Y a Mitad del Camino

Cuento de Christian Garrido

Mientras más avanzaba más me consumía el pánico. Ni qué decir de los relámpagos que a cada instante parecían querer hacerme perder el control del carro. Aquellas ráfagas de luz eran aterradoras; más que brindarme la ocasión de divisar algo a mi alrededor, le daban la oportunidad a mi cabeza, por decirlo de alguna manera, de jugar con las siluetas de los árboles que a cada destello se me antojaban criaturas fugadas del Hades, dispuestas a saltar sobre mí.

Decidí poner la radio, no con el fin de conocer el último reporte del tiempo, cuyo estado era para mí ya bastante claro, sino para hacerme compañía en la inconmensurable soledad de aquel camino desierto. Seguí adelante, un tanto arrepentida de haber declinado la invitación a pasar la noche en casa de Carlos y Sophie, su nueva pareja. Parecerá extraño, pero no quise dormir en casa de un ex novio; sé que soy una tonta. Por un momento consideré regresar, pero habría sido una locura, pues ya llevaba recorridos más de tres cuartos de hora. Así que solo me concentré en mirar al frente y conducir de la manera más sosegada posible con dos pensamientos en mente, llegar a casa cuanto antes y dormir.

Así seguí hasta que llegué, para mi desgracia, a un tramo del camino lleno de curvas cerradas; no recordaba haber pasado por ahí. Vinieron una, dos, tres, bajé la velocidad para no matarme y finalmente me vi frenando en seco, no lo podía creer, frente a otro carro que se extendía allí, de un lado al otro de la vía, sumergido en un silencio y una oscuridad imperturbables. Cuando por fin reaccioné, tenía la sensación de haber pasado una eternidad allí dentro, inmóvil, agarrada del timón, y pensé dar reversa por un segundo, pero entonces recordé que había prometido a mi hija llevarla a sus clases de ballet, temprano, a la mañana siguiente. Fue esa promesa la que me llevó a levantar el freno de mano, buscar la linterna en la guantera y bajar de la máquina en medio de esa lluvia que en un abrir y cerrar de ojos me dejó hecha sopas. Tenía que echar un vistazo a ese aparato atravesado en el camino a mi cama.

Mientras me acercaba vinieron a mi cabeza un sinnúmero de imágenes, de entre ellas las del levantamiento que había hecho en la madrugada del sábado anterior:

–¿De qué se trata? –pregunté cuando me avisaron que debía ponerme en marcha.

–Dos cuerpos, una mujer de poco más de treinta y una niña, seguramente su hija, en una calle a mitad de camino, no sé bien dónde.

–¡Otro accidente de tránsito!, con este ya van tres en un solo fin de semana.

–Es posible que no, Doctora García. No están en medio de la calle, sino en el baúl de un auto abandonado, las dejaron como un colador, al parecer con un picahielos encontrado cerca. Es todo lo que sabemos.

Con cada paso que daba en dirección a ese carro, se hacía más vivo aquel recuerdo tan reciente. Incluso volvió a mi nariz el penetrante olor metálico de la sangre fresca que me había impregnado la piel toda, tan solo una semana atrás, y que había tardado tres días en quitarme.

Las piernas me temblaban, me estremecía de frío y sentía que me iba a desvanecer, mientras el agua me escurría por todo el cuerpo. Cuando al fin me disponía a abrir la puerta de aquel vehículo del demonio, sentí que mi corazón se fugaba y me dejaba allí sola, del solo pavor a encontrarme de nuevo con aquella niña a quien no habían querido siquiera cerrarle los ojos.

Me volvió el alma al cuerpo una vez hube comprobado que no había nadie dentro, mas aquel sosiego duró solo un par de segundos; debí soltar un grito ensordecedor al darme vuelta y toparme sin más con Klaus, el padre de mi hija. ¡Tranquila, cariño, que somos nosotros! Junto a él se encontraba la pequeña, a quien debía acompañar a la mañana siguiente a sus clases de ballet, y que al verme se lanzó a mis brazos.

–Queríamos darte una sorpresa y pasar a recogerte– dijo él. –Regresé ayer, antes de lo previsto. No te pudimos ubicar, ya habías salido de casa de tu amigo cuando llamamos, perdón, de tus amigos, quise decir. El auto es alquilado, se nos pinchó una llanta y el repuesto está roto, todo un desastre.

–¡Qué cara tienes, mamá! Tranquila, ahora al menos estamos de nuevo los tres juntos–, argumentó ella buscando calmarme con esa angelical e inocente sonrisa suya. Poco a poco recuperaba en efecto la calma, hasta que no pude evitar fijar mi atención en su mano, en esa gigantesca mano, pero sobre todo en el artefacto que con ella sostenía. No me pude contener y por fin arrojé por la boca esa pregunta que ya me estaba punzando la lengua:

–¡Klaus!, ¿para qué es ese picahielos?

Marburgo. ENE.MMVIII


«Tengo 42 años, vengo de Bogotá y llevo 16 años en Alemania, los últimos 6 en Berlín. En mi ciudad natal estudié filología alemana, luego en Marburg (Hessen) Romanística en español e italiano con énfasis en lingüística (Sprachwissenschaften). Actualmente trabajo como profesor de español en un colegio en Brandenburgo.»

Revista Desbandada

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