Valor y precio de la naturaleza

En la sociedad capitalista todo tiene un precio. En ocasiones, el coste de la vida humana se mide en función del coste del tratamiento de su enfermedad. Así, se puede asumir un coste de decenas de miles de euros para tratar una enfermedad en un país rico, mientras que en otros países personas mueren por no tener acceso a agua potable, cuyo coste per cápita no llega a un par de euros. El precio es, por tanto, un número marcado por el sistema capitalista en el que vivimos.

©christels/Pixnio

Algo muy parecido ocurre con la naturaleza, o los recursos naturales. Pongamos como ejemplo un bosque. ¿Cuál es su precio? Hasta ahora, para el sistema capitalista, el precio de un bosque está relacionado con el beneficio que se obtiene de vender la madera que produce. Pero tú, que estás leyendo estas líneas, te preguntarás, ¿qué ocurre con otros beneficios que nos reportan los bosques, y los ecosistemas en general (denominados en el argot científico como “servicios ecosistémicos”), como por ejemplo la retirada de CO2 de la atmósfera, la biodiversidad que albergan, o el simple placer que te produce dar un paseo  y adentrarte en él? Aquí llega el momento en el que hay que distinguir entre valor y precio.

El valor puede tener un carácter objetivo, pero en muchos casos implica una alta subjetividad. Sigamos con el ejemplo del bosque. Si pasamos una encuesta a una población que habita al lado de ese bosque y le preguntásemos que en una escala de 0 a 5 valorasen cada uno de los “servicios ecosistémicos” que proporciona ese bosque, nos encontraríamos con diferencias muy grandes. Para algunos es más importante la obtención de madera, mientras que para otros tendría más valor el simple hecho de poder contemplar ese bosque desde su casa o de dar un paseo a través de él. Sin embargo, para un ecólogo podría ser más valiosa la biodiversidad asociada al bosque, o el hecho de que reduzca la erosión en una montaña. Incluso, para algunos, la razón de la conservación de ese bosque es por el simple hecho de formar parte de este planeta, por el mero hecho de existir. Es lo que se denomina como valor de existencia.

Esto que parece muy teórico, no lo es tanto. Supongamos que un pirómano incendia el bosque, y la ley le obliga a reparar el daño causado. La legislación de la Unión Europea nos dice que “el que contamina, paga y repara”. Pero, ¿qué tiene que pagar exactamente? ¿Qué daños se tienen en cuenta? ¿Qué ocurre con los efectos a largo plazo? Podríamos pasar una encuesta a la población para que valorase la pérdida en la escala numérica 0 – 5 y, a su vez, pedirle a los científicos una valoración de los impactos negativos que se han producido. Después de todo ello llegaríamos a un valor promedio en esa escala, que tendría en cuenta aspectos sociales y ambientales de las distintas personas afectadas. Se trataría, pues, de un valor en esa escala, pero sin ningún precio o valoración económica asociada.

Pongamos un ejemplo todavía más cercano. Un espacio abandonado en Berlín que tiene la opción de transformarse en un edificio de viviendas para ser vendidas o en un huerto urbano. ¿Cuál de las dos opciones genera más beneficio? Intentemos valorarlo. Está claro que el valor del bloque de viviendas equivale al precio de mercado de éstas, que por cierto sería bastante elevado. Un economista te diría que el precio del huerto corresponde al precio del terreno sumado al de los alimentos que ahí se producen. Por lo tanto, es de esperar que el beneficio estimado fuera mucho más bajo que en el caso del bloque de viviendas. Sin embargo, si adoptamos una perspectiva socio-ecológica veremos que los beneficios (o servicios ecosistémicos) que proporciona ese huerto son muchos más. Por ejemplo, ¿cuál es el precio de pasar una tarde en un huerto urbano en medio de la ciudad colaborando en las tareas, aprendiendo agroecología y quizá evadirte de tus problemas? ¿Cómo poner precio a la adquisición de conocimiento campesino o la mejora del bienestar físico y emocional?

La ciencia tiene mecanismos para hacer este tipo de valoraciones. Sin embargo, las autoridades políticas nunca acuden a ellos. Mientas que por un lado tratan de decirnos que todo tiene que ser “clima-neutral”, “verde” y demás greenwashing, la realidad es que en su gran mayoría continúan vendiendo la ciudad a los especuladores, reduciendo los espacios verdes o evitando su crecimiento. Para conseguir ciudades sostenibles, y en último término un sistema sostenible, necesitamos cambiar nuestro sistema de medida. De la misma forma que nos parece absurdo medir volúmenes con una báscula, igual de sinsentido debería parecernos valorar un huerto urbano o un espacio verde en euros. La pregunta es, si el cambio en el sistema de medida es compatible con el sistema capitalista.

Foto de portada ©Adam Vradenburg/ Unsplash

José Luis Vicente Vicente

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