La aventura

Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación.
El resto no son sino decepciones y fatigas.
Nuestro viaje es por entero imaginario.
A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte.
Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado.

L.F. Celine

Algo por el estilo debían de pensar mis padres cada vez que nos mandaban a mi hermana y a mí a Miltenberg, el pueblo bávaro de mi abuela. Nosotras vivíamos en Sueca (Valencia), poble fester, así que el contraste no podía ser mayor.

TODO era distinto allí; los olores, el paisaje, el idioma, la comida, las caras, las voces, la forma de saludarse, los juegos, en fin, todo.

Allí establecí una nueva relación con el tiempo; desear que pasase lo más rápido posible. Heimweh fue una de las primeras palabras que aprendí. Ya entonces me pareció fascinante que los alemanes tuviesen una palabra tan acertada para eso que yo sentía. Creo que incluso me consolaba, la palabra.

A pesar (o quizás precisamente por eso) de que mi familia materna era alemana, en Alemania nunca me sentí agusto.

La memoria de los niños es pura, sus recuerdos están menos distorsionados por el ruido del lenguaje, lo que guardamos de esa época suele ser emocional y colorido. Uno de mis recuerdos más felices evoca las voces de los camareros en los bares catalanes en los que mi madre, al regreso, paraba a hacer una pausa y tomar su primer café con leche. Voces alegres y potentes que rompían esa Stille, tan apreciada en Alemania. España, mi Heimat, pensaba yo y respiraba aliviada.


Desde hace unos años ofrezco un taller sobre inmigración en la librería berlino-española Bartleby & co. La idea surgió a partir del contacto con inmigrantes hispanohablantes en mi consulta de Berlín-Neukölln. Y, aunque la vida en Alemania no era casi nunca el motivo por el que buscaban ayuda, muchas veces me pregunté si ellos hubiesen cruzado el umbral de acudir a un psicólogo de no haber sido emigrantes.

El proceso de inmigración puede ser abordado desde diferentes ángulos.

El viaje del héroe constituye una analogía válida, porque contempla aspectos existenciales.

Joseph Campbell, el gran experto en mitos, decía que “las historias del héroe siempre implican una suerte de viaje. Un héroe abandona su entorno cómodo y cotidiano para embarcarse en una empresa que habrá de conducirlo a través de un mundo extraño y plagado de desafíos. Puede ser un viaje real (con un cambio de espacio) o un viaje interior que ocurre en su mente, corazón y espíritu. El héroe crece y sufre cambios, viaja de una manera de ser a la siguiente: de la desesperación a la esperanza, de la debilidad a la fortaleza, de la locura a la sabiduría, del amor al odio…“

Como dice Campbell, el viaje del héroe puede ser interior, puedo marcharme y no emprender ningún viaje y quedarme en mi pueblo y viajar…

El mayor enemigo del viaje es siempre el mismo: el miedo.

La aventura comienza cuando en un momento dado, al héroe-inmigrante se le presenta un problema o desafío. Si acepta la llamada, el héroe abandona su mundo ordinario para entrar en uno diferente. Se adentra en lo desconocido y deja atrás lo familiar. En ese momento se compromete con la aventura.

Y… ¿qué hay al otro lado?. La Alteridad. El Otro.

Cuando cruzamos el umbral lo primero que nos encontramos son personas radicalmente diferentes. Personas que viven en mundos distintos dentro del mismo universo. Es el choque cultural. Recuerdo haber sentido algo así cada vez que mi tío retrocedía ante la perspectiva de recibir los dos besos del saludo.
Al otro lado nos encontramos con nuestra sombra.

Cada cultura expresa unos aspectos de la naturaleza humana y reprime otros. Encontrarnos con aspectos no expresados o reprimidos nos produce sorpresa y a veces rechazo.

El rechazo es la solución más fácil porque evita que nos hagamos preguntas.

A mi me costó muchos años entender por qué mi familia alemana se comportaba de un modo tan extraño. Tuve que acudir a la Historia a buscar respuestas.

Y sin embargo, años después, en Berlín, ciertas conductas me siguen provocando el mismo rechazo.

Nunca me sentí tan española como en Alemania, pero en algún momento, uno se harta de quejarse y se plantea si la solución es volver. Si realmente existe ese paraíso al que retornar. Y, no sin decepción, poco a poco me fuí dando cuenta de que las diferencias estaban solo en la superficie y que al profundizar, uno se encuentra con sombras en todas las culturas y en todas las personas.


Y que nuestro máximo miedo es acercarnos a la nuestra (personal). Nuestros educadores se han encargado de que la mantengamos bien escondida y no nos atrevamos a asomarnos allí. Si osamos mirar, encontraremos allí todo eso que no somos (que no queremos ser). Lo malo. Lo que vemos en los otros. Tenemos tendencia a proyectar lo malo fuera, y lo desconocido, lo distinto, es una pantalla ideal para proyecciones.

Y como no podemos deshacernos de la sombra, si no la aceptamos nos encontraremos en una lucha constante con el objeto de nuestras proyecciones, que, por lo demás, es lo de menos (siempre encontraremos algún chivo expiatorio, el hombre para las feministas, el alemán para el inmigrante, el de derechas para el de izquierdas, el extranjero para el alemán).

Jung decía que no se alcanza la lucidez imaginándose la luz sino siendo consciente de las sombras; y Pizarnik matizaba que la conciencia de la lucidez es lo único que se parece remotamente a la felicidad. Pero no hay motivos para el optimismo pues el ser humano no teme a nada tanto como a sus propias debilidades.

Lo que más nos cuesta es mirarnos en el espejo.

Nos pasamos la vida luchando contra nosotros mismos.

En el mito, al final del viaje, superadas la pruebas, alcanzada la lucidez, el héroe regresa con el elixir para ofrecérselo a los que se quedaron. Eso es el mito, la realidad es que el elixir es personal e intransferible.

Y el viaje siempre solitario.

Solo necesitamos dos cosas: reconocer el miedo y armarnos de valor.

Georgia Ribes

Psicologa clínica y autora. Berlin- Neukölln. www.psychologischepraxisneukoelln.de

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