La olla exprés

Un relato de Olga Delgado.

El techo tenía una erupción volcánica frijolera. La tapa de la olla exprés estaba incrustada con fuerza e iba a requerir que Macarena y su marido contrataran a alguien para que la sacara y reparara el techo. La estufa tenía rastros de metal y quemaduras de una explosión que, afortunadamente, fue contenida por el refrigerador y los otros aparatos eléctricos que ahora eran inservibles.

Varios azulejos habían sido reducidos a casi arena, otros estaban cruzados por múltiples fracturas. Sus dos hijos estaban debajo de la mesa, los alcanzó a ver de reojo mientras entraba a su hogar. Estaban agazapados, uno junto al otro y armados con una cacerola a manera de casco y unas cucharas de metal que ella recordaba haber dejado escurriendo en la barra antes de salir.

«Salgan de ahí», les dijo Macarena. Ambos niños sabían que la voz tranquila de mamá jamás, JAMÁS, era una buena señal.

Macarena los miró cuando salieron de debajo de la mesa, quitándose las cacerolas de la cabeza, y dejando los enseres, cucharas incluidas, sobre la mesa.

Cutberto, el mayor -por 10 minutos- sabía que no debía haber dejado la olla desatendida, y pensó que su hermano podía hacerse cargo. Después de todo, sólo estaba leyendo un libro en la sala. Le había dicho a su mamá que estaría al pendiente y le encargó a su hermano que también estuviera al tanto. Ese fue su error, confiar en su hermano menor (por 10 minutos).

Cupertino le aseguró a su hermano que también estaría al pendiente de la olla y se enfrascó en su nuevo libro hasta que en algún momento le dio hambre. Entonces dejó su libro con un marcador y alcanzó a gritarle a su hermano mayor que iba a la tienda por un bubulubu. Regresó media hora después porque se encontró en la calle con Gladis, su compañera de la escuela que lo hacía sonrojarse y se quedó platicando con ella. Entonces fue hasta el cuarto de su hermano y le lanzó la ricaleta a la cabeza que le había traído.

Cutberto le dio una mordida a su paleta y, de repente, se percató del olor raro a su alrededor, como a quemado. Puso pausa a su videojuego y salió hacia la cocina. Tardó sólo un segundo en acordarse de lo que le dijo su mamá y corrió hasta la estufa. Viendo con horror que ya era muy tarde, gritó a su hermano. Cupertino soltó el libro y se dirigió a la cocina. Vio lo mismo que su hermano. Habían olvidado los frijoles.

La olla de presión se veía abombada, como en esas caricaturas donde dejan la olla mucho tiempo en la estufa a punto de estallar. Cutberto, valiente, apagó la estufa. Pero el silbido del vapor no dejaba lugar a dudas: ambos sabían lo que vendría.

«¡Cúbrete!», le gritó Cutberto a su gemelo y en un arranque heroico, ambos tomaron las cacerolas que su mamá había dejado escurriendo en la barra, y por algún instinto de su primera infancia que aún pervivía, tomaron las cucharas de metal. Se arrastraron debajo de la mesa del comedor, que estaba pegada a la barra, y usando las cacerolas a manera de casco en la cabeza, se tendieron en el piso, abrazando las cucharas como un soldado abrazaría su arma.

Oyeron el estruendo con los ojos apretados. Pronto descubrieron que estaban bien. El impacto, el temor y el horror que enfrentarían cuando llegara su mamá, los mantenía estáticos debajo de la mesa, pensando si era posible vivir debajo de ella hasta que cumplieran los dieciocho, o mínimo, hasta que llegara papá para que el castigo no fuera tan grave. No, eso era una ilusión, papá no llegaría antes de las ocho, y mamá había prometido estar a las siete y cuarto máximo.

Estaban condenados.

Y lo sabían, lo sabían con toda seguridad, cuando su mamá los retó a que le contaran que había sucedido.

«¡Fue él!» gritaron al mismo tiempo, señalándose mutuamente. Su madre se llevó su mano derecha a la nariz, apretándola mientras fruncía el ceño, sabiendo que una migraña estaba abriéndose paso en su cabeza. Caminó hasta la cocina en ruinas. Sacó una cuchara de madera, agarró la mano de Cutberto y lo arrastró hacía su habitación, mientras el niño suplicaba piedad, que no lo volvería a hacer.

Cupertino se sentó en el sofá a esperar su turno, sabiendo que no podría sentarse bien durante una semana abrazó con fuerza su cacerola y su cuchara de protección. Al fondo, los gritos de su hermano no lo tranquilizaban en lo absoluto, y menos cuando volteó la cabeza y vio que incluso la cafetera había sido aniquilada por el metal de la olla. Cuando los golpes cesaron y el llanto triunfó, Cupertino tragó saliva, sabía que su hora había llegado.


Olga Delgado (Ciudad de México): mexicana viajera en dos direcciones, vertical y horizontalmente. Fiel lectora de literatura de terror y amante secreta de la literatura oral.

La olla exprés forma parte de la antología Mercurio (Retrógrado) de la que Desbandada publica una selección. Ver aquí.

Imagen de portada: © Fair Use

Revista Desbandada

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