Homo Camus

Hay una foto de Albert Camus que me recuerda mucho a Humphrey Bogart en su legendario papel de Rick Blaine en ese enorme filme que es Casablanca. Es esa en la que el escritor está con un cigarrillo en la comisura de los labios, el cabello peinado hacia atrás, el cuello del sobretodo levantado y mirando al objetivo de la cámara con cruda melancolía. Pero no es melancolía pura, se notan ciertas salpicaduras de sorpresa. La de Bogart es una fotografía de estudio, la de Camus no. Esta última fue tomada en la calle. Esa foto nos muestra al hombre cool y al escritor compulsivo, no al intelectual políticamente entregado. Que se sepa que, Camus era las tres cosas. Pero esta imagen en una calle de París, nos revela al Camus más real. Al Camus desnudo como hojas en blanco, no hay estilográficas ni máquinas de escribir. Eso sí, tengo la impresión que no es una fotografía del todo espontánea, hay un cierto gesto en el francés. Un velado ademán muy bien coreografiado, pero está. No lo critico, de hecho, me parece bien.  Aun, los hombres como Albert Camus, también tienen sus poses.

Se ha dicho mucho de la obra del autor de “El extranjero” y “El mito de Sísifo” (1942), y sobre todo de “El hombre rebelde” (1951), entre muchos grandes textos. Su biografía es bastante conocida y muchos de los que abordan su vida se centran en su extensa y magnífica obra, en sus análisis filosóficos, pero no tanto en el hombre. El hombre Camus es tan fascinante como el escritor, de ahí estas líneas sobre él.

Dos cosas marcan a Albert Camus desde muy temprano: la escasez y la tuberculosis. Nace pobre, en la Argelia francesa, en un lugar llamado Mondovi, pero conocido como “Le petit París”. La tuberculosis, enfermedad de necesitados y bohemios, lo ataca temprano. Eso no le impide en sus tiempos de estudiante jugar fútbol, practicar la natación y el boxeo. Sus primeras lecturas son poco convencionales. Cuando muchos ojean novelas de aventuras y amor, el joven Camus degusta a Nietzsche. El alemán lo puso a pensar en las oscuras aristas del alma humana y después el tiempo y sus consecutivos encontronazos, le mostrarán cuanta razón tenía el “maestro de la sorpresa” nacido en Prusia. Se gradúa en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Argel y sueña con ser profesor.

Albert quiere seguir las huellas de dos de sus educadores: Louis Germain y Jean Grenier, que le dieron sentido a su vida y lo encaminaron en la lectura y la disciplina de los estudios, pero no lo consigue, porque, por lo contagioso con su enfermedad, no se le permite encerrarse en un aula con decenas de personas. Para nuestra suerte y de la literatura, este encontronazo con la realidad cambiará su vida. De no ser por este rechazo, no tuviéramos a un escritor de semejante estatura, sino a un maestro más, que hubiera muerto en el anonimato feliz de haber hecho lo que más le gustaba.

Ante el revés, Camus se entrega por entero al periodismo y a escribir mucho y bien. A los 19 años, publica sus primeros artículos en un diario su pueblo natal. Hasta 1940 realiza investigaciones y escribe crónicas sobre la miseria en su país. Todavía le queda tiempo para fundar el Teatro del Trabajo y escribir sus obras, casi todas sobre la vida del campesinado pobre y la clase obrera. También se casa. Su primera esposa se llama Simone Hié. Es bella, lánguida y morfinómana. Aunque ella proviene de una familia sin problemas económicos, no siempre tiene con qué costear sus dosis. Por eso, lo mismo paga en efectivo que en especie al médico que se las suministra.

Camus se afilia al Partido Comunista. Como muchos hombres jóvenes y pobres, cree en el mito, pero tan pronto su aguda mente lo disecciona, se desencanta y se aleja de él. Tampoco su matrimonio se sostiene en el tiempo. Otro desencanto. Otro ídolo caído. Ser engañado le duele más que dejar “Das Kapital” a un lado. Hié, sus vicios y su infidelidad, quedan en el camino y el escritor busca refugio en sus ensayos, crónicas, y en otras mujeres. Albert Camus jamás dejará de ser un hombre de izquierdas, pero será un crítico implacable del comunismo. Camus jamás dejará de amar, pero no volverá a serle fiel a una mujer.

El gobierno francés en Argelia comienza a crearle problemas. Sus reportajes no son de su agrado y hacen todo lo posible por acallarlo. Camus conoce a una mujer que consigue frenar su sed de sexo y conquista. Se llama Francine Faura y es pianista. Es de sonrisa fácil, culta y amorosa, pero esa es solo la superficie. La escultural Francine es inestable. Se deprime con demasiada facilidad. Es tan bella como frágil. Camus parece haber encontrado la paz, pero ante la presión cada vez mayor de los cuerpos represivos, decide irse a París, dejándola atrás.

Su primera novela “El extranjero” (1942) sacudirá el mundo editorial francés y a los lectores que se atreven con ella. La narración comienza así: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: Madre muerta. Entierro mañana. Sentido pésame. Esto no quiere decir nada. Podía ser ayer”. El estilo escalpélico cargado de connotaciones filosóficas que lo caracterizaría acababa de nacer.

París no es Argel. Sus amplias calles, paseos y cafés llenos de mujeres hermosas desatan al cazador curioso que Camus lleva dentro. Su pluma vuela, sus escritos asombran y su nombre comienza a escucharse más allá de los círculos intelectuales. Aparece en la prensa y en la radio. Su semblante de galán se hace conocido y el joven escritor y periodista arropado en su popularidad, se entrega a una frenética actividad sexual. Una de las mujeres que conocerá será Simone de Beauvoir. Aparecerá en su vida más de una vez. La joven escritora y feminista no responde al canon de belleza que sigue Camus. Su rostro alargado y de grandes pómulos, su mal gusto al vestir y su arrogancia no consiguen arrastrarlo a su cama. Beauvoir, resentida, pero hipócrita hará como si nada hubiera pasado. Ese despecho lo arrastrará de por vida e influirá en la relación que tendrá su futuro amante, un tipo pequeño, miope y con rostro de roedor llamado Jean Paul Sartre, con Camus.

Para Camus, la vida es un Galoiser, y se la fuma con fruición. Consume sexo y nicotina al mismo ritmo. Sus amantes duran lo mismo que las caladas que le da a sus cigarrillos. Pero las disfruta como cada bocanada de humo, porque son exhalaciones de vida.

En esos días escribirá “La peste” (1947) y su grito a los ojos de quien lo lee, advirtiéndoles del peligro de la indiferencia del hombre común ante el desenfrenado imperio del mal, estremecerá a los lectores y a la crítica. En esta novela llega a decir: “…el bacilo de la peste no muere ni desaparece nunca (…) quizá llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los hombres, la peste despierte a sus ratas y las envíe a morir a una ciudad dichosa”. La epidemia mortal como redención a la maldad, la desidia y la indolencia. La tuberculosis arrecia. Sabe que está condenado a muerte y se aferra a la vida con todas sus fuerzas. De ahí que una de las preguntas que más le asechan es el por qué estamos vivos y para qué. Las preguntas cuelgan de la comisura de sus labios como los Galoiser que se fuma sin parar: ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué lógica sigue dios al crear al hombre? ¿Por qué venimos al mundo si de todas formas tenemos que irnos de él? ¿Es la pobreza una forma digna de vivir? ¿Por qué tenemos que ser esclavos de alguien?

Persigue la verdad tanto como a las mujeres. A ambas las quiere desnudas, por eso las desviste, las explora, las disfruta y las sufre. Funde el concepto y el ser en una sola pieza. Sondea sus curvas, bebe en sus remansos, se convierten en su presa. Tal vez en el amor esté la respuesta.

Camus escribe “El mito de Sísifo”, revolviendo el ambiente literario y filosófico. En este texto hace una reflexión sobre lo absurdo de la vida y las connotaciones del suicidio, que lleva a muchos a pensar que coquetea con la vida con la misma frivolidad que los húsares con la letal ruleta rusa. Aquí una de sus reflexiones: “Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. La búsqueda del sentido de la existencia lo acompañará hasta su inesperada partida.

El escritor descubre una nueva faceta en su vida. Es padre. Le nacen unos jimaguas, Catherine y Jean. La alegría y la nueva responsabilidad le hacen pensar en sentar cabeza con Francine. Pero no hace mucho, en París, ha conocido a una joven española. Es hermosa, de una belleza apabullante. Se llama María Casares. Es actriz e hija de un connotado político exiliado. Se ven por primera vez en la casa del escritor Michel Leiris, durante la lectura de “El deseo atrapado por la cola”, una obra escrita por Picasso. Ambos se aburren y comienzan a charlar en voz baja. Los ojos clarísimos de María calan el alma de Camus. Este cae rendido ante la hermosura, la inteligencia y la sonrisa de la joven intérprete.

La llegada de Francine y los niños a Paris, descoloca a los enamorados. Él le ha jurado a María que su relación no es otra cosa que una formalidad. Tiene hijos, tienen responsabilidades, los quiere… eso es todo. Está mintiendo. Ella lo sabe y herida, rompe con el escritor. El autor de “El extranjero” no lo soporta y la bombardea con constantes cartas de amor. El incidente de la separación será solo eso, un incidente pasajero. Se volverán a tropezar, por casualidad, en el Boulevard Saint Germain y él no la dejará escapar. Camus nunca se separará de su esposa, pero tampoco de María. Llevarán una doble vida, hasta que a él le llegue la muerte.

De quien se aparta es del absurdo, un tema que ha tocado una y otra vez en sus obras. Tanto y tan bien lo ha hecho que su nombre está todavía unido a este concepto. Pero Camus no se contenta con poco. Esta corriente del pensamiento, si bien consigue fundamentar y dar respuesta a algunas de las interrogantes que le acompañan, no termina conformándolo. Como con el comunismo, se aleja de él. De no haberse apartado de esta noción, y evolucionado en su búsqueda de la evidencia de la naturaleza humana, Camus no hubiera podido escribir “La peste”, no hubiera podido hacerse los planteamientos filosóficos de “Los Justos” (1950) y no hubiera existido “Estado de sitio” (1948).

Albert Camus tiene 44 años cuando lo sorprenden con el Premio Nobel de Literatura. En su discurso de aceptación, muestra su pasmo al decir: “¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante?”.

Sus artículos periodísticos, análisis y ensayos filosóficos no dejan de llamar la atención a sus seguidores y a la crítica. Ahora, con más fuerza que antes, clama por la libertad del hombre de todo yugo, por placentero y laxo que parezca. La agudeza de sus tesis y la valentía con que las defiende, despiertan escozor. Esta comezón insoportable se extiende entre marxistas, existencialistas y católicos, que ven en sus lúcidas reflexiones a un anarquista feroz. Entre los que más sufren del picor está un viejo conocido y un íntimo enemigo: Jean Paul Sartre… y su consorte, la mosqueada Simone de Beauvoir. Pero, sobre todo Sartre.

Este caballero, existencialista convencido y oportunista de catálogo, es un falso iconoclasta. Tras su verborrea a contracorriente se esconde un adorador de ídolos, y si son comunistas, mejor. Sartre nunca tuvo ascos a la hora de alabar a Stalin, elevar a las alturas a Mao y caer rendido a los pies de Fidel. Escribió loas a todos ellos y cada vez que tuvo la oportunidad de conocerlos, no la perdió. Es célebre su visita en 1960 a La Habana, para intimar con el egocéntrico comandante y hablar con el Che. Las notas sobre sus experiencias en la isla parecen escritas por una porrista de pueblo que acaba de conocer al más atlético quarterback de la Liga Americana. Albert Camus es todo lo contrario. No siente la menor atracción por los caudillos, más bien los detesta.

Aunque Camus, como Sartre ha girado en dirección al existencialismo, no deja de verlo con cierto escepticismo. En más de una ocasión afirma que esta noción y el marxismo en todas sus vertientes, son incompatibles. Es más, está convencido de que el movimiento filosófico desarrollado por Marx & Co, no es otra cosa que la secularización del pensamiento cristiano, en el cual se sustituía la figura de Dios por la de él mismo o el exaltado adalid de turno y que, la densa teoría del alemán, dilataba la escueta creación del mundo del Viejo Testamento hasta el infinito.

Sartre malamente soporta a Camus. En él ve a un Bon vivant con más suerte que talento. Le cuesta ocultar su envidia. Relativiza el éxito literario, la libertad de acción y sobre todo su pericia con las mujeres. Mientras el primero se aferra a la libérrima y fea Simone que lo batuquea a su antojo, el segundo no deja de acumular laureles y bellas amantes.

Por eso y por el enorme ensayo “El hombre rebelde”, que descolocó a muchos por su tesis sobre la libertad y su apología a la rebelión y al espíritu crítico, Sartre despotrica contra él con toda la acidez que destila su antipatía. Llega a catalogarlo como: “Ese pequeño golfo con cultura de segunda mano”, entre otros desprestigios. El tiempo ha demostrado que Sartre era mucho más bajo que Camus. En todo.

Jean Paul Sartre es tan deleitosamente servil a los marxistas, que llega a descargar todas sus bilis sobre Camus cuando este critica con dureza los campos de concentración soviéticos. Según Sartre, centrar el debate, siquiera somero sobre este tema, “obviaba la explotación que capitalistas y burgueses hacían del tema”. Después, mucho después, le preguntarán al filósofo si no sabía de las barbaridades de los soviéticos. Es ambiguo en su respuesta, trata de deslizarse a otro tema, pero le insisten que sí, que han muerto miles, millones de rusos y él responderá: “Me han informado mal”. Por cierto, así mismo le contesta Bogart al jefe de la policía francesa de Casablanca, cuando le pregunta qué hace comprando un bar allí: “…he venido por las aguas” –le dice Rick–. El militar, suspicaz, le recuerda que están en el desierto. Bogart sonríe, con el cigarrillo en la comisura de los labios y suelta de frase de más arriba.

Sin embargo, Camus, cuando se entera qué opina Sartre de él, responde más comedido. Lo califica como: “…un arribista del espíritu revolucionario, un nuevo rico y fariseo de la justicia, y desleal en espíritu”. Se quedaba corto. Jean Paul Sartre es mucho más que eso, pero así es de decente Albert Camus.

Ese mismo año en que Sartre y Beauvoir llegan a La Habana a ver a Fidel, Camus muere en un accidente automovilístico. Una muerte irónica, absurda, como toda muerte que se respete. De hecho, pocos días antes de fallecer ha comentado: “No hay nada más idiota que morir en un accidente de automóvil”.

Va por la ruta número 5, en Villeblevin, Francia. Apenas ha cumplido los 46 años. Viaja en un Facel Vega 3B, un auto imponente. Potente y ostentoso. Maneja Michel Gallimard, sobrino de su editor. En el asiento trasero, la esposa y la hija de Gallimard. Camus va adelante, con el conductor. Una rueda revienta intempestivamente y el auto pierde el control e impacta contra un árbol. Todos se salvan. Todos menos el escritor. El golpe lo mata de inmediato. Así muere, de forma tan irracional, una de las mejores plumas de todos los tiempos y uno de los amantes más fervientes que ha dado la intelectualidad.

Bernard-Henry Lévy, en un artículo dedicado al medio siglo de la muerte de Camus, lo describe con esta frase conmovedora: “Camus es un tipo especial, un ejemplar único, un animal sin especie”.

Es verdad, Albert Camus era eso: Homo Camus.

Luis González. Berlín, 11/01/2020

Luis González

2 comentarios sobre “Homo Camus

  1. Gracias por las matizaciones que presenta el artículo. Como hace poco he leído los libros de Harari, entre los que está el central de la trilogía (Homo deus) pensé que se haría referencia a él por el título del artículo (Homo Camus). Aunque no es así, si que se pueden encontrar puntos de transición transversal quiasmática y no. Gracias de nuevo.

    N o o m g a u R i b e s r a

    ________________________________

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  2. Un artículo fantástico. Como admirador de la obra de Camus me fascinó leer la narrativa sobre la altura moral con respecto a su rivalidad con los existencialistas y los intelectuales. Gracias!

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