La difícil vida del equilibrista

Un hombre de mediana edad, bajito y algo rechoncho se levantó de su puesto en una de las últimas filas de asientos montados en uno de los salones del Instituto Cervantes de Berlín, donde el escritor cubano Leonardo Padura presentaba su novela “La transparencia del tiempo”. Si el titulo les es ajeno, les diré que es la novena de la serie del exteniente de la policía habanera Mario Conde. Conde es el personaje que le ha abierto al cubano las puertas de la fama entre los amantes de la novelística negra. El hombre tras carraspear algo nervioso, le preguntó: ¿Cómo es la policía en Cuba?

Foto cedida por el Instituto Cervantes de Berlín

Padura se tomó unos segundos para contestar y, cuando lo hizo esbozó una sonrisa que tal vez para algunos pasó inadvertida, pero para los cubanos presentes y, sobre todo para los exiliados, decía mucho más de lo que decidió responder a su interlocutor. Padura, un hombre que nació y ha vivido los 64 años de su vida en el conflictivo barrio periférico de Mantilla, en La Habana, sabe muy bien cómo es la policía en Cuba. Sobre todo, porque policías como Conde visitan periódicamente la casa del Presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) y la del Responsable de Vigilancia de su cuadra para saber qué hace o deshace nuestro escritor. Pero Leonardo Padura, como su personaje Mario Conde, sabe más de lo que dice, y conoce muy bien hasta dónde se puede reprobar a su gobierno y a sus mandamases sin pagar con rejas y ostracismo, como les pasa a otros intelectuales críticos con lo que ocurre en la isla.

En su larga y vaga respuesta al señor de la última fila, dejó caer una de esas frases que le caracterizan como el tipo cauto que es. Esas que pasan inadvertidas si no estás atento a sus palabras y a su escaso y parsimonioso lenguaje corporal. Dijo más o menos así: “Para crear a Mario Conde, no me preocupé por saber cómo trabaja la policía, porque no quería verme lastrado por los tecnicismos y límites del oficio que ejerce…” Después, tras varias preguntas del público, dejó caer, como el que no quiere la cosa, esta otra frase: “Mario es un antipolicía, porque es buena gente, inteligente y se enfurece ante lo mal hecho…” Ese es Leonardo Padura en estado puro. 

Amir Valle, otro de los escritores cubanos con reconocido pedigrí y que sí vive en el exilio y sí incomodó a los cocotudos del Partido Comunista cubano y a los funcionarios del Ministerio de Cultura con un libro descarnado sobre la prostitución en Cuba llamado “Habana Babilonia”, dijo en la presentación de un documental sobre su vida que se realizó en la misma sala del Cervantes donde Padura presentó su obra: “Todos hemos perdido derechos en Cuba y uno de ellos es el derecho a tener miedo…” porque el pueblo cubano, según su gobierno, no le teme a nada y menos a las amenazas del imperialismo, al bloqueo, a la escasez, a los largos apagones, la falta de agua y muchos, muchísimos etcéteras más. La verdad es otra. El cubano tiene miedo, pavor, vive atrapado en el terror. Acogotado por el peor de los terrores, ese que es invisible y latente. El ciudadano común está vigilado las veinticuatro horas del día: por la policía, los servicios de inteligencia, los delatores y los medios tecnológicos más avanzados que se han adquirido para controlarlos. Hay cámaras de vigilancia sofisticadas en las esquinas, pistolas eléctricas para los agentes y sistemas de monitoreo de los teléfonos móviles aún apagados que mantienen un ojo que todo lo ve sobre todos. Uno de los sectores más espiados y controlados por el Estado son los intelectuales. Leonardo Padura es uno de ellos. Y Padura, como buen cubano, tiene miedo.

Fotografía de Flo P en Unsplash

De hecho, el escritor habló del decreto ley número 349, un mamotreto inquisitorial, que le corta el aliento a cualquiera. Esta disposición censura de forma directa a los artistas que según los criterios del censor de turno, sean contestatarios con el gobierno. A los mansos los obliga a exponer o presentar sus obras solo bajo supervisión gubernamental y en locales establecidos para ello. La censura no es nueva, siempre existió, pero nunca se aplicó como ley, sino como trampa. El nuevo ¿presidente? de Cuba, Miguel Díaz Canel, firmó este Prikaz, como primera gestión de su gobierno. 

Con esta ordenanza al más puro estilo estalinista se armó un revuelo de los mil demonios, tanto en la isla como en el exterior. Las críticas llovieron desde todas partes, desde el exilio más bronco hasta de “los amigos de Cuba”, un círculo de intelectuales y artistas de izquierda que apoyan a la revolución y que tienen como factor común ver la paja solo en el ojo ajeno y nunca en el suyo. Todos tuertos, solo ven por el ojo izquierdo, el otro se recubre púdica y convenientemente. En un inusual acto de contrición, Canel la dejó “congelada”. Este término, muy usando en Cuba, significa que no está en vigor, pero en cualquier momento se hace efectiva. Porque allá todo es cuestión de tiempo; a veces no pasa nunca, otras veces vuela. Pero hubo cambios, ¿sí? Ahora los minutos y segundos de los cubanos no se miden con el Rolex de Fidel, sino con el Tag Heuer Conneted de la marsopa que Raúl Castro dejó en su silla.

Fotografía de Ricardo Tamayo en Unsplash

Digamos las cosas como son: Padura es un equilibrista. Un equilibrista que maneja con maestría su oficio. Ese peligroso columpiarse de un lado a otro a gran altura y sin malla protectora, por la floja y escurridiza cuerda que es la línea divisoria entre el chiste, el comentario crítico y la reprobación abierta al gobierno cubano. Es un arte aprendido por todos nosotros si queremos que nos dejen viajar (si tenemos con qué), comprar “por la izquierda” lo que no hay por derecho en las tiendas, mercados de alimentos y en las farmacias. Como él mismo dice que sus libros se publican poco o nunca y que las editoriales son casi un fantasma por falta de papel; no dice que sí hay papel para editar una y otra vez los discursos de Fidel, los dislates de Raúl y las memorias del Che. Estos evangelios apócrifos abarrotan las pocas librerías que hay en Cuba y los estantes de los aeropuertos en Cuba. El creador del policía alcohólico y existencialista llamado Mario Conde señala con el dedo, pero no acusa. Ironiza, pero no condena, y en eso se parece mucho a su personaje. Es, pero no es; aparece, pero no está. Esta actitud de Leonardo Padura explica de alguna forma el dilema del escritor o cualquier otro intelectual cubano que se atreve a abrir delante de todos, aunque sea de forma superficial, el cadáver al sol que es la realidad de su país.

Como bien dice Padura, en la isla no salen noticias sobre su trabajo, sus éxitos y sus viajes. No hay un medio de prensa que se atreva a escribir sobre él a no ser que sea para criticarlo, como cuando publicó “El hombre que amaba a los perros”. Esta novela trata sobre la vida y el asesinato del líder comunista León Trotski, a manos del español Jaime Ramón Mercader, que terminó viviendo y muriendo en Cuba junto con su madre, Caridad Mercader, una émula de la Pasionaria. Por cierto, se las recomiendo, porque aquí hay un Leonardo Padura que demuestra lo bien que puede escribir cuando el tema tiene espinas, pero les son inocuas. Un dato: la progenitora del homicida de Trotski, era esa señora osca y de rostro hermético que atendía al público en la embajada cubana en París mientras tuvo lucidez y fuerza para hacerlo, allá en los años setenta y ochenta del siglo pasado, como una funcionaria más del aparato burocrático de nuestro país.

Fotografía de elCarito en Unsplash

Pero volviendo al señor de la última fila.  Padura dice que Conde no es “ese policía que ves en las esquinas”, sino un miembro de la unidad científica, la que investiga crímenes. Sí, eso es verdad, pero no toda la verdad. El ahora retirado teniente era miembro del Departamento Técnico de Investigaciones, más conocido por sus siglas DTI. Tras este patronímico cuasi aséptico, se esconde uno de los cuerpos represivos más violentos de la opresiva maquinaria policial cubana. Esta dependencia no solo está dedicada a esclarecer asesinatos, robos y otros delitos. Esa es solo la epidermis. En realidad, el DTI complementa el trabajo de control y acecho del Departamento de Seguridad del Estado, más conocido como G-2, un término asimilado si ascos de la nomenclatura usada por el dictador Fulgencio Batista, el que nos parió a Fidel, para denominar a sus perros de presa del servicio de inteligencia. 

Cómo ha conseguido Mario Conde eludir en nueve novelas el trabajo que más tiempo absorbe al cuerpo al que pertenece y dedicarse a la más ortodoxa investigación policial, solo podrá explicarlo su creador. Para cualquiera de nosotros, está claro que la serie del teniente melancólico, alcoholizado y ampuloso responde más al género de ciencia ficción que al policiaco.

Leonardo ha dicho que está imbuido en un proyecto de novela donde tratará el tema de la diáspora. Usó esa palabra, también como usa sin cortapisas el termino exilio, que el gobierno cubano elude como el diablo a la cruz. Para la nomenclatura cubana, los que dejaron atrás la isla son o gusanos o emigrantes económicos. Al parecer, ellos, como los políticos de cuello, corbata y Mercedes Benz de aquí, prefieren ignorar que un emigrante económico es un emigrante político porque la economía es y será política, aunque se tapen los ojos. 

Fotografía de elCarito en Unsplash

El caso de Cuba y su emigración es muy parecido al del resto de los países del tercer mundo, solo que el Estado cubano lo maneja como si fuera una granada sin espoleta. Ellos dicen que no existe un exilio político, solo gente desagradecida que se ve arrastrada por los cantos de sirenas que llegan del otro lado del mar, pero la economía de Cuba no puede vivir sin sus Ulises. De ahí que existe una relación de amor odio con los que la dejaron atrás. 

El emigrado cubano es un ciudadano de segunda al que desprecian y le obligan a ponerse al nivel de los extranjeros, los visitantes de primera. Ya hace mucho que este descrédito no es ideológico sino pura, vulgar y corrosiva envidia. Más de un dirigente de cargos medios y hasta de las altas esferas tiene un pariente fuera de Cuba que les mata el hambre a los suyos mientras él se desgañita coreando consignas que no le dan de comer. 

Ahora, el Comité Central del Partido y los once millones de habitantes de la isla están enganchados a esta bombona de oxígeno en forma de billetes verdes como un moribundo en estado vegetativo. La última cifra que se maneja de las remesas recibidas en Cuba es de 3,575 millones de dólares al año. Esos dólares son los que pagan comida, casas, autos, teléfonos, negocios… ¡Todo! Las remesas son la segunda entrada de divisas después del turismo. Sin ese dinero el Estado se hunde. 

Por eso, al emigrado todo le cuesta más caro, tiene que pagar todos los servicios que recibe, hasta los médicos, sobre todo, los médicos. Sufren la aberración de tener que “prorrogar” cada dos años un pasaporte que es válido por seis y los CDR tienen la obligación de mantenerlos en la mirilla, porque se suponen que son ideológicamente tóxicos.

Cuba carga a cuestas con un Estado mendigo, pero un mendigo orgulloso, que pide las limosnas con escopeta. Lo que no le das por las buenas, te lo quita porque sí. Padura promete que será duro, que no le temblará la mano a la hora de analizar el tema y no dará cuartel ni a los que se quedaron ni a los que se fueron de la isla huyendo de la pobreza y del sueño incumplido del paraíso en la tierra de la rumba y el ron. No usó estos términos, que son míos, sino que dijo: “de los que se fueron por problemas económicos, personales o tras sus sueños…” Así que ya puedo irme imaginando cuan duro será con nosotros. Sobre todo él, que tiene que mantener con una sonrisa una profusa sangría abierta para alimentar a la nube de funcionarios vampiros que lo monitorean todo el tiempo. Pero, hay que reconocer que nuestro escritor no lo tiene fácil. Él sigue en Cuba, escribiendo en Cuba y conversando en las paradas de las guaguas con los extranjeros en Cuba. 

La vida del equilibrista es dura.

Luis González

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