Club de Debate: El miedo

El viernes 17 de abril tuvo lugar otro de los ya míticos debates de la revista Desbandada. En contra de nuestra costumbre nos vimos obligados a organizarlo por zoom, lo cual nos privó de la satisfacción del contacto presencial, corpóreo y físico, táctil y olfativo, con la gente, pero permitió que, por primera vez, pudiese participar gente más allá de Berlin, lo cual nos regocija.

Librería La Escalera
Dirige: Germán Restrepo

El tema se nos impuso: el miedo

El miedo es uno de los temas basales de la humanidad y, en mi opinión, el verdadero virus de esta pandemia.

Dicen que somos capaces de hacer cualquier cosa por amor, pero lo que verdaderamente nos moviliza -y paraliza- es, en realidad, la necesidad de evitar el miedo: es para no sentir miedo que somos capaces de cualquier cosa, y allí donde hay demasiado miedo, el amor pasa a un segundo plano. A la vista está.

El miedo es un sentimiento universal y necesario pues su función es avisarnos de potenciales peligros. Pero, por desgracia, es también susceptible de amplificarse, convirtiéndose en pánico, y de generalizarse a objetos inocuos, de modo que al final acaba siendo él mismo el problema. El miedo es un sentimiento universal pero el objeto del miedo es arbitrario; podemos temer prácticamente a cualquier cosa.

Solo hay un miedo que todos compartimos: el miedo a la muerte. Cuando los niños toman conciencia de que sus seres queridos van a morir (entre los 4 y los 5 años) comienzan las pesadillas y las preguntas incómodas a los padres. Incómodas porque preferiríamos no contestar.

Hoy el miedo a la muerte ha emergido con la fuerza con la que suele emerger lo largamente reprimido y se ha materializado en el miedo al contagio.

©Roberto Calvo

Hoy tenemos miedo a contagiarnos y más aun tememos contagiar a otros (y hacernos responsables de su muerte).

En el clásico, aunque poco leído actualmente, “Formas básicas de la angustia”, Fritz Rieman relacionaba la personalidad con los miedos imperantes. En las personas esquizoides, que tienden a mantenerse a una distancia prudente de los demás, predomina el miedo a la entrega, a diluirse en el otro, a depender de él. En la personalidad depresiva, el temor es a expresarme, a decir lo que pienso, a confrontar un conflicto que puede implicar rechazo y abandono. Por su parte los obsesivos sienten un miedo generalizado a cualquier cambio, a la incertidumbre, a lo efímero. Y por ende, estarían los histéricos con miedo a lo definitivo, lo estático, la falta de libertad y de opciones y ….al aburrimiento.

¿Qué es el miedo?

Según el diccionario, una sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario, un sentimiento de desconfianza que impulsa a creer que ocurrirá un hecho contrario a lo que se desea. Cuando sentimos miedo nos invade una sensación de falta o pérdida de control.

El miedo forma parte de nuestra vida y la historia de la humanidad puede leerse como un intento de lidiar con este sentimiento. Magia, Religión y Ciencia son algunos de los sistemas que el humano ha inventado para ello. Existen diversas palabras para describir este sentimiento: respeto, pánico, angustia, ansiedad o estrés. Este último, el estrés, es quizás el más utilizado actualmente, tanto, que ya lo hemos desvirtuado y ni siquiera lo relacionamos con el miedo.

Sin embargo, aunque no seamos conscientes de ello, cuando decimos “tengo estrés” estamos diciendo: tengo miedo. Tendemos a relacionar este sentimiento con la sensación de prisa o de tener demasiadas cosas que hacer. Pero también la gente parada, que no tiene nada que hacer o que se pasa el día jugando a videojuegos, se siente estresada.

Pues más que la cantidad de trabajo, lo que nos estresa -en la actualidad- es el miedo crónico a fracasar, a no ser suficiente. A ser juzgados de forma negativa por el prójimo.

©Roberto Calvo

El Burn out, resultado de una vida con demasiado estrés, no resulta de la cantidad de trabajo, sino de la sensación subjetiva que tenemos con respecto a nosotros mismos y a los demás. Es la “presión de rendimiento” la que hoy en día hemos interiorizado de forma que no necesitamos a nadie de fuera, nos auto explotamos solos y el miedo que subyace es el miedo al fracaso, a no ser suficientes ni reconocidos por los demás.

¿Vale la pena? Nos preguntamos. Y una participante del debate emitido desde La Escalera respondía que ya ni nos lo preguntamos, pues vivimos bajo una suerte de anestesia general.

Con respecto al objeto del miedo, en la historia de la humanidad se ha producido un desplazamiento interesante. Hemos pasado de temer a la naturaleza, como última Gran amenaza para nuestra vida, a temer a los humano. Hoy basta salir a la calle para ver, en las caras de los otros, que provocamos miedo. Pues hoy, desde la perspectiva del otro yo soy, ante todo, una fuente de contagio. Aunque bien mirado, como apuntó alguien, no ha habido tal desplazamiento; seguimos temiendo a la naturaleza, a la humana.

©Roberto Calvo

Hoy el enemigo, que comenzó siendo el virus, se ha antropomorfizado pasando a ser, según preferencias; el vecino que no aplaude, el madrileño que osa acercarse a nuestras costas, el chino, el asintomático, el mendigo o la enfermera que llena cada día nuestro edificio de gérmenes frescos.

Todo subterfugios de nuestro miedo a lo que nos es ajeno. Al extranjero simbólico.

©Roberto Calvo

Desde Freud sabemos que “no somos dueños en nuestra propia casa”, es decir, no nos conocemos. No somos conscientes de la mayor parte de nuestras percepciones, sensaciones y miedos. Pues son inconsciente y suceden al margen de nuestra voluntad, y además, nos avergonzamos de ellas y tendemos a esconderlas, disfrazarlas, racionalizarlas, sublimarlas y -el favorito- proyectarlas en los demás.

Para ello nos servimos del lenguaje, que nos permite perfeccionar la mentira y el autoengaño, para presentarnos hacia fuera del mejor modo posible.

¿Quién creería, si no tuviésemos lenguaje, que los aplausos que resuenan en los balcones a las ocho de la noche van dirigidos al personal sanitario?

El miedo nos hace temer a la autoridad que lo provoca. Incapaces de enfrentarnos a ella, por percibir una distancia demasiado grande entre sus recursos y los nuestros, nos sometemos voluntariamente, pues así al menos no tenemos la sensación de haber sido atropellados en nuestros derechos.

Si nos sometemos voluntariamente al menos no hay atropello.

©Roberto Calvo

De este modo se relacionan miedo y la culpa. La culpa es el sentimiento crónico de que puedo mejorar, optimizarme para recibir, en algún momento, la gracia de la instancia autoritaria, que es también la que se percibe como protectora. Hoy no es la iglesia la que juega con nuestra culpa.

¿Quién es hoy esa autoridad que no cuestionamos?

Desde los juicios de Nuremberg, deberíamos saber de lo que somos capaces de hacer por miedo a la autoridad. Los espeluznantes y ya clásicos experimentos de Milgram y Standford matizaron; el sometimiento, la obediencia ciega y la pérdida de empatía ante el miedo a la autoridad no eran patrimonio cultural.

Hoy Alemania está siendo uno de los países menos extremos a la hora de aplicar las medidas restrictivas y yo me pregunto si esto se debe al recuerdo, demasiado presente, de su historia reciente. Un participante en el debate por zoom apuntaba: quizás son los efectos positivos del miedo. ¿El miedo a repetir la historia?

Y hablando de miedo, ¿qué dice la psiquiatría? Hace unos años un grupo de expertos debatían sobre la superfluidad del trastorno narcisista de la personalidad -demasiados afectados, y demasiado exitosos ellos- como para seguir considerándolo un trastorno. Y es que los trastornos no son categorías ontológicas, sino que son definidas socialmente en base a una norma que nadie sabe localizar y que va mutando a través del tiempo.

Hoy esta a punto de ocurrir lo mismo ante un trastorno de ansiedad. Y es que la sociedad entera ha caído en un TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) de limpieza y, si estas actitudes se mantienen, como algunos parecen desear, abogo porque este trastorno sea eliminado del DSM.

Aunque deberíamos haber aprendido, del caso particular, que tan poco gusta a los científicos, que nunca ningún afectado por TOC fue capaz de superar su problema lavándose las manos, ni desinfectando el entorno. Pues el motivo real de su problema estaba en otro lado y la relación entre las compulsiones y su miedo las establecía él en una suerte de pensamiento mágico (de control).

Es pensamiento mágico pensar que podemos contener la muerte a través de la higiene. Vendrán nuevas pandemias…

He dicho arriba que el ser humano siempre ha temido a la naturaleza y ha intentado controlarla con diferentes instrumentos. Hoy el hombre le teme sobre todo a la propia naturaleza, es decir a sus emociones. Pues estas representan mejor que nada el caos y la complejidad de los que no nos podemos deshacer.

Antes tuvimos la magia y la religión. Cada una nos consolaba a su manera. Luego inventamos un método que desbancó al resto por ser más efectivo. El método científico. Con el método científico pretendemos intervenir en la naturaleza (y en el humano) antes de que aparezca el caos. Imponerle un orden, ilusorio y fallido, pues nunca podremos controlar todas las variables y siempre aparecerán nuevas grietas que tapar.

La confianza es un concepto obsoleto; preferimos el de control.

Pero el problema del control es que nunca es suficiente.

Maslow decía de la ciencia moderna que “era un mecanismo de defensa, una filosofía de la seguridad, cuya función principal es proporcionarnos seguridad und método complejo para mantener el miedo a distancia“.

El verdadero científico -que brilla en nuestra sociedad por su ausencia ya que las instituciones lo han convertido en un burócrata de la ciencia, obsesionado con producir papers– así como el artista -hoy llamamos artista a cualquier posturero complaciente- viven en la inseguridad y la duda constante. Y precisamente esta inseguridad y duda son el motor del proceso del arte y de la ciencia.

Pero la humanidad como masa no entienden de procesos y esperamos de la ciencia verdades absolutas para poder hacer predicciones. Pues a pesar del método científico, seguimos siendo los mismos creyentes de siempre, incapaces de vivir con dudas. Y más creyentes que nunca, hoy no buscamos consuelos sino certezas.

No podemos vivir sin miedo y sin incertidumbre. Y el certificado de salud que parecemos esperar para salir de nuestros seguros hogares nunca llegará.

Efectivamente, hoy yo soy fuente de contagio y cualquiera puede contagiarme, pero, ¿no fue siempre así? El otro (ser humano) tiene la potencialidad de herirme, porque cuando me expongo al otro soy vulnerable; mis posibilidades de control se reducen.

©Yvonne Ribes

El filosofo alemán Peter Sloterdjk acierta al decir que hoy el otro adquiere una nueva forma de herirme.

Según Byun Chul Han tememos a lo distinto.

Y para erradicarlo de nuestra vida hemos creado un sistema impecable e inapelable de corrección política que en la práctica funciona como una barrera entre nosotros, que evita (o más bien retrasa y desplaza) el conflicto, pero también la intimidad.

Pero los conflictos, como el miedo, no desaparecen porque miremos a otro lado. El rencor irá creciendo en nosotros y en algún momento explotará: cuando encuentre una causa que se lo permita. Una causa que permita escudarnos y nos libre de responsabilidades personales.

Somos una sociedad de cobardes.

Tememos al otro que piensa distinto, porque no nos atrevemos a enfrentarnos a él. Y como no nos atrevemos a verbalizar nuestras necesidades, lo toleramos a nuestro lado, pero le miramos de reojo, con desconfianza. Hoy esa desconfianza ha mutado en hostilidad abierta. Y nuestra meta es mantenerle a una distancia de metro y medio.

©Roberto Calvo

La expulsión de lo distinto, lo llama Han.

Para terminar  vamos a dedicarle unas palabras a lo más distinto que existe, aquello que no podemos concebir porque nunca lo hemos experimentado, la muerte.

©Roberto Calvo

Un participante del debate del viernes pasado retransmitido online, planteó la pregunta de si preferimos a un valiente muerto o un cobarde vivo. Yo diría que el error esta en la falsa dicotomía, que impera en nuestro pensamiento, en la que todo tiene que ser blanco o negro. La realidad no es tan sencilla, si lo fuera, quizás elegiríamos la vida, pero la vida que estaríamos eligiendo sería la supervivencia, la mera vida. Y personalmente yo no quiero limitarme a sobrevivir.

Estos días nos comportamos como si fuera posible evitar la muerte.

Pero, ¿qué muerte? Viendo cómo, escondidos detrás de las máscaras y bien desinfectados, dejamos hundirse las pateras en nuestras costas, se podría llegar a pensar que es únicamente nuestra propia muerte la que nos preocupa.

La solidaridad es hoy otra gran impostura.

La cadena de producción y consumo en la que nos vemos inmersos desde que nacemos hace muy difícil cualquier movimiento sin provocar alguna muerte. Pero son muertes que no vemos y sobre todo, muertes por las que no van a castigarnos.

Hoy evitamos el contacto, pero el contacto es para la vida tan necesario como el alimento. El que necesite pruebas fehacientes puede echar un vistazo a los experimentos de Harlow, de Spitz y más recientemente al Budapest Early Intervention Project.

¿Qué consecuencias van a tener todas estas medidas de control en los ciudadanos? ¿Ninguna? Como decía un participante optimista, “volveremos a la normalidad sin darnos cuenta y simplemente nos acostumbraremos a la nueva vida”. ¿O nos convertiremos en una sociedad mejor, después de la gran reflexión que estamos llevando a cabo en nuestras cárceles particulares?

O, como decía Harari, ¿nos veremos obligados a instalar voluntariamente y para siempre un app en nuestros iphones que retransmita en directo las variaciones de nuestra salud?

Futuro incierto, la única verdad es que, como el miedo, tampoco podremos evitar la muerte. Aunque podríamos evitar la muerte en vida.

Y la vida, tal y como se está planteando y planeando estos días, se parece más a la muerte.

Virus y otro tipo de riesgos siempre ha habido y habrá, y la ciencia va a descubrir cada vez más agentes potencialmente peligrosos para nosotros. Hoy deberíamos plantearnos si encerrarnos y mantener al otro a distancia es la solución.

©Yvonne Ribes

Estamos intentando eliminar la muerte y lo que estamos eliminando es la vida. La vida y lo único que la hace valiosa, el amor que solo puede venir de ese otro, al que hoy tanto tememos.

Georgia Ribes en la librería La Escalera
durante el debate retransmitido el pasado viernes 17 de abril.

Foto de portada: ©Iñaki Tarrés

Georgia Ribes

Psicologa clínica y autora. Berlin- Neukölln. www.psychologischepraxisneukoelln.de

2 comentarios sobre “Club de Debate: El miedo

  1. Animo a seguir no solo debatiendo sino poniendo a prueba lo que decimos. lo pensemos nosotros o lo hayan pensado otros. Aunque no esté en sintonía con algo de lo que se dijo en el debate, ni en lo que se escribe, como por ejemplo: Desde Freud sabemos… lo que significa en griego “GNOSTHI SEAUTON” (¡Conócete a ti mismo!) Ya se inscribió sobre piedra en el pronaos del templo de Apolo en Delfos y esto lo sabía hasta Freud que no aceptaría que se le atribuyera la idea.
    Muy interesantes para ver y comentar las pinturas que no aparecieron en el coloquio, pero están muy relacionadas. Gracias por hacerme pensar sentir y disentir y por eso quiero COMPARTIR.

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