Personajes de Berlín #4: El recién llegado

En nuestra 4ª entrega de Personajes de Berlín ya era hora de hablar del recién llegado. Todos lo fuimos y a todos nos gusta olvidar ese triste pasado. Este personaje llega a vuestras pantallas para recordaros que no todo tiempo pasado fue mejor.


Tú ya llevas en Berlín unos años, pero en cada fiesta siempre encuentras a algún pobre diablo que acaba de llegar a la ciudad. En ese momento, no te sale otra cosa que un tono paternalista y una sonrisilla malvada al recordar que tú al menos tienes un contrato de alquiler y un Anmeldung. Mientras hablas con él, te das cuenta de que el recién llegado a Berlín tiene unas características tan reconocibles que te preguntas si no podrán ya considerarse una especie animal en toda regla.

Es el típico inicio de una conversación cualquiera:

—¿Y cuánto tiempo llevas aquí viviendo?

—Pues un mes y medio.

Y lo ves venir. Todo aquél trauma que enterraste en tus primeros meses, toda esa ingenuidad y entusiasmo que tras el primer invierno aquí se convirtieron en morriña y en amor por la calefacción central.

—Sí, tío, tres meses para conseguir una cita para el Anmeldung. Me voy a tener que levantar a las cuatro de la mañana y presentarme allí, porque si no, no hay manera…

El Anmeldung. Esa palabra que te produce pesadillas, ese documento olvidado una vez conseguido, esa criatura que sólo pudo haber salido de la oscura mente de H. P. Lovecraft. Le deseas suerte, pero la tragedia de este recién llegado no termina ahí.

—Llevo ya tres contratos de alquiler de un mes, pero está imposible encontrar algo de larga duración. Si te enteras de algo me dices, ¿vale?

Cuando escuchas eso, la música y las luces de la fiesta se difuminan en tu cabeza, donde ahora sólo aparece la fantasmagórica imagen de tu habitación, y flotando a su alrededor el contrato que acabas de firmar por cinco meses. Te das cuenta de que el recién llegado no es más que un espejo cóncavo donde se revelan todas tus miserias. Pero das un trago a tu cerveza y vuelves al presente. Él —le podemos dar un nombre, El Recienlle— te mira preocupado. Te limpias el sudor y le preguntas:

—¿Y a qué te dedicas? ¿Trabajas o…?

—Bueno, no exactamente. Hago música, también pinto y hago fotografía… estoy buscando mi camino.

Tu procesamiento lingüístico ya está curtido después de años aquí y sabes lo que “hacer música” significa: esperar en la cola del Berghain. De vez en cuando pincha en fiestas de sus amigos. Viste de negro y —si es de los que al menos intentan hablar alemán— dice la palabra Genau más de la cuenta. Antes vivía en Londres, pero la gentrificación le ha echado, y se viene aquí a continuar el proceso pagando cuatro euros por un Latte en Rosenthaler Platz.

Ahora es él el que te pregunta:

—¿Y tú por qué viniste?

Queda feo decir que el paro juvenil en tu país era del 55% cuando viniste a Berlín. Que en tu país el máster son 4.000 euros y que al menos en Alemania tienes posibilidad de encontrar trabajo. Al fin y al cabo, él está aquí por la experiencia, y si le dices que eres, técnicamente, un inmigrante, te va a mirar sorprendido.

—Si, bueno, todos somos expats al fin y al cabo.

Expat. De una palabra tan política como “expatriado”, las revistas de moda y viajes han hecho que migrar se convierta en una cuestión de voluntad y aventura, en lugar de una consecuencia de modelos socioeconómicos fallidos. Lo dejas ir, porque El Recienlle te parece un chaval majo que necesita tanto o más que tú la ayuda de un sindicato.

Lo cierto es que El Recienlle te parece entrañable. Te dice que le gusta que en Berlín la mayoría de las estaciones de U-Bahn tengan distintas tipografías, y se pasa los domingos paseando por la ciudad y descubriendo nuevos rincones. Le queda mucho por delante y como no reduzca su consumo de Club Mate le verás preguntando en internet si la Krankenkasse te cubre las caries. Pero tarde o temprano acabará viviendo contigo a las afueras de la ciudad cuando la gentrificación en Neukölln le acabe echando a él también. Y para entonces el ya no será El Recienlle, sino uno más, y el Anmeldung y la dieta diaria de Kebab serán para él un recuerdo remoto.

Desbandada