El erotismo, segundo acto

El viernes 19 de junio de este año tuvo lugar en la librería La escalera la segunda parte del debate sobre el erotismo.

Además de los sospechosos habituales, y alguno nuevo, tuvimos el honor de contar entre nuestros invitados con Irene Martín, filósofa, psicoanalista y autora de un libro que parecía escrito para la ocasión. De Eros a Narciso: Tres lecturas sobre el deseo: Platón, Freud y Han.  

Esta vez nos interesaba profundizar en algunos aspectos fundamentales del eros: su naturaleza, sus enemigos, su imposibilidad de ser eliminado (la venganza del eros), para terminar con la cuestión de cómo y porqué se hace necesario erotizar nuestras vidas.

Amour fou

©Roberto Calvo

En su montaña mágica, Thomas Mann hacía decir al doctor Krokovski que la enfermedad era el retorno, con otro rostro, de la represión del amor. En la enfermedad el amor reprimido se vuelve autodestructivo, pero hay otras formas de venganza como veremos más adelante.

El amor (del cual el sexo es un matiz) es, pues, una de nuestras necesidades eróticas.

Hablamos por supuesto del amor erótico, ese que implica deseo sexual, fascinación, locura y obsesión con otro ser al que se eleva por encima del resto de los mortales. Ese amor que es imposible de predecir y provocar con algoritmos al estar impregnado de esos deseos inconscientes que hacen que esa persona particular, que ni siquiera se ajusta a nuestro ideal de belleza y en la cual reconocemos defectos de carácter imperdonables nos vuelva locos.

Hoy la tecnología, esa hija modélica de la razón, ha transformado el amor.

Pretendiendo reducirlo a parámetros racionales lo ha terminado separando de la intuición, eliminando ese “object petit a” del que hablaba Lacan. Este es por naturaleza evasivo, se resiste a ser incluido en la ecuación, y siendo como es el único elemento importante, el único capaz de transformar el mero interés en amor fou, sin él este no sucede.

Hoy nos encontramos perdidos en un supermercado de opciones del cual somos un producto mas. Propongo que dejemos de hablar de la cosificación de la mujer como si el hombre hubiese escapado a esta tendencia.

Pues hace ya tiempo que todos hemos sido cosificados.

©Roberto Calvo

Como el amor, también el sexo ha caído en las garras de la tecnología liberándose progresivamente de su carácter interpersonal. Proliferan los sustitutos. Por ejemplo los juguetes eróticos de los cuales, apelando a valores de moda como la autonomía, nos han convencido que son los mejores amantes. Y reducido el buen sexo al buen orgasmo, cosificado el sexo, nos vemos obligados a darles la razón. Pero ¿qué hemos perdido?

Los olores, el tacto, la comunión con el otro, el placer de verle disfrutar….

©Roberto Calvo

Por otra parte el sexo, además de ser el complemento necesario del amor erótico, es esa válvula de escape a través de la cual podemos canalizar impulsos violentos fruto de carencias personales, pues hay necesidades socialmente más prohibidas que las sexuales (la lujuria nunca fue es el más grave de los pecados capitales).

A través del sexo podemos disfrutar de algunas de las que nos faltan en la vida cotidiana: del poder, por ejemplo, erotizado en el sadomaso.

El sexo nos permite también darles un sentido (erótico) a sentimientos recurrentes e insoportables: el masoquista a la humillación o el fetichista la tristeza, la desconexión del otro.

Y a gozar.

Siempre será mejor erotizar nuestras necesidades insatisfechas que dejar que se transformen en violencia. Por ello en todas las sociedades se han habilitados lugares para el goce: los clubes berlineses, por ejemplo (prohibidos en la actualidad).

No es libertad ni libertinaje lo que allí se vive, son necesidades expulsadas.

Otras necesidades eróticas susceptibles de ser prohibidas y eliminadas son el juego, el arte y la espiritualidad (y todos los vicios o pecados capitales que dejaremos para otra ocasión).

¿Que ocurriría -preguntó un participante- si se diera rienda suelta a esta parte del ser humano? ¿qué temen aquellos que con tanto fervor las prohiben?

El juego

¿Cómo explicar por ejemplo  que en estos meses, en las playas se haya prohibido el baño lúdico, pero se haya permitido nadar si se puede justificar que es parte del programa deportivo? ¿Porqué en los bares no se permite el baile? ¿Porqué las fiestas?

Parece haber algo en lo lúdico que molesta intrínsecamente al que lo observa sin poder participar.

Mis hijos se quejan recurrentemente de que en el colegio les prohiben jugar cuando les ven demasiado apasionados (obsesionados) con algo, sobre todo si se llega a generar algún conflicto. Ellos tienen la teoría de que a los educadores les molesta que tengan demasiado “Spaß” (diversión). Niños paranoicos… Siempre pensando que los adultos les quieren aguar la fiesta.

¿O habrá algo de cierto en su sospecha?

©Roberto Calvo

Una de las participantes apuntó que en inglés se distinguen dos tipos de juegos el play y el game. El game implica competitividad y se da en el deporte, el play es, en apariencia, inútil.

¿Estaremos perdiendo la capacidad de jugar? En todo caso hay en el play un aspecto impredecible y descontrolado que puede devenir en risa o en quién sabe qué otras pasiones desbocadas.

Arte y espiritualidad

En estos meses hemos podido ir al supermercado pero no a la iglesia. Rezar no se ha considero una necesidad primaria pero, como nos recordó una participante; no solo de pan vive el hombre y no es solo a misa donde no hemos podido ir. También hemos renunciado a los museos, cines o conciertos. Los espacios que la sociedad concede a nuestras necesidades espirituales han sido cerrados hasta nueva orden.

¿Qué ha ocurrido con el arte en estos meses?

©Roberto Calvo

El you tuber Luis Garcia Villarán comparaba el arte de la pandemia 2020 con el de la época de la peste negra. En el “Triunfo de la muerte”, Bruegel retrataba la fragilidad del ser humano, su indefensión ante la poderosa muerte. Sin embargo, en esta pandemia la muerte no aparece por ningún lado, en su lugar se repiten obsesivamente los mismos motivos; mascarillas, papel higiénico, héroes y guantes.

Como si nos hubiéramos creído que podemos vencer a la muerte.

Hemos perdido el sentido trágico de la vida confundidos y convencidos por expertos que nos promete que podremos vencerla en algún momento si seguimos sus instrucciones.

Hemos perdido el sentido trágico de la vida y el arte ha quedado al servicio de la comunidad, para consolarnos con mentiras.

Pero si hay algo que siempre ha caracterizado al arte es su resistencia a la mentira en todas sus formas, aun a costa del consuelo y la tranquilidad. El mensaje del arte es independiente de su viabilidad, no corresponde al artista dar soluciones sino mostrar la realidad sin ambages, liberarla de detalles, para que podamos percibirla en su crudeza.

El sino de los artistas que no se ponen al servicio de los intereses de la comunidad es la censura y el rechazo. Y únicamente el tiempo, en ocasiones, acaba dándoles la razón. Pues si hay algo que al humano le molesta es que le pongan un espejo delante.

El arte es conciencia para el mundo, interés, sentido de la realidad frente a las ilusiones que nos alejan de ella, el arte emerge siempre del dolor y la miseria y no pretende reducir el dolor, anestesiarnos, sino aumentar nuestra capacidad para el sufrimiento. El arte nos prepara para la muerte, por lo que nunca puede renunciar a ella.

Hoy no hay ni tragedias, ni héroes. Solo errores y muertes que podrían haberse evitado, si hubiésemos hecho esto o aquello. Al no aceptar que hay fuerzas que nos superan nos vemos obligados a asumir la culpa de las desgracias.

Dicho esto remarcar que hay que diferenciar arte de cultura, que son conceptos opuestos. La cultura (que es un valor de la comunidad y carece de subjetividad) vela por nuestra seguridad mientras que el arte, dentro de la cultura, expresa nuestra necesidad de intensidad, de verdad, aun a costa de la salud.

Por eso el arte siempre dice No, incomoda, hiere sensibilidades, y va en contra, y cuando dice si, ya no es arte, ya ha muerto, ya ha sido absorbido por la cultura.

Enemigos del erotismo

“El arte no sirve para decorar paredes sino para defendernos del enemigo”.

Pablo Picasso

Vamos a finalizar con una tesis antigua que hoy casi suena provocadora.

El mayor enemigo del erotismo es la cultura, que, como decía Freud:

“se desarrolla en contraposición a la naturaleza, nos protege de ella (cuya amenaza definitiva es la muerte) y regula las interacciones entre los hombres“.

¿De qué nos protege la cultura?

De la vida. La vida es un reto muy difícil para nosotros. Esta llena de dolor, decepciones y tareas irresolubles. Para soportarla necesitamos paliativos/sedantes y distracciones potentes, que nos hagan olvidar nuestra miseria, satisfacciones sustitutorias, que la hagan menos insoportables y drogas que nos impidan sentir.

Decía Freud que el dolor al que tanto tememos puede venir de tres fuentes; del propio cuerpo y mente, predestinado al deterioro y la desintegración, de las catástrofes naturales devastadoras potentes e imparables y, last, but not least, de nuestras relaciones con los otros.

Social distancing, ¿os suena?

©Roberto Calvo

Fundamentalmente el humano se teme a sí mismo. Sus movimientos eróticos, sus pasiones, le aterrorizan, de modo que los condena. La santa, llena de pavor, aparta la vista del voluptuoso ignora la unidad que existe entre las pasiones inconfesables de éste y las suyas. (Bataille)

Y no hay nada que sea capaz de despertar nuestras pasiones con más fuerza que el otro.

La cultura nos protege de nuestras pasiones y del otro. Con represión.

Y es esta misma represión la que nos permite progresar (tecnológicamente) a través de la postergación de necesidades que claman por satisfacción inmediata. Es a través de las prohibiciones que la cultura avanza. Aunque no sepa a ciencia cierta a dónde se dirige. Igual hace tiempo que dejamos atrás la meta…

¿Y a costa de qué progresamos?

El precio del progreso es el sacrificio de la naturaleza.

Progresar es domesticar las pasiones y sustituirlas por otras, las apps, más razonables. Ahora que nos hemos dado cuenta de que hemos destruido la naturaleza propongo que comencemos a considerarnos parte de esta y nos preguntemos qué parte de nuestra naturaleza estamos en tren de destruir.

El futuro de la humanidad

Decía Freud que el  destino de la humanidad dependerá de en qué medida consigamos desarrollar una cultura que contemple y absorba los impulsos agresivos y autodestructivos (trabajo, para contenerlos, fiesta, para soltarlos) del ser humano. Ya en su época la tecnología estaba tan desarrollada -y la prueba fueron Hiroshima y Nagasaki- que bastaba apretar un par de botones para acabar con todos nosotros. Todo dependerá de como Eros y Apolo se organicen, de que encuentren un compromiso, si esto no ocurre será el Tánatos el que domine, pues a ninguno de los dos les será posible dominar al otro sin acabar con la vida.

©Roberto Calvo
Georgia Ribes

Psicologa clínica y autora. Berlin- Neukölln. www.psychologischepraxisneukoelln.de

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