Moin

Un cuento de José Luis Pizzi.

Estoy en una clínica de Rehabilitación, Reha, dicen en Alemania. Llevo dos semanas y aún me queda otro tanto. Desde que llegué solo pronuncio la palabra MOIN un sinnúmero de veces. La incomunicación es casi total.

Existen tres pabellones diferenciados: Pneumologie, Orthopädie y Psychosomatische Medizin & Psychotherapie, los que después de un tiempo leyendo, no necesitan traducción. Estoy en el grupo de los mochileros, aquellos unidos por un tubito a unos adminículos con tal de respirar un rato. Todos los grupos confluyen de manera más o menos organizada en el salón comedor y a las mismas horas.

El programa es variado, desde la mañana muy temprano me llevan a hacer gimnasia ni bien desayuno con el resto de los comensales, luego seminarios variados donde me aburro soberanamente. Y lo más importante parece, a juzgar por los carteles diseminados por toda la clínica, lo siguiente: “Es ist verboten, Fotos zu machen, und zu sagen, was los ist”, o sea,  “Prohibido sacar fotos y contar lo que sucede”.

Rodeando el edificio principal hay varias casas, supongo que de terapeutas y personal jerárquico. Y alrededor de este complejo edilicio, un bosque de 130 hectáreas, con arroyos, lagos, animales y todo lo que se le pueda pedir a la naturaleza, la que se manifiesta en todo su esplendor. Estoy fascinado.

A la tarde del primer día veo a una persona que resulta ser idéntica a Pinochet, me dice MOIN y sigue su ruta. Camino a la cafetería me cruzo con el locutor Cacho Fontana que con la voz del presentador televisivo Teto Medina y el cuerpo actual del nonagenario comediante infantil Carlitos Balá me dice MOIN. Algo no cuadra. En la cena, a las 17.30 pünktlich, veo apurados agarrar bandeja, platos y cubiertos a Van Gogh, a Alfredo Yabrán, el poderoso empresario al que una foto sacó del anonimato y acabó pegándose un tiro –aunque en la leyenda popular nadie lo crea–, y al actor Emilio Disi. Me refriego los ojos y me digo que es imposible, que no puede ser, que definitivamente no puede ser.

Le cuento a Marina por whatsapp, se mata de la risa y me dice: –Fotografiálos, que no se den cuenta. Salgo como un cazador furtivo al acecho de presas famosas, llevo mi teléfono sin señal y con escasa conexión wifi.

“NO SE PUEDEN SACAR FOTOS, ABSOLUTAMENTE PROHIBIDO” leo en los pasillos, en la cafetería, en el gimnasio, en todas partes la misma advertencia. Saco fotos.

Regreso a mi cuarto y veo salir de él, a lo lejos, a dos personas que no alcanzo a distinguir. Me escondo detrás de un enorme armario a la salida -o entrada- de los ascensores. Cuando se acercan, me parece reconocer la voz del Teto Medina y la del periodista Chiche Gelblung, y no sé si reírme por lo inverosímil o comenzar a preocuparme.

Decido bajar y recorrer el predio, son ocho rutas de unos cuantos kilómetros, debidamente señalizadas. El cielo encapotado me hace desistir. Las nubes rugen, pero no hay todavía truenos y la lluvia sigue pegando de manera aletargada. Todo está en silencio ahora; solo se siente el repiqueteo de las gotas, a ritmo creciente. Creo oír también el rumor final del motor de un auto, aunque de modo muy apagado. Ahora sí truena, debería volver al edificio principal, denunciar en la recepción que dos personas salieron de mi habitación y dormir pesadamente hasta la hora de bajar a por agua caliente y comenzar mi rutina matera de todas las mañanas.

Pero no lo hago, la recepción está desierta y vuelvo a salir al patio. De pronto oigo un motor y noto que un auto se detiene en la explanada. El que se parece a Cacho Fontana se apea con pereza, se acaricia los riñones y, al verme, me saluda con la mano en alto. Es un saludo breve y desagradable. Chiche Gelblung también se baja, pero no se molesta en saludar: entra en la recepción, la cruza y vuelve a salir. La frase es corta y no da para el análisis lingüístico: “El señor Yabrán lo espera”. Salimos juntos y Chiche le entrega las llaves a Cacho. Gelblung maneja con silencio mortuorio. El cielo se pone negro y la garúa se transforma en una lluvia potente. Cuando divisamos una casucha de ladrillo, la lluvia ya amainó. Yabrán sale de la casucha, frente a la aguada principal y baja al terraplén. Me llama la atención una fosa abierta a veinte metros. Yabrán sonríe pero no me abraza; me ofrece un habano. Le agradezco pero rechazo el convite. Hay una pala clavada en un montículo. Parece una fosa a medio terminar. Chiche Gelblung  recupera posiciones. Trae el rifle de Yabrán y se coloca en un lugar estratégico desde el que podría fusilarme con rapidez. La manera en que porta y manipula el rifle me convence de que es un experto y de que a esa distancia no le haría falta un segundo disparo. Yabrán se inclina, no obstante, por una charla civilizada.

–Quise arreglar todo esto por las buenas –ratifica–. Pero tuviste que caer en esta clínica y se te dio por sacar fotos, cuando la prohibición es absoluta y para todos.

Recién entonces enciende el habano y aspira el humo. Se pasa los dedos por el pelo abundante y gris; no puede confrontar el fondo de mis ojos. Cuando un sujeto tan poderoso te habla, y no es capaz de sostenerte la mirada, tenés que sacar una sola conclusión: está a punto de matarte. Lo novedoso es que no se jacta ni de su superioridad ni de su sangre fría. Al contrario, parece realmente apenado por este fatal descarrilamiento.

Miro de nuevo la fosa, el montículo y la pala. Unos goterones regresan para acribillarnos pausadamente, con desgano: uno acá, otro allá. Pero son balas heladas y punzantes. Yabrán levanta la vista y estudia las nubes.

Puedo oler su tabaco y apreciar su aspecto fúnebre. Observa con curiosidad la brasa del cigarro y se rasca una ceja recargada como si le doliera la frente.

Está triste, tiene una nostalgia anticipada de su destino. Deja caer el habano y lo aplasta escrupulosamente con su bota. Después da unos pasos y me ofrece la mano abierta. Veo por el rabillo del ojo que Chiche Gelblung levanta el rifle a la altura de la nariz y me apunta. Le estrecho la mano a Yabrán, que es firme. Al mínimo tirón, su francotirador me vuela la tapa de los sesos.

Alguien se acerca por detrás y me madruga con un culatazo en la coronilla. Caigo de rodillas y el tipo sigue caminando y se planta a diez metros de la fosa. Es un golpe de allanamiento. No llego a ver las estrellas, pero el dolor me aturde. El tipo que es igual o es Chiche Gelblung mueve su rifle y me sigue atentamente mientras me incorporo con pesadez y avanzo hacia lo que debería ser mi tumba.

Está lloviendo con fuerza, da pena tener que morir en este paraje del fin de Alemania. Cacho Fontana balancea una pistola, en el flanco izquierdo, mientras Chiche se acerca por la derecha al montículo y agarra la pala con una sola mano. Pero la pala pesa demasiado, y se ve obligado por un instante a colgar el rifle del hombro. Más cómodo me arroja la pala como hace unos minutos le arrojó a Yabrán las llaves del auto. Pero yo no alcanzo a atraparla al vuelo. Recuerden que estoy atontado por ese culatazo traicionero. Me agacho entonces a recoger la herramienta y juego la última carta. Tengo un revólver en la tobillera y sale limpio, veloz. Es la velocidad del miedo. Disparo dos veces, sin apuntar, al bulto, y Cacho se sacude y empieza a caer. No termino de comprobar qué grado de efectividad tuve: giro rápido y vuelvo a apretar el gatillo. Tampoco sé donde pega el proyectil, tal vez en la culata de su pistola pero lo cierto es que ya sea por el impacto o por el cagazo Fontana trastabilla. Cuando levanto mi revólver para rematarlo resulta que explotó un fulminante y se trabó el tambor. Agarro la pala para romperle la crisma al señor Gelblung, pero me doy cuenta de que no voy a llegar a tiempo.

Nos separan veinte pasos y el tipo esta recuperando la vertical; en segundos pondrá rodilla en tierra y me meterá un balazo en la barriga.

Por lo visto en películas cuya trama no recuerdo, pero que alcanza para saber que es más negocio correr en zigzag por el terraplén y encomendarse a los dioses o similares paganos, rajo como un demente, tropiezo y ruedo y sigo corriendo, mientras oigo el silbido de las balas en medio del silbido de la lluvia y el tronar del cielo. En un lateral del terraplén hay otra pendiente de lodo, un tobogán breve que me interna en el follaje. Chiche me persigue y me dispara desde lo alto, pero yo me refugio en unos troncos y cambio bruscamente de dirección para confundirlo. Eludo un claro y me meto en un ramaje tupido con un suelo resbaloso y tapizado de hojas. Avanzo agachado tratando de confundirme con la vegetación y buscando la densidad del bosque para esconderme.

Todavía cargo con la pala, que puede ser utilizada como arma blanca, pero que pesa una tonelada y es un lastre. Aguanto la tentación de deshacerme de ella, y comienzo a arrastrarme por la tierra, los músculos en tensión, el corazón a mil y los oídos atentos. La lluvia es un concierto que protege a mi enemigo: puede estar a derecha o a izquierda, y tranquilamente me puede tener en la mira. No hay forma de saberlo hasta que haga un movimiento, produzca un ruido o me clave un balazo. Avanzo con los codos y las piernas, embarrándome la ropa y la cara, hasta las raíces expuestas de un árbol colosal. Me quedo todavía unos minutos midiendo los riesgos, y al final me incorporo y me precipito por la ladera de un barranco pequeño. Vuelvo a sentir entonces el zumbido del plomo, pasándome a centímetros, mordiendo una corteza, rebotando por la mañana.

Es un trayecto de pánico, una verdadera lotería. Bato el récord de los cien metros llanos y me tiro de cabeza en un fondo enmarañado que me raspa los brazos y me hiere la mejilla. Estoy empapado, sangrante y sin aliento, y a pesar de la adrenalina siento por primera vez el frío.

El cielo se puso totalmente negro y parece que estuviera anocheciendo en el monte cerrado. Cambio de rumbo, marcho al trote, escondiendo la cabeza entre los hombros, y en algunos tramos me acuclillo y avanzo como un pato. A quinientos metros diviso un tajo en el monte, y presiento un arroyo. Compruebo al acercarme que fue un buen pálpito, y me acovacho en una madriguera improvisada entre los arbustos. Debe de hacer ya una hora y media que jugamos al gato y al ratón, y tengo la boca seca y una sed arrasadora. Oigo el agua que baja caudalosa, y pienso que Gelblung no tuvo tiempo de cargar cantimplora ni mochila. Examino a mi alrededor en busca de una rama fuerte. Siempre hay alguna, pero no puedo hacer ni un chasquido, así que me quedo en el molde. Supongo que el francotirador no sabe exactamente dónde me encuentro, pero tiene la certeza de que no andaré demasiado lejos del arroyo. Debe estar apostado en alguna esquina de aquel rectángulo, esperando que su presa tropiece y se haga visible. A lo mejor se esconde más cerca de lo que imagino: el bosque es tan espeso en esa zona que podemos estar tumbados como dos boludos a veinte metros sin darnos cuenta.

Pasan cuarenta minutos más sin que ninguno mueva una ficha, y entonces el cielo me hace una gauchada: relampaguea y a continuación desata truenos rotundos, más ensordecedores que los anteriores, uno detrás de otro como salva de cañonazos. Aprovecho la ocasión celestial para quebrar la rama elegida y sacarle punta con un golpe seco del filo de la pala. Regresa el diluvio y abro la boca para recibir con la lengua de trapo las gotas congeladas. Es una tortura no poder saciarse a pleno, pero esos pocos chorritos me llenan de energía. Sé que se trata de un chaparrón, y que volverá a escampar muy pronto: atravesamos uno de esos días alemanes donde la lluvia se vuelve pesada pero intermitente.  Necesito que regrese el silencio y una cierta visibilidad. Es algo arriesgado, pero si sale mal no estaré mucho peor. En este día destemplado no tengo casi nada que perder, salvo el pellejo.

La metralleta del aguacero no pasa de quince minutos, pero después se entretiene un buen rato con una llovizna estrepitosa. Me paso todo ese intervalo calculando los desplazamientos y las contingencias: qué fácil resulta en Netflix; qué azaroso y difícil a plena luz del día y en la pura realidad.

Por fin deja de llover y el bosque se sume en un extraño sosiego. Corro agachado otros cincuenta metros, tomo carrera y lanzo la pala como una jabalina de competición. Describe una curva perfecta y rebota ruidosamente contra las piedras de la otra orilla. No me preocupo por agacharme esta vez, reviso la espesura para detectar el lugar exacto desde el que partieron los disparos. Que son finalmente tres o cuatro, y caen en la otra margen del arroyo, como si yo permaneciera acurrucado en aquella inminente franja de árboles y espinos que crecen enfrente.

Chiche Gelblung está parapetado a babor, a unos ochenta metros y en una zona alta. Tan ensimismado que al principio no me oye ni me ve llegar. De repente un instinto animal, sin embargo, le advierte el engaño y el peligro, gira medio cuerpo. No soy un blanco fijo, así que dispara como un histérico en diferentes ocasiones. Aprieta el gatillo sin ver más que plantas y siluetas. Le cuento mentalmente las municiones como un árbitro cuenta el nocaut, y cuando se le acaban no le permito que pueda recargar: salgo de atrás de las sombras, le rodeo el pescuezo y lo ensarto. La rama en punta atraviesa la garganta de Chiche Gelblung sin quebrarse y lo deja boqueando un grito o un vómito de sangre, con los ojos grandes como platos. Lo suelto y me aparto. Todavía se mantiene en pie, incrédulo de su mala pata, y comienza incluso una marcha bamboleante. Pero enseguida cae de rodillas y se va de bruces. Queda un proyectil en el rifle: lo remato para que no resucite ni sufra.

Siento la euforia del sobreviviente pero no pierdo un segundo en regocijarme ni en pensar en el sentido último de la existencia: le reviso al finado la ropa en la esperanza de que calce una pistola, pero no encuentro nada de valor que no sea su billetera: tiene una foto del programa de televisión Polémica en el bar de la época de Fidel Pintos y un DNI argentino. Lo despojo de la campera para darme más abrigo, guardo lo útil, recojo todas las vainas que encuentro, me cruzo el rifle en bandolera y bajo hasta el arroyo para beber con las manos juntas y lavarme la cara; también para recobrar la pala. Sigue garuando y me acosan los escalofríos. Tengo buen sentido de la orientación, así que vuelvo sobre mis pasos y en terrenos más elevados descubro dónde quedó el arroyo: con eso puedo hacerme un mapa mental, detectar atajos y cortar camino. El bosque está mudo y sin colores, y el cadáver de Cacho Fontana no presenta novedades, aunque se ve que el tipo todavía se arrastró unos metros antes de agonizar boca abajo.

En la casucha de ladrillo encuentro unos guantes de cuero para deportes rudos y me los pongo para devolverle un poco el calor a los dedos y para no dejar huellas. Cuando la adrenalina se retira, estoy débil e intoxicado. Siento los magullones, los raspones y la aflicción.


Vuelvo a la clínica. Necesito acostarme, tengo la fortaleza de un anciano de noventa años. Pero no puedo dormir ni levantarme, así que arrastro el termo y me dispongo a tomar mate hasta morir. Al despertar, la asfixia es vívida y real, y comienza a dolerme el pecho. Salgo, me veo en el espejo del ascensor, estoy morado y tengo mareos, y siento hormigueos en las manos. Llego a la planta baja de la clínica con miedo a perder el control y la conciencia y deambulo por un pasillo desierto hasta dar con la guardia. Me hacen un electro, me toman la presión, me sacan sangre y me dejan descansar en una camilla. Cuatro horas más tarde, resulta que se revirtieron los síntomas y que apenas me queda un leve mareo. El médico clínico es igual a Paul Williams en El Fantasma en el Paraíso, tiene zapatos de colores distintos y bajo el delantal impoluto se esconde una remera de la Pantera Rosa. Estudia ahora los resultados, me interroga más de lo conveniente, le entiendo mucho menos de lo conveniente y me receta unas pastillas. La primera pastilla me derrumba, y me tiene veinte horas dormitando y viendo un cartel que dice: “Prohibido el paso a pacientes de Pneumologie y Orthopädie. Se permite sacar fotografías”. En la cama de al lado creo ver al cantante León Gieco pidiéndole algo a Dios. Recupero la lucidez y la energía treinta y seis horas después de haber entrado en esa habitación, justo en el momento en que entra la finada Alicia Zanca y me dice MOIN.


José Luis Pizzi es escritor y gestor cultural. Nació en Ingeniero Huergo, Argentina (1959). Ha sido abogado hasta hace muy poco y ahora escribe y organiza encuentros literarios en Berlín. Como gestor cultural, desde 2015 ha sido curador de más de 120 eventos literarios en distintos lugares de Berlín tales como la librería La Escalera y el Café Los Angelitos. Ha presentado sus novelas también en Meneses Werkstatt, Oh Madriz y Mi Buenos Aires en Berlin. Coordina el grupo “Eventos literarios en Berlín” en Facebook con más de 1000 miembros, donde hace lugar a las más importantes noticias editoriales provenientes del mundo literario hispanoparlante, promocionando autores a ambos lados del Atlántico. Como escritor ha publicado cuatro novelas: El actor (2019), parte de una trilogía cuya primera parte es Leidis. Ij jabe Junga – Una novela argentina en Berlín (2014), segunda edición (2018). Novela traducida al alemán en 2016. Anteriormente, entre 2010 y 2011, autoeditó las novelas Son todos canas, son todos putos y Menopausia, una vida sin reglas. Junto a sus hijas Lucia y Sophia publicó el libro de cuentos bilingüe Había una vez en Mirow / Es war einmal in Mirow (2017) (Editorial Abrazos, Stuttgart-Córdoba).

https://www.behance.net/joseluispizzi

Foto de portada de serie Ratched de Netflix / Foto final de película Atrapado sin salida / Todas las imágenes Fair Use..

pizziberlin

se han dicho tantas cosas que la mayoría son ciertas y ya no tiene gracia...

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