El soplo final

Un relato de Sebastián Trujillo.

Entonces multiplicó el firmamento orificios del tamaño de la luna llena. Permitiendo, a través de ellos, el asedio fantástico de centellas enormes. Al caer liquidaron el mundo de tal manera que sus confines quedaron escasos de humanidad. Y vieron que era difícil, pero bueno, los pocos que aún podían dejar huellas en la superficie devastada a causa del incendio celestial.

Un hijo de nadie llevaba el sombrero ladeado, escondiéndole el perfil izquierdo bajo bonitas sombras verticales. Sostenía un violín enlutado. Como estrella artística digna de la chispa de Cristo, Abel, María, Toni Morrison. O la rebelión del corazón de las ratas de Fernando Aparicio y otros tantos que resplandecieron en el centro de una vida bestial, construida por multitudes esclavas del dragón apuñalado por Miguel.  

Meditó en las profecías antiguas e hizo sonar la melodía del violín. Cuando se sustentaba el sonido en el viento, sus lágrimas mojaron las cenizas que pisaba. Después aparecieron ante él personajes de aspectos nobles, puros. Sin codicia de nada, ni intenciones de eternizar la peste de sus culos en el planeta azul.

De la civilización sepultada resistieron intactas únicamente la música genuina, literatura, pinturas…los instrumentos necesarios para regocijarse del buen arte hasta el instante postrero.  Salvo el clima, Nueva York y Berlín no distaban mucho de Macondo y Malabo. Los ángeles del Señor no hablaban inglés o alemán. Y compartiendo esta idea fue inevitable sonreír de inocente honestidad. Aunque el disfraz de la comodidad se hubiera empeñado durante siglos en jugar al ilusionista de circo con los ojos tristes de aquellos que solo desearon contemplar la fotografía del paisaje repetido, artificial.  

Había sido la primera vez que experimentaban plena confianza de que la existencia no empeoraría a cada amanecer. Ninguno creería en las moscas verdes vomitadas desde gargantas corruptas. No desearían la mierda ajena. Tampoco la tele de un millón de pulgadas, la internet extraviada en manos de imbéciles narcisos o el sofá para sentarse y alabarlos según sus vestimentas o cualquier idiotez que solía encumbrarlos en la cima de la fama y la victoria.

Ya nada de lo anterior era necesario. Equivalía a menos que la chatarra. Porque la Tierra estaba desordenada y vacía, y tinieblas yacían sobre la faz del abismo, y el espíritu de Dios decidió moverse encima de las aguas y dijo: Sea la luz; y fue ésta. Y vio Dios que la luz era buena, separándola nuevamente de las tinieblas.

Sintieron, pues, los sobrevivientes el impulso de la fuerza sublime. Y tan rápido como una constelación fugaz de la noche, se hallaron en la labor de abarcar el infinito sin intervención de la vanidosísima razón. Solo con los restos del justo apocalipsis.  

Suficientes resultaron el río para la sed y la hierba que diera semilla y árbol de fruto que diera fruto según su género para la cena última.

Los cadáveres, que en vida sus tripas vibraban hambrientas de oro, vueltos al polvo a nada el metal les sabía allí. La fiereza salvaje se extinguió. Y una mujer, heredera de la belleza del océano y el marrón de la madera, compartió poesía de su lengua mientras aguardaba, en apacible calma y despojada del enfermizo deseo de adulación, al majestuoso ángel de la muerte.  Nunca reinó en la naturaleza hermosura similar. Desaparecer luego de absorber la creación verdadera constituía un final muy honorable. Quizás como el propósito del camino. Las alas de diamante de la entidad superior se extendieron en las ruinas. Y, abrigándolos, el movimiento causó el soplo final.  


Sebastián Trujillo

Sebastián Trujillo Sanclemente es comunicador social y periodista con énfasis en prensa, egresado de la Universidad Sergio Arboleda, Colombia. Nació en Barranquilla. Trabajó en seguimiento.co, periódico virtual de Santa Marta, Colombia. “Un alma del Caribe, sobreviviente en Berlín”, dice. 27 años.

Imagen de portada: ©Lorraine Cormier/Pixabay

Revista Desbandada

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