Performers-bailarinas en combate de lucha libre. Sobre una plataforma mínima. Como un ring en el centro del espacio. El público en dos tribunas opuestas. No hay árbitro. El público cercano, palpitante.
Valeria Oviedo, coreógrafa y artista visual mexicana, presentó Feisty, la obra que desarrolló durante la residencia de investigación Body Time Space en Radialsystem en Berlín. Allí abreva en la lucha libre, ese fenómeno cultural tan popular en México, para, en crudo, duro y acrobático combate cuerpo a cuerpo, aunque no sin humor, confrontarnos con el conflicto, el choque, el enfrentamiento y sus emociones. ¿Qué nos mueve a ello? ¿Quién gana? Conversamos con ella.


©Alejandro Ramos
¿Qué es, Valeria, la lucha libre? Porque en México es un fenómeno popular y algo muy particular.
Hay una parte muy comercial de la lucha libre en Estados Unidos que se exportó al resto del mundo, pero la lucha libre mexicana tiene su característica y su magia, algo que ninguna otra tradición de combate tiene. Con su parte deportiva; la parte acrobática, muy flashy, muy showy, con más trucos y visualmente muy atractiva; y la parte teatral. Son luchas coreografiadas pero que también tienen espacio para la espontaneidad. Entonces tienes atletas increíblemente talentosos que tienen una propia narrativa que van a seguir, pero que todo el tiempo están construyendo una relación con la audiencia.
Son personajes.
Son personajes, puede ser con máscara o sin máscara. La lucha libre es muy binaria: el bien contra mal, los rudos contra el técnico… Y esta tradición explota en México porque viene como a traer este espacio donde por fin el bien puede luchar contra el mal. México estaba en un punto donde la clase de los trabajadores estaba extremadamente explotada, bueno, todavía, pero eso es otra historia, pero sí, explotada, cansada, en un nivel de injusticia muy, muy grande, y este es un espacio donde sí puedes ganar, donde sí tienes como un avatar que puede ganar sobre el mal. Entonces es como esta experiencia colectiva y catártica. Ha habido, por ejemplo, un padre, un sacerdote, que de noche era luchador y tenía máscara y usaba el dinero para el orfanato de la iglesia.
Cada luchador tiene su apodo particular, su historia, su vestimenta, sus fans…
Y a menudo una identidad secreta. La gente no sabía: ¿quién estaba detrás de la máscara? Y esa es un poco también como la magia de que sí, es un atleta y es una persona muy talentosa, pero al mismo tiempo puede ser tu vecino, el de la tienda, el padre… Son personajes también muy humanos, no son superhéroes, no tienen nada que tú no tengas, son extremadamente humanos.
Una cosa que me impresionó mucho y me pareció muy interesante es dónde decidís comenzar a contar en Feisty. Y vos empezás a contar, por un lado, cuando el público está esperando antes de entrar a la sala, porque afuera ya se oye el audio del ring, de la sala, donde otro público que “está adentro” interactúa con una pelea. Pero luego, dentro de la sala, decidís empezar a contar cuando ya pasó la pelea, cuando ellas están en el piso, en la lona. ¿Qué te interesó de ese momento?
Creo que muchas veces nos enfocamos tanto en el peak de una manifestación, como en la cumbre de la pelea, en el clímax, que regularmente solo vemos eso. Y creo que para entender eso primero hay que entender de dónde viene. Desde el principio para mí estaba esto de lo cíclico del conflicto, de las discusiones, de estas problemáticas. A nivel personal pero también a nivel político o social: seguimos repitiendo y repitiendo y repitiendo la historia. Para mí era importante tener esa sensación de circularidad, de que nos seguimos tropezando. Era como entender que viene de otro lado, que tiene una raíz.
Que tiene una raíz, sí, pero también estás mostrando un momento vulnerable. Porque comienza con las dos luchadoras en la lona. Después de haberse enfrentado, suponemos, en una pelea que no vimos. Y cuesta levantarse.
Sí. La pregunta que yo les hice a las bailarinas fue: ¿qué es lo que te hace a ti seguir luchando? A nivel personal, como artista freelance, como mujer, no sé, algunas de ellas son activistas. ¿Por qué sigues aquí? Y desde ahí estudiar por qué su personaje seguiría ahí. ¿Por qué no abandonas? ¿Qué te hace seguirte moviendo, seguir resistiendo? Esa era la pregunta inicial. Y también: ¿cuál es el viaje emocional de este personaje que también inevitablemente se relaciona contigo? Porque es un alter ego, pero al final nace de ti. Hablamos también de las emociones, del miedo, de esta parte de la ceguedad o de la ignorancia, del enojo, del enojo no procesado, de la ira. Cada una tenía un viaje muy distinto.


©Alejandro Ramos
¿Y qué mueve a salir de la vulnerabilidad para volver a luchar?
Está la vulnerabilidad y el estar exhausta, ya no hay más máscaras, estás agotada. Y claro, hay una parte como de miedo y todo esto, pero al final lo que te hace accionar está muy relacionado con el enojo, que es algo que también trabajamos con Lama, con el maestro de budismo tibetano que estuvo al inicio de la residencia con nosotros: lo de que todas las emociones son útiles. Y el enojo es una de estas emociones que te va a hacer accionar.
Y es saludable y hay que usarlo, pero: ¿qué pasa también si te quedas ahí? Si nunca abandonas el enojo. El enojo es saludable y te está protegiendo, te está haciendo seguir, te está haciendo activar o salir de situaciones donde no deberías estar, pero llega un punto en el que hay que dejarlo ir. Entonces también, ¿qué pasa si esos personajes no lo dejan ir? ¿Qué pasa si adjuntan su personalidad a esta emoción? Y ahí fue donde se empezó a construir lo que sigue después de esta escena inicial.
Y entonces viene el combate cuerpo a cuerpo, pero en algún momento también viene el abrazo, el famoso clinch. ¿Sobre qué te hizo reflexionar este clinch?
Por un lado está esta interdependencia entre los lados aparentemente opuestos. Para haber luz tiene que haber oscuridad. Necesitas al otro. Para mí era importante resaltar esta interdependencia, pero también el intercambio tan íntimo que hay al pelear. Como también en relaciones románticas o amistosas o de familia, se intercambian cosas extremadamente íntimas en ese proceso. Aunque sea desde un lugar que a lo mejor no nos guste o nos incomode.
Y por otro lado, yendo a mi práctica espiritual, hay un maestro que a mí me gusta mucho que se llama Thich Nhat Hanh, que es un monje de Vietnam que cuando fue la invasión de Estados Unidos en Vietnam, él se quedó allá y ayudaba a soldados tanto vietnamitas como estadounidenses. Y por eso lo exiliaron. Y lo que él decía es que en la guerra solo hay víctimas. Para mí es algo que siempre ha estado muy claro, desde el principio de la investigación: que en estos conflictos nadie está ganando realmente, todos estamos perdiendo.
En la obra hay un loop de algo que no termina.
Como que no terminamos de aprender nunca.
Y nos cambian los equipos, nos cambian los colores, los nombres, pero los patrones y esos hábitos mentales de cómo nos relacionamos siguen estando ahí. Es como que no hay una verdadera liberación.
La lucha no se cierra nunca. El conflicto no se cierra con un vencedor y un vencido. Porque quizá no lo hay tampoco, como decías.
Exacto. Y esas heridas que se hicieron durante el conflicto siguen nutriendo lo que sigue. Entonces es muy aparente esta paz o esta liberación. Como que no es real, porque desde adentro el conflicto sigue y, como el conflicto sigue desde adentro, inevitablemente va a ir hacia afuera. Ahora, en los tiempos en los que estamos viviendo, esto se siente tan real.
Tener esta residencia bajo este contexto político, en este territorio, también fue muy confrontativo con eso. Por ejemplo, mientras investigábamos, obviamente, salió el tema del conflicto Rusia-Ucrania, Palestina-Israel, México-Estados Unidos. O sea, mucho. Qué significa estar en conflicto, cómo te afecta como persona, cómo afectó a tus papás, cuál es tu visión. Cómo es este ripple effect de estas heridas que nunca se lograron sanar. Y al mismo tiempo estamos aquí, estamos hablando de esto. Era también como un poco inevitable no tocar esos temas. Tenemos una performer de Kurdistán, otra de Chile… todo eso surgió muy naturalmente.


©Alejandro Ramos
Comentabas que no solamente te interesa mostrar el conflicto entre las partes, sino cómo se relacionan los de afuera con ese conflicto.
Sí, creo que es muy común creer que nos vamos a proteger si nos alejamos, si tomamos una postura como “eso está pasando allá, fuera de mí, no tiene nada que ver conmigo”. Hay una tendencia a decir: “no, yo soy neutral”. Pero no: no decir nada o no tomar una postura ya dice algo. No existe esta neutralidad.
Todavía estamos en el proceso de investigar cómo la obra puede traer eso más a la luz. Ya iniciamos un poco esto con la manera en que dividimos previamente a la audiencia en dos teams ubicados uno en frente del otro y siempre iluminados. Tú, del lado que estés, tú siempre puedes ver a la contraparte de alguna manera.
¿Por eso no hay árbitro?
Sí, sí, obviamente. Normalmente en las peleas hay un mediador, supuestamente neutral, que también no lo es. Tampoco en la lucha libre. Para mí era importante que no hubiera un personaje o una entidad donde el público se pudiera identificar como: «Ah, ok, yo soy el mediador».
Yo estoy afuera.
Yo estoy afuera, y en este punto como medio… Realmente me parece fuera de lo real. En realidad nunca hay un mediador. O sea, cuando vemos el conflicto tanto a nivel personal como a nivel geopolítico, no existen realmente estos mediadores. Decimos que hay, pero en realidad no… Y si los hay, no tienen realmente un poder verdadero sobre lo que está pasando. Entonces, para mí era importante quitar a este personaje y verlo de una manera mucho más cruda, mucho más real: no existe este punto medio. Están estos dos lados que están en conflicto, que se están encontrando y todos somos parte y estamos siendo testigos de eso. O sea, de una manera pasiva o activa, pero eres testigo de, eres partícipe de.



©Alejandro Ramos
¿Qué aportó en lo coreográfico la lucha libre?
Tuvimos un taller con Orlando Silva, que es nuestro coach de lucha libre, increíble. Orlando se entrenó en México y ahora vive acá. Creo que es el único luchador de lucha libre mexicano que está acá.
Primero que nada había una parte muy técnica de los trucos de lucha libre que queríamos explorar, como lanzadas, llaves, sumisiones, y de ahí buscar una exploración también desde el cuerpo. Muchas cosas fueron surgiendo naturalmente a través de aprender el vocabulario con el cuidado, porque es algo que requiere mucho cuidado y mucha técnica.
Pero también en cuanto a la creación de personaje y a la narrativa la obra viene muy de la mano con la lucha libre: de dónde vienen los personajes, cuáles son sus objetivos, su misión, sus elementos… Los movimientos al final nacieron del personaje, no al revés. El personaje no viene a decorar el movimiento. El personaje existe primero.
Y también está la relación con la audiencia: no estás peleando en privado, es algo público y hay una audiencia ahí que también es increíblemente relevante para lo que está pasando en el ring.
Es muy interesante el trabajo, porque cada luchadora tiene un lenguaje corporal diferente, y en este se vislumbra, en mayor o menor medida, en forma más o menos evidente, una exploración de un costado animal que abrió espacio a otro repertorio de movimientos.
Creo que los animales fueron surgiendo en ellas de manera muy natural, como con la personalidad. Para las performers fue importante tener, en este mundo de fantasía, algún tipo de ancla para poder darle al personaje un contexto, un alma, una manera, un ecosistema. Hablábamos incluso de cómo la distribución de los órganos afecta cómo se mueve un animal; los instintos, qué le da miedo. Tenemos una serpiente, una ratón-rata, y un felino.
Algo también muy fuerte respecto al trabajo de danza, y también vinculado a la lucha libre, es la importancia del piso. En la lucha libre tenés lo que llaman el pinfall: la victoria se logra cuando se doblega al contrincante manteniéndolo de espalda contra el piso. En la danza te da una perspectiva totalmente distinta para el espectador. ¿Cómo trabajaste esto? ¿Te abrió coreográficamente algo?
Sí, creo que esa horizontalidad definitivamente abre muchas cosas, y también la perspectiva desde la que ve el público. Estamos más acostumbrados a posicionarnos desde este punto más como omnipresente, no sé si de Dios, pero desde arriba. Aquí, con la plataforma alzada, el público está como al ras del piso y hay una cercanía y un impacto más visceral.
La danza contemporánea latinoamericana, desde mi punto de vista, tiene una relación muy cercana al piso. Y a trabajar también mucho como lo animal, lo orgánico, hay técnicas de flying low, o sea, hay muchas cosas y creo que hay una relación con el estar como trapeador. Literal, de estarte arrastrando por el piso. O por lo menos los maestros que yo tuve en Tijuana y en Guadalajara y también en Ciudad de México.
Y también los lenguajes tanto de lucha libre como de danza contemporánea, por lo menos del contexto de donde yo vengo, tienen un montón de similitudes en cuanto a cómo se utiliza el cuerpo y la cercanía y la acrobacia. Hay algo relacionado con el power, y con utilizar el cuerpo de una manera mucho más horizontal y más con puntos medios que arriba. Nosotros decimos: mucho más chango.
El escenario es un gran desafío para la performance, porque están trabajando sobre una plataforma de mínimas dimensiones.
Era la visión que tenía. Tenía los dos cuerpos, el público alrededor, como en la lucha libre, y la plataforma pequeña y alzada. Obviamente para las bailarinas fue un shock. Ya lo sabían desde que las invité al proyecto, pero obviamente fue todo un proceso hacernos amigos de esa plataforma de dos por dos metros y ochenta centímetros de alto. Un ring es mucho más grande. Una plataforma bastante pequeña sobre todo para lo acrobático y lo físico que es la pieza. Bastante demandante. Pero justamente eso, quería que hubiera y se sintiera un riesgo real. No nada más representar un riesgo.
Y también para las bailarinas cambia la manera en que se mueven obviamente, porque empezamos trabajando sobre el escenario normal sin límites y luego las subes a esta plataforma y todo el cuerpo cambia. Ver eso en el cuerpo era hermoso. Fue increíblemente challenging para ellas, pero como coreógrafa fue increíble presenciar esa como metamorfosis del personaje, del movimiento de ellas al subir a ese escenario. Entonces sí, fue un elemento crucial desde el principio.
¿Cómo trabajaste con el ritmo, con el tempo?
Naturalmente había pausas y ritmos que se necesitaban, que tienen que ver con la lucha, porque es muy real. Orlando, nuestro coach, nos decía: el hecho de que sea coreografiado y diseñado no lo hace fake, no lo hace falso, es real, el cuerpo les duele, o sea, para las bailarinas fue súper fuerte también, a nivel corporal y emocional, porque aunque sepan que están seguras, que simbólicamente tu cuerpo atraviese esos estados hace que tu cuerpo conecte con tu cerebro y con tu estado emocional. Si te están sometiendo, a pesar de que a lo mejor corporalmente no es doloroso, la postura, la postración tiene un efecto emocional. Todo esto afectaba también el ritmo de la pieza.
Sí, de pronto es una sumisión, una cabeza atrapada entre las piernas de la contrincante que va girando, una figura muy típica de la lucha libre pero muy fuerte para la danza, para la performance. Y visualmente. ¿Esta obra significó salir de una zona de confort dentro de la danza contemporánea?
Claro, al final de cuentas somos bailarinas y no actrices y trabajar la fantasía, el personaje es mucho, pues hay que perderle el miedo al ridículo y eso da miedo, eso es salir de la zona de confort. Este formato de performance exige mucho más. Para todos fue un poco sacudir las ideas que tenían. Y como directora estoy muy consciente de que este formato no es lo que se está produciendo en este momento en la danza contemporánea y que sí, hay un riesgo físico, hay un riesgo desde el escenario, desde la técnica, los golpes, pero también como concepto. Presentar la agresión tan cruda también era y es un riesgo como propuesta artística.

©Alejandro Ramos
El título: Feisty.
Si algo no me parece, digo lo que pienso. Intento obviamente siempre ser respetuosa, pero creo que siempre hay un cierto ímpetu en mí a la hora de comunicar. Así me pusieron este adjetivo en varias ocasiones de ser como feisty (en inglés), que sería como peleonera. En México, por ejemplo, dicen que «desayunaste gallo”. El salir al mundo y ponerme en contexto con otras personas como que resaltó esa parte de mí de la que yo no estaba tan consciente, porque todas las mujeres de mi familia son así. Entonces dije: ok, vamos a ver qué es esto, vamos a investigar qué significa, ¿está bien?, ¿está mal?, ¿qué hago con esto? Y de ahí nace toda la obra y de ahí nace también el nombre.
Sos de Tijuana, de la frontera. ¿Qué hay de Tijuana en la obra?
Es curioso. Antes de salir de Tijuana no me había dado cuenta de cómo el haber crecido en una ciudad fronteriza, con esta vida transnacional había afectado tanto como mi manera de pensar en cuanto que hay siempre un híbrido de cosas, hay un asumir los contrastes, que no tiene que ser todo una sola cosa: no se tiene que definir como solo danza, o por ejemplo, si estoy hablando de un tema muy profundo o dramático, no significa que no puede ser divertido. Siento que estos contrastes son mucho del lugar donde vengo. El folclore mexicano es muy vibrante. Mis obras no son minimalistas para nada. No hay nada discreto en mi cultura como tal.
En Feisty también está el humor, aún en el combate cuerpo a cuerpo. Voluntaria o involuntariamente, en la revancha, en el enojo, en la victoria, hay momentos con una chispa particular que los saca de lo grave.
El humor nace naturalmente de cómo los personajes se van encontrando, pero también está en la dinámica del grupo, en el backstage. Y, claro, queríamos jugar también con este foolishness o playfulness, que no todo tiene que ser súper serio. Bueno, inclusive en México, si hablamos de muerte, un tema súper denso, difícil, igual siempre hay una parte de la risa que viene como también a liberar, ¿no? A entender, a relajar.
Creo que hay una parte de apertura y de suavidad. Después de tener este release de reírte, tu cuerpo y tu mente están mucho más suaves para recepcionar cosas. Creo que si estás tenso, tenso, tenso, tenso, te bloqueas. Incluso en el cuerpo, si es solo tensión, no hay espacio para nada más, estás completamente atrapado en esa tensión. Después de una risa el cuerpo suelta, la mente suelta también y entonces puede entrar información. Entonces, para mí es no simplemente como para contrarrestar, sino para poder realmente recibir más.
De alguna manera son los dos extremos entre los que te movés en Feisty. Entre Orlando, con la lucha libre, y el Lama, con la meditación – dos de tus dialogue partners en la residencia. ¿Cómo son esos dos puntos?
Comparten mucho, la verdad. Lama Lhanang Rinpoche es un monje tibetano basado en San Diego (EE.UU) que tiene centros también en Tijuana y es mi maestro. Es meditación laica. Pero Lama es súper chistoso. También hay algo dentro de la cultura tibetana y mexicana que se conectan mucho. No sé si alguna vez hayas visto un templo tibetano, pero no es como el budismo zen, que es todo blanco, todo minimalista, no. O sea, el budismo tibetano es: naranja, azul, colores, las figuras, las deidades son como monstruos. México también tiene esta parte como muy, entre comillas, “grotesca” para otras culturas, con la muerte, los colores…
Y Orlando, nuestro coach, lo ves así, grandote, luchador, y es un pan de Dios, súper amoroso, súper emotivo. O sea, creo que estas dos cosas no están peleadas y es algo que aprecio un montón de estos contrastes: que puedes estar hablando de algo súper serio, algo súper heavy, súper denso, pero hay una parte también suave y gozosa.
En cuanto al lado de la lucha, nuestro tercer dialogue partner fue Yotam Peled, un coreógrafo de Israel que vive acá en Berlín. Él también trabaja con luchadores, de manera muy distinta, pero con temas similares. Fue muy lindo también trabajar con él. Nos ayudó un poco a desarrollar lenguajes en cuanto a las disciplinas de combate, y a conectar estas cosas para que tuvieran más sentido
El equipo se completa con diseño de sonido y vestuario.
En la música está Emme Moises, una artista argentina que, por ejemplo, desarrolló piezas específicas para cada personaje y después para las peleas las fue como mezclando, lo cual fue increíble. María Ignacia Navarro fue quien nos ayudó con vestuario. Ella trabaja el upcycling, o sea, todo lo que vimos en escena eran piezas de segunda mano que se trabajaron para hacer vestuario. En una mezcla de estilos, una abstracción de la lucha libre, sin máscara, pero con botines, algo de videojuegos también.
Y por supuesto las bailarinas-performers.
Tenemos a Elvan Tekin, que es una artista de Turquía, de Kurdistán; a Pamela Moraga, que es una coreógrafa de Chile, y a Aleksandra Petrushevska, de Macedonia. Tenía claro que tenían que ser mujeres. Había una parte de asumir de que también las mujeres no nada más lloramos y sufrimos y somos madres. También nos enojamos y es saludable y necesitamos enojarnos. Está un poco conectado a la obra pasada que hice. Sobre todo en Latinoamérica y México está este arquetipo de mujer de que tu valor está en el dolor, en el sacrificio.
Y también para mí era importante que fueran de lugares distintos, que tuvieran diferentes cuerpos, que como artistas fueran diferentes también. Intenté seleccionar las que fueran integralmente muy distintas. Y también muy diferentes a mí. Mucha gente me preguntaba: pero esta combinación de personas, ¿por qué? Porque para mí era importante que fueran muy distintas también en la vida real, fuera de la pieza: que vinieran de contextos muy distintos, que tuvieran lenguajes distintos, prioridades y maneras de ver la vida distintas, porque al final de cuentas de lo que estamos hablando es de eso: de cómo habitar estas diferencias. De cómo habitar en el no estar de acuerdo.
Muchas gracias, Valeria. Espero vernos pronto en el estreno de Feisty.
©Alejandro Ramos
Feisty
Dirección artística: Valeria Oviedo (@oviedo.val)
Performers:
Aleksandra Petrushevska (@aleksandra_petrushevska)
Elvan Tekin (@badelv1)
Pamela Moraga (@pamemoragam)
Composición musical & diseño de sonido: Emme Moises (@emme__aura )
Diseño de vestuario upcycling: Maria Ignacia Navarro (@marina_varro_o)
Coachs movimientos Lucha Libre:
Orlando Silva( @orlandosilvauma)
Liss (@liss_u.m.a )
Fotografía: Alejandro Ramos (@1805p)
Dialog Partners:
Yotam Peled (@yotkep )
Venerable Lama Lhanang Rinpoche (@jigmelingpa )

Valeria Oviedo
es una artista interdisciplinaria y productora de Tijuana, México, que trabaja con coreografía, artes visuales y performance. Recibió su Licenciatura en Artes Visuales en la Universidad de Guadalajara (MEX) y una Certificación en Entertainment Management de San Diego State University (EUA). Su trabajo aborda temas como el poder del conflicto, las fronteras, el duelo, el linaje materno y la muerte, buscando conectar con el público tengan o no, relación con el arte. Desde 2020, trabaja en Berlín colaborando en proyectos con Uferstudios, Dock11, Feld Theater, Universität der Künste Berlin, Theater an der Parkaue, Sophiensæle, ada Studio, entre otros. Además, es facilitadora de meditaciones guiadas y prácticas de movimiento consciente.
Imagen de portada ©Alejandro Ramos











