la oficialidad de los caminos.

Arriba, en la colina, el viento sacude las ramas finas de un sauce como si despeinara una melena. Un relámpago ilumina el banco donde están el perro y el ciego y, por un instante, la capa gris que envuelve al parque desaparece. Llega el retumbar. Unas gotas frías me refrescan la coronilla. Me detengo para sacudirme, y en eso, el ciego mueve la cabeza hacia mí, como si pudiera verme.

–Hola, Helenita, hace rato que no te pasas por acá.

No le contesto. En parte porque sigo con cara de WTF de cómo pudo reconocerme, en parte, también, porque todo su ser desprende un aura libidinosa que da bastante repelús. El perro levanta la cabeza, la ladea, deja escapar un suspiro. Sé que me reconoce. Cutie. Muevo la mano para saludarlo. Quiero que venga, que se me enrolle en las piernas y me lama, como antes. En vez de eso, chupa la mano del ciego. Puede que lo mejor sea que me vaya a casa a cuidar de mi padre. Pero sería un downer volver con las manos vacías. Rufus. Digo ese nombre y el perro saca la lengua.

Abro el bolso para verificar que todo esté en orden. Saco la zanahoria y, como si estuviera en una película, digo:

–Traigo el dinero del perro, fucking ciego.

Sus ojos parecen normales a primera vista, como los de todos, pero si te fijas bien te das cuenta de que el iris es demasiado blanco y que las pupilas se mueven en sus propias órbitas sin mantenerse en su sitio, como si estuvieran excitadas. Uff, es algo espantoso.

–Ay, güerita –dice–, qué bueno echarte un ojito por aquí, jajaja. Acuérdate bien, princess, estamos a mano.

El viento arrecia. Tira un basurero al suelo, arrastra unos platos de cartón, los eleva en un remolino de polvo. La lluvia se suelta. Las gotas son grandes y gordas, canicas que caen con velocidad y chocan contra nosotros. Rufus deja escapar un gemidito. Sé que odia el agua. Miro alrededor en busca de un refugio; apunto con la zanahoria hacia un sauce. El único que mira dónde señalo es Rufus, pero no mueve ni una pata.

–Vamos debajo del sauce ese o vamos a terminar empapados –digo.

–Uuy, uuy, uuy, tss, tsss, te sabes los nombres de los árboles y todo. Siempre me has gustado porque eres fina.

Dice todo esto dibujando con las manos cada palabra en el aire, incluidos los sonidos asquerosos.

–A ver, no se trata de algo difícil. Es un sauce. Solo hace falta tener ojos para reconocerlos.

Nada más acabar la frase me siento horrible por lo que acabo de decir.

Las gotas se filtran entre las ramas del sauce. No son muchas, las suficientes como para asustar a Rufus. Cuando llovía, solía esconderse bajo la cama de mis padres. Salía solo si pasaba la tormenta.

Agarro el bolso y lo tiro con fuerza a las piernas del ciego. Él se soba la espinilla, pero no lo recoge.

–Es más de lo que nos diste. Necesito a Rufus de vuelta.

–Uy, uyy, uyyy, princess, ladras más que mi Bim Bam –dice acariciando a Rufus–. Este asunto es refácil. Pagué por él. Bim Bam es mi visión.

Remata las últimas palabras haciendo un triángulo a la altura de sus ojos. Son manos elegantes, cuidadas, de dedos jóvenes. No entiendo cómo pueden pertenecer a un mismo cuerpo esas manos que lo dicen todo y esos ojos que no dicen nada.

A Rufus le caen unas gotas por la frente. Estiro los dedos para espantárselas. Pero se echa para atrás, se las sacude sin mi ayuda. Me pongo en cuclillas y coloco la zanahoria sobre la palma de la mano. Le digo que me mire, que soy yo, soy yo, Helena, tonto, que sé que le chiflan las zanahorias. Rufus da unos pasos hacia adelante. Arrima el hocico afilado, está oliéndola. Saca la lengua y da una lamidita. Puedo ver en sus ojos que lo he recuperado. Alargo la otra mano, muy despacio. Lo acaricio lentamente en la frente, donde sé que le gusta que lo rasquen, y aprovecho para ponerle la zanahoria en el hocico. La muerde, craj, craj, pienso en la palabra que mi padre repetía en voz alta cuando mi madre le dejó, craj, craj, e imagino la alegría de ver a Rufus jugar en el jardín, craj, craj, y creo, de verdad, que vamos a recuperar a mi madre, craj, craj, y que la vida que teníamos no está perdida.

–¡Bim Bam! –grita el ciego.

Rufus deja caer la zanahoria al suelo. Se sienta sobre las patas traseras, las orejas levantadas, el cuello girado hacia el ciego. Voy a recoger la zanahoria e intentarlo de nuevo, pero el ciego patea el bolso hacia mí. Luego alza la mano derecha. La abre y la cierra, tres veces. Rufus me gruñe. Rufus encrespa el lomo, dorado y negro. Rufus me enseña los dientes. Bim Bam se abalanza con el hocico abierto. Instintivamente cierro los ojos y me protejo la cara, aunque lo hago tarde. La mordida es limpia. Me acerco los dedos a la mejilla, los sostengo frente a los ojos. Están pintados de rojo. Bim Bam se sienta delante del ciego, el lomo erizado, las orejas aún alerta. La expresión inerte del ciego cambia, empieza a partirse de risa. El eco de su carcajada resuena alrededor más que un trueno. Levanto el bolso del suelo y corro hacia la lluvia, colina abajo, abriéndome paso entre los arbustos, repitiendo la palabra que mi padre decía cuando mi madre lo dejó: regresa, regresa, regresa.

Pedro Moya González (Jerez, 1988). Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Bellas Artes de Sevilla. Completé mis estudios en la Escola Joso de Barcelona, donde me especialicé en cómic e ilustración. En los últimos años, como dibujante de cómic, he estado dibujando para la serie de Schleich GmbH Horse Club, publicados en la revista Horse Club Magazine por la editorial Blue Ocean Entertainment. Como ilustrador de libros infantiles y juveniles, he publicado La Historia de Iqbal para la colección de El Barco de Vapor de la editorial SM. Mi trabajo ha sido publicado en portadas de libros, en la revista Man of the World n°10, periódicos, fanzines y en la película Cómo superar una ruptura en Netflix. He sido premiado en varios certámenes de cómic e ilustración, he participado en exposiciones colectivas de pintura e ilustración en Barcelona, Sevilla, Cádiz y Jerez de la Frontera; y he sido entrevistado en el documental Vivir para dibujar, dibujar para vivir.  Website:  https://pedromoyaglez.com / Online store: https://pedromoyaglez.bigcartel.com


J. A. Menéndez-Conde

Nació en Tlaquepaque, Guadalajara, en 1984. Ha vivido en México, El Salvador, España y Alemania. Ha trabajado brevemente en todos los empleos del mundo: ha sido abogado, telefonista de un call center, asistente de artistas plásticos, panadero, art handler en galerías de arte contemporáneo.Asistió al taller de la escritora Samanta Schweblin durante cuatro años. En 2022 debutó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara con su primera novela, Huesos de bolsillo.

weRstories es un Laboratorio de Arte & Literatura y una Editorial independiente con sede en Berlín. Su misión es publicar y promover arte y literatura de alta calidad en castellano, italiano e inglés: la idea es dar voz y visibilidad a algunas de las vibrantes comunidades no autóctonas que se han instalado en Alemania, y que han tomado una importante presencia en el país.


pedromoyaglez

2 comentarios sobre “¡Bim Bam!

  1. Gracias por el adelanto del libro. Me atrapó y ahora quiero seguir leyéndolo.
    También la ilustración clase A!

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