La lectura

Este cuento de estilo gótico fue escrito originariamente en Berlín en 1995. Apareció en un libro auto editado, auto impreso y auto encuadernado -a mano-, cuando aún no había ni móviles ni amazones. Hay muy pocos ejemplares de esa edición, y mejor que así siga siendo. En aquella época Rixdorf era aún una aldea de cuatro casas mal contadas en la que apenas pasaban cosas en español, al contrario de lo que sucede ahora, y cuando digo Rixdorf quiero decir Berlín. El muro acababa de caer y muchas cosas no tenían el nombre que ahora tienen. Había ya quien se preguntaban por la conveniencia de esa caída apresurada, mientras el discurso oficial se afianzaba en la mente de los alemanes de los dos lados, a pesar de la tensión que se respiraba en la ciudad. Hoy el muro lo han desplazado hasta la frontera con Ucrania y Bielorrusia, y lo que queda es un espectáculo de masas mal informadas. Mientras intentan desplazarlo más aún hacia el este, releo y en parte reescribo el cuento, añado cosas del hoy para hacerlo anacrónico y disruptivo, descubriendo, de paso, que en buena parte sigue siendo tan válido como entonces. Fue leído en una jornada literaria en un local de lo que ahora llaman Kreuzkölln que probablemente ya no exista, no recuerdo bien quién me invitó, ni creo que haya imágenes del evento. De hecho, el texto fue escrito expresamente para aquella lectura a partir del tipo de experiencias que solía tener entonces, y no sabía que estaba siguiendo una técnica que ahora gusta tanto y tanto apreciamos los que asistimos a las innumerables lecturas que se prodigan en la ciudad -Salón Berlinés, Probador de Poesía, Pasajero del Muro, Taller d’Luis, Sarao poético, Andenbuch, Bartleby, La escalerra…-, la de confundir ficción con realidad.

Se lo dedico a mi hijo Jose, a quien tanto le gusta
Beksiński, y al amigo Pepe, a quien quizá un día también le guste el pintor polaco.

…y bueno, no espero que me crean todo lo que les voy a contar. Quizá le haya ocurrido ya a alguno de ustedes. Qué, pensaran, de qué se tratará. Solo tienen la culpa de haberse sentado ahí, unos a la derecha, otros a la izquierda, buscando los puestos de más atrás, escondiéndose como quien espía en el bosque el espectáculo peligroso de un tigre comiéndose a un hombre pero parapetados detrás de sus brazos cruzados. Mírense, cuántos de ustedes tienen los brazos cruzados, no les culpo por ello. Podrían cambiar de posición, poner la mano en la cara, acercar el vaso de cerveza, removerse en el asiento, mirar por la ventana, para el caso va a ser lo mismo. Yo suelo agarrarme el pelo detrás de la oreja y tirar, es un gesto instintivo y loco, figúrense, todos sufrimos de algún trastorno de esos, impulsivo compulsivo creo que lo llaman. ¿No? Algo así. Todos, en esta ciudad, estamos afectados por alguna alteración del comportamiento. Y ya, ya sé que no se llama impulsivo compulsivo, no me van a ser academicistas, aquí cada uno habla como quiere, o puede, o le dejan, o se acuerda. Todos vamos olvidando las palabras, para algo somos emigrantes, o exiliados, o expatriados, o como queramos llamarnos, cualquier etiqueta, extranjeros, latinos, hispanohablantes, yo soy de este lado del charco, y ustedes, casi todos, del otro, no veo ningún español hoy, o ninguna española. Han venido a escuchar cuentos, llamémoslo así, aunque no todos los textos corresponden a ese género, este mismo, el que les estoy leyendo, ¿a qué género pertenece? Es una historia mínima y unas cuantas palabras para contarla que ni siquiera me pertenecen. Eso es lo que quería venir a decirles, que estas palabras no son mías, claro que las uso porque las aprendí cuando era pequeño, como muchos de ustedes, imagino, pero de alguna manera no son mías. Sí, «de alguna manera» es algo que repito últimamente de forma obsesiva, o de manera compulsiva, mejor dicho, ¿no se les ha ocurrido ponerse a contar la de veces que usan una misma expresión?, eso si hablan habitualmente este idioma, porque si hablan el otro, ya saben a cuál me refiero, si se ponen de parte del enemigo, como decía un amigo exiliado que sí es del otro lado del charco, pues para qué contarles. Contarles, estábamos en que no me van a creer todo lo que pienso contarles, aunque, a decir verdad, son cosas que le pasan a cualquiera en esta ciudad de alterados, uno va por la calle y encuentra a alguien que no esperaba volver a ver nunca más y se le echa a uno en los brazos, y le dice:

-Pero che, ¡si vos estabas muerto!

Me pasó el otro día en la U-Bahn, estación de la Karl-Marx-Strasse para ser exactos, de camino hacia una lectura como esta en un sitio medio derruido como recordando otros tiempos. Imaginen el susto, alguien me creía muerto, me convertí en fantasma, ¿le ha pasado a alguno?, y no es por la edad, es que llevábamos mucho sin vernos, creo que alguien le dijo que me había atropellado un tranvía. Todo es probable estos días en esta ciudad, hay muchos ataques a extranjeros, el muro no ha caído realmente para muchos, llevamos seis años de libertad pero no significa que seamos iguales, ¿saben cuánta gente se suicida en los campos de Sajonia o en Magdeburgo? ¿Saben cuánta rabia ha desatado la caída del muro? Un profesor chileno de la FU inicia sus clases con el recuento de ataques a extranjeros. Sí, todo es posible estos días en Berlín, que alguien te dé por muerto y te lo encuentres saliendo del metro en un andén sucio de camino a Rixdorf. Todo está por hacer, todo está por nombrar, muchas cosas aún no tienen nombre. Estamos intentando un nuevo tiempo, un nuevo país, a base de ruinas, de despojos, de injusticias. La sensación de estar muerto no la había tenido nunca hasta que alguien vino a notificármelo, siempre me he preocupado por estar bien vivo. Si, en cambio, he tenido la sensación de ser devorado, que es de lo que quería contarles. Tranquilos, nos acercamos al punto de empezar el relato. No se impacienten, ya veo que alguno vuelve a moverse en la silla, ¡Eh, tú, espera, no te vayas, que ahora empieza lo bueno! Creo que no me ha entendido, ni se ha girado para despedirse. ¿No era uno al que le llaman Pepe? No puede ser, ese aún no ha llegado a la ciudad. Les reto a que cuenten sus historias si se atreven, a subirse aquí, cada uno tiene su historia. ¿Por qué no se suben y la cuentan? Parapetados detrás de sus brazos cruzados, se limitan a esperar, esperar y consumir, no entendemos la literatura de otro modo. De hecho, todo lo entendemos como una forma de consumo. Creo que ya hemos hablado de eso, ¿no? Piernas cruzadas, vasos de cerveza, incomodidad en el asiento, ventanas a la calle, noche de invierno, mejor quedarse. Piernas cruzadas… Se puede cruzar cualquier cosa. Yo aquella tarde crucé una calle después de haber cruzado un puente y antes de cruzar una puerta. Y ¿qué hacía yo allí? Quizá alguno conozca el lugar, les diré que era muy cerca del Pergamon Museum, donde hay una casa donde a veces se celebran exposiciones o sesiones como ésta, sí, sí. como ésta. La gente se sienta mansamente y escucha lo que le echen, se consume literatura como se consume una Curry Wurst. Bien otra vez me repito.  En aquella ocasión se trataba de una exposición de cuadros lo que había que montar. Yo había conseguido un Job a través de los Heinzelmännchen, el servicio laboral de la así llamada Universidad Libre de Berlín, porque todo lo creado por los americanos tiene que ser libre en sus calificativos teóricos, como la radio libre de Berlín, etc. Una galería que estaba montando una exposición necesitaba un ayudante barato y me mandaron a ayudar por un suelto mínimo, precario. Me disculparán, pero es que yo, viniendo de clase media acomodada, me he vuelto muy sensible a lo que llaman el sistema de explotación, sobre todo cuando el explotado soy yo. Me resisto a entrar en el precariado que inunda la ciudad, pero por el momento, mientras no creo una startup y me hago rico… Vaya, creo que algo anda mal en mi cerebro, un cable se ha desconectado, mi IA está alucinando, estamos en 1995. Retomo mejor el hilo. Vamos a ver, teniendo una deuda por cubrir de 5.000 DM, a más de multitud de gastos cotidianos como alquiler y otros, la necesidad de pillar el curro que sea se vuelve urgente, y uno se baja los pantalones y hace, pues eso, lo que sea por el dinero que sea. Quién no lo ha hecho por muy representante de la clase de media de su país con una formación académica que pueda tener. Aquí somos todos emigrantes, aquí somos todos precarios, no tenemos clase media o clase alta, ni siquiera debería estar usando la palabra “precario” porque aparecerá dentro de bastantes años. Yo siempre había pensado en países lejanos como una forma de liberación, quién de ustedes no ha escuchado o leído cuentos de niños en que los personajes viajan incansablemente y se hacen sabios y felices al llegar a puertos distantes donde hay un poeta griego de Alejandría diciendo que lo que vale es el camino y no el puerto de destino, aunque ese mismo poeta muriera pobre y casi del todo olvidado. Pues algo por el estilo, sólo que después: iQué decepción de países lejanos, la verdad!, y de lo de sabios y felices, mejor no hablemos. Así que allí estaba yo, delante de un portón blanco con el Schein o comprobante de los Heinzelmännchen en la mano temblorosa. Me abrió una mujer como no he visto nunca, una mujer caballo con bridas ocultas y gesto de bufidos, qué potencia en el tono de la voz. En primer momento pensé que era ucraniana y acababa de llegar de la guerra, pero en aquel momento no había guerra en Ucrania, así que no podía ser. Me hizo entrar y fue la sensación de abandonar el mundo, como cuando después de la carrera el avión deja el suelo y hay esa ausencia momentánea de aire y gravidez, un instante a partir del cual todo puede suceder. Yo miraba instintivamente a los lados queriendo mirar hacia atrás cuando escuché a mi espalda la puerta cerrarse y la voz de la mujer explicando las condiciones del trabajo: estaríamos toda la tarde montando la exposición y por la noche sería la apertura, en la que trabajaría como camarero. Por las ventanas se veía el día marcharse, las cuatro y cuarto, un resto de luz grisiento. A mí aquella mujer me intimidaba, como casi todas en esta ciudad. No lo creerán, tengo fama de muy suelto entre algunas mujeres, u poco al estilo del gran Rother -personaje semiexistente que aparecerá en la literatura dentro de unos años de la mano de un alemán que escribe en español o lo traducen los argentinos-. No es cierto lo que se dice de mí, es todo teatro, nada que ver con la realidad. Volviendo al relato, al verdadero, les cuento que atravesamos un largo pasillo de paredes recién blanqueadas e iluminadas con luces halógenas. Había un chéster rojo de formas abundantes y orondas al fondo del pasillo. Bajamos al sótano, que tenía exactamente la misma estructura que la sala de arriba, un gran pasillo de paredes de ladrillo desnudo recién blanqueadas. El techo era más bajo, estaba formado por una sucesión de arcos de ladrillo descascarillado en largos tramos. El mismo sillón al final, rojos volúmenes como salchichas infladas, y un hombre fumando, como en la canción, que parecía estar esperando. En realidad era un tipo bien duro, con la cabeza mal rapada y vestido de cuero negro, igual que la mujer que me guiaba, y que de pronto me hizo recordar a una de esas Venus prehistóricas que dicen ser símbolo de la fertilidad por sus cuerpos gordezuelos y sus pequeñas cabezas. El galán en cuestión nos echó una mirada asesina que nos envolvió como humo de mostaza y yo, que no llevaba la mascarilla puesta para recibimientos tan amorosos, tuve que echarme a un lado y ocultarme detrás de la mujer de formas prehistóricas. Hablaron en un idioma extraño, lo que me hizo volver a pensar en lejanas tierras muy al este, y predije para mis adentros que mi comunicación con aquel ser de cuero quedaría limitada a las miradas o a los gestos. Si discutían, o hablaban de la guardería de los niños, no podía saberlo. Yo observaba por el tragaluz los zapatos de la gente que pasaba por la calle, y añoraba aquella libertad. Sentía el río cerca, ya saben que pasa ahí al lado, y en seguida nos pusimos manos a la obra. La mujer tenía miradas contradictorias. Su frialdad fue rotando a medida que desvelábamos los cuadros. Me rozaba a veces con el codo o con la pierna y me hacía señales ambiguas y todo sucedía muy rápido. En un par de horas habíamos instalado los cuadros de la parte superior, una serie de puertas abiertas que dejaban ver diversos paisajes fantásticos en los que se mezclaban figuras semihumanas hechas de restos de motores y máquinas inutilizadas, hierros y ruedas oxidados, ambientes esteparios que me hicieron recordar la dura tierra de la que procedo, con sus castillos semiderruídos y los fantasmas del pasado habitando los alcores y paseando por las dehesas y las riberas de ríos secos como parados en el tiempo. Pero yo estaba al lado del Pergamon Museum, en Berlín, en el centro de Europa, como si dijéramos, montando una exposición en una casa ajena donde una mujer caballo emitía extraños sonidos a un hombre vestido de cuero negro como piel del más negro caballo de la noche apocalíptica, y no había visto aún los cuadros del polaco surreal que muchos años después tanto me gustarían, o quizá era que los estaba prefigurando en mi mente y en la realidad de aquel sótano, y no lo sabía. Donde estaba mi vida. La mujer me sorprendía de lejos contemplando aquellas extensiones vastas e intensamente reales pobladas de seres de una imaginación torturada, me reprendía dulcemente y con una velada amenaza, y seguíamos trabajando. Juntos, quiero decir. Había también una gradación de colores y de vacío, cuanto más se acercaba uno al sofá rojo, más vacíos estaban los cuadros, más planos eran los colores, más estilizadas las figuras, como esos bailarines-cazadores de las cuevas de Levante, pero hechos de cables, muelles, tuercas. Y el túnel de abajo era igual, pero invertido. Los cuadros más densos estaban del lado del sofá, y los más vacíos, en el extremo contrario. Vacíos de qué, se preguntará alguno. Pues de gente, de gente como ustedes y como yo. Eran verdaderamente una inversión. En los cuadros de abajo se veía al público que alguna vez vería los cuadros de la parte de arriba, vestidos como de fiesta, con la perversa elegancia que da el cuero y la malla. Vi una mujer con un látigo, y un gordo con los labios obscenamente pintados, y alguien que contaba dinero húmedo de saliva, y alguien que se limpiaba las uñas con una larga daga afilada, figuras a lo Otto Dix en sus peores momentos, hermanas de Beksiński a quien aún no conocía. En los primeros cuadros, una multitud informe se agolpaba en el espacio reducido del cuadro, pero esa multitud iba cambiando, su asombro por los paisajes se iba ensombreciendo, sus caras agriando, degenerando, recordaban las figuras de los cuadros que arriba acababa yo de poner de pie. Si hubiera tenido algo para meterme, habría sabido que en efecto eran los mismos, los de arriba y los de abajo, representaciones de quienes más tarde en la noche harían fila para verse retratados dos veces por un artista perturbado capaz que traspasar la carne y ver lo oculto en las almas de los berlineses adinerados. Al final, sólo se veía un aire que apestaba a muerto. Qué imaginación la del tipo. Figúrense que a medida que yo fuera leyendo este cuento, fueran cayendo uno detrás de otro todos los que me están escuchando, fulminados, todos ustedes que han creído venir impunemente a escuchar cuentos en su idioma materno, primero la banda derecha, luego alguno del centro, después los de atrás, más tarde todo el sector que se acurruca en la esquina. Impunemente, fulminados. Desengáñense, no hay nada impune en este mundo, y todos los brazos cruzados no nos defenderán de nuestra falta de inocencia. ¡De nuestra falta de inocencia, repito! Bien, sigo contando. Así que me había quedado abajo disponiendo los últimos cuadros. Notaba una sensación opresiva de silencio, la luz dañaba los ojos, y de repente me sentí tremendamente solo, como si toda la casa me encerrara y me quitara el aire. Busqué de nuevo las ventanas, las puertas, las salidas, y sólo vi rejas, candados, cerrojos, y ninguna llave. Me faltaba el aire, les digo. ¿Qué perseguía, qué estaba haciendo yo allí, qué estupidez, dónde me había metido? Hubiera gritado para dentro de alguno de los cuadros que acababa de disponer en las paredes, e, inconscientemente, me acerqué a uno en que sólo se veía una habitación con una ventana abierta y llena de cuerpos muertos que recordaba atrofiadamente los páramos arrasados por guerras innumerables, y yo quería vivir, vivir, y estuve a punto de romper la tela, les digo, qué susto cuando me vi con el cuchillo de desembalar en la mano y dispuesto a rajar aquella obra de arte contemporánea. El arte, el arte, ficción que nos lleva, mentira que se sobrepone a la realidad, realidad más aparentemente real que estos papeles y esta voz que escuchan, por poco lo hago, les digo, qué susto, quién hubiera pagado la obra, qué seguro, qué responsabilidades por daños y perjuicios, etcétera. Tambaleando me alejé de allí y recorrí un poco la casa después de pasar por el baño donde unos minutos de funciones  fisiológicas restablecieron el orden en mi interior. Encontré una escalera y un túnel, me dejé llevar por mi curiosidad y llegué a otra escalera y a otra puerta. El olor del río era muy intenso allí, y la luz del sótano apenas alcanzaba para iluminar el suelo húmedo y resbaladizo y unas paredes de ladrillo viscosas. La portezuela cedió rápidamente y me vi en el jardín de la casa de atrás, deshabitada, sin ventanas, esqueleto de lo que fue, a la espera del último bombardeo. El muro entre ambas casas se veía reciente. Regresé sobre mis pasos y busqué a la mujer de lengua bífida. Les explico: para apoyar no sé qué comentario, en cierto momento sacó toda su lengua y vi que era una lengua algo oscura, seguramente de fumar mucho o de meterse de todo en el cuerpo abultoso con proporciones de peonza. Pero la mella natural que parte la lengua de los humanos en dos sectores simétricos era en ella tan profunda y desagradaba tanto el efecto de esa oscura separación, que automáticamente tuve la imagen de una serpiente de pelo rubio trenzado de colegiala, ojos azules y malignos, labios inyectados que ocupaban un tercio de la cara, y nariz filosa y analítica. Así era mi dama, qué les parece. Salió resoplando de un cuarto, abrochándose una de las ligas. No les he dicho, por pudor quizá, que su indumentaria incluía unas ligas negras que se abrochaba a una especie de pantaloncito de cuero cortísimo y apretado que resaltaba sus caderas poderosas y altivas. Me miró con sorpresa. Reconocí rescoldos de aquella otra mirada asesina cuyo dueño debía reposar ahora detrás de la puerta después del esfuerzo. Me previno que la siguiera, los invitados empezarían a llegar. Me dio una pajarita y una camisa blanca. La pajarita era de cuero, se la enseñaría a ustedes si no la hubiese quemado, era realmente hermosa, si no la hubiese quemado porque me daba vómitos cada vez que la veía, la habría traído esta noche, pero para qué adelantar acontecimientos, ya van entendiendo por dónde voy. Me explicó dónde estaban las bebidas, los canapés y todo lo demás, y me sugirió que de vez en cuando dejara caer alguna que otra palabra en mi idioma, que eso se vería muy bien, y me pagó el trabajo e incluso un extra que consideré inadecuado en ese momento pero no era cosa de ponerse a regatear sobre dinero porque los invitados habían empezado a llegar en sus Mercedes de lujo y sus BMW último modelo, lógicamente eléctricos. No esperen que les describa sin embargo trajes de smoking o vestidos de satén y raso. No era ninguna recepción oficial ni estábamos en la embajada. Era una juerga nocturna de gentes con plata, o guita, o pasta, como quieran. Todos venían luciendo cuero negro, mallas, látigo alguno, capuchas y caretas, ya conocen toda esa parafernalia. Hablaban todos el mismo idioma mistérico, y no era alemán, pero ellos sí lo eran. En algunos relucía, brillante, el polvo cristalino esnifado en el último momento antes de salir del vehículo. Lo que no alcanzaba aún a entender era la relación entre el arte y la perversión. Tampoco tenía tiempo, en aquel primer momento había que hacer que todos esperararan en la antesala. Se contó al personal, y eran un número fijo cercano a 37. Algunos ya se besaban y tocaban, se pasaban pastillas de lengua a lengua y metían el mango de los látigos en la entrepierna, así me fui haciendo una idea del tono de la fiesta. Tengo claro que no podíamos estar en el KitKat, porque era muy pronto para tal grado de banalización de la perversión. Una mujer blandió su latiguito rosa y dio un lamentable grito de júbilo. Me pregunté sin aliento si se trataba de una logia. Distinguí entonces junto a la mujer caballo de lengua partida a su compañero de fatigas, tranquilo, fumando, mirándome desconfiado, inaccesible. Yo servía bebidas y recuerdo que alguien me tocó el culo, lo digo como un detalle simpático, porque estaba aterrorizado. Hacía un rato que mi cabeza había empezado a dar vueltas desde que me di cuenta de que los pebeteros rituales estaban encendidos y un denso humo de copal blanco empezaba a inundar el ya de por sí denso ambiente. Los vasos me tintineaban sobre la bandeja, pero mantuve el tipo. La mujer no cejaba de saludar ni de agasajar, todos parecían contentos, pendientes, alertas, eso se notaba en la posición de los cuerpos, en el rictus de las bocas. Al compañero de la cabeza rapada lo vi un instante, y desapareció. Entonces dieron entrada a la sala de arriba. Fueron entrando todos los invitados en forma de cortejo, evolucionando sobre la larga alfombra como si ellos fueran los observados por las monstruosas y metálicas figuras de los cuadros desde la lejanía de sus páramos yertos. Yertos, así se sentía que estaban los ojos de aquellos seres. No, quiero decir yermo, ¿por qué dije yerto si quería decir yermo? ¿Ven a lo que me refiero? Vamos perdiendo las palabras. La mujer me sorprendió en ese pensamiento, las palabras daban vueltas en mi cabeza, yerto, yermo muerto, estéril, infértil, infecundo, árido, feraz, ubérrimo, vano, yermo de nuevo. La mujer me ordenada con la mirada que no pensara eso, gente sin vida, sin ánimo, sin luz, dejados, fríos, los cuadros, páramos, habitaciones vacías, simetrías enloquecedoras y asesinas, la mujer me hablaba de aquella forma y atropelladamente, era la única conciencia, y regente, en aquel mar de pesadilla. Me ordenaba que me callara, que me callara. ¿Se pueden creer esto? ¡Pero si yo no decía nada! ¿Es que podía escuchar mi pensamiento? ¿Es que estaba gritando yo también y me veía en silencio? De pronto hubo un chispazo maligno en su rostro imberbe, su lengua bífida asomó un instante fugaz entre dos labios apretados y se acercó bruscamente a quitarme con una mano la bandeja de las manos antes de que se me cayera al agarrarme con toda la fuerza de su otra mano encadenada mi pobre pene sorprendido, me hizo un gesto tosco y efectivo y lascivo mientras escuchábamos ya los primeros aplausos y ovaciones, mientras los halógenos se apagaban y aparecía una fuerte luz verde al fondo, formando una capilla de fuego verde donde el sofá rojo era altar de sacrificio para aquel compañero suyo vestido de cuero negro con virutas doradas y de plata que mostraba potente torno o cañón o cuerno o puñal sanguinario, no sé qué decirles, fue una imagen muy rápida, demasiado rápida y mezclada con lo que acababa de comprender, el paseo ceremonial por el pasillo inferior, la coincidencia de indumentarias, las figuras que irían menguando, cayendo uno tras otro, un invitado tras otro. ¿Se lo pueden imaginar? Un oyente tras otro a medida que avanza la lectura. ¿Me entienden? Así que la mujer sin soltar mi pene que no sabía cómo reaccionar, me empujó hasta aquella habitación de donde había salido antes, y me arrojó sobre la horrible cama de barras de hierro, cerró con llave y no supe si echarme a llorar de miedo o de vergüenza ajena cuando se acercó temblando y descubrió al mundo aquella cosa que era como un melón vertical tajado por machete sanguinario, aquella segunda boca devoradora perlada de pequeñas gotas o de dientes o dagas curvas, qué podría decirles para que me entendieran, me iba a devorar, pensé, o es cierto lo que veo, los pebeteros allí eran más numerosos y el humo del copal era de otra índole, igualmente ceremonial, impúdicamente sacrificial. Ni siquiera acertaré a asegurar que ella estuviera en la misma habitación que yo o sólo su voz, solo recuerdo aquella voz de sueño y de ceniza, aquella bronca voz de quejido desgarrado, implorante y lascivo, que me hacía escuchar otras voces suplicantes en noches de disparos, bombardeos y casas que se desploman, ventanas que saltan hechas añicos por el impacto de misiles, aquella voz avinagrada que me apresaba en el miedo más fuertemente que la visión impúdica de su mal fruto expuesto. Les diré, estaba fascinado por aquella voz, preso. Y me iba a devorar. ¿Qué pasó entonces? Pueden creerme que no lo sé, de pronto estaba en el túnel con la mujer caballo y víbora pisándome los talones hasta que la oí caer, gritar, maldecir en su idioma incomprensible para mí, hasta que llegué afuera y saltando entre agujeros excavados en la tierra a modo de tumbas bien dispuestas alcancé la calle y corrí y corrí y corrí hasta perder el aliento. ¿Qué les parece? Uno va imprudentemente a un trabajo, y se encuentra cada cosa. O uno va a una exposición de donde no sabe si saldrá, o a una lectura. Les recomiendo que miren a su alrededor, si hay salidas de emergencia y quién está sentado a su lado, porque ahora vienen un par de cuentos más, y cualquier cosa puede suceder en el tiempo que nos queda.


Nota de la edición. Todas las ilustraciones de este texto son obras del pintor placo Zdzisław Beksiński que se exponen en el Museo de la Archidiócesis de Varsovia.


(*) La novela de José Luis Pizzi, Multiple Joyce, se presenta en el Salón Berlinés el lunes 29 de septiembre de 2025 a las 19:00.

Iñaki Tarrés

Vivo en Berlín. Escribo en español sobre literatura, arte, educación. Soy editor en Desbandada. Hago muchas de las fotografías que uso en los artículos que edito. Me interesa contribuir a crear comunidad en torno al idioma común en este país, Alemania, y soy consciente de que la revista llega a todo el mundo.

Deja un comentario